miércoles, 26 de febrero de 2025

 

REFLEXIONES DURANTE EL “COVID”

 

Querido Vicente, amor mío:

El tiempo, que no entiende de confinamientos, nos ha llevado de la mano, al día de hoy. Día 10 de mayo, en el que se celebra en Valencia la fiesta de nuestra Patrona, la Virgen de los Desamparados. Podrás imaginarte los sentimientos que me despiertan estos recuerdos tan nuestros, tan entrañables, tan queridos, tantas veces vividos y ahora tan añorados, que me invitan a escribirlos para que no se pierdan en mi memoria.

Cierro los ojos y me trasporto a mi infancia, a mi querido barrio del Carmen. Mi madre, muy devota de la Virgen, nos levantaba temprano y, junto a mi padre, mi hermano y yo, marchábamos a la plaza de la Virgen que estaba abarrotada de gente, para ver el tradicional “traslado” que se hacía y se hace, desde la Basílica de la Virgen hasta la Catedral. Mi padre trabajaba en Regiones Devastadas, un organismo oficial que se fundó después de la guerra de 1936 y que como su nombre indica, se dedicaba a reconstruir todo lo destruido por la misma. Acudíamos a sus oficinas en Valencia que estaban en la plaza de Manises, para contemplar el traslado de la Virgen desde sus balcones, abiertos al jardín de la Generalidad. Por la tarde nos acercábamos al Tros Alt, que es el vértice donde confluyen la calle de Caballeros y la calle de la Bolsería para ver la procesión y su incomparable lluvia de pétalos de flores, de la calle de la Bolsería.

Cuando llegaste tú a mi vida, te amoldaste a todas mis costumbres y con el gran acontecimiento que supuso en nuestras vidas el aprobar las oposiciones a la Banda Municipal de Valencia, te hiciste miembro activo de estos actos tan valencianos y tan nuestros, que pasaron a ser patrimonio personal de nuestra historia en común.

Las oposiciones fueron en Abril de 1960 (se han cumplido 60 años), pero tú causaste alta en Mayo. Mientras se formalizaban los papeleos pertinentes, te confeccionaron el uniforme en una prestigiosa firma de la calle de la Paz, especializada en uniformes militares, Armenteros se llamaba. Uniforme completo: traje, capote entallado y bastante largo, tipo militar soviético y gorra de plato, adornado con los indispensables botones y galones de oro y el escudo de Valencia bordado en la gorra y en las bocamangas. Las solapas eran de terciopelo. Estabas realmente guapísimo y eras el orgullo de mi familia y de la tuya. Tú estabas henchido de emoción. A tus 24 años te habías convertido en profesor de la Banda Municipal de Valencia, y empezamos a gozar de tu trabajo merecidamente ganado. Los ensayos diarios se hacían en el paseo de la Alameda, aprovechado los locales del Palacio de la Exposición, que se construyó en el año 1909 y que fue para Valencia la primera ventana al mundo. Era un trabajo maravilloso que nos permitía estar juntos y disfrutar con los diversos conciertos que daba la Banda. Tu vida cambió y empezamos a pensar en un futuro matrimonio, con una boda bonita vestida de blanco, como quiere toda muchacha.

Llevabas un año en activo, cuando por medio de tu hermano, te llego una propuesta de trabajo en la Orquesta de la SABC BROADCASTING CORPORATION de Johannesburgo Sudáfrica, con un contrato de dos años. Sin durarlo mucho, pediste la excedencia en la Banda Municipal y nos casamos en febrero de 1962. Ese inesperado acontecimiento cambió nuestros proyectos y propició que pese a nuestra juventud, improvisáramos una inesperada boda, muy distinta a la que siempre imaginé y pudiéramos marchar juntos y emprender la maravillosa aventura de nuestra vida en común al otro lado del mundo, en África del Sur.

Tras cumplir el contrato establecido, en enero de 1964 volvimos a Valencia y llegó el ansiado día de la Virgen. Reincorporado de nuevo a tu plaza de la Banda Municipal, ardíamos en deseos de reiniciar nuestra vida valenciana y volver a vivir todo lo mágico de la misma.  En nuestra dilatada “luna de miel” nació nuestra hija Mari Chelo en noviembre de 1962, tenía poco más de un añito y, pese a mis deseos, no puede acompañarte al tradicional concierto nocturno de la víspera. Cuando escuché desde casa de mi madre, donde vivíamos, el disparo de un castillo de fuegos artificiales, comprendí que se había terminado el concierto y pronto volverías. Empecé a acostumbrarme a oír tus pisadas resonando en la calle solitaria y poco alumbrada que siempre recordé de mi infancia y a distinguir el sonido de tus llaves al abrir la puerta. Ese sonido de tus llaves, que nunca olvidaré. Mi corazón latía. Volvías contento, me entregaste el programa del concierto: música valenciana y el Himno Regional dirigido por su director don Antonio Palanca Villar y pensé: el año que viene no me lo pierdo.

Sin embargo, en octubre de dicho año 1964, nació José Emilio, nuestro segundo hijo y se impusieron mis obligaciones de madre. Un par de años más tarde, nos fuimos a vivir a Masanasa y te compraste una moto Vespa para poder ir y venir a los ensayos y a todos los actos pertinentes. Desde dicho pueblo tampoco podía acompañarte. Los niños eran muy pequeños. Sin teléfono y sin nada, solo podía esperarte y sufrir si se hacía tarde, porque desde allí ni tan siquiera se oían los castillos que indicaban los finales de fiesta y de los actos. Pero siempre aguardé tu vuelta despierta. Tú me decías “no me esperes levantada”, pero yo no podía acostarme, sin ti. No estaba tranquila hasta que no oía el familiar ruido de tu moto y el inconfundible sonido de tus llaves. Siempre salía a recibirte. Apenas abrías la puerta me veías allí de pie, esperando tu abrazo. ¡Cuántas horas te esperé durante todos los años de nuestra vida! Me gustaba abrazarte antes de quitarte el capote. Me gustaba sentir el frio de tu cara por el relente de la noche (generalmente más allá de las 4 de la madrugada) y percibir el olor de la marjal y de la huerta, que impregnaba tu ropa hasta que llegabas a casa.

Todo pasa y llegó el tiempo de volver a Valencia capital, a nuestro domicilio actual. Aquí empezamos una vida nueva. Los actos de la Banda eran accesibles para nosotros y tú estabas muy orgulloso de que fuéramos a verte tocar. Podíamos ir contigo a casi todas partes, sobre todo en el verano: nos gustaba acompañarte a los ensayos de Alcira, Benaguacil y Alcácer, los pueblecitos que solían contratarte de “refuerzo” para el Certamen de Bandas Internacional, que se celebraba en el mes de Julio en la plaza de toros. Después, la entrega de premios en los Viveros. Entonces adquiriste un “sidecar” para poder ir más cómodos y eso nos permitió acompañarte a bolos de zarzuelas, en muchos pueblos donde terminabas bastante tarde. Teníamos nuestro medio de transporte: la moto con sidecar, donde envolvíamos a los niños con una manta, ofreciendo un singular espectáculo. Pero nos daba igual. Íbamos juntos los cuatro hasta que pudimos comprarnos un coche, un Dauphine de 3ª mano.

El periplo veraniego comenzaba con el concierto de la plaza de la Virgen a las 22 horas. El domingo por la mañana a las 10, tocabas en el solemne traslado, pero poco tiempo después la Banda cesó de ir, ante la riada de gente que seguía a nuestra Patrona. Entonces acudíamos a la misa de 12 en la parroquia y luego nos acercábamos a la plaza de la Virgen para hacernos una fotografía con el artístico tapiz de flores y paseo por la “escuraeta” donde comprábamos campanitas de barro y pajaritos de agua que trinaban y les gustaban a los niños y a nosotros tambien. Por la tarde, nos acompañabas al lugar de la procesión en el que solíamos ponernos, siempre delante de los escalones de la Lonja de la Seda, frente al Mercado Central y rápidamente volvías a unirte a tus compañeros, esperando la hora de la salida de la misma, en la puerta de la Catedral. Afortunadamente el Ayuntamiento empezó a poner sillas en todo el recorrido y previo pago estábamos sentados y más cómodos. Era larga la espera.

La procesión empezaba con los caballos de la policía municipal, ataviados con sus plumeros y sus uniformes de gala, las “banderolas” y parroquias. A mediados de la procesión se oían unos sones inconfundibles, incomparables: los sones de la Banda Municipal que anunciaban su llegada. La Real Señera, los timbaleros y seguidamente la bandera con el director que fuera. Sucesivamente en el tiempo: Palanca, Ferris, Garcés, Rivelles y Sánchez Torrella, hasta que te jubilaste. Detrás la percusión y a continuación todos los profesores que la formabais entonces. Quedaban pocos veteranos, la mayoría erais jóvenes, llenos de vida y vitalidad. Y entre ellos tú, mi amor, que pasabas marcialmente haciendo sonar tu trompa, mirándonos sonriente y feliz al oír nuestros gritos de “papá, papá”. Orgullosa, te veía marchar mezclado entre todos, pensando que nunca se acabaría esa dicha. Luego, la Virgen encendía los corazones movidos por la fe, dejando a su paso multitud de lágrimas y de flores.  Salíamos a tu encuentro para volver a casa, mientras a nuestras espaldas se oía el disparo del castillo de fuegos artificiales, al que nunca nos quedamos a ver, porque se hacía tarde y al día siguiente había colegio.

Cinco años después en mayo de 1973, nació nuestro pequeño Vicentin y tuve que renunciar de nuevo a muchos actos, pero en cuanto pude, volví a retomarlos y orgullosos íbamos de nuevo, acompañados de nuestros tres hijos, para verte pasar. Pero los hijos crecieron y cambiaron sus necesidades e incluso sus gustos y preferían quedarse en casa estudiando.

La vida transcurría veloz y casi sin darnos cuenta nos quedamos solos tú y yo. Año tras año en la procesión, cuando pasabas por delante de mí y me mirabas con tus ojos de siempre, una sombra de tristeza afloraba a los míos. Al alejarte interpretando los sones de la marcha de turno, ya no veía tus cabellos oscuros debajo de la gorra, sólo veía “cogotitos blancos”, el tuyo y el de muchos compañeros, y eso me empezaba a inquietar al comprobar el inexorable paso del tiempo. Sacudía la cabeza y SOLA, te iba a esperar al final del recorrido. Ya en casa, solo nos aguardaba estudiando nuestro pequeño Vicentin. Los mayores ya se habían casado. Y llegó un momento en el que Vicentin tambien se fue. ¡Ley de vida! como decías tú, pero el “nido vacío” nos daba mucha pena, aunque tú siempre lo llevaste mejor y me ayudaste a superar las sucesivas marchas de los hijos.

Pasaron los años y el 22 de enero de 2005, día de tu santo, a tus 68 años, dejaste para siempre a tu Banda Municipal, para gozar de tu merecida jubilación. ¡Cuánta vida quedo atrás! ¡Cuántos pasos por Valencia! ¡Cuántas procesiones, actos y conciertos, TU VIDA ENTERA! Y tambien la mía.

Durante los años sucesivos y acompañados generalmente por Chelo y Carlos, seguimos acudiendo tradicionalmente a ver la procesión y aplaudir a los compañeros que iban quedando y que te saludaban cariñosos, después de los 40 años trabajando juntos, compartiendo vuestras vidas. Tú los mirabas pasear con una sombra inevitable de nostalgia en los ojos, hasta que en mayo de 2014, vimos pasar a la Virgen juntos, por última vez. Al llegar el otoño, me soltaste de la mano para subir al cielo.

Desde que nos dejaste y siempre acompañada de nuestra hija Mari Chelo no he dejado de asistir ni un solo año a ver a la Virgen. Al principio no podía soportar ver pasar a nuestra Banda. Ya no me parecía la misma, todo lo veía a través de mis lágrimas. Lógicamente se habían incorporado nuevos músicos jóvenes, como lo fuiste tú. Ya no quedan compañeros tuyos. Para mí, es una extraña, aunque en lo más profundo de mí ser, siempre será “nuestra Banda Municipal” la mejor de todas las bandas y al oír su nombre, vuelve a mí, el recuerdo de tu imagen amorosa e inolvidable, desfilando a los sones de nuestra música, echándome miraditas furtivas y si podías, algún beso.

Ahora me emociono cuando veo las bandas donde tocan nuestros nietos Emilio Samuel y Lucas, músicos como tú, y bendigo las nuevas generaciones. Y bendigo tu memoria y la semilla que dejaste en ellos: el amor a la música y su bella interpretación. Luego cierro los ojos y te imagino mirándome y sonriéndome como tú lo solías hacer siempre, con tu brillante trompa entre los brazos.

¿Te das cuenta, mi amor, de cómo he vivido este año la fiesta de la Virgen? LA HE VIVIDO CONTIGO en la soledad del confinamiento por el Covid y recordando. En mi mente perdurará siempre tu imagen, con tu flamante uniforme y tu gorra, tu sonrisa, tu olor inconfundible y el sabor de tus besos.

Me gusta recordarte así, como fuiste, como fuimos durante la mayor parte de nuestra vida.  Gracias mi amor.  Siempre tuya, CHELO

Mayo del 2020

jueves, 20 de febrero de 2025

 

 LA MUSICA Y LAS CANCIONES DE MI VIDA

 

La MUSICA considerada como arte, ciencia y lenguaje, es un medio de expresión sin límites que llega a lo más íntimo de cada persona. Puede transmitir diferentes estados de ánimo y provocar emociones. La música te transporta automáticamente a otros tiempos, otros lugares y otras circunstancias vividas en profundidad. La música tranquiliza el alma y alegra el corazón.

Siempre me gustó cantar.

Recuerdo que desde mi más tierna infancia mis padres canturreaban a menudo, en concreto mi madre y eso no cabe duda que influyo mucho en mí. Sobre todo nos cantaba dos canciones especiales que en cuando fuimos un poco mayores mi hermano y yo, le pedíamos que nos cantara. Una era de una “huerfanita solita en un palmar” muy triste y otra, triste tambien, hablaba de amor y de guerra “de un militar que perdió la vista a cambio de una condecoración” Generalmente los tres acabábamos llorando. Tambien cantaba cuplés alegres y “picarones”. Mi padre cantaba jotas: “le di un besico al Jalón, pa que al Ebro lo llevara y al pasar por Zaragoza en el Pilar lo dejara” y se emocionaba. Nunca lo olvidaré. A la edad de 2 años ya cantaba yo un cuplé muy famoso que se llamaba “la Lirio” y que una amiga íntima de mi tía Paquita (hermana de mi padre) me hacía cantar cuando me veía, augurándome un “gran futuro”. Entonces se oía cantar mucho en las casas, mientras las madres hacían las tareas domésticas y voces masculinas salían tambien de los talleres de carpintería, tapiceros o cualquier otro oficio, pues las plantas bajas de aquellos tiempos estaban todas dedicadas a tallercitos o tiendecitas de algo. Por las ventanas salían voces a veces muy bonitas, de las canciones de la época, generalmente coplas, boleros, tangos y cuplés.

En el silencio propio de una ciudad con poco tránsito rodado y de un barrio un tanto marginal, no se escuchaban músicas con frecuencia, tan solo canturreos, por consiguiente, apenas sonaba un “tabal y dulzaina” precursor de una fiesta o acontecimiento, se percibía claramente, aunque estuvieran los balcones cerrados y entonces las gentes curiosas, acudían pronto a asomarse. Esos éramos mi hermano y yo que corríamos como locos por el pasillo y abríamos entusiasmados los portones del balcón, antes de que pasaran de largo. Si era verano y estaban abiertos, no había problema. Ese era el caso de los organillos callejeros que generalmente en las tardes calurosa de los meses del estío transitaban por las calles,  parando de vez en cuando para dar vueltas a la manivela y amenizar al vecindario, ofreciendo sus músicas a cambio de unas monedas que esperaban platillo en mano mirando hacia arriba con caras de hambre. A mi madre siempre le dieron lástima y les tiraba alguna monedilla que tampoco nos sobraba a nosotros. Esas cosas se quedan en el recuerdo y te dejan un buen ejemplo de generosidad.

Recuerdo que cuando fui un poco mayor, en cuanto escuchaba al organillo ya estaba yo bajando como loca por la escalera para comprarme por una perra gorda, unos folletitos de colores con las letras de las canciones que tocaban. Siempre me atrajeron esas historias de amor y desamor que contaban las coplas y los tangos. Los cuplés entonces, habían pasado a un segundo término, aunque luego se pusieron otra vez de moda. En el colegio, durante el recreo solíamos cantar las niñas. Algunas sabían cantar muy bien. Eran cancioncillas populares de juegos y de tradiciones y otras nos las enseñaban allí. Pero a medida que fuimos creciendo traíamos nuestro propio repertorio que intercambiábamos unas con otras. Yo me dedicaba a actuar en mi casa, protegida por una gruesa cortina de tela de saco que mi madre tenía puesta en la galería. A menudo salía a dar “mi recital” papelillo en mano y de arriba abajo. Me pasaba horas en las que mi madre no cesaba de instarme a que entrara en la casa y le ayudara en las tareas: “¡calla ya y ven a pelar patatas!” Pero yo ni caso. Muchas vecinas me aplaudían y me pedían esta o aquella canción. Y así, de esa forma tan inocente pasaba muchas tardes de verano. Tenía buena memoria y no entonaba mal. Pero no me sabía dosificar la voz. Eso lo fui aprendiendo poco a poco. Mi padre me lo aconsejaba y buscó entre sus libros su método de solfeo de Hilarión Eslava, para que aprendiera música, pero no me gustaba, yo solo quería cantar y contar las historias de amor como si fueran novelas. Despues me di cuenta de que yo era muy romántica, pues las escenificaba como lo veía en las películas en blanco y negro de aquel entonces.

Siendo mi hermano y yo muy pequeños, llegó mi padre un día, con un aparato de radio. Era como un cajón de madera, creo que de la marca “Telefunken” y eso nos fascinó. No había otro  en la escalera ni por los alrededores. ¡Ahí sí que se escuchaban bien las canciones! Había una sección de “discos dedicados” y algunas se repetían constantemente. Eso facilitaba mi aprendizaje. Papel en mano las iba escribiendo como al dictado. Se escuchaban además muchas zarzuelas que cantaban Marcos Redondo y Cora Raga, que inmediatamente me cautivaron, pues descubrí que tambien contaban cosas de amor en sus romanzas. A mis padres les encantaban y canturreaban a la vez. Mi hermano y yo empezamos a copiarles. El cantaba muy bien y tenía una bonita voz. Cantábamos de todo, dúos y romanzas. Las romanzas masculinas me gustaban más que las femeninas, que se entendían muy poco con esas voces atipladas. Todavía recuerdo muchas romanzas de zarzuelas que me emociono al recordar. Me transportan a numerosos momentos diferentes de mi vida, a cual más bonito de todos. Primero con mis padres. Despues con Vicente en el Micalet y con nuestros hijos pequeños en “bolos” de algunos pueblecitos, en el Palu de la música, en los Viveros municipales, en los Jardines del Palu y por último cantadas personalmente en nuestro Coro.

En estos tiempos de pandemia en los que escribo mis recuerdos, hubo muchas personas que cantaron desde sus balcones para contrarrestar el horror que estábamos y estamos padeciendo. Pues resulta que mi hermano y yo ya lo hacíamos hace 70 años. Las tardes del verano daban mucho de sí. Mientras mi madre se tumbaba un rato en la cama, aprovechaba yo para mis interpretaciones musicales. Unas veces dentro de casa y siempre apoyada por mi hermano, representaba momentos trágicos de algunas coplas. “El torero herido de muerte” y “la Manola tirando flores al torero” eran mis preferidas. A los sones de los cuplés del “Relicario” o de Francisco Alegre” que yo iba cantando, escenificábamos a la vez dichos momentos.  Más tarde nos gustaba cantar a dúo y hacíamos “chas” (y bastante bien por cierto) el “dúo del paraguas” “la Revoltosa” y “la del manojo de rosas” de las zarzuelas respectivas.

Pero lo que más nos gustaba era cantar canciones del colegio y marchas militares. Recuerdo  (sin poder evitar la sonrisa), que en los meses sofocantes de calor, sobre las cuatro de la tarde, comenzábamos el repertorio, ante la angustiosa mirada de los vecinos de enfrente que ya sabían de antemano que no iban a poder ni descansar, ni siquiera hablar, pues cantábamos a pleno pulmón. De entrada entonábamos el “Cara al sol” a continuación “Soldado soy de España” después “La cruz en la escuela que hermosa que esta” “Montañas nevadas” “La cruz de guerra” “Juventudes” “De rodillas Señor, ante el Sagrario” “Himno de la legión” “Marcha Real” y alguna más, para finalizar con el “Himno de Valencia” en castellano, porque entonces se cantaba así. Quedábamos afónicos pero muy satisfechos. A todo esto, mi madre desvelada por completo, no osaba salir al balcón para evitar que nadie le llamara la atención. Era un barrio no adicto al régimen político de entonces y esas canciones les repateaban, por lo tanto nos tenían un poco atragantados.

Tambien me gustaba cantar canciones religiosas que enseñaban en el colegio y en la parroquia. Una vez llegaron a Valencia los misioneros mercedarios e hicieron unas semanas de “charlas misionales” a las que acudíamos mi hermano y yo con mi madre. Me gustaban sus canciones y yo era una de las que más pronto las aprendía y cantaba alto, ante las miraditas reprobadoras de las abuelas beatas, que nunca faltan.

Cuando llegaban las fiestas de San José, había solo una semana entera de festejos. Se iniciaba con “la Cridá” y a partir de ahí los falleros ya habían instalado altavoces por todas las calles del barrio y desde el “Casal” ponían pasodobles y música a todas las horas de día. Era estupendo. Yo era feliz, me encantaba aquel bullicio, aquella alegría que rompía el habitual silencio y te contagiaba vitalidad. Tambien hacían verbenas y bailes, justo debajo de nuestro balcón y yo con el abrigo puesto, pues hacia frio, no les quitaba ojo. Mi madre me decía “¡entra ya Colín y cierra el balcón!” pero eso era para mí un disgusto terrible y me hacia la remolona hasta que sobre las 12 cesaban las verbenas. (Ahora es cuando empiezan)

Entonces empecé a reparar en las Bandas de Música. Aquellos hombres de todas las edades que venían solo para las fiestas y se hospedaban en algunas casas o se quedaba en el “Casal” a dormir y que no paraban un momento, acompañando a los falleros y falleras en sus desfiles, despertás, pasacalles y como no, en la Ofrenda de flores a la Virgen. Volvían año tras año y algunos eran muy guapos. Yo inamovible y siempre desde la atalaya de mi balcón, aplaudía y gritaba ruidosamente para hacerme ver y que mirara hacia arriba algún muchacho, que sonreía jocoso al verme tan dislocada. ¡A saber qué pensaría!

Seguramente tendrían algún contrato, pues tambien solían venir para realizar las procesiones parroquiales de san Vicente Ferrer y de la Virgen del Carmen, las dos fiestas del barrio. Y normalmente nos acompañaban además en el tradicional “comulgar de impedidos” que se celebraba por las calles en las mañanitas del día de san Vicente Ferrer, en la octava de Pascua. Era muy emocionante y si me paro y hago memoria, aún resuenan en mis oídos los “varales del palio” protegiendo al Santísimo Sacramento, cuando paraban ante alguna casa donde se les requería, para llevar la comunión a algún enfermo. Alfombraban la entrada con flores y murta y la Banda tocaba la Marcha Real. Mi madre siempre los contemplaba llorando desde el balcón y ahora yo, ante el recuerdo, hago lo mismo. Son tradiciones que han caído en desuso y es una verdadera lástima. Vicente mi esposo, aun llegó a hacerlo muchas veces por el centro de Valencia, con su Banda Municipal. Me cabe ese orgullo. La Música con Mayúscula entro de pleno en mi vida.

“Alma, corazón y vida” fue la declaración de amor de Vicente, en un disco dedicado desde Castellón, donde estaba por entonces contratado por aquella Banda. Una canción sencilla, cantada por el trio “los Panchos” y que sin embargo, me sigue emocionando el escucharla. Allá donde me encuentre y en los momentos que sea, sus sones me transportan a aquella tarde de verano, ante la escrutadora mirada de mis padres, de pie al lado del aparato de radio. Ruborizada en extremo, temblando y sin saber que decir.

Sin darme cuenta y de la mano de Vicente, la música clásica entro en mi vida por la puerta grande. Los compositores más famosos de todos los tiempos, clásicos, románticos, impresionistas, óperas y zarzuelas pasaron a formar parte de mí día a día, de nuestro día a día, de nuestra forma y medio de vida. Me encantaba aquella profesión de mi esposo. Podía ir con él y escuchar conciertos de toda clase de música y repertorios variados, por lo tanto mi archivo cerebral se iba enriqueciendo cada día más. Lamenté no haber hecho caso a mi padre cuando me ofreció estudiar su método de música Hilarión Eslava para poder compartir con Vicente tanta belleza. Poco a poco fui aprendiendo los nombres de los compositores y a identificar sus conciertos. Además y por supuesto, yo seguía con mis coplas, mis habaneras, mis pasodobles y toda la música popular que iba introduciendo la vida moderna, a través de la radio.

Vicente y yo nos casamos para cumplir el contrato con la ORQUESTA DE LA SABC BROADCASTEIN CORPOREISON que había adquirido por mediación de su hermano Nicanor. Era una aventura inesperada, pero decidimos marchamos a Johannesburgo, (Sudáfrica) y probar fortuna, dejando aquí en excedencia su plaza en la Banda Municipal. Ante tal viaje me hice una larga lista con todas las canciones propias de la situación: “El emigrante” “adiós a España” “en tierra extraña” “suspiros de España” “banderita” y todo lo que hablara de España y de la separación de la Patria. Estaba educada en la adhesión y fidelidad a la misma y por encima de todo. ¡Y no me arrepiento! Me imagine en la cubierta del barco como las películas de Estrellita Castro y cantando a voz en grito, pero no pasó nada de eso. A Vicente no le hubiera gustado y yo no hubiera podido hacerlo porque estuve llorando todo el tiempo que duró el trayecto del avión intercontinental que nos llevó a la “ciudad del oro”. Esta vez, no hubo barco como en la película.

Pero sigo imaginándomelo y me hubiera gustado hacerlo. Todas esas canciones me transportan a aquellos momentos, a aquella separación de mi querida  tierra. Si a eso añadimos la música, es imposible no llorar. Escuchar los acordes del internacional pasodoble “Suspiros de España” sin letra, solo la música, es sensacional y único ¡que belleza! ¡Me pone los pelos de punta! Y ahí podemos añadir “nací en el Mediterráneo” o “los ojos de la española” “latino” “amor mediterráneo” “Malvarrosa” y por supuesto el pasodoble de “Valencia”. Hay tanta y tanta música con esas añoranzas y tantos poetas que han escrito sus letras, que es imposible no sucumbir ante la belleza de las mismas. El corazón habla por sí solo. Se esponja, se siente libre, llora, ríe, ama, sueña, evoca, recuerda, solloza, añora y vuelve a sonreír.

De aquella tierra me traje una música inolvidable. La que sonaba en el transistor que compró Vicente para poder oír “el diario hablado” desde España. Cuando yo estaba dando a luz a mi querida hija Mari Chelo, “mi Africanita” como decía Vicente, sonaba la canción de moda, era de POL ANKA y se llamaba “Dayana”. La cantaban en inglés y nunca supe que decía su letra. Las pocas veces que la he vuelto a escuchar me transporta a aquel entonces, a aquel aroma cálido y húmedo de la primavera del hemisferio Sur, aquel cielo azul, pero exento de nuestra luminosidad mediterránea, aquellas jacarandas de flores color de rosa, aquella solicitud y respeto de los africanos, aquella voz inconfundible de Vicente diciendo cuando di a luz: “¡es una nena, y además blanca!” Todo aquello se hace presente en mí. Su olor de bebe, su llanto, mis temores y nuestro amor de padres primerizos. ¡Que poder tiene la música, que belleza lo que te hace recordar y volver a sentir!

En el Gran Teatro de la Opera de Johannesburgo presencié por primera vez algunas operas, tales como TURANDOT y su bella romanza de NESSUN DORMA. Además de UN BALLO IN MARCHERA, AIDA, MADAME BUTTERFRY y alguna más, que en su temporada de ópera pudo llevarme Vicente con nuestra hijita de seis meses, antes de regresar a España. ¡Maravillosa experiencia!

La música y sus canciones seguían acompañándome. De vuelta a España y en Valencia, cuando nació nuestro hijo José Emilio, vivíamos en casa de mi madre y sonaba una copla que tampoco olvidaré. Decía así: “Ayer tarde yo cantaba, mientras mi niño dormía, y los almendros lloraban porque su flor se moría. Las flores de los almendros, como blancas mariposas, caían poquito a poco por su carita de rosa. Al escondite jugaba el sol con los limoneros, y las sombras se asomaban por ver dormir a un lucero. ¡Qué bonito que es mi niño, qué bonito cuando duerme! Se parece a una amapola, entre los trigales verdes. Ayer, estando dormido, me acerque a besar su cara. Soñando estaba conmigo, sonreía y me llamaba” ¡Inolvidables recuerdos de aquella mi añorada casita, con mi hijo en los brazos y en mi viejo barrio, añorado en la distancia! Aquel olor inconfundible de mi madre cocinando. Aquellas canciones mías en la galería resguardada por la cortina de saco. Mi niño, mi hijo Emilio nació con esas sensaciones en mi corazón. Era muy alegre y siempre sonreía como dice la canción, junto a su hermana ¡Éramos tan felices!

La televisión llego a nuestras vidas y mi madre se compró una “INVICTA botonera de oro”, que así era su nombre completo y empezamos a gozar de espectáculos musicales en vivo y en directo para nosotros. Empezaron las coreografías cada vez más complicadas, las jóvenes promesas y numerosos cantantes. Nino Bravo, Camilo Sesto, Julio Iglesias, Raphael, José Luis Perales, Marisol, Roció Durcal y grupos como el de Mocedades, los Bricos, los Pequeniques, los Bravos, el Dúo Dinámico y por supuesto los Beatles hicieron las delicias de la juventud, entre los que yo con 23 años, me contaba. Las “copleras” quedaban un tanto relegadas. Una de las pioneras fueron Estrellita Castro, Concha Piquer y Juanita Reina. Paquita Rico, Carmen Sevilla y la incomparable e internacional Lola Flores. Despues Rocío Jurado, Isabel Pantoja y algunas más que se dedicaron al cine. Surgió otro talento cabalgando entre cantar cuplés y artista de cine, que fue Sara Montiel. Sus películas atraían a las multitudes. Todos sabíamos cantar un poco de todos ellas. Yo, aunque mis tareas de madre no me permitían andar copiándome letras, me sabía un montón de todos ellas, teniendo lógicamente mis favoritos. La década de los años 70 fue muy pródiga. Llegaron tambien los “payasos de la tele” Gabi, Fofo y Miliqui con muchas canciones, entre ellas una que me caló hondo. Era “Mami de mis amores” y desde entonces se la canté a mi madre y mis hijos la aprendieron, cantándomela a su vez a mí, cuando llegaba el día de la Madre. Nunca olvidaré a mis hijos llegando por la mañanita a mi habitación con un ramito de flores, sus tarjetitas y sus besos. Vicente y yo nos emocionábamos.

 

En Mayo de 1973 nació nuestro hijo Vicente Jesus. Tambien sonaba por entonces una canción muy apropiada que indudablemente me lo recuerda. Decía así: “Tengo una cuna en mi casa, que está esperando una flor y los estambres los bordan con sangre del corazón. De color azul celeste voy a hacer la cabecera, con una paloma blanca y una corona de estrellas. ¿Sera una rosa, será un clavel? Las golondrinas vendrán con él. ¿Sera una rosa, será un clavel? El mes de Mayo te lo diré”. Nació mi clavel moreno, con ojos tan grandes como platos y pesando cinco kilos y pico. Nació como su hermano José Emilio, en el Centro Sanitario Municipal, viviendo en la casa donde vivimos actualmente. Nació arropado por sus hermanos mayores de 10 y 8 años respectivamente que hicieron de él su muñeco y al que adoran. Nació para complementar la familia que Dios nos ayudó a formar. Sus lloros, sus risas, sus primeros pasitos y palabras se quedaron para siempre aquí en mi pasillo, en mi comedor, en la habitación que compartió con su hermano Emilio hasta que éste se casó y en la habitación donde su hermana Chelo le ponía cuentos y le peinaba. Mi hijo Emilio me cantó durante todo mi embarazo, otra canción inolvidable para mi “Mami panchita”. ¡Qué tierno y lindo mi hijo! ¡Y que maravillosos los tres! ¡Mil gracias hijos!

Las paredes de mi casa hablan y cuentan historias maravillosas. La historia de mis tres hijos durante su infancia y adolescencia respectivas. Cuentan sus estudios, sus frustraciones y sus éxitos. Guardan los ecos de sus primeros amores y la amarga alegría cuando llegó la separación, para seguir con sus vidas propias. ¡Mi casa guarda tantos sonidos! Si pongo atención y cierro los ojos, puedo escuchar las notar largas y graves que hacia Vicente con su trompa, cuando estudiaba paseando por el pasillo. Escucho el aparato de música que se compró Emilio y compartía con Vicentin y el “come discos” de mi hija.  Nuestros hijos crecieron envueltos en sus  músicas. Las músicas de aquel entonces. A cada uno le gustaba una cosa y en mi casa se escuchaba a Camilo Sesto en Jesucristo Superestar, a Miguel Bose o a Juan Pardo. Autores italianos como Claudio Biagnoni, Humberto Tochi o Pablo Milanés que le gustaban a Emilio entre otros y que le gustaba escuchar a todo pulmón. El pequeño gustaba más de los clásicos Mozart y Beethoven. Tambien resuenan los alegres villancicos cuando pongo los manteles de la Navidad. Mi casa es como una caja de música  de varios colores y sonidos, es la música de mi familia y de mi vida entera que habla  amor. Muchas veces abro esa caja de música, con la seguridad de que voy a llorar. Y lo hago porque necesito conectar con ese pasado, volver a sentir viejas sensaciones y darme cuenta de que verdaderamente las viví y disfrute.

En 1980 llego a nuestras vidas Encuentro Matrimonial y Un Camino mejor. Eran unas convivencias que  tenían sus propias canciones. ¡Me encantaron! En seguida nos las aprendimos. Encuentro Matrimonial venia de América y en su cancionero estaba la canción de Mocedades “Eres tú”, alguna carismática, su Himno particular y un par de canciones de la opereta de Don Quijote de la Mancha que cantaba Nati Mistral y un actor argentino. Un Camino mejor llego de Guatemala y su cancionero estaba formado por canciones de autores latinos como Armando Manzanero y autóctonos. En España se añadieron muchísimas canciones de José Luis Perales, el Dúo dinámico, Roberto Carlos, Mari Trini, Miguel Ríos, Perales, Demis Rusos y su Himno basado en la carta de San Pablo a los Corintios. Todas ellas en un cancionero que poco tiempo después se amplió y diseñó casi por completo nuestro hijo Emilio con dibujos alegóricos. Una verdadera joya, que guardo con mucho cariño. Todas las canciones introducían las charlas vivenciales de los monitores ante los participantes, para que les ayudaran a reflexionar en sus propias vidas y actitudes y poder rectificar si era necesario. Dichas canciones, que daban la entrada a las vivencias “preparaban” de alguna forma los sentimientos y la emotividad surgía por sí misma.

Aquello fue un gran descubrimiento. A mí personalmente me cubrió todas mis “necesidades artísticas” de entonces. Podía cantar, hablar, escribir, leer e incluso dibujar, con toda facilidad, franqueza y sinceridad. Llorar o reír ante los ejemplos de mi propia vida junto a Vicente y nuestros hijos. COMPARTIR se convirtió en una palabra esencial para todos. Durante más de diez años estuvimos casi todos los fines de semana recluidos voluntariamente en el convento o casa de ejercicios que tuviéramos concertada. El Monasterio de san Miguel en Liria, o Santo Espíritu del Monte en Chilet, pasaron a ser para nosotros algo familiar, querido e inolvidable. Nos sentíamos felicísimos y agradecidos a Dios de poder estar los cinco juntos, en aquel servicio de iglesia y para la Iglesia. Nuestros hijos aprendieron a hablar en público, incluso el pequeño Vicentin, sin ningún temor. Compartían la vida en familia junto a sus padres, dando testimonio de lo bueno o lo no tan bueno y necesario, para una buena convivencia, la necesidad del perdón y de la generosidad. Los participantes salían encantados y generalmente se adherían a la Comunidad que formábamos junto a Salvador Huguet, el fraile dominico que trajo este movimiento de Guatemala y que en realidad estuvo inspirado en Encuentro Matrimonial. Cada edad tenía su propio esquema, para el bien de la familia.

Aquellas canciones no las puedo olvidar y como siguen actuales, muchas veces las escucho en la radio o en la tele con otras versiones y cantantes, pero siempre me retrotraen a momentos inolvidables. Al olor del convento, a sus comidas, a sus habitaciones individuales y pequeñas (pues eran las antiguas celdas de los frailes, un poco remodeladas). A madrugar muchísimo para poner el “casete” con la canción de la mañana, bajar al comedor y sentir el aroma a café caliente con las “secuencia” y el cancionero bajo del brazo para dirigirnos a la Capilla y luego a la sala de conferencias. Darnos los buenos días con alegría y con el aroma a colonia fresca sentarnos a la mesa, abrir el cancionero y ¡a cantar!  Nunca agradeceré lo bastante a mis hijos  haber sido cómplices de esa armonía familiar que llevamos a cabo los cinco y nos unió para siempre. Esa sensación de mirar por la ventana del convento lloviera o tronase, con viento o con sol y no preocuparme, porque sabía que estábamos allí los cinco, juntos y unidos por el amor, como en casa.

Más la vida y sus etapas fueron marcando la distancia a tanta felicidad. Todo fue pasando, se fue terminando hasta que acabó por completo. No podía ser eterno. Nuestros hijos siguieron sus propias vidas, pero me consta que tampoco olvidan aquel tiempo feliz para todos. De hecho cuando podemos, volvemos a Santo Espíritu, a aquella casa que era como la nuestra. En sus paredes, su comedor y su capilla quedaron nuestras canciones y nuestras emociones para siempre. Nuestras “Bodas de Oro” las quisimos celebrar allí por ese motivo. Nuestros hijos y nietos nos hicieron revivir momentos maravillosos de aquellas convivencias y volvieron a cantarnos las mismas canciones de entonces. ¡Muchas gracias! Quiero dar una mención especial a las canciones de “Yolanda” y “Amada mía” que nos cantaron nuestros hijos en nuestras “Bodas de Plata” y en las “Bodas de Oro” respectivamente, y que nos emocionaron de una forma especial.

Pero nuestra Música no se terminó. Vicente seguía inmerso en ella, era su trabajo, un trabajo maravilloso. Conciertos, zarzuelas y más conciertos en diferentes entornos, nos hicieron disfrutar de la misma hasta que se jubiló. Por entonces la vida nos había regalado cuatro nietos. Todos vieron a su abuelo interpretar los conciertos del Palau de la Música y en el mes de junio, en sus Jardines. Todos disfrutaron de verle pasar en las procesiones con su brillante trompa en los brazos, y en las Cabalgatas de Reyes, con sus ojos traviesos saludándonos. Y a todos les entró la afición a la Música. Cada uno a su manera. Guitarra española, guitarra eléctrica o música de Banda con trompeta y trompa respectivamente. Eso nos permitió seguir en contacto por siempre y para siempre con nuestro querida Música. Teníamos herederos, gracias a Dios.

Para terminar con las canciones y la música de mi vida, os diré que ocurrió algo inesperado. ¡He llegado a ser componente activo de un Coro!, en el que me encuentro desde que se jubiló Vicente y decidió entrar a formar parte de la Banda de Música y Unión musical  de Tendetes, donde le solicitaban y donde empezaron a formarse como músicos, nuestros nietos Emilio Samuel y Lucas. Esa Banda fue la que le rindió homenaje a mi amado esposo poco tiempo después de su fallecimiento. Y esa Banda me ha proporcionado momentos maravillosos en sus conciertos varios, viendo tocar y prosperar a nuestros nietos. Vicente se dedicó a la percusión, pues ya no tenía “embocadura” para la trompa y cuando no había conciertos de música y solo eran recitales de coro, cantaba en el mismo, a mi lado. El cantar acompañada de la música de  Banda, fue algo que nunca me imaginé poder hacer. Te sientes arropada y feliz de escuchar los aplausos. Tengo la dicha de poder decir que “compartí escenario con Vicente y mis nietos Emilio Samuel y Lucas” ¡Quien me lo iba a decir cuando cantaba detrás de la protección de la “tela de saco” en la galería de mi madre!

Y en dicho Coro sigo actualmente. Aunque no se por cuánto tiempo. Cambió la directora y con la pandemia que sufrimos, ha habido un gran parón que ha enfriado los ánimos y ha hecho que tome conciencia de los años que tengo, voy a cumplir 80. Las expectativas que tienen para nosotras no se ajustan a las mías y seguramente lo tendré que dejar y conmigo muchas más de las que no aspiramos a mucho, solo a distraernos. Por lo tanto daré por terminada mi andadura musical no sin antes dar muchas gracias a Dios y a la vida que me proporciono tan bellas y variadas oportunidades de deleitarme con la música y de poder cantar, proporcionándome así, los bellos recuerdos que me acompañaran mientras viva, que os he compartido y que guardaré para siempre en lo más profundo de mi corazón. ¡No dejéis nunca la música, es el arte más bello! y ¡No os olvidéis de cantar!. Recordar que “El que canta, su mal espanta”.

Dedicado a mí esposo Vicente, a mis hijos y a mis nietos, que llevan dentro el arte de su abuelo. También a mis padres que me enseñaron a cantar y soportaron mis canturreos y a mi hermano que los secundó y apoyó cantando conmigo, siempre a mi lado.

 

CHELO MONDEJA   24 ABRIL 2021 

 

OFRENDA DE FLORES A LA VIRGEN

 

Estamos a 18 de Marzo de 2021 ¡Cuántos días de Ofrenda acuden a mi mente! Los vividos desde mi balcón en mi infancia, los de mi ausencia desde el recuerdo, y los vividos como familia en nuestra plenitud, cuando gracias a mí cuñada Conchin pude llevar por primera vez, mi ofrenda de flores a la Virgen, acompañada de mis tres hijos y de mí hermano. Vicente mi esposo, lo haría horas más tarde con la Banda Municipal, como toda su vida. Ese día lo recuerdo como día grande, hermoso e inesperado en mi vida, pero que se convirtió en uno de los más bonitos e imborrables de mi memoria y que dio comienzo a una “aventura fallera”.

Conchin acababa de ser madre y eso le impidió participar de las fallas de ese año 1978. Había conseguido con su gran espíritu fallero que mis tres hijos fueran falleros de su falla de Lope de Vega y estábamos allí disfrutando de las fiestas. Aquella tarde, de pronto me ofreció vestirme con su traje de Fallera Mayor e ir a la Ofrenda en su lugar. Sorprendida, acepte encantada. Ella misma me peinó y me vestí con su precioso traje que era de seda de “espolín” estampado y además con sus aderezos. Fue una experiencia nueva y maravillosa. Por primera vez y aunque lo deseé toda mi vida, experimente la emoción que se siente desfilando al son de la música, aplaudidas al pasar por las calles y sabiendo que la meta es encontrarte con la Virgen, que te espera para recoger tus flores, tus peticiones, tus agradecimientos y tu amor. Me sentía feliz, caminando al lado de mi hija que estrenaba su flamante traje y su experiencia nueva, a la vez que la mía. Iba tranquila sabiendo que Vicente mi amor, estaba muy satisfecho al verme tan guapa y andaba por allí haciendo fotos. Sabía tambien que detrás de mí, en la comisión masculina, iban mis hijos José Emilio y Vicentin protegidos por mi hermano, que tambien experimentaba la misma novedad que yo y con el abuelo, padre de Conchin, el recordado y querido señor Ismael. Siempre le agradeceré a Conchin y a su padre, su generosidad.

Al momento, se me despertó el deseo de volver a repetir la experiencia y a mis 46 años nos embarcamos todos en la aventura de las fallas. En el ejercicio siguiente, en nuestro barrio, en la sencilla y humilde falla de “la Parreta” irrumpió la familia Sanz al completo acompañada de Artemio, el novio de nuestra hija. La teníamos mucho más cerca y éramos bastantes conocidos por el colegio y por la parroquia. Todos respetaban mucho a mi esposo por su profesión. Cuando iba de uniforme llamaba la atención. En la falla fuimos acogidos con cariño y Vicente y nuestros hijos acudian y participaban de  todas las reuniones semanales. A Vicente le nombraron vicepresidente y de inmediato conectamos bastante con los numerosos matrimonios que formaban la comisión, varios de los cuales llevamos al Encuentro Matrimonial que entonces era una parte importante de nuestra vida. Durante el tiempo de fallas bajábamos todas las noches a cenar. Luego a bailar mientras los más jóvenes se divertían tirando cohetes y petardos en las puertas del “casal” Al final  se cantaba el Himno Regional y todos quedaban de acuerdo en  la hora de bajar  la mañana siguiente para hacer la “despertá” a la que nunca faltaron. En los días de la Ofrenda a la Virgen se permitía vestirse de falleros a los cónyuges de los que tenían algún cargo. El primer año estrene dicha tradición, ya que en nuestra falla no había esa costumbre pero estaba yo precisamente para eso, para vestirme en la Ofrenda.

Recuerdo que poco a poco y con idea, me fui comprando todo lo necesario. Mi hija y mis hijos habían estrenado en la falla de Conchin, la de Lope de Vega donde se estrenaron como falleros, todo el atuendo valenciano. El señor Ismael, el padre de Conchin les confecciono los trajes a los chicos. Trajes hechos por un sastre entendido en la materia y que les sentaban estupendamente. Entonces eran negros y yo les compre las camisas blancas con las “gorgueras” de rigor, como príncipes. Despues las fajas moradas con el escudo de la falla. Recuerdo que la madre de mi esposo, mi recordada suegra Milagros, regaló a Mari Chelo, igual que lo hizo con las otras nietas, el traje de valenciana. Lo compramos en “la Casa del fallero” y era de seda color crudo bordado en oro y con numerosos ramos de flores multicolores que armonizaban con todos los tonos de lazos, imprescindibles entonces para adornar el escote y hacer el típico lazo llamado de “sígueme pollo” de la espalda, al igual que el del delantal. Le forraron tambien los zapatos y compramos además las manteletas y delantal de organza bordadas con lentejuelas. El corpiño negro, indispensable para la Ofrenda, el “can-can” que ahora se llama “ahuecador” y las medias blancas y caladas, generalmente hechas de ganchillo. Las peinetas y el aderezo que fue de “polkas” como lo llevaban tradicionalmente las chicas solteras era precioso, dorado y con esmeraldas engarzadas fue el regalo de los tíos, mis hermanos Paco y Conchín. Nuestros hijos estaban  perfectamente equipados.

Entonces me dedique a los trajes de Vicente y del mío. Volvimos a “la Casa del fallero” y compramos el masculino traje negro y la gorguera de puntillas, pues camisas blancas tenía las del uniforme.  Para mí el corpiño negro tambien, pero con un generoso escote un poco más moderno, pues todavía se llevaban los cerrados “a caja” rodeados de puntillita blanca, como el que tenía mi hija.  Compramos las manteletas y el delantal con sus clásicas y brillantes lentejuelas y el aderezo, que como mujer casada fue de “arracadas” (racimos de perlitas blancas), peinetas, medias y can-can. Para mi traje, que consistía solo en la falda y el corpiño negro, elegimos una tela de un damasco clásico pero poco visto, en color de rosa bordada en plata, oro y ramilletes de colores. Un verdadero acierto que causó sensación. Compré tambien varios juegos de cintas de seda para los lazos y escote, tanto para mi hija como para mí, pues alternando y variando el color del lazo, cambiaba el aspecto del traje. Para mí elegí los lazos de color granate y otros en color gris plata. Chelo los llevaba azules y le compre otros dos juegos en color fucsia y verde. Todos combinaban a la perfección con los colores de los trajes. No me compré zapatos, iría con los míos  de salón negros. Teníamos en casa dos mantillas negras, la de mi madre y la de mi tía Teresita. Estábamos arregladas.

Cuando llegó el día de la Ofrenda subimos a casa de Maribel, una vecina que sabía peinar de valenciana y nos peinó esta vez a las dos. Sobre las cinco de la tarde estábamos citados en el casal, que lo teníamos entonces debajo mismo de nuestra casa, para ir recogiendo los ramos de flores de cada una y acudir a la calle de Guillen de Castro donde estábamos concentrados. Me había puesto como adorno un simple collar de perlas y el escudo del Encuentro Matrimonial que me habida regalado Vicente por nuestro aniversario  y al que puse en una cadenita. Con los ojos y los labios apenas retocados, a mis 47 años  me vi guapísima, joven y atractiva. Todo el mundo se quedó maravillado de mi ocurrencia en vestirme y sobre todo de lo guapa que estaba. Mi hija y yo parecíamos hermanas. A partir de entonces y en los años sucesivos empezaron a vestirse las otras esposas. La comisión femenina enriqueció aumentando sus componentes

Las noches de la Ofrenda estábamos molidos. Vicente sobre todo, que terminada nuestra Ofrenda, se cambiaba de ropa y se iba a desfilar acompañando a la Fallera Mayor de Valencia con la Banda Municipal, cerrando la Ofrenda como siempre ya entrada la madrugada. Yo esa noche no me despeinaba. Me gustaba volver a vestirme el día de San José para bajar a la misa de 12, donde recibía numerosos parabienes y la admiración de los Padres Redentoristas y amigos. Me sentía feliz y nunca deje de dar gracias a Dios. Ahora que lo miro desde la distancia de los años, me reitero en esas gracias al Padre del cielo por todo lo bonito y bueno que hemos recibido en esta vida.  Continuamos durante los años siguientes disfrutando de las fallas. Al tercer año mi hija tuvo una inesperada sorpresa. Quiero destacar dentro de mis numerosos recuerdos, el del año que mi hija fue Fallera Mayor. En marzo de 1982 Artemio su novio, la propuso en la Junta directiva como Fallera Mayor, que aceptó de inmediato y allá que nos comprometimos todos. ¡Fue un gran regalo!

Recuerdo que de niña y siempre desde mi balcón, yo contemplaba toda clase de festejos y actividades falleras. Me llamaban la atención las falleras mayores que siempre iban detrás de la comisión femenina, solas y luciendo su garbo a los sones de la imprescindible banda de música. Nunca me atreví a pedir a mis padres apuntarme a la falla para llegar a ser la aplaudida FALLERA MAYOR. Ser Fallera Mayor llevaba mucho gasto y en mi casa, no nos lo podíamos permitir. Por ese mismo motivo, cuando Artemio nos lo comento, le dije que nos era imposible, pero él insistió en ese regalo que quería hacer a su novia y pronto nos pusimos de acuerdo. Él se haría cargo de la cena para todos los falleros y a los que quisiéramos invitar. Me quitó un gran peso de encima y se lo agradecí mucho. Tambien colaboró en los regalos que se intercambiaban las comisiones del sector. Nosotros hicimos frente a los gastos de las cenas en el casal y el vestuario de nuestra hija. Artemio fue muy generoso y se lo agradecí siempre, pues con su ayuda, mi hija pudo vivir en primera persona esa sensación tan especial de ser la Reina y protagonista de las Fiestas. Mari Chelo se lo merecía y yo sabía que ella tampoco olvidaría nunca aquellos momentos únicos, en la juvenil historia de su propia existencia. Me gustó y me alegré mucho de que lo pudiera vivir y disfrutar.

Lo primero que hicimos fue volver a La casa del fallero, a ver si por casualidad les quedaba tela de la que compre yo para mi falda y poderle así confeccionar el corpiño. Gracias a Dios les quedaba un retal suficiente para su tamaño al que le incorporaron unas preciosas puntillas en las mangas de farol a la usanza tradicional. Las modas iban tomando un cariz diferente. Los trajes eran más largos y las peinetas más pequeñas. Mi falda era suficientemente larga para su estatura y con el corpiño de la misma tela, le quedó un traje perfecto y casi “a estrenar” con lazos nuevos del mismo color rosa del traje. Compramos un  nuevo aderezo de arracadas para variar y unas peinetas  más pequeñas. Aun quedó tela suficiente y le hicieron los zapatos forrados a juego. Compramos tambien unas manteletas y delantal modernos, mucho más largo que los que ya teníamos. Medias de color crudo como las puntillas de las mangas y una mantilla grande y preciosa en el mismo tono, para el día solemne de su Ofrenda a la Virgen. Un precioso mantón de Manila negro bordado en mil colores y el entonces indispensable corpiño negro para ir a la Ofrenda con un escote más amplio. En la actualidad, las falleras Mayores tienen varios trajes, pero hace casi cuarenta años, mi hija tuvo suficiente con dos y como estaba tan guapa a sus 19 años, con esos ojos azules y esa carita de niña, fue una de las Falleras Mayores más guapas de toda Valencia en aquellas fallas de marzo de 1982.

La Ofrenda de flores que comienza a las 3 de la tarde, mantiene unos turnos rigurosos para los desfiles anuales de las diferentes comisione, pues todas tienen su preferencia en la noche. Una vez acaba la hora de nuestro incomparable crepúsculo azul sobre las 7 de la tarde, se encienden las farolas y las luces de las calles cobran personalidad, irradiando luz y calor. La indumentaria valenciana brilla con todo su esplendor con sus lentejuelas, sus joyas y sus peinetas. Incluso los instrumentos de los indispensables músicos suenan y brillan más. Esa es la “hora mágica” de la Ofrenda, hasta que termina de madrugada cuando los mantones de Manila y las mantas Morellanas para ellos, hacen su aparición ante el fresquito de la noche levantina.

Ese año le toco a nuestra falla esa maravillosa hora. Recuerdo a nuestra hija ataviada con su impecable traje color de rosa, su larga mantilla hasta los pies, con sus lazos al viento y el brillo de sus arracadas. Las luces del itinerario se reflejaban en toda ella, en sus peinetas, en sus lentejuelas y en sus ojos. Estaba guapa y feliz camino de la plaza de la Virgen. Cuando se llega a la calle del Miguelete y se ve la plaza al fondo, el corazón empieza a latir más fuerte, comienza a sonar a tus espaldas tu banda, con el pasodoble “Valencia” y por los altavoces anuncian y resuena el nombre de la Falla y su fallera Mayor: “Falla de la Parreta, Fallera Mayor señorita Chelo Sanz” Volví la cabeza para verla. Ya iba llorando, al igual que yo. Quise retener en mi memoria para siempre aquel momento y en verdad, cierro los ojos y lo consigo. Andaba airosa y sonriente a través de sus lágrimas. No podía apretarle la mano como cuando íbamos juntas, pero apercibí su calor cuando con un emocionado beso dejo su hermoso ramo de flores en manos de los “vestidores de la Virgen” y levantando la cabeza musito una oración. La magia de esa noche, de ese día y de ese año, terminaba así.

Despues vendrían otras, mientras continuara siendo fallera, pero como esa ninguna. Es algo irrepetible que llevará en el corazón mientras viva. Es una emoción que no se puede explicar, donde se unen los sentimientos religiosos con los valencianos, los festivos, los falleros y en esta ocasión me tocó a mí contemplar emocionada y de cerca, la emoción de mi propia hija. Verla tan joven y bonita, inmersa en esa experiencia única, que no todas las mujeres tienen el privilegio de poderlo vivir y sobre todo, porque sabía que ella lo sentía tambien, vivía la fiesta como buena valenciana y muy amante de nuestra Virgen. Ese tiempo fallero lo disfrutamos durante ocho años. Poco a poco mis hijos Emilio y Vicentin se fueron cansando y se borraron de la falla. Chelo permaneció en ella, pero un par de años después riño con Artemio y cambio su vida. Ella y todos nosotros lo pasamos bastante mal. Fue un tiempo difícil, pero la vida nos abrió nuevos horizontes y comenzó otra etapa  en  la familia que empezaba a volar por si misma.

En diciembre de 1985 llegó a nosotros “Un Camino Mejor” con sus convivencias y sus actividades semanales y la vida familiar cambio de rumbo. Inesperadamente, sin imaginarlo siquiera, el país de Guatemala llego a ser para nosotros algo cercano y maravilloso al que nuestra hija viajó y donde se enamoró. Debido a eso, en las fallas de 1987 nos despedimos de toda la actividad fallera y con ella de nuestra inolvidable y entrañable Ofrenda de flores a la Virgen, para siempre. Recuerdo que mis hermanos y sobrinos tambien se habían venido a nuestra falla y nos vestimos todos para la ocasión, para ese momento tan especial, de verdaderas “despedidas”.

Aquella Ofrenda de 1987 sabíamos que sería la última, pues mi hija se casaba en el mes de julio y se iba a vivir a Guatemala. ¿Cómo viví y recuerdo aquel instante? No lo sé. La recuerdo con una pena muy grande, tal como lo recuerdo, entre lágrimas. Atrás se quedaba una etapa feliz de mi vida, siempre en familia y disfrutando de lo que nos gustaba, nuestro ser valenciano, pero además y sobre todo, nuestra hija se iba, dejaba su tierra, su hogar y su familia para marchar en pos de su amor, rumbo a lo desconocido. Mi querida hija, mi pequeña, se iba de nuestro lado, y eso no me lo podía quitar de la mente, era una tristeza que me fue difícil de superar. Aquellos últimos pasacalles, aquella incomparable música, aquella última Ofrenda, la Virgen recibió con nuestros ramos de flores unos besos preñados de nostalgia y de tristeza, pero tambien de agradecimiento y de súplicas. Aquella irrepetible y última Ofrenda no se borró nunca de mi recuerdo.

Los trajes y zapatos quedaron guardados, los aderezos en sus cajas, junto a su Banda de Fallera Mayor, las mantillas, las gorgueras de encajes y fajines de los chicos, todo lo que formó parte de la vida fallera de la familia durante unos años, quedaron dormidos para siempre en un arcón que no se ha vuelto a abrir.

Más la vida que da tantas vueltas,  iba a regalarle a mi hija una Ofrenda más. En el 2013, después de 25 años, nuestra hija había formado una familia y vivía de nuevo en Valencia. La falla de la Parreta celebraba sus “bodas de Oro” y gracias a unos amigos que nos prestaron la indumentaria, pudo vestirse de nuevo y junto a Carlos y sus hijos, VOLVER otra vez a la Ofrenda. Chelo volvió a depositar su ramo a los pies de la Virgen, esta vez, era ella la que iba con su familia. Sé que la embargaría la emoción, aunque esta vez no la vi ni acompañé. Junto a Vicente mí amado esposo, estuvimos con ellos durante un trecho del familiar recorrido, tantas veces andado y dejando atrás los acordes de nuestra querida música, regresamos a casa. Nuestra edad ya no era la misma. Habían pasado 26 años, Vicente estaba jubilado y la salud empezaba a resentirse.

Sin embargo, el día siguiente San José y día del Padre, nos reunimos toda la familia en casa de Chelo y después de comer tuvimos la gracia, el humor, la paciencia y sobre todo las ganas de “hacernos una foto en familia” Nuestro hijo Emilio fue el encargado de hacer las fotografías por grupos. Los ya vestidos quedaban inmortalizados, luego con sus mismas ropas, otro grupo y otro, y así quedamos los 12 presos en su cámara de fotos. Despues con la pericia, profesionalidad y arte que le caracterizan, la fotografía quedo plasmada en un cuadro grande y precioso como si estuviéramos “posando” todos a la vez. Cuadro que nos regalaron nuestros hijos y nietos como recuerdo de nuestras recientes “Bodas de Oro” y que desde entonces preside el salón de nuestro hogar. Un cuadro de toda la familia que éramos entonces, la nuestra: hijos y nietos.

Nunca me cansaré da darle gracias a Dios por tan bellos recuerdos vividos en familia. Aquella familia que formamos Vicente y yo en Febrero de 1962, hace ahora cincuenta y nueve años.

CHELO MONDEJA

Marzo 2021 

miércoles, 12 de febrero de 2025

 

RELATO de BODAS

 

En el reloj sonaron las siete de la tarde y los pasillos del laboratorio farmacéutico y oficinas de PENSA se llenaron de voces y carreras. Terminé mi carta y enfundé mi máquina de escribir, una Hispano Olivetti Lexicón 80, la más moderna del mercado en aquel tiempo. Cerré los cajones y deje la correspondencia encima de la mesa, lista para que Alfonso el ordenanza, la llevara a Correos. Colgué la bata blanca en el perchero y salí a toda prisa de mi despacho, despidiéndome brevemente de mis compañeras: ¿Pero qué prisas llevas? ¿Te espera Vicente? “Así es”. Contesté bajando casi corriendo las escaleras para que nadie se viniera conmigo. Esa tarde quería intimidad.

Vicente mi novio, efectivamente me esperaba como todas las tardes. Estaba con el cuello de la gabardina subido porque hacia frio. Se acercaba la Navidad y las calles del barrio de Ruzafa donde estaba enclavado Laboratorios PENSA, lucían sus bellos y luminosos adornos navideños. Nos dimos un beso y sentí en mis labios el calor de los suyos. Cogidos de la mano, comenzamos a andar por nuestro camino habitual, rumbo a la estación del Norte. Teníamos que pasar recogiendo los recordatorios de mi padre, recientemente fallecido, en una imprenta que nos venía al paso y yo estaba especialmente sensible.

Vicente estaba un poco raro, muy callado y algo nervioso. Recogimos las estampas con sus fúnebres y tristes recuerdos y un poco inquieta, directamente le pregunte:

¿Qué te pasa cariño? – Nada. —No es verdad. — ¡Dime que te pasa!--¡nada! Volvió a repetir. Ante mi insistencia metiéndose la mano en el bolsillo me entrego una carta y me dijo: Es de mi hermano Nicanor, dice que le ha salido un contrato para la Orquesta de la SABC Broaddcasting Corporeision de Johannesburgo (Sudáfrica) y me propone que me vaya con él, pues hacen falta dos trompas--. ¿Cómo?-- ¿Qué dices?-- Me paré en seco como herida por un rayo.

Repetí ¿Pero qué dices, si acabas de aprobar como quien dice en la Banda Municipal? ¿A qué viene este despropósito?—No es un despropósito nena,--contesto-- hay que pensarlo muy bien.-- Pero ¿estás loco? ¿Después de la ilusión que te hacía pertenecer a nuestra banda, ahora te quieres ir?...Me puse a llorar desconsoladamente, hablándole a gritos. No podía comprender aquella ocurrencia que venía a estropear nuestra recién estrenada vida de noviazgo feliz, viéndonos todos los días y disfrutando de sus conciertos.

Vicente, una vez soltó la noticia, se relajó un poco y se dedicó a calmarme y a explicarme que era una buena oportunidad la que le ofrecía ese contrato por dos años, para poder ganar  bastante dinero, cosa que nos vendría muy bien para un futuro. Lo pintó muy fácil, él seguramente, ya lo tenía hablado con su hermano. Pediría una excedencia en el Ayuntamiento y su plaza en la Banda no la perdería. Yo no le quería escuchar. ¡Volvernos a separar, después de los dos años de correspondencia desde Castellón! ¿Otra vez cartas y cartas? Y esta vez, desde muy lejos. ¡NO y NO, me negaba en rotundo!

Llorando y discutiendo llegamos a mi casa, que estaba al lado de la suya. Mi madre al vernos entrar así, se asustó y después de las explicaciones pertinentes, intento tranquilizarnos. Había que pensarlo despacio para dar una contestación a Nicanor que desde Barcelona ya estaba preparando su marcha y urgía una respuesta. Pero para mí estaba clara, ¡decir NO y en paz!

Aquella noche ni Vicente ni yo pudimos dormir. El habló con sus padres y hablaron por teléfono con su hermano. Mi madre, mi hermano y yo por otra parte, aturdidos y perplejos. Otra solución era casarnos y marcharnos juntos. De esa manera no se marchaba solo y nos ahorrábamos una boda convencional, en la que todavía no habíamos pensado y que por supuesto no estábamos en disposición económica de afrontar. Ese supuesto, le quitó a Vicente por completo el sueño. Yo ajena a esa posible solución, me deshacía en llantos. No podía separarme de él. No quería que se fuera otra vez. Para mí, era mi primero y mi único amor, el amor de mi vida. Evoque a mi padre ¡Papá ayúdame, que no se vaya Vicente!

Al día siguiente tuvimos una comida familiar para hablar del asunto y se expuso sobre el tapete la posible solución. Al proponer lo de la inminente boda, de repente ¡vi la luz! ¡Eso ya me gustaba mucho más! Vicente mi miró con sus ojos de un azul profundo como el mar, que brillaban con un intenso fuego interior y sentí que me ruborizaba. ¡Casarnos!, ¡casarnos YA! Entonces la que se puso a llorar, fue mi pobre madre.

Tomamos la decisión final. Total, en dos años estaríamos de vuelta con un dinerito que nos vendría muy bien. Nuestro plan momentáneo fue que buscaría yo trabajo en la Embajada española de Johannesburgo, Vicente en la Orquesta y todos contentos. A partir de ese instante nuestra vida fue un torbellino de emociones y de papeleos. Lo primero fue fijar la fecha de la boda que decidimos fuera el 8 de febrero del año nuevo 1962 que estábamos a punto de estrenar. Fueron unas navidades muy tristes. Se cumplía el mes del fallecimiento de mi padre y mi precipitada marcha entristecía aún más el ambiente. Mi corazón andaba desbocado como un potro, preso de un revoltillo de sentimientos. No podía imaginar mi casa sin mí, y solos mi madre y mi hermano. Visualizaba mi cama hecha y en orden, mis cosas silenciosas, mi silla vacía, sin mi voz ni mi risa por la casa y me daba mucha pena, imaginando la pena y la soledad que dejaría en ellos.

Vicente animado por momentos, no tuvo ningún problema, pidió la excedencia y todos sus compañeros le animaron y aconsejaron el marchar para probar fortuna. No perdía nada. Acababa de cumplir 25 años, toda la vida por delante. Yo a mi vez, lo comunique a mis jefes del Laboratorio: el doctor don José Vilar Sancho, que era el jefe superior y a los míos inmediatos del departamento de Difusión y Control, Vicente Vives y José Romero, que se quedaron estupefactos por la inesperada noticia del viaje y por mi juventud. Mis compañeras, todas revolucionadas con bromas y cariños, hicieron una colecta para hacernos un buen regalo. Todos, hasta Bonet el ordenanza, sentían mucho mi partida pues me hice de querer bastante en los dos años que llevaba trabajando en el laboratorio. Ellas y mis jefes habían venido al entierro de mi padre y me apreciaban mucho como persona y como buena secretaria y sentían que dejara mi puesto laboral vacante, puesto indispensable y que tendrían que cubrirlo de inmediato.

Vicente se estaba arreglando una moto Vespa que meses antes le había vendido su hermano. Estaba para el desguace, pero se había empeñado en que a ratos libres podía dejarla como nueva. Tener una moto era su ilusión y había llegado el momento, además sabía hacerlo. Casi todos los días trabajaba reparándola.

Ante tal noticia, se apresuró a terminarla para poder venderla, renunciando tristemente a ella y con ese dinero hacer frente a los gastos imprescindibles que se avecinaban. Tuvo que comprarse un Esmoquin negro para tocar en la Orquesta de la SABC, pues era imprescindible y de paso lo estrenaría el día de nuestra boda. Complementado con camisa blanca, pajarita, zapatos, ropa interior y algo de efectivo para el viaje en tren hasta Madrid y subsistir unos días en espera de la salida del vuelo hacia nuestro destino. Él se defendía muy bien por la capital pues al cumplir allí cuatro años de servicio militar, la tenía muy pateada. Las oficinas de la línea área que cubría nuestro contrato eran las “líneas aéreas de Sabena” cuya oficina estaba en la plaza de España. El pobre tuvo que hacer muchos números y cábalas para poder estirar el dinero y poder llegar a todo. Menos mal que una familia muy amiga de mis padres nos acogió en su casa, hasta que después de ocho días de nuestra llegada, salió el vuelo destino Sudáfrica.  

Yo a mi vez, necesitaba el permiso materno ya que era menor de edad con 20 años recién estrenados. Las primeras y únicas velas de cumpleaños en mi vida, las puso mi padre en la tarta que me compró Vicente.  Eso conllevaba otro trámite más. Entonces, en la parroquia donde se celebraba la boda había que hacer unas “amonestaciones” que consistían en anunciar cada domingo el enlace de la pareja en cuestión, por si alguien sabía si existía algún impedimento para que se llevara la boda a cabo. Así durante tres semanas consecutivas. A nosotros como no teníamos tiempo se nos amonestó el mismo domingo durante todas las misas que se celebraron. (Cosas de la época)

Mi madre la pobre, no sabía que comprarme para vestirme de novia ya que entonces se respetaba mucho el luto. En uno de los conciertos de la Banda Municipal se lo comunique a mis compañeras, esposas de los músicos amigos de Vicente y una de ellas hacia poco que se había casado. Muy cariñosa me ofreció su traje de novia. Yo no sabía si aceptar o no. Cuando lo comenté en casa, mi suegra me aconsejó enseguida que lo aceptara. “Que el día de mañana NO me gustaría verme en la foto de novios vestida de negro”. Tenía razón. Aquella tarde, Vicente y yo fuimos a Benimaclet, donde vivían Asencio e Inés y me probé su vestido llena de emoción. Vicente esperaba en el comedor. No me podía ver, solo escuchaba grititos y comentarios. Su amigo Asensio le entretenía divertido.

Inés era una muchacha bajita y regordeta y yo, todo lo contrario. El pecho me sobraba por todas partes y me estaba un poco corto. Sus zapatos me dolían mucho y el velo tampoco me favorecía demasiado. Pero a pesar de todo, me vi guapísima. Me lleve el traje a casa. Inés había demostrado ser muy buena amiga y compañera. Lolita mi modista, era vecina y amiga y me terminaba de confeccionar un abrigo color marrón (porque aún llevaba el azul marino del colegio) y que tuve que teñir de negro por el luto de mi padre, dejándolo convertido en un pingajo. Cuando le comente lo del vestido ella me tranquilizó y con la misma ilusión que si yo fuera su hija, se encargó de todo. Lo estrechó un poco y lo planchó con polvos de talco para recobrar su blancura.  Me agenció unas copas interiores para aumentar mi pecho y trajo su maniquí a mi casa donde lo colocó con esmero.  Lo tuve expuesto y preparado para el día más importante entonces, de mi vida. Aquella boda era un acontecimiento en mi escalera, la de Vicente y en casi toda la calle, pues me conocían desde que nací. Mucha gente vino a ver el famoso vestido, con los parabienes para Lolita la modista. Y todos me traían algo. Un delantal, una toalla, un juego de café. Todo lo que entonces se llevaba y se podía, pero que tuve que dejar en España.

Mi madre pobrecita, dentro de su pena, me compro dos camisones cortitos que llamaban de “reconciliación” un poco de ropa interior y la tela para hacerme un abrigo nuevo. Tambien me compro una camiseta blanca que me debería de poner debajo del vestido de novia, no fuera a ser que me resfriara, porque la boda la fijamos a las 8 de la mañana, por aquello del luto, y en febrero hace frio. Me dio su aderezo de boda y usamos las alianzas de mis abuelos paternos, que eran de oro bajo, hasta que años después Vicente y yo nos pudimos hacer unas nuevas a nuestra medida, y de 18 quilates. Tambien mandó bordar dos juegos de sábanas que, como eran de algodón pesaban bastante. Había que controlar el peso de las maletas y no excederlo, por requisitos del vuelo en avión. No nos pudimos llevar apenas nada, contando con el peso de la trompa de Vicente y una pequeña paella para dos, que quise llevarme de mi tierra no hubo opción a que me llevara nada más.

En la mañana del martes 8 de febrero, Vicente y su familia se levantaron muy temprano y prepararon unas tablas, para el desayuno de los novios y de la familia más allegada. Vicente se percató que mi casa estaba a oscuras y en total silencio. ¡Nos habíamos dormido! No iba el timbre y presa del pánico comenzó a tirar piedrecitas al balcón. Me levanté de un salto y le hice una seña por el balcón. Se fue volando a sus quehaceres y yo puse la casa patas arriba. Mi madre nerviosa y mi hermano peor, iban cada uno a lo suyo. Decidida cogí el traje de novia, me lo puse, me sujeté el velo como pude y con inmensa emoción me coloqué el aderezo de mi madre. Con mi carita pálida, sin pintar ni nada, baje a saltos las escaleras de mi querido e inolvidable hogar. Nos esperaba un coche negro, que habían agenciado mis suegros y me acomodé dentro de él como si fuera entre nubes. No podía creer lo que estaba viviendo, ¡me iba a casar! Había llegado el esperado momento.

Vicente y su madre, que fue la madrina, nos esperaban nerviosos. Él había adelgazado bastante con el ajetreo, pero se le veía feliz, sonriendo con sus labios y con sus maravillosos ojos. Rosita Añó, novia de Juan Torres, su amigo más íntimo de la Banda, me entregó el ramo de novia que me había prometido y cogida del brazo de mi querido hermano, mi joven padrino y a los sones de la marcha nupcial, entré en mi parroquia de la Santa Cruz. Nos dirigimos al altar de la Virgen del Carmen que está a la derecha, donde tantas veces estuve durante mi catequesis de primera Comunión y a lo largo de toda mi vida. Lo tenía muy visto, pero me pareció diferente, más nuevo y luminoso. El padre Ramón, fraile mercedario, conocido de la familia, que atendió a mi padre en sus últimos días, nos unió en matrimonio.

La Capilla del Carmen estaba repleta, todo el mundo pendiente de si “me iba a caer con los tacones o no, que si iba a llorar” o qué iba a pasar. Pero todo salió muy bien. Mi madre enlutada me partía el alma, y tambien mi hermano. Los iba a dejar muy solos. Pero yo no quería pensar en eso. Solo el calor de las manos de Vicente me tranquilizaba.  Como la misa era tan temprano, todas mis compañeras del laboratorio junto con mis jefes, pudieron venir a vernos casar. Así mismo los compañeros de la Banda, compañeras mías del colegio, mi inseparable amiga Gracia, vecinos y familiares. Mucha gente que nos quería nos acompañó. Menos mal que no había que invitarles a nada. Solo se llevaron un gran agradecimiento por parte de los dos y un gran recuerdo emocionado y tierno que perdura a través del tiempo en mi memoria y en mi corazón.

Despues del frugal desayuno, me despoje del traje de novia, para devolvérselo a su generosa dueña, me enfundé el estropeado abrigo teñido de negro y junto a mí ya esposo Vicente, nos fuimos al cementerio, donde deje depositado mi ramo de novia en el nicho de mi padre. ¡Gracias papá! ¡Hasta nuestro regreso!

Aquella noche salimos para Castellón para pasar “la noche de bodas”. Vicente había pertenecido a su Banda Municipal durante dos años, desde que se licencio, hasta que aprobó las oposiciones para la Banda Municipal de Valencia y quería visitar a su patrona, donde estuvo de pensión. No recuerdo ni donde cenamos, sé que fuimos al cine donde me dormí y luego a un hotel sin ninguna estrella. Había que ahorrar. Vicente que era muy púdico, se dedicó a taponar cualquier rendija o agujero de cerradura donde se nos pudiera observar. Se veía a la legua que éramos “nóvensenos”. Fue a bajar las persianas de un ventanuco y le cayó encima tal cantidad de hollín que se puso de un humor de perros. Lavándose y frotándose vigorosamente con agua helada mientras yo muerta de la risa y de frio, me ponía el pijama rojo que me regalaron mis amigas que era como un chándal hasta el cuello, intentando darle una sorpresa. Cuando salió del baño como un pollo y me vio tan tapada no dijo nada. Nos dimos las buenas noches y muy abrazaditos nos dedicamos a dormir, hacía mucho frio.

En el laboratorio se portaron excelentemente. Me pagaron la parte proporcional correspondiente a todo el año, y nos regalaron el juego de dos maletas y un neceser. Un pijama rojo, los guantes blancos para la ceremonia y un libro informativo y necesario para mí: “Antes de que te cases” que junto al diccionario Español-inglés, llevé conmigo durante toda nuestra estancia en Sudáfrica.

Transcurrieron unos días y el 12 de febrero a las 10 de la noche, cogíamos el tren para Madrid. Casualmente mi barrio tenía esa noche la presentación fallera y las calles bullían de música y alegría. No así mi corazón que sentía que se partía en dos. La imagen de mi pobrecita madre y mi querido hermano llorando en el balcón, tardó mucho en borrarse de mi retina. No vinieron a la estación y les dije adiós una y mil veces desde la calle, llorando tambien. Vicente solícito y contagiado, me metió en el taxi que esperaba y dejando atrás la música, tan querida para mí, la fiesta, mi barrio, mi casa, mi madre y mi hermano, el recuerdo de mi padre, mi infancia feliz, mi vida entera, cerré los ojos y refugiándome en los brazos de Vicente me dejé llevar. Una sensación de pertenencia, de refugio, de necesidad de él, me invadió el alma en aquél instante, y sentí que nos unía para toda nuestra vida.

Empezaba para nosotros un sueño dorado. Un sueño inesperado que nos aguardaba lleno de sorpresas, de vivencias, de cielos azules y de minas de oro. Un lugar donde la música me sonaría diferente. Un país de promisión envuelto en Jacarandas en flor, nos abría los brazos para acoger un amor nuevo recién estrenado, repleto de ilusiones. Un amor que pedía a la vida tan solo una cosa: ¡VOLVER!

 

CHELO MONDEJA, 17 de Junio de 2020.

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