jueves, 31 de julio de 2025

HOY, NO SE HACEN LAS MALETAS 1 AGOSTO 2015

 

HOY, NO SE HACEN LAS MALETAS   -   1 AGOSTO 2015

 

Amanece, estamos juntos los dos en nuestra cama. Nos abrazamos y nos damos los “buenos días” como de costumbre, pero hoy además te digo. “¡Felicidades, mi amor! ¡Es tu cumpleaños!” “está nublado y con amenaza de lluvia” continuo diciéndote. Generalmente en agosto suele suceder. Nos reímos divertidos, casi siempre es así cuando “empiezan las vacaciones”. Mi hermano tambien se ríe comentando: “mi hermana se va de vacaciones” (me parece que le oigo). Pero como sucede siempre, estamos seguros que mañana saldrá un sol radiante que nos acompañara todo el mes de agosto en nuestra playa de Puebla de Farnals. Ahora, hemos de prepararlo todo y ponernos en marcha. Hemos de “hacer las maletas”. En realidad están hechas y esperando en el comedor a que se bajen al coche. Para ello, lo primero es poner la “baca” comprada adrede para estos traslados vacacionales. Es un día de hacer dos o tres viajes cargados hasta los topes, un día de nervios y de sudor, pero la meta es prometedora, ansiada y esperada por todos, durante un largo año.

En tu trabajo y quehacer diario en la Banda Municipal, tenías las vacaciones siempre en agosto, precedidas de un mes de julio repleto de mucho trabajo y actos musicales. El Certamen de Bandas de Música Internacional de Valencia era y es, el protagonista del mes y lo llenaba todo, tanto a nivel local, provincial, peninsular y europeo. Y por supuesto, tambien en la familia.

El Certamen Internacional de Bandas de música de Valencia se remonta al año 1886. Este año se conmemora el Certamen número 127 y mi padre ya hablaba del mismo. Las bandas inscritas en él, se reparten en cinco categorías, según el número de músicos que la compongan y su categoría musical. Durante el mes anterior, las bandas participantes tienen que trabajar de firme con sus ensayos respectivos. Todas tienen que presentar dos obras: una obligada para todas igual, según categorías y otra de libre elección, además del pasodoble para desfilar en la entrada. Al fin y al cabo, es un concurso y gana la mejor, con un premio cualitativo y metálico muy interesante, que da categoría y prestigio a la banda que lo gana. Es por eso, muy competitivo.

Quiero comentar que últimamente muchas bandas y sobre todo las extranjeras, participan con obras completamente nuevas y desconocidas, cuyo mérito aparente es el número excesivo de músicos, aportando nuevos instrumentos, sin apenas melodía y que suelen ser muy ruidosas y estridentes. Compositores nuevos, que verdaderamente muy pocos conocen y que son muy difíciles de calificar, porque no hay antecedentes. A nosotros y al público en general, nos gustan las obras de compositores clásicos y famosos, conocidos mundialmente, cuya ejecución más o menos delicada, es más fácil de poder evaluar comparando unas con otras, y por supuesto indispensable para otorgar los premios. La buena música clásica de nuestros compositores universales, debe de prevalecer. Es parte de la cultura e historia universal.

Los ensayos de la Municipal eran diarios, para dejar el pabellón de la merecida fama de la Banda Municipal de Valencia, por todo lo alto, aunque no entraba en concurso. El Certamen se celebraba y celebra, durante la segunda semana del mes de julio. Cada día y desde las cuatro de la tarde, en la plaza de toros de Valencia, comenzaban las audiciones de las bandas de menos categoría, hasta completar progresivamente en categoría y número, todas las inscritas. Al final, como broche de oro y cerrando el acto, tocaba siempre la Banda Municipal, interpretando algo nuevo y espectacular de su repertorio, incluso algún estreno, demostrando y manteniendo su magistral categoría.

Además, y gracias a Dios, te solían llamar como refuerzo de muchas Bandas que necesitaban más número de músicos para poder concursar, o reforzar la cuerda de trompas. Según los años, había de todo: Alcacer, Moncada, Benaguacil, y tambien las de la Sección Especial, como las dos de Liria (La Primitiva y La Unión) o las dos de Buñol (La Artística y La Armónica) sin olvidar a la de Santa Cecilia de Cullera o la Sociedad Musical de Alcira, que, como hijo del pueblo, solías participar todos los años. Eso nos reportaba beneficios económicos extras a los que nunca decías que no.  A la mayoría de tus compañeros les ocurría lo mismo.

Durante la semana que duraba el Certamen, ibas a la plaza de toros casi todas las noches para colaborar con la que te había contratado, la que tocara esa noche y generalmente tenías el tiempo justo para terminar con una, bajar del entarimado mientras aplaudían, e inmediatamente iniciar el desfile con la siguiente para volverlo a subir, casi sin parar. Unos años más y otros menos, pero siempre te llamaban de refuerzo para dos o tres bandas, más la de tu pueblo Alcira, que era de la sección especial. Esa noche, la última, generalmente tocabas con dos o tres y luego con la Municipal. Y lo mejor era que las bandas pagaban religiosamente al terminar la noche. Era una delicia y regresabas a casa muy satisfecho. Esos trabajos extras, aunque te cansaban, los hacías muy a gusto, aunque generalmente terminabas con el labio “hecho cisco” y con la boquilla marcada en el labio superior. ¡Parece que te estoy viendo!

El último día, tocaban solo las de Sección Especial, allí iban las “grandes” y cerraba el acto la nuestra: la Banda Municipal. Era el último desfile de la noche con el pasodoble elegido ¡que maravilloso era aquello! Cruzabais el albero de la plaza de toros, a los sones de la música, con los instrumentos brillantes por las luces y el uniforme impecable, tan guapos y marciales todos. ¡Cuantos pasos no habrás dado por su arena dorada, en las noches certameneras! La plaza entera estaba en vilo. Cada actuación era una locura de aplausos y gritos, vitoreando cada sector de gente “a su banda”. Cuando llegaba la Municipal todos callaban expectantes y respetuosos y como no concursaba, que era solo exhibición y deleite para los oídos, podían escucharla todos sin fanatismos. Sin duda “era la mejor” pero ese título había que mantenerlo.

Nunca olvidaríamos esas noches, ni tú, ni yo. Éramos jóvenes y era nuestra vida. Con los niños pequeños pude asistir pocas veces. Despues, a medida que fueron creciendo y marchando, fui a verte todos los años antes de tu jubilación. En mi retina te tengo presente a ti y a “nuestra” banda, en esos desfiles de las noches cálidas valencianas, donde las estrellas tambien se asomaban curiosas a veros, porque no las dejabais dormir.

El Certamen concluía en otra noche mágica, con la Entrega de Premios en los Viveros Municipales, rodeados de vegetación, focos y palometas que acudían en tropel a las luces. Allí se entregaban los premios por secciones y tambien cerraba el acto con todos los honores la Banda Municipal. Los niños (mientras fueron niños) y yo, no nos perdimos ni un solo año tan brillante acontecimiento. Nos gustaba acompañar y ver al papa tocando su trompa.

Años después, dejo de hacerse en los Viveros y se empezó a celebrar en el Palau de la Música, donde continúa. Yo creo que le restó encanto y tradición. Pero la presidenta del mismo, Mairena Beneito quiso otorgarle ese empaque al recién inaugurado Palau de la Música. Poco tiempo después, todo el Certamen se trasladó al Palau de la Música. El Certamen de Bandas Internacional de la ciudad de Valencia, sigue siendo un atractivo musical mundial, al que en la actualidad concursan bandas de todas las partes del mundo que quieran hacerlo.

Hasta llegar al día del Certamen, lógicamente tenían que hacerse muchos ensayos, tanto la Municipal en su academia, como las otras participantes, que solían ensayar en la plaza del pueblo cara al público. Dichos ensayos empezaban en junio. Muchas veces te hemos acompañado los niños y yo, con los bocadillos de la cena. No había costumbre ni dinero para cenar en un restaurante. Cenábamos “a la fresca” (a veces demasiada) y esperábamos, escuchando los ensayos, hasta que “el maestro” dijera bastante. Entonces, las dos o las tres de la mañana, volvíamos a casa. Los niños se dormían, pero yo estaba más tranquila acompañándote y no en casa, esperando ansiosa  tu vuelta, que por otra parte, era lo habitual.

En la quincena restante del mes de julio, una vez terminado el Certamen, seguía el trabajo con fiestas y procesiones en los pueblecitos colindantes de la región valenciana, a las que tambien te pudimos acompañar durante unos años. Pero el tiempo pasó y cuando nos quedamos solos tu y yo, observaba que cada vez te era más trabajoso el dejarme sola en casa a las seis de la tarde, para marchar al pueblecito en cuestión. Te daba más pereza enfundarte en el uniforme con el calor consabido y marchar. Lógicamente me iba contigo. ¿Qué otra cosa tenía que hacer? Para mí era un orgullo el verte sentado alumbrado por las luces, arriba de un tablado, más o menos confortable y escuchar la música oyendo los comentarios. Tambien me gustaba encontrarme con las esposas de tus compañeros, que hacían lo mismo y os aplaudíamos a rabiar. Al finalizar contábamos el Himno Regional y empezaba un castillo de fuegos artificiales.

Durante el mes de julio, se celebraba y se celebra en Valencia la “Feria de Julio” que acogía el Certamen, y otras actuaciones musicales de grupos modernos, bailes, atracciones, corridas de toros, castillos nocturnos, finalizando el mes, con la tradicional Batalla de Flores el día 31, con un hermoso y apoteósico punto final. La Batalla de Flores de Valencia, fue creada en el año 1891 por el Barón de Cortés, a semejanza del popular festejo del mismo nombre que se celebraba en verano en la ciudad de Niza (Francia). Valencia fue la segunda ciudad del mundo y la primera de España que celebró dicho festejo, con la diferencia que únicamente en Valencia se realiza con flores (Valencia jardín de flores). En otros lugares tiran confetis y serpentinas.

Fue organizada por la Junta Central Fallera que decidió celebrarla en el paseo de la Alameda. En ella desfilaban las señoritas elegidas previamente para Fallera Mayor y su Corte de Honor del año entrante y que lucían su palmito en las hermosas carrozas (verdaderos monumentos, tapizados de flores) que representaban flores, frutos, bellos animales, el mar, etc. Empezaba el desfile con un grupo de “tabalet y dulzaina” y a continuación las “grupas valencianas”: parejas de valencianos portadores de naranjos y flores, sentados en los caballos enjaezados para el fin. Una estampa preciosa y típica que reprodujo el pintor Sorolla en muchos cuadros. Despues se añadían los sectores falleros que quisieran participar y después de pasar por delante del soberbio Pabellón Municipal que otorgaba los premios, se iniciaba la “batalla” con el disparo de una carcasa y empezaba la “guerra” de sus flores a modo de proyectil, entre las propias carrozas, unas contra otras en una espectacular combinación de pericia, aromas y alegría. Despues del recorrido, el disparo de otra carcasa ponía el punto final. La Alameda quedaba alfombrada de lo hermosos clavelones amarillos y naranjas que hacían las delicias de niños y mayores. En la Batalla de Flores, no tenía que tocar la Banda Municipal, por lo que pudimos ir a verla algunos años con nuestros niños, mientras fueron pequeños. Despues ya se aburrían.

A partir de ese momento “estabas de vacaciones” y comenzaba nuestra época de playa. En el principio, con Marichelo y José Emilio, nuestros dos hijos pequeños, íbamos a la Malvarrosa mediante el transporte del tren eléctrico tan entrañable, o en tu moto Vespa, a la que añadiste un sidecar. Luego, nació Vicentin nuestro pequeño, ya éramos cinco y con el primer cochecito que tuvimos, un Nissan Sunny, nos íbamos a las playas del Saler o las de Nazaret, hasta que en el verano de 1974 alquilamos nuestro primer apartamento en la playa de Puebla de Farnals, junto con mi madre y mi hermano. Pero esto fue, solo un verano.

(Mi relato contiene principalmente los recuerdos de las vacaciones en los apartamentos, a los que hemos ido durante más de 40 veranos, siendo CIBELES el último, donde continua Chelo).

Durante el mes de julio, habíamos ido preparando poco a poco el equipaje. Al principio grande, aparatoso, numerosísimo en pertrechos playeros y de pesca: Una pala para coger gusanos, neumático para tamizar la arena, tellinero, un montón de cañas de todas clases, salabre para recoger “las posibles capturas” y la cajita con los corchos, anzuelos y demás. Intendencia por si había un “cataclismo”: sacos de patatas, aceite, cajas de leche y todo lo que se pudiera llevar. “En el coche, no pesa” decías a menudo y además allí, había pocas  tiendas. Si teníamos periquito, la jaula y si teníamos gato, su cajón. Lo que no llevamos nunca, fue televisión. Afortunadamente siempre tuvimos coches con maletero grande, porque tú los preferías.  Tambien compraste una “baca” para poder llevar además, las bicicletas.  Nuestro hijo Emilio y tú, hacías dos viajes previos. Vicentin y Chelo quedaban en casa conmigo preparando bolsos y maletas. Despues tambien os acompañó Vicentin y sobre todo cuando los mayores se fueron y se quedó solo con nosotros, aunque para entonces empezamos a simplificar mucho más el equipaje. Chelo fue la primera en dejar el hogar, después la siguió Emilio y diez años después tambien lo hizo Vicentin. Es ley de vida, me decías tú para consolarme. Llegué a echar de menos, los primeros viajes con los niños pequeños, cuando empezamos nuestras vacaciones.

A pesar de todo, nosotros seguimos alquilando el apartamento año tras año mientras pudimos hacerlo, pues nuestros hijos venían cuando el tiempo y el trabajo se lo permitían y eso nos agradaba mucho. Chelo a su regreso de Guatemala y añorando su mar, empezó a alquilar uno para la familia que había formado, coincidiendo en el mismo mes y a ser posible, contiguo.

Siempre, siempre y pese a todo el matalotaje del traslado, tu cumpleaños fue para nosotros un día especial: “El cumpleaños del papá”. En el principio, comíamos en casa, solos los cuatro, luego los cinco con los regalitos, tarjetita y velitas. Era entrañable. Despues ya vendría otra celebración, siempre con mis hermanos, haciéndola coincidir con el día 12, que era el mío. Años después, Lucio apareció en nuestras vidas y nos invitó a comer a los cuatro (Chelo ya no estaba) en “La Gran paella”, un par de ocasiones. Para nosotros, comer en un restaurante era algo prohibido y nos gustó. La vida empezó a cambian y nosotros evolucionamos con ella.

Más adelante la comida se cambió por una cena. El mismo día primero de agosto y una vez hecho el traslado al apartamento, vaciado y bien aparcado el coche, Íbamos al restaurante “Pacos”. Mari Chelo se había casado y no nos acompañaba. Pero Vicen, Emilio y Mari Carmen, (al principio sin hijos) y Lucio, estaban siempre con nosotros. Esto lo hemos mantenido hasta el año que el restaurante en cuestión, cerró sus puertas. Todavía lo pudimos celebrar allí, un par de veces, al regreso de nuestra hija, con todos nuestros hijos y nietos.

Cuando te jubilaste, hace diez años, dejamos de alquilar apartamento. No teníamos la salud, ni la vitalidad, ni el empuje, ni las ganas, de semejante ajetreo y trastorno. Aunque estuvimos dos o tres años coincidiendo con Mari Chelo, uno al lado del otro, nos cansábamos y la jubilación tambien nos obligó un poco, al bajar nuestra economía. Por otra parte, como estaba nuestra hija, solíamos ir a menudo a pasar el día con ellos o a cenar. No hemos dejamos de bañarnos en nuestro mar ni un solo verano, ni tú de tirarte de cabeza a la piscina, siendo la admiración de todos a tu edad. Nuestros nietos disfrutaban contigo y algún domingo se sumaron tambien Emilio Samuel y Lucas con sus papas, que venían a pasar el día con nosotros.

Por lo tanto, tu cumpleaños lo seguimos celebrando siempre el mismo día 1 de agosto. Ya fuera aquí, antes de marcharse ellos, o allí en Pacos, o en el chino, convocando siempre a Emilio, Mari Carmen y nuestros nietos. Últimamente cambiamos de nuevo y decidimos celebrarlo en Valencia, para que pudieran acudir mi hermano y Conchin con los sobrinos.

El año pasado, mi amor, fue el último que pudimos celebrarlo todos juntos contigo. Estabas en un “impás” de la enfermedad. Despues de la quimio te mejoraste un poco y esto coincidió con el verano. Además vinieron Vicen y Carolina, que últimamente no estaban en tu fecha. Esta vez los que faltaron fueron Chelo y familia por enfermedad de Carlos Javier, que había contraído la “monuncleosis”. Chelo y Carlos vinieron por la tarde a felicitarte ellos solos, sintiendo no poder estar juntos en tu 78 cumpleaños. Pero otro día del mes de agosto, ya mejorado Carlos Javier, fuimos al polideportivo Bergamonte y allí lo volvimos a celebrar, aunque esta vez no pudo venir Vicentin. Siempre difícil de coincidir todos a la vez.

Hoy hace un año, mi amor, al levantarte y venir a buscarme la cocina, oí tus pasitos por el pasillo y salí a tu encuentro saludándote conmovida, pero feliz por verte. ¡Felicidades “sarset”! te dije para disimular mi emoción, y nos abrazamos estrechamente. Sentí tu cuerpo tibio junto al mío, (siempre tocándote la frente para ver si tenías fiebre) y encontré un cuerpecito flácido y sin fuerzas, sin aquel vigor, todo nervio, que tantas veces me abrazó. Te golpee cariñosamente la espalda, animándote y nos besamos una y mil veces como siempre, mi amor. Aquel fue tu último cumpleaños conmigo. Tus maletas estaban casi listas, pero esta vez emprenderías el viaje tú solo, pocos meses después, aunque nosotros no lo sabíamos.

Esta mañana llovía, estaba muy oscuro. “Empiezan las vacaciones,” pensé, “lloviendo, como siempre”. En el comedor, las maletas no estaban preparadas ni dispuestas para bajarlas al coche, no había nada, ni nadie. La soledad, mi tristeza y mi amargura lo envolvían todo.

 “Hoy, no se hacen las maletas” pensé, ya nunca más se harán.

Con todo mi amor y mi recuerdo a mi amado Vicente, un año después, en su 79 cumpleaños, el primero sin su presencia querida.  Te quiero, tuya siempre CHELO        1 agosto 2015 

miércoles, 9 de julio de 2025

PERSEIDAS

PERSEIDAS

 

LLUVIA DE ESTRELLAS - LAS PERSEIDAS - AGOSTO 2015

Abrí los ojos sobresaltada. Me había dormido y tenía que irme a Madrid. Instintivamente mi mano se deslizó por la parte de la cama que ocupabas siempre a mi lado, estaba fría y vacía. Sin tu cuerpo ni tu calor. Tome conciencia de mi realidad. Ya no estabas a mi lado para desearme “feliz cumpleaños” con tu beso de buenos días. Te habías ido al cielo,  a las estrellas. Esas estrellas siempre prometidas, que podía contemplar por fin, desde el cielo de Madrid.

A la hora convenida con mi hijo Emilio, baje a la calle. Lucas estaba al volante y su padre de copiloto. Alce la vista al balcón como buscando tu silenciosa presencia pero solo vi la mecedorita de tu infancia diciéndome adiós.

Acababa de hablar con Vicentin, risueño y cariñoso felicitándome y dándome consejos para el viaje, a transmitir a mis hijo y nietos. Nos esperaba sobre las dos en su casa. Estaría sola Carolina, ya que el por su trabajo vendría sobre las cuatro de la tarde. Me senté en el asiento de atrás junto a Emilio Samuel. Despues de los saludos mañaneros nos sumimos en nuestros móviles, mientras delante Lucas colaboraba con su padre sobre el itinerario a seguir. Yo apretaba junto a mi corazón mi teléfono. Lo había repletado de fotografías de Vicente, solo con su carita en las diferentes fases de su enfermedad y algunas de años anteriores. Me sentía acompañada y lo miraba con frecuencia, lo hacía presente en mi retina a cada instante.

Repasaba en mi interior otros viajes a Madrid con él, con mi amor, como siempre. El último hacía dos años. Fue en Mayo, cuando Vicentin cumplió los 40 años y acababa de salir de su percance de salud. Entonces íbamos risueños y agradecidos a Dios a celebrarlo con él en Rascafría, posada del Campanario, con un suculento cabritillo asado. El paisaje y los pueblos que íbamos atravesando me recordaban lo acontecido años atrás. Quien nos iba a decir a Vicente y a mí en aquél entonces, que sería nuestro “último viaje” a Madrid.

Ante mi soledad actual por tu ausencia y mi tristeza, Vicentin y Carolina pensaron en celebrar mi cumpleaños de una forma distinta. Se da la circunstancia, además, de que Chelo y Carlos con sus hijos, están en Guatemala, visitando a la familia de Carlos,  por lo tanto mi celebración habitual seria por si, muy diferente. Por eso me han invitado a ir a Madrid con ellos para ver el espectáculo de la “lluvia de estrellas” que acontece precisamente, año tras año,  el  día12 de Agosto. Lo habían sugerido años anteriores, pero  con tu enfermedad, mi amor,  lo descartamos y han decidido que este año sería oportuno para llevarlo a cabo. En un principio iba a ir sola, con el tren AVE, pero Emilio y los niños pensaron acompañarme y así poder pasar tambien a mi lado este día, tan distinto  a los cumpleaños de toda mi vida a tu lado.

En mi familia, desde mi infancia, siempre fue un día especial. Se compraba ¡nada menos que un melón!, la fruta idónea por excelencia, del verano mediterráneo. Y ese melón traía siempre una discusión con él: críticas por parte de mi madre, si salía más o menos dulce y luego el tener que compartirlo con mi tía Teresita, hermana de mi padre que gozaba de pocas simpatías por parte su cuñada. Según contaba mi madre, no sin cierta ironía, el melón era portador de una buena “bronca”, que por otra parte, nunca entendí. Dicho melón, junto a un helado casero que fabricaban mis padres en la pequeña cocinita de mi viejo barrió valenciano y que servía de invitación a la familia, fueron las bases de una tradicional celebración: el cumpleaños de la primogénita, y nada de tartas ni de velas, eso llegaría mucho después, cuando cumplí 20 años, el último en mi casa.

En la familia que formamos tú y yo, seguí con la tradición y tu cumpleaños y el mío, fueron tambien muy celebrados. Conjuntamente han servido para reunir a la familia en un día que por unanimidad se declaró “especial”, siempre acompañados de nuestros hijos, nietos, Lucio, hermanos y sobrinos, con comida o cena, en casa o en restaurante, año tras año, hasta el día de hoy. Porque en este año, se ha cambiado el rumbo de nuestra historia. El pasado día 1 de este mes de Agosto, (siempre nuestro mes de vacaciones), ya no pude colocar encima de la tele las tarjetitas dedicadas a ti, mi amor, en espera de juntarlas con las mías. No había ninguna.  Desde que te fuiste, ya nada es ni volverá a ser lo mismo.

En el transcurso del viaje, evocando tiempos y lugares, mirábamos al cielo. Para poder ver y contemplar las estrellas era imprescindible que no estuviera nublado. Sobre las doce, paramos a tomar algo y Emilio Samuel, pasó adelante para conducir él. Emilio siguió de copiloto y enchufaron el GPS para localizar el domicilio de Vicentin. Yo seguía apretando fuertemente mi móvil para sentirte más cerca. El cielo empezó a llenarse de nubes que en un principio no parecían importantes. Llegamos a Madrid sin novedad y sin equivocaciones. ¡Cuánto me acordé de ti, mi amor, que siempre te equivocabas al tomar la M-40!

Estábamos aparcando cuando nos salió al encuentro Carolina que venía de comprar un poco de comida preparada por si a los niños no les gustaba lo que habían cocinado: judías verdes y patatas. Compraron un pollo que siempre es aceptado por todos. Subimos en el ascensor todos a la vez cargados con el equipaje, que consistía en sudaderas y ropas de abrigo para la noche. Mi emoción iba en aumento. Vicente se me representaba sonriente y feliz como cuando solía aparcar y mirábamos hacia el piso de Vicen que, asomado a la ventana como una gárgola nos esperaba sonriendo. ¡Le echaba tanto de menos!

Cuando entré en el comedor, tan recordado en el tiempo y sus circunstancias no pude contener la emoción. A nuestro hijo Emilio le pasó otro tanto y los niños estaban callados respetando nuestro abatimiento. De pronto apareció Vicentin, con sus brazos abiertos para cobijar mis sollozos. ¡Por fin, se las había arreglado para esperarnos en casa y no llegar después! Esperaba ese momento de mi debilidad emocional y quería consolarme personalmente. Lloré un ratito abrazado a él y le agradecí su presencia. Nos dio una grande y grata sorpresa, pues le esperábamos más tarde. Solícito y cariñoso junto a Carolina prepararon todo para comer.

 Habían decidido que mi celebración de tarta y velas fuera al día siguiente, antes de salir para volver a Valencia. Ese día recibí muchas felicitaciones por mi móvil y por la mañanita, antes de salir de casa, mi hija Chelo y familia me alegraron como de costumbre con sus canticos de “cumpleaños feliz” desde Xela. Emilio, Mari Carmen, Vicen, mi hermano y Conchin, Mari, mis cuñados, y un montón de amigos, hasta Pedro Miret, el párroco, se acordaron de mí cumpleaños este verano: 74, pero sin ti, mi amor. Sesenta años contigo, son muchos para agradecer a Dios, pero ahora me parecen muy pocos. Intento sacudir mis inoportunos pensamientos y centrarme en el motivo por el que estamos en Madrid.

El cielo se había cubierto de nubes totalmente. Mis nietos y Vicen con Emilio consultaban continuamente el tiempo en sus móviles y en el ordenador. Parecía que quería aclarar. Nadie se arrepentía de haber ido. Aunque estuviera nublado estaban conmigo. Sobre las ocho tomamos la decisión de ir. Carolina preparo unos bocatas de jamón y cogió agua. Yo había llevado unas empanadillas y magdalenas. Nos vestimos “de invierno”. Mi hijo con los niños se quedarían en el “Hotel de la Imagen”, donde nos hospedamos cuando operaron a Vicentin. Salimos para Rasca Fría, por Miraflores de la Sierra, camino de una montaña “la Morquera” a 1600 metros de altitud y a 70 kilómetros de Madrid y desde donde se suponía que se verían bien las estrellas fugaces de las Perseidas, nombre que reciben de la constelación de Perseo.

Lo primero que hizo Vicen al aparcar y tomar posesión del terreno, fue darnos una información del cometa que las ocasiona, que pasó por nuestro órbita en 1992 y que no pasará nuevamente hasta dentro de 150 años. Habíamos traído unas sillas de playa y unas esterillas y aprovechado la poca luz diurna que quedaba nos distribuimos alrededor de una fuente, sin agua, que protegía bastante del helado vientecillo que empezaba a soplar y que despejaba afortunadamente el cielo. Comprobamos ante nuestra sorpresa, que había familias y grupos distribuidos por la pradera y eso disgustó a Vicen que quería estar en soledad. Con nuestras linternas entre juegos y bromas, cenamos. Los otros grupos tambien llevaban linternas y verdaderamente molestaban si te enfocaban queriendo o sin querer con ellas. Había que esperar. El apogeo de las fugaces se esperaba hacia las tres de la madrugada. Me pareció una barbaridad. Me estaba quedando helada pese a la ropa que llevaba. Había traído bufandas y más ropa, pues me suponía que alguno de mis nietos e incluso mi hijo Emilio la necesitaría. Vicen tambien les dejó algo, pero todo era poco. Hacia verdaderamente mucho frío.

La noche se había despejado bastante y las estrellas brillaban como en la noche fría de la Navidad. Lamente no tener a mi lado a mi Vicente. Hubiéramos estado sentaditos, juntitos y apretados para darnos calor. Aunque tambien me lo imaginaba con la linterna jugueteando con los nietos y “dotoreando” como le diaria yo, los alrededores. Pero nada de esto aconteció,    tú no estabas mi amor, no pude ver el espectáculo contigo, y aunque Emilio permaneció a mi lado, encogido tambien de frio, yo sentía la soledad de ti, dentro de mí.

Cada estrella fugaz que se empezaba a ver en todas las direcciones, levantaba voces y aplausos, la primera la vieron Carolina y Vicen que estaban entusiasmados. Emilio Samuel y Lucas con ellos, se tumbaron en las esterillas. Lucas se había llevado su “saco” y fue el que mejor estuvo. Las fugaces iban en aumento y las iban contando. Yo me cansaba de mirar hacia lo alto y la verdad es que no alcancé a ver muchas, apenas unas diez o doce. Pero ellos vieron casi cincuenta, por lo que me alegré mucho. Estaba ocupada en evocarte, mi amor. Quería adivinar tu carita desde el cielo mirándome. Encendía el móvil y te miraba y luego te imaginaba allá arriba contemplándonos a todos. Mis ojos se llenaban de lágrimas y Emilio trataba de hablarme y distraerme, invitándome a apagar el móvil y mirar hacia arriba.

De pronto algo llamo nuestra atención. Llegó un autocar grande que aparcó en la carretera y empezaron a bajar 30 o 40 personas para ver tambien las estrellas. El ambiente se llenó de voces y risas. Caminaban en fila india con sus linternas como una gran luciérnaga. Vicen. Carolina y Emilio se contrariaron muchísimo. A mí sin embargo me hizo gracia y me saco de mi tristeza. Caminaban hacia nosotros, hacia la fuente que no tenía agua, pero ellos no lo sabían. Nos deslumbraron a todos con sus linternas y nosotros y los demás grupos empezaron a protestar. Se asemejaban a “La santa compaña” como les denominé, y se fueron acomodando por la pradera llena de boñigas de vacas, ortigas y piedras que sin luz, resultaba bastante peligrosa y hostil. “Así se caigan de narices”, les deseamos en nuestro interior.

Así, entre estrellas, linternas, voces, maldiciones, risas, emociones, evocaciones y haciendo presente a todos mis seres queridos, pasaron las horas. Sobre las dos y media, se acercó Emilio a ver como andaban los que se habían “tumbado” y que estaban aguantando perfectamente, pero nosotros decidimos meternos en el coche. Los dientes nos castañeteaban, helados de frío. Poco después “la santa compaña” regreso a su autocar y se hizo el silencio, pero no quisimos salir al exterior, nos parecía que ya habíamos visto de que se trataba aquello y prolongar más la estancia allí era casi una temeridad porque verdaderamente hacia un frio polar. Regresaron los chicos con Vicen y Carolina. Ellos se fueron al hotel y nosotros a casa. Dijimos adiós al momento y al lugar, agradeciendo a nuestros hijos y nietos la oportunidad de contemplar aquel espectáculo único y seguramente para mí, irrepetible.

El camino era largo y estaba lleno de curvas. Yo me mareaba y Vicen tuvo que ir despacio. Emilio conducía detrás. Sus hijos se habían dormido.

Ya en casa, me prepararon con mucho cariño la cama en el sofá nuevo que habían adquirido hacia poco tiempo. Les agradecí el espectáculo estelar que me habían regalado. Te busque en mis fotos mi amor y te llene de besos una vez más, quedándome dormida al momento como ellos. Todos habían hecho un esfuerzo para que ese regalo “especial” se llevara a término.

Amaneció un cielo rabiosamente azul pero con un viento muy fuerte y helado. Era como si hubiera llegado el otoño. Vicen y Carolina se levantaron más de las nueve. Hable con Emilio, sin novedad. Iban a desayunar. Durmieron los tres en una habitación y cayeron rendidos tambien al instante. Cuando llegaron limpios y guapos empezamos a planificar la mañana.

Lo primero que hizo Vicentin fue prepararme un zumo de pomelo y zanahoria con una licuadora que se han comprado y que tenía gusto de que probara. Me pareció bonísimo. Había hecho acopio de bastante fruta y de tomates que no dio tiempo a consumir. Despues Carolina llamo a una tienda para encargar una tartita y se fue a recogerla. Mientras, descongelaron “gallo”, un pescado que utilizan mucho y que está buenísimo, cocieron patatas para una ensalada campera y con todo listo nos fuimos. Primero en tren de cercanías, luego en metro y después andando a la iglesia de “san Antonio de los portugueses” para contemplar y fotografiar (previo permiso del sacristán) unas preciosísimas pinturas “al fresco” que son una verdadera obra de arte. La iglesia está dedicada a san Antonio de Padua y es redondita y no muy grande, pero llena de historia plasmada en las pinturas y de milagros del santo. Olía a madera vieja, a tapices y a incienso. Salí encantada.

Para el regreso deberíamos hacer el viaje a la inversa. Hacia fresco, aunque lucia el sol. Caminamos bastante entre muchos turistas y sacaron bonos para coger los distintos medios de transporte. Subimos y bajamos las interminables escaleras del metro, pateamos varias estaciones y por fin, llegamos a casa. Momento que aproveche para hacer unas fotos en la escalera-rampa de la entrada a la casa de Vicentin y que habían construido hacia poco tiempo. Mantuve a mi hija Chelo y a Mari Carmen informadas todo el tiempo y les enviamos fotos por el móvil. Maricarmen fue la sacrificada que tuvo que quedarse en Valencia por su trabajo.

Ante el asombro de mi hijo Vicentin, Emilio y sus hijos no hicieron ascos al pescado, aunque había pollo del día anterior para refuerzo. Despues de comer sacaron la tarta de mi cumpleaños y las velas con el 74. Sople y sople, como el lobo. Se hicieron fotografías y me emocione mucho al ver lo distinto de la situación. Note la ausencia de los que no estaban. Sobre todo echaba de menos a mi lado a mi querido amor, su voz, sus manos, sus ojos. Y tambien a mi querida hija Mari Chelo y familia y a Maricarmen. Pero mis hijos y nietos me lo hicieron muy fácil y agradable y en mi corazón estuvieron todos. Todos los que pensaban en mí y todos los que estuvieron en tantos años anteriores con nosotros. Despues un brindis y los regalitos. Mi mejor regalo fue ese “viaje a ver las estrellas”, que nunca olvidare.

Emilio y los niños con la entrañable y cariñosa tarjetita donde escribieron todos como hacen habitualmente, posaron conmigo. Emilio, previsor y práctico me regalo un aparatito para guardar memoria del ordenador y una cajita con dulces que me hizo volver a mi infancia y a la suya. Vicen y Carolina en la línea cariñosa y solicita con su tarjetita repleta de sentimientos y dos estupendos libros para leer: “Las inviernas” y “Emma”. Las fotos de rigor y sobre las seis, comenzamos las despedidas. Bajamos al mercadito a comprar algo de fruta. Abrazos, besos, recomendaciones y advertencias. Alegría y gratitud a flor de piel y reprimidas ganas de llorar. La vida me había dado tanto, que la pérdida aún se notaba más, pero estaba feliz y contenta de haber ido a Madrid con mis hijos y nietos al encuentro de Vicen y Carolina para ver las estrellas. Esas estrellas que tanto me gustaron siempre. Y lleve a todos conmigo en mi corazón.  Y tambien con ellos, volvimos a Valencia. Eran sobre las diez de la noche. Me despedí de Emilio, (que me acompañó hasta casa) y de los niños y fui directamente a ver la foto de Vicente que me esperaba sonriente. ¡Ya estoy aquí, mi amor! ¡Lo que te has perdido! Y llorando estuve un rato abrazada a él. Despues, llame por teléfono a Vicen. ¡Habíamos llegado a casa! El sueño de haber visto “la lluvia de estrellas” se había cumplido. ¡Gracias mis querido hijos y nietos!

Con todo mi amor, en tu dulce recuerdo y en el de nuestros cumpleaños. Agosto 2015 

domingo, 6 de julio de 2025

AMANECIENDO CONTIGO

AMANECIENDO CONTIGO

Después del espectáculo de la “lluvia de estrellas” de las Perseidas, quedaba por descubrir algo precioso e inusual en mi vida, en nuestra vida. Contemplar “un amanecer” y un amanecer en el mar, nuestro Mediterráneo.

Emilio Samuel me lo había propuesto no hacia demasiado tiempo, pero yo siempre le daba largas, pensando en el madrugón y como no, en la ausencia de Vicente, mi amor.

Recién llegados de Madrid, me propusieron salir a comer conmigo los cuatro. Fuimos al restaurante del bingo, en el supermercado “El osito” de la Eliana, donde comimos alguna vez  Vicente y yo, con  Mari, ya en ausencia de Nicanor y recientemente con Pepin y Marisa. Era el sábado día 15, la Virgen de la Asunción. Les agradecí la invitación y el estar tan pendientes de mí. Pasaron a recogerme después de misa de 12. Les resultó acogedor y comimos muy bien y con la habitual armonía. A la vuelta, Emilio Samuel repitió una vez más su propuesta: “Abuelita, ¿vienes conmigo a ver amanecer en Cullera?” y sin pensarlo dos veces asentí. Pensé que era algo bonito que la vida, por medio de mi nieto, me ofrecía. Pensé en las renuncias que habíamos hecho Vicente y yo a tantas cosas…y por eso decidí aceptar encantada.

El, contento y emocionado empezó a planear la salida. Me puso el reloj de mi móvil a las seis de la mañana y como sus padres tambien se animaron a venir, dejó que ellos me recogieran y a su vez, le recogiéramos a él en Silla. Así lo hicimos. A las seis y cuarto, estaban Emilio y Mari Carmen en la puerta de casa. Lucas se quedó durmiendo. Bajé en ayunas y con una chaqueta porque me advirtieron que haría fresco. Pasamos recogiendo a Emilio Samuel y empezó a clarear. Mi hijo Emilio iba al volante pero no sabía cómo llegar a Cullera. Él tenía su idea, pero los demás le señalaban otro camino. Se les había olvidado el GPS y empezó a ponerse nervioso. El cielo se iba tornando color de rosa y ya empezaba a tomar un tono anaranjado, pero al final llegamos a tiempo. Despues de bastantes curvas llegamos a la cima de una montaña, creo que le llaman “la bola” y vimos bastantes jóvenes corriendo y una pareja que subía caminando para ver el espectáculo que se dominaba desde allá arriba. Había fresco en verdad y Samuel iba con “chanclas”…

Emilio aparcó al borde del acantilado que aunque había una tela metálica, resultaba bastante peligroso. Nos quedamos extasiados contemplando el panorama. El horizonte infinito de un tono rabiosamente naranja y el mar. Una gran extensión de mar azul, tranquilo, maravilloso y la playa, con numerosas urbanizaciones, chalets, edificios altos que parecían de juguete y vegetación. En el horizonte empezó a crecer un pequeño punto de luz. Poco a poco emergía del agua una gran bola naranja, como de fuego. Iba tornándose cada vez más fuerte su fulgor y se reflejaba en el agua tornándola de oro. Emilio andaba aprovechado el espectáculo inmortalizándolo con su cámara de fotos. Emilio Samuel satisfecho oía mis exclamaciones de agrado y asombro y junto a su madre, permanecían a mi lado, dándome calor y cariño.

Yo estaba “amaneciendo contigo”, mi amor, pero tú no estabas “a mi lado”. No eras dado a esta clase de espectáculos. Quizás porque habías visto bastantes en tu vida de niñez y juventud, cuando andabas por las huertas de Alcira y Poliña. O tal vez en el ejército. El caso es que nunca me propusiste ver un amanecer y eso que estuvimos tantos años en la playa de Puebla durante el mes de Agosto. Tu ilusión, eso sí, era ir a pescar. Afición que ha heredado, por ahora, tu nieto Emilio.

Vuelvo la vista atrás y recuerdo que al principio de nuestros veranos en la Puebla de Farnals, nuestro entorno era bien distinto del de los últimos tiempos. Nuestros apartamentos estaban completamente equidistantes, de una parte a otra del territorio playero y costa. Tambien había muchísimos menos, estaban en plenas construcciones de todo lo que es hoy en la actualidad. Tampoco sospechábamos entonces que con el tiempo nos iríamos a la otra parte de la urbanización. Prácticamente hemos visto construir año tras año la actual playa de Puebla de Farnals. Empezamos a veranear en el Complejo Europa, apenas entrar en Puebla. Constaba de tres edificios medianos y una torre: “Aníbal”. Alquilamos un primer piso en “Estoril”. Delante teníamos parte de una gran zona ajardinada con abundante césped y chopos. A la derecha una piscina grande y otra pequeña. Había columpios y el jardín se extendía con flores y plantas por todo el complejo. Detrás estaba la Iglesia y un cine de verano. Tu hermano Pepin tenía un apartemente en el edificio de atrás: “San Remo”. El tercero se llamaba “Niza”. A pocos metros por delante, se extendía el mar azul, con una playa muy tranquila dentro del puerto.

Recuerdo que aquél primero de agosto que sería el segundo de nuestra historia, llegaste cansado del Certamen y las músicas de julio y quizás un poco malhumorado conmigo. Querías desconectar “estabas de vacaciones” y eso te daba derecho a “casi” todo. Me acuerdo que, una vez vacío y aparcado el coche, cogiste los pertrechos de la pesca y me dejaste plantada en el comedorcito con los niños y las maletas en derredor, marchándote al “bracito de las ratas” como lo llamaríamos después y que afortunadamente estaba cerca. Sentí tristeza y decepción ante tu comportamiento egoísta. Pero afortunadamente no tardaste mucho en volver. Al ir a tirar la caña se te cayeron del bolsillo las llaves del coche. Las viste brillar en una piedra dentro del agua, a la luz de la luna, pero cuando bajaste a por ellas y en tus narices, el brazo de un pulpo las cogió y te quedaste sin ellas. “Dios te ha castigado”, te dije. Te levantaste antes del amanecer para ir en bus a Valencia y coger las de recambio que guardaba yo en una cajita. Ni reparaste en el amanecer, ni estaba el “horno para bollos” como para contemplarlo juntos.

Tal vez, te habrás levantado temprano en dos o tres ocasiones en tantos años, para pescar. La afición era grande, pero a tu comodidad y con solo el objetivo de la pesca, nada de romanticismos o estampas bucólicas. En realidad te encantaba aprovechar las tardes e incluso alguna noche. Y recuerdo que alguna mañana, renunciaste al baño para tirar la caña pero nunca de madrugada. Lo que hacías durante las mañanas del baño era “hacer gusanos”.

El amanecer tambien nos ha sorprendido muchas veces en la carretera, cuando íbamos a Santander. Salíamos a las doce de la noche. Tu seguro, fuerte y eficaz al volante. Nosotros confiados ciegamente en ti, en el papa, en mi amor. Cuando amanecía abrían los bares de las carreteras. No íbamos por las autopistas porque no estaban hechas. Entonces parábamos a tomarte un café calentito porque refrescaba bastante y te espabilabas. Y así veíamos amanecer, entre árboles, caseríos, puentes y poblaciones. Eso no era “ver amanecer” eso era que “llegaba el día” y nuestro viaje terminaba. Pero tú aguantabas siempre.

Por lo tanto, mi amor, nunca he visto amanecer contigo de una forma tranquila, contemplando el espectáculo, cogidos de las manos, viendo la grandeza de Dios y del paisaje. HASTA HOY. Hoy lo he podido ver, admirar y contemplar añorándote y he agradecido a Dios la insistencia de nuestro querido nieto Emilio Samuel, que me ha hecho, junto a sus padres, este maravilloso regalo. Regalo que completamos con un estupendo desayuno en El Saler. ¡Gracias, mi queridísimo nieto Emilio Samuel! Gracias tambien en nombre del abuelito por haberme enseñado algo que nunca hizo él.  Te quiero.

Dedicado a mi querido Vicente, mi “pescaoret de caña” que casi siempre hacia “porra” pero siguió insistiendo año tras año sin perder la ilusión.

Dedicado a mi querido nieto Emilio Samuel por ofrecerme ese magnífico regalo de la naturaleza.

Con todo mi amor. Agosto 2015.

12 AGOSTO 2025

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