jueves, 28 de noviembre de 2024

MIRAR SIEMPRE HACIA ADELANTE

 

LA MONTAÑA ENCANTADA

 

En un remoto país de ensueño, vivían tres hermosos príncipes hijos del Sultán de aquel lugar. Zoraya, Ahmed y Ali en estrecha fraternidad dedicados a cultivar y cuidar con esmero hermosos árboles y plantas tropicales que  crecían en su frondoso jardín, único en el mundo. Algunas jaulas con exóticos pájaros enclavadas en ciertos lugares, proporcionaban al lugar un canto indescriptible.

Aquella tarde tenían visita. El Sultán de un país vecino atraído por las maravillas que el pueblo contaba, quiso ver en persona el famoso jardín de los tres hermanos. Ahmed y Ali envueltos en el humo de sus pipas de esencias orientales charlaban sin cesar con el sultán vecino. Zoraya, envuelta en tules y gasas multicolores se afanaba por enviar a los sirvientes con suculentos manjares, para agasajar a los invitados.

Despues visitaron el jardín durante horas. No se cansaban de admirar la belleza del mismo, la grandeza de los árboles, el colorido de sus flores, y el aroma embriagador que emanaba de todo él. Cuando el séquito se despedía, un joven Emir comentó a los hermanos que tan solo le faltaba al hermoso jardín las “tres cosas” que se custodiaban en una montaña encantada, muy lejos de aquel lugar. Curiosos preguntaron que eran aquellas tres cosas y el Emir les respondió: Son tres cosas únicas en el mundo, el pájaro que habla, el árbol que canta y el agua de oro, pero es imposible llegar hasta ellas, hay peligro de muerte. Todo el que lo ha intentado no ha vuelto jamás.

Los tres hermanos llenos de curiosidad empezaron a interesarse por esas maravillas y recabaron información por todas las partes del mundo. Fue tanto el empeño que pusieron que cada vez les urgía mas tener esas maravillas en su jardín. Pasadas unas semanas y desoyendo los consejos de su padre el Sultán, decidieron echar a suertes quien iría a buscarlas. El azar eligió al pequeño Ali y a la mañana siguiente emprendió el viaje. Al despedirse de su hermana Zoraya le entrego un pequeño puñal de plata. Si el puñal sangraba, seria señal de que necesitaba ayuda. Cargó con su zurrón y sin ningún séquito que le acompañara, se despidió de sus hermanos y salió del palacio.

Las murallas del reino se cerraron tras él y espoleando su brioso corcel, salió galopando a toda prisa en dirección a las lejanas montañas, donde buscaría la montaña encantada que guardaba dichos tesoros. Tres días y tres noches tardó en llegar a las estribaciones de los majestuosos montes que le cerraban el paso. Bajó del caballo para que descansara un poco y en una cueva escondida entre los arbustos encontró una anciana que le miraba fijamente. -“Hola príncipe Ali. Sé a lo que vienes, pero te aconsejo que no lo hagas. De lo contrario morirás. Mas si quieres conservar la vida, nunca mires hacia atrás”

El príncipe no hizo comentario alguno y se adentró por el camino que se abría delante de él, entre una frondosa vegetación que casi le impedía el paso. El camino subía en una acusada pendiente rodeado de grandes pedruscos negros. Poco a poco las piedras eran más abundantes y empezó a escuchar unos murmullos y gritos estridentes que le molestaban. Ali seguía subiendo la escarpada montaña y los gritos se hacían insoportables. Le aturdían y le asustaban, pues no veía nadie a su alrededor, pero no quería mirar hacia atrás. “¡Vuelve maldito! ¡Vas a morir! ¡No sigas adelante!” El pobre Ali no pudo más y volvió la cabeza para ver de donde provenían esos gritos amenazantes. En ese mismo momento quedo convertido en piedra negra. Una hermosa piedra negra que junto a su caballo, formaron parte del grupo que le amenazaba.

En el palacio, los días transcurrían con gran impaciencia por parte de Zoraya y Ahmed y en el instante en que Ali quedo convertido en piedra, el puñal que le dejó a su hermana se tiñó de sangre. Los hermanos estaban horrorizados y fue Ahmed el que decidió salir en su busca, diciéndole a su hermana que volverían los dos. Al instante equipó su brioso caballo y salió en dirección a las temidas montañas en busca de Ali.

Galopaba incansable sin perder ni un minuto, cuando divisó el gran macizo montañoso que le cerraba el paso. Al igual que hizo Ali, Ahmed bajó del caballo para descubrir el lugar por donde se podía iniciar la ascensión a la montaña y encontró en la cueva a la misma vieja que le observaba. -“Hola príncipe Ahmed. Te aconsejo que vuelvas por dónde has venido. Tu hermano ha muerto y tú, si no me obedeces, correrás la misma suerte. La forma de no morir, es evitar mirar hacia atrás”

Ahmed no comprendía el porqué de aquella advertencia pero no hizo comentario alguno y resuelto inició su ascensión. Comenzaba el atardecer y todo aquel entorno le inquietaba. Dejó su caballo atado en un árbol y siguió por el sendero que estaba custodiado por enormes rocas y piedra negras. Poco a poco comenzó a escuchar un griterío amenazador que cada vez más fuerte le insultaba. “¿Dónde vas insensato?, ¡Vuelve atrás! ¡Morirás ahora mismo! Ahmed, seguía firme en su camino hasta que asustado, sin poderlo evitar más, volvió la cabeza. Allí mismo se quedó convertido en piedra negra.

El caballo de Ahmed, cansado de esperar a su amo, volvió al palacio galopando. Zoraya al verlo gritó estremecida. Comprendió que su hermano había corrido la misma suerte que Ali. Resuelta y sin consultar con nadie, esa misma noche salió del palacio en busca de sus hermanos camino de las montañas.

Zoraya y su caballo llegaron exhaustos. Habían logrado llegar a su destino en solo dos días, galopando sin descanso. Cuando la princesa bajo de su corcel, decidió descansar un poco antes de iniciar la peligrosa ascensión. La vieja de la cueva la llamó: “Hola princesa” “Hola buena mujer” contesto Zoraya. La vieja siguió hablando: -“Tus hermanos han muerto. No hace falta que subas tú, o te sucederá lo mismo”. Zoraya pregunto el porqué de aquella advertencia y la vieja respondió: “Tus hermanos no me preguntaron, ni me dirigieron la palabra y no obedecieron el consejo que les di. Se consideraron muy autosuficientes. Sin embargo hay que escuchar y ser más humildes, porque unos debemos de aprender de otros.” “Mi consejo, princesa, es que no debes de volver la cabeza nunca hacia atrás, oigas lo que oigas. En la vida hay que mirar siempre hacia adelante”. Zoraya agradeció el consejo de la anciana y decidida montó de nuevo en su caballo e inicio la ascensión.

Pronto se empezaron a escuchar las temidas voces. Zoraya se tapó los oídos con su turbante blanco, así no escuchaba apenas nada. Resuelta continuo subiendo y subiendo. Las piedras, casi le cerraban el paso, pero ellas las sorteaba resuelta. El griterío era ensordecedor, pero no las escuchaba. Zoraya había sido más inteligente tapándose los oídos y continuaba subiendo. Algo superior le llamaba desde lo alto. No veía a ninguno de sus hermanos, pero seguía hacia adelante convencida de encontrarles pronto.

Cuando llego a la cima, callaron las voces. Solo se oía un melodioso canto que procedida del famoso Árbol que canta, allí estaban los tres tesoros: el árbol, el surtidor del agua de oro y el pájaro hablador que le dio la bienvenida diciendo: “Bienvenida princesa. Has llegado a la cima de la montaña. Te estábamos esperando para que salves a todos los príncipes y nobles que lo han intentado antes que tú, incluidos tus hermanos y no lo han conseguido”. Zoraya miraba extasiada al exótico pájaro que le hablaba en esos términos y comprendió lo sucedido. En un cuenco, tomó agua de la dorada fuente y fue rociando todas las piedras de su alrededor que al instante tomaron la figura humana que tenían antes. Unos a otros fueron rociándose el agua y empezó un atronador aplauso y voces, esta vez de alegría y agradecimiento hacia la princesa que les había salvado de su hechizo. Despues, con sus caballos fueron descendiendo de la montaña acompañando a la princesa que abrazó emocionada a sus hermanos cuando los encontró hacia la mitad del camino.

La princesa llevaba el pájaro en su hombro, y también portaba un frasco con el agua de oro. Cogió igualmente una rama del árbol que canta, para plantarlo en su jardín, porque todo aquello se iba a quedar allí. Sin embargo en su palacio todo volvería a su estado actual, realmente esplendoroso. Cuando llegaron al pie de la montaña un pavoroso estruendo se la tragó literalmente tras de ellos, quedando convertida en una más de aquella cordillera, cuajada de magníficos abetos y robles. 

La montaña encantada desapareció para siempre.  Todos los que intentaron alguna vez su ascensión a través de los tiempos estaban a salvo gracias al buen corazón de la princesa Zoraya. La vieja de la cueva tampoco estaba.  Ya pertenecía a un pasado hechizo.

Los tres hermanos montados en sus caballos volvieron triunfantes al palacio. Traían con ellos los tesoros que fueron a buscar y sobre todo una hermosa experiencia que habían aprendido para siempre: EN LA VIDA HAY QUE SER HUMILDES, SABER ESCUCHAR UN BUEN CONSEJO Y MIRAR SIEMPRE HACIA ADELANTE.

Chelo Mondeja. Diciembre 2024

jueves, 21 de noviembre de 2024

EL SUEÑO ETERNO

 

LA BELLA DURMIENTE

 

Érase una vez, en un hermoso valle entre altas montañas, rodeado de bosques y ríos, donde los pájaros y los ciervos vivían libres entre los habitantes, había un pequeño reino. Un castillo se alzaba en medio de él circundado por un frondoso jardín donde no faltaban las fuentes y las flores. Era muy bonito y pertenecía a una joven pareja de reyes, recién nombrados por el pueblo que los adoraba y que estaban esperando su primer heredero.

Una mañana de primavera las trompetas de los heraldos anunciaron el feliz alumbramiento. Una hermosa princesita acababa de nacer, haciendo las delicias de los reyes, sus felices padres.

El palacio entero y los habitantes del reino se pusieron en acción, adornando las calles y quemando pólvora para presentar a la princesita. Prepararon en el jardín del palacio un gran banquete y todos sin excepción fueron invitados. La princesita era muy bella, con unos grandes ojos del color del cielo que miraban curiosos a su alrededor descubriendo la vida. Todos los invitados, uno a uno, pasaron por delante de la princesa para entregarle sus presentes. Los reyes estaban felices comprobando cuánto les querían sus súbditos.

La última en llegar, fue el hada que vivía en el país vecino de las hadas del bosque. La hermosa y joven hada le regaló sus dones: “Bondad, belleza e inteligencia le adornarían toda su vida y sería muy feliz”. La tocó con su barita mágica y se alejó de la cuna donde descansaba la princesita. En ese mismo momento y acompañada de un terrible trueno, se presentó otra hada vieja y enfadada porque, según dijo, no la había invitado nadie. Se acercó sin ningún cuidado al lado de la princesa y soltando una terrible carcajada le dijo “todo eso que te han dicho es mentira. Cuando cumplas quince años te pincharas con la lanzadera de una rueca y dormirás por espacio de 100 años”. Diciendo esto salió volando. Ante el asombro reinante, la joven hada muy compungida, se acercó de nuevo y le dijo: “despertaras de ese sueño, cuando un príncipe deposite en ti, su beso de amor”

A partir de ese momento el rey envió mensajeros por todo el reino, quedando terminantemente prohibido hilar o tejer ninguna prenda, tapiz, alfombra, ni nada, que tuviera que ver con ese peligroso utensilio, quedando así, fuera del alcance de la princesa.

Pasó el tiempo y cada año se acercaba más y más el cumpleaños fatídico de la princesa. Esta se había convertido en la preciosa muchacha, alegre, feliz y bondadosa que le pronosticó el hada buena. Sus padres inquietos, velaban constantemente por ella custodiándola en todo momento. Llegó el día en que la princesa cumplía los 15 años y prepararon una gran fiesta a la que estaba invitados todos los habitantes del lugar, como lo hicieron en el día de su nacimiento. Muchas flores adornaban sus escalinatas y los músicos tocaban hermosas melodías que invitaban a bailar. Las gentes disfrutaban distraídas y por un momento y atraída por una música misteriosa, la princesa se dirigió hacia una de las escaleras que la conducía directamente a las torres más altas del castillo. Llego arriba y curiosa abrió una puerta. En la solitaria estancia solo había una rueca y una vieja sentada ante ella. Estaba hilando, tejiendo un colorido chal que ofreció a la princesa. Asustada retrocedió y tarde se dio cuenta de su error, apenas pudo reaccionar cuando el hada malvada le clavo la lanzadera, quedando al instante completamente dormida. Quedo allí en el suelo, recostada sobre la prenda colorida que le ofreció la vieja. Esta, acompañada de un trueno horrible, salió volando triunfante por la ventana. El sol se ocultó y una noche oscura se cernió sobre el reino.

En ese mismo momento, todo a su alrededor se paró, como si se tratara de un viejo reloj. El jardín, el palacio y el reino entero quedaron a oscuras y sumidos en un profundo silencio. Los reyes y todos sus habitantes paralizados y quietos, sin moverse de donde estaban. La noche mágica y negra cayó, como le había vaticinado el hada malvada sobre todos sus moradores, que a partir de entonces dormirían un largo sueño que duraría por espacio de 100 años.

Y así fue. Pasaron los años y los árboles y plantas habían crecido tanto, que el palacio quedaba oculto entre espinas y zarzas. La leyenda de “la bella princesa que dormía” se había extendido por muchos países, pero nadie se atrevía a cruzar aquellas zarzas y bosques que custodiaban de alguna manera el extraño lugar.

Sin embargo, un joven príncipe muy valiente y atrevido, movido por la curiosidad, decidió encaminarse hacia el palacio que la leyenda popular comentaba. Una mañana de abril, acompañado de su séquito, se puso en camino y cuando llego al lugar que le indicaban sus instrucciones, quedo paralizado, pero abriéndose paso entre la maleza entró valientemente en el bosque encantado.

Le extrañó no ver ni oír ningún pájaro. Todo estaba quieto y en silencio y sumido en una espesa y densa niebla. Al paso de su caballo blanco, con mucho cuidado de no quedar atrapado en las espinas, diviso el castillo de las puntiagudas torres azules. El corazón empezó a latirle con fuerza. Algo sobrenatural empezaba a crecer dentro de él y le impulsaba a seguir adelante con renovadas fuerzas. La curiosidad, la ilusión y un gran anhelo, le guiaron hacia la entrada del palacio. Caminaba como extasiado, atraído por un profunda sensación mágica, consciente de que algo maravillosos le iba a suceder.

Subió las escalinatas. Encontró todo como recién hecho, como si los músicos acabaran de tocar una de sus piezas. Las flores no estaban marchitas, y todos estaban quietos como estatuas de sal. Siguió subiendo hasta la más alta y puntiaguda torre. De ella salía un tenue resplandor, como un latido que le llamaba. Abrió la puerta y allí estaba en el suelo, recostada entre un tejido multicolor la joven princesita, bella como el sol. Sus ojos cerrados le indicaban su estado. El principie extasiado, siguió los impulsos de su corazón y agachándose sobre ella le deposito en sus labios el más puro y bello beso de amor que jamás se conociera.

En ese mismísimo momento, la princesa abrió los ojos, le sonrió y le devolvió el beso, quedando los dos sumidos en un profundo abrazo. Había llegado su salvador. En ese instante, la vida volvió al reino. Todo el mundo despertó de súbito y la fiesta de cumpleaños se reanudó como si no hubiera ocurrido nada, como si aquellos 100 años no hubiesen transcurrido. Las flores volvieron a llenarse de exquisito aroma. Los pájaros cantaban y la comida humeante estaba sobre la mesa. Nadie se acordaba de lo ocurrido.

El hada buena tuvo razón. El AMOR todo lo puede y el príncipe y la princesita serian felices. Seguirían viviendo en el mismo reino que muchos años después les dejarían en legado sus padres los reyes, y construirían un país próspero, donde la armonía y la paz reinarían entre todos sus habitantes. Y así sucedió.

 

Dedicado a mi nieto Carlos Javier

Este cuento original de Charles Perrault y contado a mi manera, le encantaba. Le recuerdo en su casita de XELA (Guatemala) arropadito en su cama antes de dormir, cuando alguna vez me pidió que se lo contara. 

lunes, 18 de noviembre de 2024

NADIE ES MEJOR QUE NADIE

 

EL PATITO FEO

 

En un bello paraje mediterráneo, cerca del mar, había una gran extensión de agua dulce poblada por diferentes especies acuáticas: Patos, cisnes, cormoranes, grullas, flamencos, etc. Todos vivían en armonía y la población crecía feliz extendiéndose por toda la marisma.

En una de las riberas y al cobijo de unos juncos, una familia de patos empollaba sus recientes huevos, nada menos que diez. Sin embargo había uno un poco más grande y de un color más oscuro, pero los felices papas no repararon demasiado en la diferencia y constantemente estaban encima de ellos dándoles el calor necesario para que la vida progresara. La pareja lo hacía muy bien. Mientras uno les daba su calor, el otro buscaba comida, y así pasaron unos treinta y cinco días.

Felizmente y llegado el tiempo reglamentario, los patitos comenzaron a dar señales de vida rompiendo sus cascarones y saliendo libremente a la luz del día, con la consabida alegría de sus progenitores. Los diez patitos amarillos y rechonchos iban de acá para allá contemplando su casa y su entorno. Pero uno de ellos parecía que era más pequeño y delicado. Su plumaje era de un color más claro y nadaba torpemente. La mamá pata estaba siempre cerca de él para ayudarle a chapotear y saber atrapar pequeños gusanitos para alimentarse. Sus hermanos se burlaban de él porque era aparentemente mucho más torpe que ellos. El pobre patito FEO, lloraba en silencio.

Pero cabo de unas semanas, el pequeño patito un poco distinto a los demás, crecía y se robustecía. Había aprendido a nadar muy bien y le encantaba deslizarse encima de una hoja velozmente, dejándose llevar por la fuerza del viento. Sus plumas, más claras que las de sus hermanos brillaban bajo el sol del verano. Era un patito verdaderamente distinto y no se sentía querido por nadie más, que por sus papas. Una tarde montado en su inseparable hoja se atrevió a alejarse bastante de su territorio y de su madriguera bajo los juncos. Al fin y al cabo nadie le iba a echar de menos, pensó tristemente. En la otra orilla diviso unos patos con el cuello más largo que el suyo y que sumergían hábilmente para poder atrapar a los pececillos que nadaban casi en la superficie del agua. Pensó que eran otra familia de patos y dando media vuelta se alejó de allí. No se sentía feliz, se sentía rechazado dentro de su misma familia, pero tenía que volver a casa.

Nuestro patito que era muy valiente, curioso y atrevido, decidió ir a explorar a todo ser viviente que viviera en la laguna, al fin y al cabo eran vecinos. Lo primero que encontró fue unos patos grandes con el cuello verde brillante que le miraron curiosos. Tambien vio a unos patos grandotes de color de rosa que se sujetaban con solo una pata y se quedó maravillado.  Muy curioso, intentó copiarles y hacerlo a él, pero con sus patitas cortas lo único que ganó fue un terrible chapuzan y perder su hoja, que se alejó rápidamente por el agua. Pero no se preocupó y buscó otra parecida y un poco más grande, para poder deslizarse más cómodamente.

Siguió inspeccionando atraído por un ruido ensordecedor. Eran como unos gritos que venían del mar y se dejaban caer en el lago. Eran gaviotas. Estas si que le dieron miedo, con aquellos chillidos estridentes y la fuerza que tenían en sus alas, cuando pasaban a ras de agua cerca de él. Decidió alejarse de las riberas y volver al cobijo de las cañas y juncos familiares. Ya era casi de noche cuando volvió con su camada de patos. Sus padres le reprendieron, estaba preocupados por él, ya no les cabía la menor duda, de que este patito era diferente a los demás.

En el otoño la diferencia era notable. Había crecido mucho y su cuello sobresalía bastante por encima de su cuerpo. Sus plumas eran blancas y brillantes como el sol. En nada se parecía a sus hermanitos que se habían quedado en patos amarillos y gordos. El, sin embargo, era alto, esbelto y blanco y con un cuello envidiable. Ya nadie se burlaba de él. Al contrario le admiraban y le pedían que les acompañara para poder alcanzarles algún insecto posado en los altos juncos, ya que ellos no alcanzaban a cogerlo con sus picos. Nuestro patito era muy generoso y no se acordaba de sus burlas anteriores. Quería a sus hermanos y les ayudaba en todo.

Pasaron el invierno al cobijo de sus guaridas, con pequeños paseos al sol y haciéndose mayores. De nuevo regresaba la primavera. El agua de la Albufera se llenaba de comida abundante que entraba por las acequias, el cielo se poblaba de los cantos de los pajarillos, de los jilgueros, las alondras y de las temidas gaviotas. Numerosas mariposas de todos los colores revoloteaban entre los juncos, los sauces y los naranjos y el aire se llenaba del zumbido de las abejas preparando su rica miel de flores y de romero, fecundando sus flores. Las lluvias de abril, regaban las huertas y la vida comenzaba de nuevo bajo los juncos y escondrijos de las riberas.

El patito, al que en algún tiempo llamaron FEO, era ahora un hermoso CISNE blanco, envidia de todos los demás patos y orgullo de sus papas y hermanos. Sin embargo, era consciente de que no pertenecía a esa familia. No era de su misma especie, aunque su corazón siempre sería igual que el de ellos. ¿Cómo llego el huevo donde fue engendrado a la familia que lo acogió? No sabemos, seguramente se perdería de la camada de cisnes y llevado por la corriente fue a parar a la de los patos, donde fue acogido con amor y calor de familia, desde el principio de su existencia. Eso era lo que valía.

La llamada de la naturaleza y de la sensatez, le hizo recordar a aquella familia diferente que vio aquella tarde lejana en la otra orilla, en las primeras excursiones que hizo. Comprendió que ahora eran exactamente iguales. Ya no le parecían tan raros y distintos, no cabía duda de que pertenecía a aquella raza. La del cisne blanco. Decidido pensó en hacerles una visita, esta vez presentándose así mismo ante aquella familia de aves tan bonita.

Ya no podía deslizarse en su hoja, que se le había quedado muy pequeña. Se fue nadando majestuosamente hacia el lugar que recordaba y en el que fue acogido con mucho cariño. Atraído por la belleza de un hermoso cisne hembra, decidió quedarse con ellos. Ese era su verdadero lugar. Y así lo hizo. Pero nunca olvido a sus padres adoptivos ni a sus hermanos, a los que iba a visitarles frecuentemente.

La laguna crecía en habitantes, Pronto llegarían nuevos polluelos de pequeños cisnes blancos, La vida continuaba. El patito FEO, ahora cisne HERMOSO, era muy feliz junto a su nueva familia.

 

Dedicado a mi nieto Lucas en su cumpleaños. 

UN CORAZON ARREPENTIDO


 

EL GIGANTE EGOISTA 

 

 “En un remoto reino vivía un gigante que tenía una gran mansión rodeada de un jardín maravilloso donde crecían toda clase de flores y árboles frutales y en el que los niños del lugar acudían para jugar, llenando el ambiento de sus risas e invitando a los pajarillos a cantar con ellos. Pero el gigante era muy egoísta y le molestaban las risas y las voces de los niños, quería las maravillas de su jardín solo para él.

Un día enfadado cerró el jardín a cal y canto, levantando un muro e impidiendo así que entraran  los pequeños a jugar en él. Esto ocasionó que los pajarillos se pusieran tristes y no cantaran. Tampoco florecieron los árboles. Se paró la naturaleza entera, sumiendo al jardín  en un invierno pertinaz y agresivo durante mucho tiempo. El viento del norte, la nieve y el granizo se adueñaron de él. El gigante extrañado se asomaba a la ventana todos los días esperando a la primavera, pero la primavera no llegaba. No oía cantar a los pajarillos, ni veía florecer sus hermosos árboles dando sus deliciosos frutos y nunca salía el sol. El gigante empezó a asustarse porque afuera de su jardín cantaban los pájaros y florecían los árboles.

Se puso a reflexionar y se dio cuenta del error que había cometido. Entonces abrió de nuevo las puertas de su jardín  para que pudiera entrar esa “primavera dormida” durante tanto tiempo por su culpa. Muy arrepentido derribó el muro y dejo que entraran de nuevo los niños a jugar en su jardín. Al momento la primavera y la vida reiniciaron su ciclo vital y maravilloso. Los niños jugaban por todas partes, se subían a los árboles, comían sus frutas y eran felices. Pero en un rincón del jardín había un niño pequeñito que no alcanzaba las ramas de los árboles. El gigante se acercó a él y lo subió al árbol. El niño agradecido le dio un beso. El gigante quedó cautivado por aquel niñito.  Nunca le había besado nadie.

Pasó el tiempo, los niños crecieron y vinieron otros niños pero al niño pequeñito que subió al árbol, nunca más lo volvió a ver y el ogro se hizo viejo. Una tarde sentado en su sillón miro al rincón del jardín y vio algo maravilloso. Allí estaba el pequeño niño sentado en el árbol que estaba cubierto de flores blancas y con ramas doradas. Se acercó y le vio las manos y los pies con agujeros de clavos. Ante su pregunta el niño le dijo que eran heridas de amor y le dio las gracias por haberlo dejado estar en aquel jardín. Despues añadió que desde ahora sería el gigante quien estaría para siempre con él en su jardín, llamado Paraíso.

A la mañana siguiente encontraron al gigante  muerto a los pies del árbol dorado, cubierto de flores blancas y con un semblante feliz  lleno de paz.”

Es un cuento muy bonito y nos deja la reflexión de no pensar tanto en nosotros, para pensar más en los demás y por lo tanto en el bien de todos. Nos habla del arrepentimiento, del cambio de actitud necesario para mejorar y de la eterna y verdadera bondad.

CHELO MONDEJA    (OSCAR WILDE)

FAMILIA FELIZ

 

EL LOBO BUENO Y LOS CUATRO CERDITOS

 

No hace mucho tiempo que en las estribaciones de la sierra de Guadarrama, entre fresnos y robles y junto al rio Lozoya que origina el nombre del bonito valle, vivía una familia de cerditos. Unos cerditos sonrosados y rollizos que habían escapado de una piara para hacer su propia vida. La familia estaba compuesta por el papá, el señor Cerdo, la mamá, señora Cerda Blanca y los pequeños: Listín, que debía su nombre a que era muy estudioso. Gordin, que se pasaba el día comiendo chuches. Flaquin, que hacía mucho deporte y Parlanchín, que parloteaba y cantaba sin cesar.

En el lugar donde habían decidido establecer su morada habitaban muchos lobos, cuyo manjar preferido eran los cerditos. El papa que era muy mañoso, se encargó de construir una bonita casita que pinto de blanco con un tejado de tejas rojas y brillantes, con las ventanitas de color azul y que rodeo de una cerca llena de bonitas flores multicolores, donde los malvados lobos no pudieran entrar fácilmente. Los riachuelos cercanos de cantarinas aguas, acompañaban a los pajaritos que anidaban en los pinos y árboles vecinos con sus cantos y les daban los buenos días alegremente. Este verano que os cuento, la vida estaba transcurriendo plácidamente.

El papa estaba ausente durante toda la semana y la mama bajaba a comprar al mercado todos los sábados. Por la mañana temprano se vestía y arreglaba pulcramente, cogía su gran capazo y dando infinitas recomendaciones a sus hijos para que no abrieran la puerta a nadie, marchaba confiada a la compra.

Listín, Gordin, Flaquin y Parlanchín eran muy traviesos, y sus nombres les cuadraban perfectamente. Aquella mañana después de despedir a su mama llenándola de besitos, tomaron sus tazones de leche con el desayuno dando buena cuenta de ellos, los dejaron en el fregadero como les recomendó su mama y luego se pusieron a jugar. De pronto unos golpes en la puerta llamaron su atención.

                – ¿Quién es? Preguntaron.

 Fuera se oyó una voz atiplada que decía

               –Soy vuestra mama, abrir la puerta

Los cerditos se miraron confusos y dijeron gritando

               –Nuestra mama no tiene esa voz tan fea.

Fuera no se oía nada y siguieron jugando. Era el lobo. Un astuto lobo, que estaba acechando la marcha de Cerda Blanca al mercado y había conseguido saltar la cerca de flores para llamar a la puerta. Cuando oyó la respuesta de los cerditos y muy contrariado, marcho veloz a un bosque de ruiseñores y les pidió por favor le prestaran un poquito de su melodiosa voz. Los buenos pajaritos se la dieron y el lobo marcho nuevamente a casa de los cerditos. Volvió a llamar diciendo

               –Abrir que soy vuestra mama

Los cerditos se miraron asustados y miraron por el ojo de la cerradura. Dieron un grito de terror porque vieron unos ojos negros que los miraban desde el otro lado.

               –No eres nuestra mama, nuestra mama los tiene los ojos azules y tú los tienes negros como los lobos malos.

El lobo no ceso en su empeño y rápidamente se fue corriendo cogiendo impulso para subir velozmente a la cima de una montaña, la más alta que encontró y allí más cerca del cielo pudo gritar:

                –Señor cielo, pidió, señor cielo ¿Puedes darme un poquito de tu bello color azul para teñir mis                ojos?

El señor cielo un poco asombrado le dijo:

               – Sí que te lo doy, pero si los utilizas para el mal, tus ojos volverán a su color feo y natural.

El lobo asintió y bajo corriendo de nuevo a la morada de los cerditos. Pero esta vez cambio de estrategia. Llamo suavemente diciendo:

               –Hola cerditos. Soy un hada del vecino bosque y me gustaría jugar un ratito con vosotros.

Listín que como su nombre indica era el más listo volvió a mirar por el ojo de la cerradura y dijo:

               –Eres un lobo feo y peludo. Las hadas tienen la piel suave y blanca y un cabello largo y rubio y                añadió entre risas: –“tú eres feo y bizco, señor lobo”.

Y los cerditos empezaron a burlarse. El lobo estaba muy enfadado y quería comerse a los cerditos a como diera lugar. ¿Qué se creían esos mocosos? Él era mucho más listo que ellos. Ahora verán, pensó y salió corriendo. Esta vez se dirigió a un cantarín arroyo que bajaba hasta el rio y poniendo cara de bueno le suplico:

               –Por favor señor arroyo ¿puedes hacer que mi piel se suavice con tus aguas cristalinas y se torne     blanca y lisa como las piedras que tienes en tu lecho?

El río le contestó:

               –Puedes bañarte en mis aguas y sacudirte ese pelaje negro y feo. Tu piel quedara radiante. Pero si   tu cambio de aspecto es para utilizarlo mal, todo volverá a ser como estabas antes.

El lobo atolondradamente acepto y se dirigió velozmente a un campo de maíz. Le grito a las cañas:

               –Señoras cañas por favor, podéis darme vuestra flexibilidad y una cabellera rubia y larga. La necesito urgentemente.

Las cañas tambien le contestaron:

               –Camina un rato entre nosotras y piensa para qué vas a utilizar ese cambio de aspecto. Si es para hacer cosas malas, todo volverá a su estado natural.

El incansable lobo se miró reflejado en el agua y sonrió triunfalmente. Se dijo:

               –Ahora sí que parezco un hada de verdad. Esos cerditos estúpidos van a caer entre mis dientes. Yo soy mucho más listo que ellos. Ja ja ja.

Cuando estuvo delante de la puerta de la casa de los cerditos sus pisadas eran suaves y su aspecto era hermoso. Tocó de nuevo en la puerta diciendo con voz cálida:

               –Hola cerditos. Soy un hada de camino hacia mi casa y estoy cansada.  Me gustaría estar un ratito     con vosotros y descansar ¿Podéis abrir la puerta?

Los cuatro hermanitos volvieron a mirar uno por uno, por el ojo de la cerradura y se decían entre ellos:

               –Es verdad, es una hermosa hada ¿le abrimos?  Dijo Parlanchín.

               –No no, espera, argumento Listín. Mamá no quiere que abramos la puerta a nadie. La verdad es           que parece un hada. Pero ¿será de verdad un hada, o será que  nos está engañando?

Los cuatro hermanitos, volvieron a mirar por el ojo de la cerradura y advirtieron una sonrisa malvada y triunfal en la cara del hada. Entonces dijeron a coro:

               –Tu apariencia es de hada, pero ¿sabemos si tienes el corazón de malvado lobo?

El lobo se quedó callado, pero todavía no se rindió y salió de allí buscando alguna forma para ganarse un buen corazón. Tenía que comerse a esos cerditos antes de que regresara su mama de la compra.

Caminando sin saber dónde ir, encontró un perrito que acompañaba a un pastor ciego. En otro momento se habría comido al perro y al pastor, pero en esta ocasión se dirigió al perrillo y le dijo:

               –Hermano perro. ¿Podrías darme unos latidos de tu buen corazón?

El perrito se le quedo mirando con sus bondadosos ojos y le dijo:

               –Claro que sí. Pero si los mezclas con malos deseos, se morirán. Por el contrario, tienes que                hacerlos crecer con tus buenas acciones.

Y el perrito le dio a manos llenas, unos cuantos latidos de su buen corazón y siguió acompañando a su amo fielmente por el sendero. El lobo les vio desaparecer entre los pinos. Estaba un poco confuso.

El lobo, convertido en hada, se quedó pensativo sentado en unas piedras. De repente se le habían quitado las ganas de ir a ninguna parte y mucho menos de comerse a los pobres cerditos.

La luz de la tarde caía sobre las montañas y su cabellera brillaba al sol. Miro su imagen que se reflejaba en el rio. Nadie diría que antes había sido lobo. Se había convertido en una maravillosa hada cuyos deseos eran solo hacer el bien.

Sin saber ciertamente a donde ir, sus pasos le llevaron a la casita de los cerditos. La mamá Cerda Blanca acababa de llegar con el capazo bien cargado de comida y golosinas para sus hijitos. Todos en la casa reían muy contentos y mirando por la ventana, le vieron llegar. La mama Cerda Blanca le invito a pasar adentro de la casa y los cerditos le rodearon curiosos. Lógicamente no reconocían en ella al lobo de antes. Los parlanchines cerditos contaron a su mama  todo lo sucedido:

               –Mamá, mamá un lobo malo nos quiso engañar y quería entrar en casa para devorarnos. Pero no          le abrimos y al final se fue. Menos mal. Esperemos que no vuelva por aquí.

El “Lobo bueno” de este cuento estaba muy contento. Se sentía muy bien con su cambio de actitud y de aspecto y no pensaba cambiarla. Había utilizado su malvado corazón y su perseverancia para hacer el mal, sin embargo después de los bondadosos latidos del corazón del perrito, esa misma perseverancia le serviría ahora para hacer el bien. Se había hecho bueno y sería una bella y bondadosa hada para siempre.

Se despidió de la familia de los cerditos prometiendo volver a verles y se dirigió a las montañas vecinas entre robles y abedules, rodeados de cantarinas fuentes donde sabía que había un “asentamiento de hadas” y allí encontró su lugar. Ayudaba a los animalitos heridos y a los caminantes que se perdían entre los bosques. Se dio cuenta de lo necesario que es a veces en la vida, un cambio de actitud a tiempo.

Los cerditos crecieron felices. Sabían que tenían una buena amiga entre las hadas del frondoso bosque vecino. Ellos siguieron viviendo en su bonita casita con sus papas donde tenían su hogar feliz y se felicitaron por haber sido obedientes a su mama. Si hubieran abierto la puerta, se los habría comido el lobo.

 

Recordando a mi madre y dedicado a mis tres bisnietos Carlitos, Gaia y Samuelin. (Y los que puedan llegar)

Con todo cariño vuestra bisabuela Chelo Mondeja. Agosto 2024 

miércoles, 13 de noviembre de 2024

LA NAVIDAD



LA  ESTRELLA  DE  LA  NAVIDAD

Hace millones y millones de años que existe nuestro mundo. El mundo creado por Dios, según nos relata el libro del Génesis, el primero de la Biblia, que no es histórico pero no por ello menos real. No cabe duda de que la vida, en algún momento dado de la historia, empezó su proceso con la evolución de la materia que poco a poco daría paso el mundo tal como lo conocemos hoy. Cuando Dios creo la luz, creo tambien los astros, que se distribuyeron por el firmamento.

Dejando volar la ilusión y la fantasía, imagino a las numerosas  estrellas que Dios había hecho, mirándose de reojo las  unas a otras para ver donde las colocaba el Señor. Todas querían los primeros puestos, donde poder lucir su fulgurante luminosidad y que fuera efectivamente visible y hermosa desde todos los ámbitos celestiales. Las había de todos los tamaños, desde las grandes y azules, hasta las enanas y rojas, pero todas bellas e insustituibles en los sitios que empezó a asignarles el Creador.

Comenzó enviándolas a distancias enormes por las grandes extensiones siderales del universo. A las constelaciones de Aries y Tauro, Géminis, Cáncer, Leo y Virgo, Libra, Escorpio y Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis. Las envió eligiendo sus colores y tamaños. Despues creó la Vía Láctea con millones de estrellas pequeñitas para que destacaran entre ellas las constelaciones diversas de Centauro, Casiopea, Andrómeda y muchas más. Puso una especial y muy hermosa en la constelación de la Osa Mayor, para que señalara siempre al norte del planeta Tierra y la llamó estrella Polar. Blanca y luminosa marcando siempre el camino. Se entretuvo enviando a Osiris, grande y azul dentro de la constelación de Pergeo. De ahí las Perseidas, las que cada año reciben el aluvión de los asteroides, formando la espectacular lluvia de estrellas. Pero reservó una muy especial, de una luz dorada, brillante e intensa. No muy grande pero muy ágil y veloz. Tenía  pensada para esta estrellita una misión muy importante. Quedó en reserva hasta que pasados miles de años, llegado el tiempo en que la necesitaba Dios, la sacó de donde dormía y le dio sabias instrucciones. Nada menos que tenía que guiar a unos Magos de Oriente hasta la ciudad de Belén. Tenía la extraordinaria y responsable tarea de anunciarles el nacimiento del Salvador del mundo: Jesus, el hijo de Dios. La estrellita se puso contentísima y miró con orgullo a sus hermanas que la miraban con cierta envidia. Se atusó debidamente el brillo dorado que tenía y del que le nació una cola espectacular para darle más velocidad por el cielo. Se despidió de Dios, su creador y marchó a toda velocidad a cumplir su maravilloso encargo.

Cruzó el mundo de este a oeste y se hizo visible ante los Magos que de alguna forma la aguardaban. Inmediatamente se pusieron en camino y la siguieron por las nieves y las estepas, por los desiertos y los valles y por el mar, cruzando el gran rio Nilo, hasta que llegaron a un pueblecito chiquito y humilde donde se oían unos cantos de ángeles que decían “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” y muchos pastores y lugareños andaban con sus rebaños camino  de un portal con un establo donde había nacido un niño, el Niño Dios. La estrellita sabía dónde era. El Señor le había dado las coordenadas exactas y sabias instrucciones y ya habían llegado. Orgullosa se paró encima del pesebre y proyectó su luz y calor hacia la familia de Nazaret. María, José y el Niño descansaban al calor de los animales del establo. María había envuelto al niño en los pobres pañales que tenía y José los miraba tiernamente, agradeciendo los presentes que los pastores les llevaban: leche, miel y ropa para el recién nacido, pues hacía mucho frío.

Cuando los Magos vieron todo aquello quedaron embargados de una gran ternura y se postraron ante el Niño Dios con un gran respeto. Lo adoraron silenciosamente y le entregaron el Oro, Incienso y Mirra que llevaban  con el siguiente significado: Oro como rey. Incienso como Dios y Mirra como hombre. Despues se volvieron a su tierra por otro camino dejando a la estrellita en el portal que continuaba su misión de alumbrar a todos los hombres de la tierra, para enseñarles con su luz el camino donde estaba Jesus y como encontrarlo. Desde entonces la estrellita se llamó: Estrella de la Navidad y en un lugar del cielo muy visible destaca con toda su belleza en las noches frías del mes de diciembre. Si pones atención hasta la puedes oír reír y cantar agradecida sus alabanzas al Creador, que le guardo tan importante misión desde la creación del mundo. La Estrella de la Navidad te acompañara siempre.

Dedicado a mi nieta Lucia que abre las puertas a la Navidad. Diciembre 2017

 

 A ESTRELLA DE LA NAVIDAD

martes, 12 de noviembre de 2024

MONTAÑAS ROCOSAS

 

LOS ZORROS PLATEADOS

 

Esta hermosa leyenda ocurrió hace muchos, muchos años:

Érase una vez, en las intrincadas Montañas Rocosas del Canadá, casi inaccesibles para el ser humano, se encontraron  varias familias de zorros, los cuales tenían un pelaje distinto a los del resto de su especie. Eran la admiración de los demás animales que los respetaban y aunque competían con ellos para ganarse el sustento, cada uno respetaba el territorio del otro. Nadie sabía el porqué de su diferente color, ni el cómo y cuándo habían cambiado.

La historia empieza así de esta manera: Ocurrió que un día de primavera allá en las montañas Yak y Alina, una pareja joven de zorros, decidió formar su propio hogar. Se habían despedido de sus respectivas familias, aquellas camadas inolvidables donde habían nacido y con el bagaje de todo lo aprendido con sus padres, marcharon al encuentro de una vida solo para ellos dos, como lo suele hacer cualquier joven que desea independizarse y probar suerte. Sus padres les habían dicho que se cuidaran mutuamente y especialmente del hombre. El “hombre” era un ser que caminaba erguido sobre sus dos patas traseras y que siempre llevaba un artefacto en las manos que tiraba fuego y mataba. Y no mataba para comer, como hacen todos los animales, mataba para vender sus hermosas pieles. En varias ocasiones habían visto tirados en la tundra animales desollados muertos de frio o inertes sobre la blanca y fría nieve.

Debajo de un hermoso macizo, protegido con obscuras rocas, se prepararon su madriguera con abundantes y mullidas hojas secas, dispuestos a formar con el tiempo, su propia familia. Yak era bastante astuto como buen zorro y junto a su encantadora Alina, buscaban senderos ocultos y diferentes para evitar en lo posible encontrarse con el temido “hombre”. Cada mañana  dejaban  sus altas montañas y bajaban a los verdes y frondosos valles para encontrar algún ratoncillo o pajarillo que llevarse a la boca. Los cazaban rápidamente por detrás, no les gustaba ver sus caritas de miedo porque entonces eran incapaces de cazarlos. Pero era la ley de los animales, cazar para sobrevivir.

Una noche regresando a su guarida, de repente el cielo se quedó negro. Nevaba tan intensamente que no encontraban el lugar exacto por donde poder subir a sus montañas. Le nieve se acumuló tanto que no podían caminar, sus patas eran demasiado cortas y la nevada amenazaba con sepultarles. Yak y Alina temblaban de frio, cuando de pronto vieron un resplandor. Pensaron que eran cazadores y les entro un  pánico terrible. Pusieron atención. No olía a humo, ni se sentía el calor del fuego. No era un campamento de hombres. Entonces ¿Qué era aquel resplandor?

Tuvieron que andar un buen trecho hasta llegar a un antiguo cráter que estaba cubierto de maleza y nieve blanda, recién caída. Se asomaron con cuidado y se sintieron envueltos en un tenue resplandor plateado. Allá en el fondo había algo, era como una gran bola blanca, muy grande, perfecta y luminosa en extremo. Dentro de ella había una doncella. Una frágil muchacha bella como el sol, blanca como la nieve y de pelo oscuro como la noche. Yacía inerte con sus bellos ojos cerrados. Yak y Alina no salían de su asombro. ¿Qué era aquello? ¿Quién era esa joven tan hermosa? Tenían que bajar para ayudarla y no lo pensaron dos veces. Al llegar a la gran bola blanca comprobaron que tenía fácil acceso al interior y penetraron dentro de ella para poder contemplar y ayudar a la bella dama. La joven abrió sus grandes ojos azules obscuros, del color del cielo cuando llega la noche.

Los zorros le dijeron: No te asustes, somos Yak y Alina, ¿Quién eres tú?

Yo soy Luna Blanca y me he caído del cielo. La abundante nieve me empujo tanto y tan fuerte que he perdido el equilibrio y me he precipitado a la tierra. Me he asustado mucho  pero ya se dónde estoy pues he pasado mi vida dando vueltas alrededor de ella. Nunca pensé que estaría alguna vez entre sus bellos bosques y montañas. Mas  no sé cómo voy a poder volver a subir allá arriba otra vez.

Los zorros no salían de su asombro. Aquella bola blanca tan lejana en el cielo, que les iluminaba y les enviaba su luz y calor en las noches frías invernales  y tambien en los anocheceres cálidos y maravillosos de primavera era la Luna y estaba ahora allí, delante de ellos necesitando su ayuda.

Primero tienes que descansar un poco y luego pensaremos, dijo Yak muy resuelto. Alina le acaricio los cabellos y se recostó a su lado para darle su calor. La gran bola blanca que parcia de cristal, les protegía de la nieve que continuaba cayendo en abundancia. Lo imprescindible era que dejase de nevar. A la mañana siguiente el cielo continuaba encapotado y gris, pero la nevada daba una tregua que aprovecharon para salir del cráter y evaluar la situación. Pensaron que lo mejor sería esperar a que la nieve se endureciera para así poder hacer rodar la gran esfera luminosa sobre ella y arrastrarla hasta sus montañas.

Blanca Luna los miraba con ternura. Los pequeños animales se estaban esforzando mucho para poder ayudarla y esa noble actitud la conmovía. Llegada la tarde Yak comprobó que las gélidas temperaturas habían endurecido la nieve lo suficiente como para poder deslizar a  Blanca Luna sobre ella. Dicho y hecho. La pareja de nuestra leyenda comenzó a empujar y empujar hacia arriba sin parar sobre el sendero blanco del camino. Tenían por delante unas horas hasta que anocheciera y no había tiempo que perder.

Yak y Alina emplearon todas sus fuerzas en empujar incansablemente y por fin  lograron llegar a la cima de un gran macizo montañoso donde parecía que el cielo estaba más cerca. El sol brillaba en su ocaso y enviaba su potente luz sobre la tierra. Esa luz daría calor y fuerza suficiente para ayudar a Luna Blanca a  ascender hacia arriba.

Llegó el momento ansiado de que la luna volviera a su lugar. Luna Blanca se despidió de ellos con lágrimas en sus ojos. Nunca olvidaría el gran favor que le habían hecho aquellos hermosos y gentiles animales. Los abrazó y acaricio largamente y en aquellas caricias les dejó impregnada su plateada luz sobre sus lomos, como un gran regalo para que no la olvidaran nunca. Los zorros se habían llenado de luna y su pelaje de plata les acompañaría siempre de generación en generación solo y únicamente a los descendientes de Yak y Alina. La luna ocupó rápidamente su lugar habitual en el cielo entre las estrellas y comenzó e proyectar de nuevo, su cálida y plateada luz sobre la tierra.

Desde entonces le luna brilla cada noche de invierno muy especialmente sobre las Montañas Rocosas del Canadá y sonríe cuando ve caminando entre sus prados a sus amigos, los bondadosos e inestimables zorros plateados.

 

Esta es la leyenda que  leí y dibuje más de una vez en mi infancia, disfrutando de mis queridos cuentos de Colección Campanillas y que aquí dejo por si alguna vez alguien la quiere leer.

CHELO MONDEJA

27 Septiembre 2020

NOTA: Dedicado hoy a mi nieto Emilio Samuel en su 28 cumpleaños y a mi hijo Vicentin incansable caminante entre sus montañas madrileñas.

EL REY SALMONIN


LA  PRINCESITA  PEZ 
 

“Erase una vez, en un lugar remoto al pie de unos escarpados montes, se alzaba un majestuoso castillo, rodeado de frondosos bosques, prados y flores. Desde lo alto de sus montañas bajaba un gran rio que desembocaba en el océano. La inconfundible y lejana línea del mar azul, rodeaba parte del territorio.

En el hermoso castillo vivía la princesita Oiko con su padre el rey. Su madre, la reina más hermosa del país se había muerto cuando nació la dulce princesa de los ojos color del cielo. La Reina había dejado su casa en otro reino lejano para unirse a nuestro Rey porque lo amaba, pero nunca olvidó su patria y su querido hogar a orillas del mar. A la reina le fascinaba el mar y todos los días se bañaba en sus cálidas aguas. El rey se quedó muy triste cuando la reina murió y desde entonces su único amor era su hija, la princesita.

A medida que crecía, la princesita se interesaba más y más por esa cinta de plata que veía brillar desde las altas ventanas del castillo.  En cuanto cumplió la mayoría de edad, le pidió a su padre que le llevara hasta allí para ver el mar. Ese mar que le gustaba tanto a su madre y del que copio el color de sus ojos.  Quedó tan maravillada de lo que vio, que a partir de entonces pidió al rey la dejase ir todos los días a bañarse en sus aguas, como lo hiciera su madre en su país.

Una tarde observo un gran banco de salmones que luchaban contra corriente intentando remontar el gran rio que desembocaba allí mismo. Le hizo gracia contemplar sus esfuerzos. Eran valientes y fuertes y lograban desafiar la  fuerza del agua nadando con ímpetu rio arriba. La princesita Oiko estaba fascinada. De pronto se fijó que uno de los salmones llevaba una diminuta coronita de plata que no perdió ni se le cayó en ningún momento. El pez se dio cuenta y volviendo atrás le pregunto ¿quieres venirte conmigo princesa? Oiko no contestó y se apartó asustada de la orilla. El salmón siguió su camino un tanto apenado. La princesa se froto los ojos pensando que aquello había sido una ilusión de su mente.

La princesa estaba cada vez más enamorada del mar. Cada día bajaba más temprano y permanecía más tiempo sentada en las rocas contemplando su maravilloso color azul con sus olas tan cambiantes y bellas. No tenía ningún temor ante sus embestidas espumosas y sentía una atracción misteriosa cada vez más fuerte. Allí sentada frente al mar entonaba bellas canciones y componía versos. Sin saber cómo había ocurrido, el amor había nacido dentro de ella.

Transcurrió un largo año y llegó el tiempo en que los salmones volvieron a remontar la corriente para desovar. Inconscientemente buscó entre ellos al dorado y bello salmón portador de la coronita de plata. El pez tambien la vio y volvió a preguntarle ¿te quieres venir conmigo princesa? Esta vez y sin apenas ser consciente de lo que hacía, Oiko se despojó de su capa de armiño y de su corona y salto a las aguas. Inmediatamente se  convirtió en pez y al lado del Rey Salmonin  se hundieron juntos en las profundidades marinas. Había encontrado al amor de su vida.

Lo que la princesa contempló al sumergirse en aquellas aguas que tanto la atraían, fue maravilloso. Un gran castillo de cristal con todos los colores del arco iris, que recibía del sol a través de las aguas, la esperaba. Estaba adornado de grandes flores de anemonas de colores y plantaciones de coral escarlata. Numerosos bancos de pececillos de todos los tamaños y colores bullían a su alrededor. Cuando su amado Rey Salmonin la introdujo en aquel magnifico castillo, le explico que él era un príncipe de la tierra sometido  al hechizo que una malvada bruja le hizo al nacer. El hechizo solo sería roto si una bella princesa accedía a ir con él al reino marino, a las profundidades del mar. Cumplido esto, cuando volvieran a la superficie, se habría roto el encantamiento y dejando la apariencia de pez sería otra vez humana  y a la vez su amada esposa.

Cuando Oiko escucho esto se sintió profundamente feliz pues no podía olvidar a su anciano padre y la pena que estaría sintiendo éste ante su desaparición. Efectivamente cuando la princesita desapareció, el Rey quedó consternado y se sumió en una profunda tristeza que no sabía cómo soportar. Ahora era él, quien bajaba todos los días a la playa, a la desembocadura del gran rio, esperando que su amada hija volviera algún día a su lado.

Sus lágrimas y sus súplicas tuvieron respuesta y al año siguiente cuando volvieron los salmones a remontar el rio, vio asombrado como dos de ellos se acercaron su lado hasta la orilla, y dando un fuerte empujón saltaron del agua. Inmediatamente se transformaron delante de sus atónitos ojos en dos jóvenes. Eran su amada hija, la princesita Oiko y su apuesto enamorado, el Rey Salmonin que dejo su nombre marino para tomar el suyo verdadero: Serkan. La princesa emocionada abrazó fuertemente a su padre y le conto todo lo sucedido.  El recuerdo de su madre la llevo a su amor por el mar y allí nació su propio amor a un príncipe desconocido pero que presentía. Esa experiencia nunca la olvidaría. El rey lo comprendió y acepto de buen grado. Al fin y al cabo su amada hija había vuelto a su lado y eso le bastaba. Entonces  les dio su bendición.

Se instalaron a vivir en el castillo junto a su padre y desde entonces vivieron felices a orillas del mar, en contacto con sus aguas todos los días de su vida, haciendo la felicidad de su anciano padre el rey y bendiciendo su unión con el nacimiento de dos lindos principitos.

CHELO MONDEJA

 

Dedicado a mi amada hija Mari Chelo, en el verano de 2016

domingo, 10 de noviembre de 2024

FIESTA EN EL CIELO

 


EL CUMPLEAÑOS DE LA LUNA

 

La Luna lunera, cumplía años aquel día. ¿Cuántos cumpliría la Luna? Mil, diez mil, un millón, ¡muchos más! Nadie lo sabía. Estaba en el cielo desde la Creación del mundo por nuestro Padre Dios, lo mismo que su compañero el Sol. Dios los puso ahí para señalar y diferenciar el día y la noche. Cada uno tenía su quehacer. El Sol para dar luz y calor a la humanidad, para alimentar la tierra y que ésta diera sus frutos y para darnos la alegría de la luz. La Luna para iluminar la oscuridad, alumbrar a los peregrinos y caminantes de la noche y a los pastores que cuidan sus rebaños. Pero tantos y tantos años haciendo lo mismo estaban un poco cansados, eran muy ancianitos.

El Sol quería mucho a su compañera, era como su esposa y en las noches de luna llena se esforzaba en enviarle toda la luz que podía para que brillara preciosa sobre el mar, los bosques y las montañas. La Luna y el Sol consideraban a todas las estrellas como si fueran sus hijas, pues las estrellas están en constante crecimiento. Algunas se quedan en los “agujeros negros” pero otras nacen y son “nuevas estrellas”

Los planetas eran todos amigos y también muy viejecitos pero se encontraban muy fuertes y seguían rodando  sin parar entre risas, alrededor del Padre Sol.

Aquel año habían decidido todos, celebrar de una manera especial el cumpleaños de la Abuela Luna.  Una noche de luna nueva, cuando la luna duerme oculta por varias noches, se reunieron debajo de las nubes más obscuras del firmamento para preparar la fiesta. Lo primero era hacer invitaciones  para todos los habitantes del cielo, grandes y pequeños. Las hicieron entre el planeta Venus y el planeta Marte que eran muy artistas y se encargó de repartirlas el planeta Mercurio que era pequeño, ágil y corría mucho. No tenían demasiado tiempo. Después nombraron grupos de estrellas para bajar a la tierra a coger flores y hacer guirnaldas para decorar todos los rincones de la bóveda celeste. Los angelitos pequeños empezaron a ensayas sus coros y sacar brillo a los instrumentos.

Júpiter el más grande de todos los planetas, daba órdenes a diestro y siniestro y le mandó a Saturno limpiara bien sus anillos. Todos corrían de acá para allá, llevando bandejas, copas y luces de colores que sacaron del cajón donde se guardaban para la Navidad.

La Luna contemplaba todo aquel jaleo y estaba bastante intrigada. Les oía cuchichear en grupitos y pregunto a una estrella qué es lo que estaba pasando, pero la estrellita no le dijo nada. Se excusó echándose a reír y salió volando. Muchas estrellas venían de la otra parte del firmamento porque habían recibido las invitaciones que repartió Mercurito y todas traían algún regalo envuelto en papeles bonitos y brillantes. A los dos días estaba todo preparado y listo para la noche, que es cuando todos los astros lucen sus mejores galas y brillan más. El Sol estaba decidido a que aquella fiesta fuera inolvidable para la anciana compañera de sus paseos estelares.

Esa noche, la luna llena brillaba en todo su esplendor y todos los moradores celestes se situaron a su alrededor. Hasta la Vía Láctea intentaba señalar el camino para que algún despistado no llegara tarde. Comenzaron los angelitos a tocar el arpa y las trompetas. Otros violines y trompas y otros más grandotes aporreaban los tambores. Las estrellas más jóvenes salieron a bailar a la pista improvisada entre nubes azules y blancas como si fueran de algodón. Los demás cantaban y daban palmas. De pronto se formó una gran fila de todos los que iban llegando con regalos  acercándose poco a poco hasta la Abuela Luna para entregárselos. El Sol muy serio puso orden en aquel barullo. La Luna lo miraba sonriendo comprendiendo al final que todo aquel jaleo era por y para ella. Tranquila y sonriente daba gracias y para  todos tenía una palabra de cariño.

En la tierra, un grupo de hadas se había percatado del gran número de estrellas que bajaba y subía llevándose flores de los jardines más bonitos del planeta y les preguntaron qué pasaba. Al explicárselos las estrellas, decidieron acudir tambien a la fiesta. Se pusieron sus trajes más lindos, flores en el pelo, polvo de estrellas en sus alas y con sus baritas mágicas en la mano se incorporaron a la fiesta poniéndose en la fila de los regalos. Ellas llevaban a la Abuela Luna perfumes del mar y de los bosques en unos diminutos jarritos de cristal de oro. Sabían que a la Abuela Luna le gustaban esos perfumes, pues cuando pasea por el cielo haciendo su recorrido nocturno, deja caer su aroma sobre el mar, las montañas y ciudades para deleite de todos los caminantes y enamorados que la esperan.

De pronto, una de las hadas se percató de que en un rinconcito, debajo de una guirnalda de flores, una pequeña estrellita estaba llorando. Se acercó y le pregunto qué le pasaba. La estrellita muy triste le dijo que lloraba porque ella no tenía ningún regalo para la Abuela Luna. Esa abuelita buena que la ayudó cuando se le fundió una de sus puntas y ella le presto su luz. Esa abuelita buena que la cogía de la mano para enseñarle el recorrido del cielo que le habían asignado. Esa abuelita tan buena con todos y ella ahora no llevaba nada para ofrecerle. El hada se sonrió y le dijo que extendiera las manos. La estrellita obedeció, las tocó con su barita mágica y al momento tenía en ellas una magnífica tarta de cumpleaños, llena de velitas de oro y plata para la Abuelita Luna. La estrellita dejó de llorar y muy feliz dio las gracias al hada que siguió su camino contenta en la fila de los regalos.

El padre Sol que había presenciado la escena se acercó a la estrellita y la llevo consigo de la mano hasta donde estaba la abuela Luna  sin hacer cola. Las velitas estaban encendidas y se iban a consumir. Cuando llegó donde estaba la anciana le canto el cumpleaños feliz y todos lo cantaron con ella acompañadas por los angelitos. La abuelita soplo las velas, Eran tantas que apenas tenía fuerzas. Entonces el Sol soplo con ella y la Estrella Polar se encargó de repartir la tarta que milagrosamente cundía y cundía y no se terminaba nunca. Hubo para todos, hasta para los pajarillos que revoloteaban curiosos por allí. La abuela Luna sentó a la estrellita a su lado y la llamó su Dama.

Poco después la luna cerró sus ojos y se dispuso a dormir, la noche terminaba y tenía que dejar paso al sol. Había sido el cumpleaños más feliz de su larga vida, y tocaba reponer fuerzas, pues aún le quedaban por delante caminar algunos siglos más.

El sol sacudió su cabellera de oro, mandó que se retiraran las nubes matutinas y empezó a asomar la nariz por encima del mar. Estaba muy contento y se sentía fuerte y joven. Desafiando los vientos y tormentas extendió toda su luz sobre la tierra, enviando calor y alegría sobre todos sus habitantes.

A partir de entonces y para siempre, cuando la luna está llena, puedes ver a su lado una estrellita brillante: Su dama.

 

Chelo Mondeja

NOSTALGIA Y FANTASIA



EL PAÑUELITO QUE QUERIA VOLAR

 

Marieta acababa de subir a la azotea de su casa, llevando en sus brazos una cesta repleta de  ropa. Esa ropa de la familia que iba a tender como de costumbre en aquellos viejos alambres, para que el sol y el suave vientecillo que soplaba aquella tarde, la secara pronto. Las toscas paredes parecían de oro líquido. Quemaban si las tocabas y tenían el color dorado con el que el sol  las pintaba en la tarde otoñal. Marieta dejo en el suelo la cesta y miró a su alrededor. La azotea tenía para ella un encanto especial y le encantaba subir. Desde allí todo se veía de otra manera, más pequeñito, como de juguete. Y a la vez más cercano, a veces parecía que podía tocar el cielo. Desde que cumplió los siete años, su mama la dejaba subir para tender la ropa y para cantar. Marieta daba allí sus pequeños conciertos cantando las coplas  y cuplés de la época que, gracias al aparato de radio  sabía de memoria. Los gatos eran su público.

Mirando hacia abajo como si fuera en un avión, podía contemplar a los niños jugando en la plaza, los coches que circulaban y otros que en iban buscando aparcamiento. Unos abuelitos apoyados en su bastón y muchos jóvenes charlando animados sentados en alguna cafetería. Otros paseaban sus perritos o estaban sentados a la puerta e sus casas. Pero en aquella hora de la tarde y sobre todos ellos, volaban bandadas de gorriones que iban  buscando su sitio para dormir en los cercanos árboles. Los pajaritos pasaban tan cerca de ella, que casi los podía tocar. En la plaza de la Iglesia solía tocar una banda de música, que le fascinaba.

Las campanas de la parroquia cercana dieron las siete de la tarde: ton, ton, ton. Busco el campanario con sus grandes ojos. Siempre le fascinaron sus campanas, su original veleta y sus rojizas tejas. Nunca subió hasta él, pero desde la azotea lo conocía muy bien. Era el más alto de su barrio, un barrio periférico de una gran ciudad. Había fincas más altas y modernas pero quedaban un poco distantes. Ese campanario y su pararrayos eran para ella una protección, como un gran centinela que como decía su papa, guardaba a todos los habitantes de los rayos peligrosos. Al lado de su azotea había otras cercanas, de todos los tamaños. Unas encaladas y blancas, bien cuidadas. Otras con trastos viejos apilados. Algunas más altas, acristaladas y hasta con pequeños árboles. La suya era pequeña, con macetas de geranios alrededor, que ella misma regaba y cuidaba. Había muchos gatos paseándose continuamente de un lado para otro. Marieta los adoraba. Nunca supo donde se reproducían. Seguramente sería en un viejo palomar cercano, pues siempre había pequeños gatitos correteando por los tejados.

En la azotea Marieta era feliz. Era la atalaya de los sueños, era su pequeño mundo, desde donde solía contemplar el mundo exterior con otra perspectiva y tambien las estrellas que siempre la fascinaron. Su casa tan solo tenía tres plantas y aunque vivía en el primer piso, le era fácil el acceso a la azotea. A menudo le pedía permiso a su madre para poderlo hacer y su mamá aprovechaba para que tendiera la colada que allí se secaba  en un momento. Marieta cantaba o leía un libro, renovaba el agua limpia para los gatitos, les ponía pienso o simplemente miraba todo lo contiguo, lo de arriba, lo de abajo, sus vecinos, el campanario, sus campanas, los aviones y los pájaros, mientras se sacaba la ropa que casi todos los días subía a tender.

Aquella tarde cargaba sábanas. Soplaba viento. Cuando las tendía, parecían velas de barco infladas por un huracán y tuvo que sujetarlas bien con muchas pinzas. Tendió además los calcetines de la familia, pijamas, camisetas y pañuelos. Los pañuelos eran muy necesarios e imprescindibles para todos. Padres e hijos los lucían limpios y planchados con esmero, en los bolsillos de los trajes o en los bolsos. Los había de caballero y de señora. Blancos, con rayas, bordados o lisos. En la cesta de ropa de esa tarde y entre otros, había un pequeño pañuelito blanco, bordado en una esquina con una pequeña florecilla roja. Era el pañuelito de su Primera Comunión, recuerdo de su abuelita. Lo sujeto bien con la pinza y se sentó a esperar. En esa tarde de otoño el sol jugueteaba al escondite con las nubes. Los niños en la calle cantaban “que llueva, que llueva, la Virgen de la cueva”. A Marieta no le gustaba el otoño. Le invadían de  melancolía sus atardeceres rojizos. Comprobar como el día se acortaba cada vez más, como se terminaban los juegos en la calle y como enmudecían las tertulias de los muchachos quedando todo en silencio,  la entristecía mucho.

La ropa se columpiaba en los alambres mecida por el viento. El pequeño pañuelito estaba en una esquina del tendedero y no le quitaba ojo a los pajarillos que iban buscando el refugio nocturno. El pañuelito pensaba “¡quien pudiera ser una pajarito de estos y volar en libertad! Con su ojito rojo seguía sus movimientos y pensaba que no sería tan difícil  poder hacerlo. El viento arreciaba y el pañuelito forcejeaba para soltarse de la pinza que lo apresaba.  Marieta corío a descolgar la ropa que estaba prácticamente seca. El pañuelito se vio libre y aprovechado una fuerte ráfaga, salió disparado buscando a sus “compañeros” los pájaros que insensibles completamente a todo, caían en bandada sobre los árboles del parque.

Arrebatado por el fuerte viento el pañuelito logro elevarse por encima de todos ellos y  llego al campanario, quedándose enganchado en su veleta. ¡Qué maravilla y que fácil, aquello sí que estaba alto!  Sin apenas respirar se sintió arrastrado otra vez por el aire, junto a muchas hojas secas que iban discutiendo: ¡que no te acerques a mí! ¡Aparta que me ensucias! Él tampoco quería que lo ensuciaran pero ¿Cómo alejarse de ellas? El viento le ayudo de nuevo a seguir en su rumbo, calle abajo. Se golpeó en una ventana y casi se enreda en una palmera, pues comprobó que no era dueño de sí. El intentaba mover las supuestas alas, pero ¿Qué alas? Sus movimientos eran tan grotescos que daban pena. Otra ráfaga de aire le agarro y elevo de nuevo para dejarlo caer después sobre el capó de un coche. Su ojito desesperado buscaba algún sitio para descansar. Empezó a llover. El viento fue cesando poco a poco y en sus últimas ráfagas se vio arrastrado por el suelo, mojándose completamente y llenándose de barro. Quedó en la calle, tirado y sucio.

Marieta no se había percatado de la “fuga” de su pañuelito. Dejo la ropa en la habitación de la plancha y el reloj de la iglesia volvió a sonar: “tan, tan, tan” dieron las 9 de la noche. Ya estaba toda la familia en casa. Eso le daba a Marieta mucha seguridad. Aunque lloviera y tronara, estaban todos en casa y el pararrayos de la iglesia por encima de ellos. El pañuelito no corrió la misma suerte. Pisoteado y sucio quedo en un rincón, bajo la acera,  mezclado con las hojas del parque, plásticos y papeles. Empapado e inmóvil, cerró su ojito.

La tormenta, como suele ocurrir en los otoños, dejo el ambiente limpio y el cielo de un  maravilloso azul intenso. El sol todavía calentaba y Marieta desayuno contenta para acudir al recién estrenado curso escolar. Ese año empezaba a ir al cercano Instituto. Con su nuevo uniforme quería llevar consigo el pañuelito que le regalo su abuelita para que le diera suerte. Fue a por él, pero no estaba en el sitio de costumbre. Recordó que lo había tendido en la azotea  la tarde anterior. Miró en la cesta de la ropa que más tarde plancharía su mama y no lo encontró. Subió a la azotea pensando que se le habría caído con la tormenta, pero tampoco lo vio. Nada. El pañuelito había desaparecido. Preocupada e intrigada, se fue al instituto. Cuando volvió en la tarde, miro en la ropa planchada que su mama había distribuido encima de las camas de sus hijos y le pregunto “mama ¿has visto el pañuelito de la abuelita? Ayer lo tendí, pero no está aquí ni en la azotea. Su mama quedo muy extrañada y se imaginó lo peor. La tormenta lo había volado. Lo que no imaginaba era que fue con el consentimiento y el forcejeo del mismo pañuelito que travieso propicio el episodio. “Bueno cariño, no te preocupes, preguntare a las vecinas” Y así, Marieta tuvo que resignarse y comenzó  sus deberes escolares del primer día de clase sin dejar de pensar en su pañuelito.

Un escobón grande y fuerte golpeó al ingrato pañuelito despertándole de su adormilamiento. ¿Qué pasa ahora? Las voces de los que limpiaban las calles le espabilaron para darse cuenta de su realidad. Era arrastrado bruscamente junto a un gran montón de hojas y de basuras que iban apilando para que las recogiera el camión cercano. Sintió mucho miedo ¿Qué iba a ser de él si lo tiraban al gran contenedor? Intentó moverse y supuestamente intento “volar” pero le era imposible. ¡Qué insensato había sido al pretenderlo! Y ahora ¿Cómo poder salir de allí? Nadie reparaba en él. Era una basura más, no se movía,  no hablaba, tan solo su ojito se llenaba de lágrimas imperceptibles para los demás. Estaba muy arrepentido de su arrogancia, pero comprendía que ya no tenía nada que pudiera hacer para volver atrás. Pensó en Marieta cuando lo buscara. Pensó en lo calentito que estaba en su bolsillo, en lo perfumado y limpio que siempre estuvo y lloro amargamente. Pobre Marieta, no se merecía su escapada ¿Por qué lo hizo? Por presumido, por creerse más y mejor que los otros pañuelos de la familia. Su orgullo le estaba costando la vida. ¡No hay nadie, más que nadie y todos tenemos una misión en la vida! pensó. Se resignó a su destino y a su manera pidió perdón a su querida amiguita, recordando lo contenta que estaba el día que se lo regaló su abuelita con tanto cariño.

Palmira, era compañera y la mejor amiga de Marieta que a su vez empezó con ella el Instituto. Tenía un hermano más pequeño que todavía  quedó en el colegio de primaria y al que le mandaron un trabajo a realizar con hojas secas caídas de los árboles con la tormenta, en ese recién empezado curso escolar.

El pañuelito triste y derrotado, escucho de pronto  voces infantiles acercarse y presto atención: “¡mira esta hoja que bonita, está entera! ¡Y esta amarilla que preciosa! ¡Esa no, que está rota! Yo voy a por aquella rojiza, ¿pero qué es esto? ¡Mira, creo que es el pañuelo que ha perdido la amiga de tu hermana! ¡Está hecho un asco, pero se lo voy a llevar! El pañuelito sintió el calor de la mano del niño y abrió su ojito para mirarlo. Notó como lo metía en la bolsa con las hojas que iba recogiendo y le parecieron más bonitas que en el suelo. Le miraban con simpatía. En el fondo todos habían sido “rescatados” del temido contenedor de basuras. El pañuelito les sonrió agradecido. Milagrosamente iba a volver a su casa. Si hubiera podido  hubiera abrazado al niño para agradecerle su generosa decisión. ¡No cabía en sí de contento!

Dos días después Marieta estaba de nuevo en su azotea, sin dejar de pensar en el paradero de su pañuelito. Alguien llego buscándola detrás de ella. Era Palmira: “mira lo que te traigo ¿no es este el pañuelo de tu abuelita?” Marieta se abrazó a ella incrédula, pero Palmira le conto todo lo sucedido y cómo su hermanito lo rescato. ¡Menuda odisea! Parecía increíble. Aquello fue un verdadero milagro que estaba segura habría propiciado su abuelita desde el cielo. Agradeció a su buena amiga el estado en el que se lo devolvió: limpio y planchado el pañuelito reposo de nuevo en el bolsillo de su dueña y se sentía muy feliz. Nunca más se le ocurriría mirar a un pájaro, ni ambicionar su libertad.

Nunca más se sentiría por encima de nadie. Nunca más se quejaría de su condición de pañuelo. Era muy útil desde su humildad y tenía que conformarse y ser feliz con la misión que le había encomendado su existencia. Empezó a convencerse de lo importante que era poder enjugar las lágrimas del ser querido.

Marieta siguió subiendo a cantar y a tender la ropa en su azotea.  Hablaba con los gatos y admiraba la luna en las noches claras de verano. Sin embargo, poco a poco dejo de mirar alrededor y aprovechaba la soledad para escuchar música. Una música diferente a las coplas y cuplés que ella cantaba. Subía con los cascos puestos y ponía sus casetes de música preferidos, generalmente canciones románticas, cerraba los ojos y soñaba. Marieta se hacía mayor y caminaba al compás de su propia vida, pero nunca olvidaría aquella azotea de su viejo barrio, en la casa que fue su hogar. El campanario, los conciertos de la Banda de Música  y sus gatos. Aquella azotea mágica, siempre quedaría en su corazón junto a su pañuelito, como uno de los recuerdos más hermosos de su vida.

 

Dedicado a mi inolvidable Madre, que me dejo cantar y contemplar las estrellas.

DEDICADO A MIS QUERIDOS PADRES EN EL DIA DE LOS ABUELOS

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