EL LOBO Y LOS 7
CABRITILLOS
“Al
lobo no tememos, al lobo no tememos, la lara lalá, la lara lalá. Y por eso
cantamos, y por eso cantamos, la lará, lala, la lará, lala”
En un intrincado bosque perdido entre altas
montañas, habitaban varias familias de cabras. Unas cabras blancas y ágiles que
se pasaban el día comiendo hierba fresca y saltando entre los montes. Las más
pequeñas y traviesas, solían cantar burlonas esta cancioncilla, desafiando a
los lobos que estaban siempre al acecho, aprovechando descuidos fortuitos para
comérselas.
Aquella tarde, una mamá cabra que vivía con
sus hijitos, siete cabritillos tiernos, tuvo que ausentarse unas horas fuera de
casa, por lo que advirtió a sus retoños de que no salieran de casa bajo ningún
concepto, ni abrieran la puerta a nadie, pues los lobos estaban pululando
alrededor. Los cabritillos asintieron y prometieron no cantar la canción y ser
muy buenos y obedientes a los consejos de su mamá.
Al poco rato jugando por la casa, cantaron a
voz en grito la canción prohibida. Al momento la escucharon los lobos
hambrientos de los alrededores. Uno de ellos pensó: “Ahora veréis, cabritillos
insolentes, este es el momento que esperaba” y se dirigió resuelto a su casa.
Llamó a la puerta y atiplando la voz dijo: “hola pequeños, me envía vuestra
madre con unas golosinas para vosotros”. Los cabritillos se miraron muy
asustados, uno de ellos miró por debajo de la puerta y viéndole las negras y
peludas patas al lobo le contestó: “Eres un lobo, te he visto las patas
peludas”. El lobo contrariado, volvió sobre sus pasos, dispuesto a vengarse de
ese cabritillo tan contestón.
Se dirigió a orillas de un rio y mojándose
las patas las embadurnó con el barro del cauce. Esperó que se secaran un poco y
volvió tranquilamente a la casa de los cabritillos. Seguro que se los iba a
comer, él era más listo que ellos.
Al llegar a la puerta no escuchó nada. Los
cabritillos estaban jugando sin sospecha alguna. Afinando la voz llamó de nuevo
a la puerta diciendo: “Abrir hijos míos, soy vuestra mamá, ya he vuelto”. Los
cabritillos saltaron de alegría, miraron por debajo de la puerta y viendo unas
patas blancas, creyeron de verdad que eran las de su madre y confiados abrieron
la puerta. ¡Qué equivocación! ¡Pobres cabritillos! El lobo se abalanzó
triunfante sobre ellos, dando alaridos de alegría. Poco a poco, los fue devorando a todos. Bueno,
a todos no. El más pequeñito se había escondido en la caja del reloj de pared
del comedor y allí permaneció calladito. El lobo iba contándolos a medida que
se los comía: “Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, creo que me falta uno, es
igual, ya estoy muy lleno” y diciendo esto, salió de la casa para tumbarse en
el prado cercano y dormir la siesta para hacer la digestión.
No pasó mucho tiempo, cuando llego la mamá
cabra. Asustada vio la puerta de la casita abierta y no viendo a ninguno de sus
hijos, empezó a llamarlos a gritos: “Hijos míos, ¿Dónde estáis? ¿Qué ha
pasado?” y recorrió muy asustada la casa entera. Entonces se abrió la puerta
del reloj y el pequeño cabritillo salió llorando: “Ay mamá, mamá. El lobo nos
ha engañado, ha entrado en la casa y se ha comido a mis seis hermanitos”. La
madre, resuelta cogió tijeras e hilo y sin perder ni un minuto salió de la casa
en busca del malvado lobo que dormía plácidamente. Ayudada por su pequeño
vástago, cortó la barriga del lobo, de donde fueron saliendo los seis
cabritillos todavía con vida. Apresurada les dijo: “Venga, traer piedras,
muchas piedras” y con esas piedras, rellenó de nuevo la tripa del lobo
cosiéndola después y se escondieron.
Al poco rato despertó el lobo e intentó levantarse.
Se sentía muy indigesto y decidió beber agua. Esos cabritillos pesaban
demasiado. Se acercó a un pozo cercano y se asomó para beber, pero el peso de
las piedras le venció y sin poderlo evitar calló dentro del mismo, dando un
fuerte alarido. De allí no podría salir jamás, se ahogó de inmediato.
Entonces, la mamá cabra y sus siete
cabritillos salieron de su escondite y cantaron de nuevo la cancioncilla: “Al
lobo no tememos, al lobo no tememos, la lara lalá, la lara lalá. Y por eso
cantamos, y por eso cantamos, la lará, lala, la lará, lala”. Esta vez, se la
habían ganado por la astucia y valentía de su mamá.
Hemos de ser valientes y decididos para
resolver problemas, pero ante todo, obedientes y sensatos para poder evitarlos.
Dedicado a la infancia de mis tres hijos,
cuando mi hermano y yo les escenificábamos este cuento y todos nos reíamos
felices.
Diciembre 2024