miércoles, 20 de agosto de 2025

12 AGOSTO 2025

 

12 AGOSTO. MI 84 CUMPLEAÑOS    (El corazón de una madre)

 

Querido Vicente, amor mío: Con la luna redonda y llena sobre el mar, las puntuales estrellas fugaces y un calor insoportable, llegó mi cumpleaños un año más. Esperado, idealizado, con la ilusión y el esfuerzo de todos y rodeada de nuestros hijos y nietos, ¡he cumplido los 84 años! Bueno, en realidad los cumpliré esta noche a las 22, pero lo hemos celebrado durante el fin de semana. Retrocedo en el tiempo y te cuento:

El sábado día 9 me levante con la ilusión puesta en el fin de semana que se me venía encima. Hasta me compre unas vitaminas para poder sentirme un poco menos cansada. Prepare la habitación de Vicen y Carolina y me metí de lleno en la cocina. Había cocido cuatro patatas y tres huevos para hacer la “ensalada campera” que me habían pedido para comer. Con esfuerzo, pero tambien con ilusión, me dediqué a preparar una suculenta ensalada, añadiendo el atún, maíz, tomatitos y las aceitunas que faltaban. Una vez preparada la guarde y empecé a poner la mesa, revisando los últimos retoques de la casa y manteniéndola fresca con el aire acondicionado a tope. Tranquila, tome asiento para esperarles.

Emilio y Maricarmen con Lucas y Gaia, estaban con sus obligaciones y Chelo y familia en la playa. Samuel con concierto en Málaga y Carlos Javier renunciado al apartamento por el calor. Cada uno a lo suyo, pero de alguna forma pendientes de Vicen y Carolina en la carretera. Sobre las dos de la tarde llamaron a la puerta y apareció mi Vicentin radiante y cariñoso junto a Carolina, cargados con los trolis, bolsos y demás. Nos abrazamos estrechamente. ¡Cuánto tiempo sin verte, mi rey! Carolina me entregó una carta de Encarna, su madre, para abrir el mero día 12. Se lo agradecí mucho. Poco después nos sentamos a comer, terminando por completo la ensalada, unos frutos secos y fruta. Ellos trajeron unas “paraguayas” hermosas. Avise lógicamente a sus hermanos y descansamos un ratito. Sobre las 5´30 de la tarde, salimos para el apartamento. Ellos querían bañarse en el mar y remojarse en la piscina, después ya iríamos a cenar.

Chelo y yo, habíamos pensado ir a cenar a “los pescaditos” pero para eso hay que estar haciendo “cola” desde que los abren y no te dejan pasar si no “están todos los comensales allí”. Me puse pantalón largo por si había mosquitos y empecé a tener bastante calor. Los nervios comenzaron a “acampar a sus anchas” dentro de mí, y me acompañarían durante todo el fin de semana. No lo puedo evitar. Es un error, porque noto que no me sientan bien ni las comidas. El caso es, que Vicen y Carolina estaban disfrutando de lo lindo en el mar, que afortunadamente estaba buenísimo, limpio, calmado y bastante cálido. A mí se me iban los ojos. ¿Cómo que no me animé a bajar con ellos? Porque mi decisión este año ha sido esa, NO BAÑARME. No soporto ver mi cuerpo tan deteriorado, delgado, flácido y torpe. Con unas piernas torcidas en extremo y arrastrando un poco la izquierda. ¡No, no puedo bañarme así, porque además me puedo caer y ponerme peor!  Entonces ¿Qué puedo hacer? Nada, quedarme en el balcón, como le paso a mi mamá el año que nos acompañó y punto. Ese sería este año, mi contacto veraniego con el mar: NINGUNO. Y me dolía, me revelaba por dentro, pero mi decisión estaba tomada.

Desde el balcón contemplaba a mis hijos y a Lucia como se bañaban y disfrutaban. No tenían ninguna prisa, pero había que pensar en la cena y teníamos que “hacer cola”. Sobre las ocho decidí coger mi carro, indispensable para mí a estas alturas y junto a Carlos bajamos a los “pescaditos” donde ya había bastante gente. Nos sentamos a esperar. Al ratito llegaron Lucia y Chelo, la cola iba en aumento. Empezaron a dar la entrada pero faltaban Vicen y Carolina. Yo no podía disimular mi ansiedad y mis nervios. Nos llegó el turno y el encargado nos retiró a un lado para poder esperarles. Llegaron tranquilos, radiantes, perfumados y por fin, juntos los seis, entramos. Nos acomodaron en un buen sitio. ¡Menos mal! Vicen pidió sardinas asadas, acordándose de ti y de Lucio, cuando las comió por primera vez en Pedreña, al otro lado de la Bahía de Santander. Todo muy rico. Lo pagaron entre los dos hermanos y después nos fuimos a tomar un helado como el pasado año, a cargo de Vicentin. Ni siquiera subimos al apartamento, decidimos que mi carrito se quedara allí para el día siguiente y regresamos felices a casa sobre la una de la mañana. Yo sentí que la cena no me había sentado del todo bien.

Las expectativas estaban puestas en el día siguiente, domingo 10. Durante toda la semana estuve pensando en llevar algo ligero de ropa por si bajaba un rato a la piscina. El objetivo de Vicentin era estar en la playa, cuanto antes. Por lo tanto mi vestido bonito, el que compré para esta ocasión, lo tenía que llevar dentro de una bolsa, para no ir con él puesto desde por la mañana.  Todo lo tenía previsto y preparado y lamentando no poder ir al “excusado” estuve dispuesta en cuanto me dijeron ¡vamos! EMPEZABA LA AVENTURA.

Permanecía en contacto permanente con Emilio, tenso tambien. Tenían que recoger a Lucas con la nena y atender a los comentarios y observaciones nerviosas de Maricarmen de que: “todavía no sabía nada de Emilio Samuel” Todo eso, a mi tambien me “hacía mella” y los nervios iban en aumento. Además “teníamos que aparcar TODOS” y eso era prácticamente imposible. Solo de revivirlo y escribirlo, estoy nerviosa. Siempre pienso “esto es irrepetible, no lo hacemos más, es una verdadera locura” porque además me siento culpable, ya que todos esos sinsabores que pasan ellos, son por mí, por estar en mi dichoso cumpleaños. No en balde a mis padres ya les costaba “una bronca”. Sería el calor, (que tambien haría) o que se yo, pero era “tradicional” tener esas alteraciones de carácter en mi cumpleaños.

Llegamos a Cibeles y empezó el contacto telefónico desde el apartamento al coche con las consabidas indicaciones: “hay plaza delante” ¿Dónde? ¡No! ¡nada, ya la han ocupado! los nervios se disparan y empiezan a discutir entre ellos, (en este caso Vicen y Carolina) Yo calladita en el coche, con el estómago encogido. Al final, Vicen aparco delante del complejo, baje “tambaleante”, quedé en la acera con Carolina y se fue a aparca, Dios sabía dónde. A eso hay que añadir, que no puedo andar ligera, al contrario, torpe, ayudada, con dolor y muy nerviosa, subimos al apartamento y me dejaron sentada y “aparcada” tambien, en el balcón. Mi voz interior me decía “esto hay que terminarlo, no puede ser y aún faltan todos los demás, ¡madre mía!”. Emilio y Maricarmen llegaron un poco más tarde y se repite la misma historia: “¿hay algo por ahí para aparcar? ¡No nada!, pues vamos a dar vueltas” y así un buen rato. Al final sobre las nueve y media, ya situados en la playa, me dice Maricarmen “acaba de salir Emilio Samuel de Granada” “a ver si llega a comer” ¡Señor ten piedad! Pensé. ¡Que llegue a tiempo! Subió Emilio al apartamento sudando y nervioso tambien, para dejar el carrito de Gaia y bajar la playa a reunirse con los demás. Intente tranquilizarle y el me tranquilizaba a mí: ¡todo va a ir bien mamá!

Los demás a la suya, cada uno con su familia a cuestas, pues en la misma situación estaba Chelo con su hijo Carlos Javier. Pero en su caso, Lucia y Carlos lo tenía previsto y se lo arreglaron con sus aparcamientos respectivos en el parquin de Cibeles. Así pues no tuvieron problemas como es natural y todos juntos se marcharon a la misa de las 10`30. Yo, sin moverme de mi sitio en el balcón, vestida, calzada y quieta, se me empezaron a hinchar los pies. Chelo y Lucia me invitaban a bajar con ellos, ¡qué tontería!, no imaginaban lo que yo sentía por dentro, pese a todo: algo de pena, inseguridad, inquietud y padecimiento por todos y por todo. Nada quedaba de los cumpleaños y sensaciones de años anteriores. En el actual, me sentía atada y sujeta a mi cuerpo y esa era mi realidad. Al final, sobre las once y media, Carlos Javier y familia regresaron de la misa, subieron cargados con todos los pertrechos de los niños y se pusieron a almorzar tranquilamente y Chelo, Carlos y Lucia con ellos, como es lógico. Yo pensaba que Chelo se bajaría conmigo a la piscina como el año pasado, para coger sitio, pero este año ha sido diferente. Por fin se bajaron todos a la playa donde Vicen y Carolina estaban ya desde hacía rato, acompañados por Emilio y su familia y yo me quede intentando ver o adivinar donde estaba Vicen en el agua, o en la arena. ¡Imposible!. Era un caos de sombrillas multicolores y me dolían los ojos. Volví a quedarme sola, con mucho tiempo para pensar. Empezaba a hacer bastante calor y me di cuenta de que en esta ocasión me quedaría sin pisar, ni tan siquiera, el césped de la piscina para poder descalzarme. Lo intuía y lo asumí resignada.

Sobre la una y media, muy poco a poco, la “alegre comitiva” fue recogiendo y pensé que había llegado el momento de cambiarme de ropa y desaparecer, bajando a “mi bola” al restaurante. Me llamó Emilio Samuel, ¡gracias a Dios ya estaba por Carlet! Emilio, Maricarmen, Lucas y Gaia se quedaron en el bajo de la entrada para poder cambiarse, como años anteriores. Vicen y Carolina los últimos como siempre, con pereza de dejar el agua y sin prisa. Pensado y hecho, me puse el vestido, cogí mi carrito, salude a los primeros que entraban en casa y tome el ascensor. Dentro de mí, me sentí liberada.

Ya en el césped y jardín de la entrada, saludé a Emilio, Maricarmen, Lucas y la nena. Al momento y gracias a Dios, llego Emilio Samuel. El pobre siempre se queda “con las ganas de remojarse” pues ya era tarde para bañarse y todo el mundo estaba fuera del agua y arreglándose, así que soportó estoicamente el calor de venir andando desde Bergamonte donde “había podido aparcar”, con un sol de justicia encima de él, y sudando. En realidad el “venia de trabajar” tragando kilómetros en la carretera, con la ilusión puesta en el tradicional cumpleaños de su abuela y no pude por menos que agradecérselo con todo mi corazón. Valoré en extremo su sacrificio, nunca mejor dicho y me fui con él a ORLY.  Carlos se unió a nosotros y al momento llegaron todos los demás.

La mesa para doce personas y tres niños estaba dispuesta en medio del restaurante. Carlitos y Samuelin, bajaron comidos del apartamento y el pequeño se disponía a dormir. Retiraron su sillita. Nos distribuimos un poco aleatoriamente, sin pensar, cada familia agrupada entre sí, como siempre, sin facilitar la comunicación entre las mismas, ni tan siquiera una vez al año. En fin, lo previsible. Yo, como la Virgen María, “guardaba todas esas cosas en mi corazón”. Tardaron en servir los picoteos de rigor: patatas bravas y puntillas. Gaia tambien tenía sueño y no comió bien. Al final se durmió en su carrito. Vicentin como de costumbre se dedicó a moverse y estar un poco con cada miembro de la familia, ¡menos mal, porque si tu no lo haces hijo, nadie se mueve!, después cogió los platos y sirvió la paella para todos. ¡Gracias hijo!

Llego el momento de “soplar las velas”. Como siempre se encargó Chelo, pero esta vez no me gustó nada el tenerme que poner la “dichosa banda de cumpleañera” porque impedía lucir el bonito traje que estrenaba para el recuerdo de las fotos. Desde ese instante quedo “abolida” para siempre y para mí, en los restantes cumpleaños que Dios me quiera dar. Encontré a Carlitos muy mayor y cariñoso conmigo y solo pudo ir él, en la “comitiva de la tarta” pues Samuelin se acababa de despertar y Gaia aun dormía. En fin, paciencia.

Llego el café y “los regalos”. A mí me abruman los regalos porque comprendo la ilusión que pone cada uno en sus regalitos, aprecio sus esfuerzos y me es muy violento. Además las fotografías captan bastante mi expresión tensa, unida a las múltiples arrugas que me surcan la cara y en realidad estoy pensando en lo “fea que estaré saliendo en ellas” me sonreí por dentro y recordé sin querer la cara que tenía en las fotos de hace años, cuando tú estabas a mi lado y me decías “Mi reina”. Multitud de sentimientos encontrados y entremezclados habían dentro de mí, mientras daba las gracias a mi querida familia, a cual más bonica y entregada a la fiesta. Los veía contentos y eso me alegraba. Volví a la realidad.

Toda la ilusión que manifestaban, (que en realidad era la que les había traído junto a mí,) era únicamente lo que yo tenía que valorar. Y les valore con una nota muy alta, la nota del AMOR. Cada uno a su estilo, siguiendo los sentimientos de su corazón, pero TODOS alrededor de la anciana madre, la abuela de toda la vida y ahora la Nani, una bisabuela un poco rara que lamenta no estar “como antes” para poder bailar con todos ellos. Y así, con bastantes fotos para la “inmortalidad” a cargo d Carlos, pagué la cuenta y salimos a la calle.  En esta ocasión, igual que el pasado año, nos fuimos “todos” a los columpios de detrás de Cibeles.

Nos sentamos en los bancos, bastante separados entre sí. Los tres primitos lo acaparaban todo. Estaban encantadores, risueños y juguetones disfrutando de los juegos con la ayuda y vigilancia de sus respectivos padres, como tú hiciste siempre con tus hijos. Llego un momento en que la tarde se hizo tediosa. Emilio Samuel, un poco “en tierra de nadie” sin llegar a conectar con ninguno (porque todos tenían otras cosas entre manos) estaba ya con ganas de irse. Vicentin tambien empezó a aburrirse, pensando solo en bañarse de nuevo. Yo incomoda pues el banco no era cómodo y había estado “todo el día sentada” ya no sabía cómo ponerme. Tambien Cristina con un embarazo muy adelantado se sentía un poco mal y decidieron marcharse. Les agradecí de corazón su asistencia y mucho más en su estado y nos despedimos. Así mismo, Emilio Samuel quedo conmigo para verme en la mañana antes de volver a Granada y se fue un rato con sus amigos. Se lo tenía ganado. Le recomendamos prudencia pues llevaba casi toda la noche anterior sin dormir. Los demás un tanto soñolientos, empezaron a pensar en bañarse un rato en la piscina y espabilarse.

Lo peor del día, fue que a Maricarmen se le perdió un anillo que era de su mama. Lo perdió en la playa por la mañana con tanto jaleo de bolsos y pertrechos. Emilio y ella decidieron ir a buscarlo escarbando entre la arena por ver si lo encontraban, aprovechando que ya quedaba menos gente. Mientras tanto subimos al apartamento y se prepararon para bañarse de nuevo Vicen, Carolina, Chelo y Lucia. Quedamos en el balcón, una vez más, Lucas con Gaia, Carlos y yo. El “gran calor anunciado” se empezó a dejar sentir.

A la caída del sol volvieron Emilio y Maricarmen sin ningún éxito. Lo sentí mucho por ella. Empezaron a pensar en volver ya a casa, pues tenían que dejar a Lucas y Gaia en la suya. Se despidieron de todos y con nostalgia les deje marchar, agradeciéndoles el haber estado a mi lado incondicionalmente, como siempre. ¡Mil gracias hijos, mil gracias por todo! Hasta mañana.

Después del baño en la piscina, Chelo propuso ir a dar una vuelta por el puerto para que la mamá “estirara las piernas” Casi me muero de la risa, ¡estaba tan anquilosada que me costaba andar!, pero en fin, acepte. Menos mal que tenía allí mi carrito y apoyada en él salimos hacia el puerto. La luna nos acompañaba. Estaba en su plenitud y su reflejo de plata sobre el mar invitaba a soñar y recordar. Estábamos en un presente muy distinto al de los recuerdos. Un presente que me estaba dando mucho amor y me quedé con eso. Para mí era lo único que debía importarme.

No tardaríamos mucho en volver. Vicen pensaba no entretenernos demasiado, ya que querían madrugar al día siguiente para regresar a Madrid. Chelo les indicó a él y a Carlos que se adelantaran y nosotras un poco más despacio llegamos cuando estaban preparándonos la cena. Chelo, “buena anfitriona” y acompañada de Lucia, termino de organizar al momento unas verduras, tortilla, aceitunas, tomate y jamón. Pese a lo previsto, cenamos muy bien y luego ya llego la inevitable despedida: Tras una foto con Vicentin, Chelo y yo, desde el balcón del apartamento, con la luna sobre el mar, nos despedimos. Cuando todo termina, la nostalgia aparece, el pensamiento de “quizás haber hecho mejor las cosas”, o de que “todo se va muy rápido” y sobre todo la incógnita de si “tendremos oportunidad de volverlo a repetir” nos inunda el alma.  Pero la respuesta ¡solo Dios la sabe! Hemos de ser agradecidos y estar contentos por el día vivido. Nos abrazamos emocionados. Vicen y Carolina regresaban a Madrid. ¡Seguro que habrá otra oportunidad!

Al llegar a casa les avisé y tambien a Emilio, como de costumbre. Dejé las tarjetitas encima de la televisión como hemos hecho siempre, ordené los regalos y un poco nostálgicos tambien, nos dimos Vicentin, Carolina y yo, las “buenas noches”. ¡Hasta el próximo cumpleaños, si Dios quiere! ¡Todo pasa y todo queda!

Ha sido un día precioso y así lo hemos de recordar. ¡Gracias a todos por el esfuerzo de venir a mi cumple! GRACIAS A DIOS, AL CIELO Y SUS ESTRELLAS, A SU LUNA Y A SU MAR.  GRACIAS HIJOS, NIETOS Y BISNIETOS.

Este año, la noche del 10 al 11 de agosto se ha registrado como la más tórrida y tropical desde los años 1950. Amaneció un lunes caliente a más no poder. No invitaba para nada coger la carretera, sin embargo Emilio Samuel y Vicentin la tenían que coger para regresar a sus destinos.

Nos levantamos perezosos. Yo con bastante nostalgia. No quería estar triste, no tenía el porqué, al contrario. Sin embargo dentro de mí alma sentía ese pellizco de TRISTEZA. Vicentin solícito y cariñoso me ayudó a “dar la vuelta al colchón”. Despues se interesó por el regalito de Emilio, (unos sensores para el baño, por si se va la luz). Carolina como una hormiguita ordenando sus cosas y vigilando no se les olvidara nada. Así las cosas, desayunos los tres. El calor era horrible. Fuego salía del asfalto y teníamos que tener el aire encendido. Me vestí para acompañarles hasta el coche y sobre las 10`30 nos despedimos. Mi pena iba en aumento. ¡Que rápido todo y todavía más, cuando lo compartimos con tanta familia! ¡Me sabía a poco su compañía, sus atenciones conmigo, su risa o simplemente tenerlo delante de mí! Pero le di muchas gracias a Dios y por supuesto a él, mi hijo querido y a Carolina por haber venido a estar conmigo en ese día especial y tradicional de mi cumpleaños. ¡Vuelve pronto mi querido hijo Vicentin, mi rey! ¡Dios te bendiga!

Emilio seguía cuidando a Gaia y Maricarmen me llamó desde el trabajo para concretar la comida con Emilio Samuel pronto, pues se tenía que ir a Granada a las 4 de la tarde. Había quedado con tres personas más para llevarlas en el coche y salirle más barato el combustible. Creo se llama BLABLACAR o algo así. Me ofreció pedir la comida a los chinos y acepte encantada. No se me había ocurrido. Así no tenía que salir de casa, ni empezar a preparar nada. Me limité a ordenar la habitación que acababan de dejar Vicentin y Carolina. Volvió todo a su sitio y abrí el ordenador. Todo en orden, estaba como si nada hubiera pasado. Pero el corazón sí que lo sabía, estaba REBOSANTE.

Esa comida me parecía un regalo más, como que no acababa de terminar “mi celebración” No estaba sola como seguramente habría estado, si Samuel se hubiera ido temprano como Vicentin. Por lo tanto, me alegraba en extremo tener a comer a los cuatro en casa. Antes de las 2 de la tarde, un chino sudoroso con moto y casco nos trajo la comida calentita. En el portal coincidió con la familia que llegaba. Yo mantenía la casa fresca y la mesa puesta para los seis. Mientras Emilio preparaba el asiento para Gaia, llego Emilio Samuel que estaba ensayando en su casa. Me había traído un regalito de Albania que no me dio el mero día. Un Imán para la nevera en forma de timón de barco. Me gustó y le agradecí el detalle. Él es así.  Estaba tenso y nervioso. Eso de llevar a gente en el coche no le hacía mucha gracia, pero le convenía. Había quedado con ellos en Nuevo Centro y comió nervioso y con prisa.

Sobre las tres y media tomamos el café y le despedimos entristecidos. ¡Es todo tan rápido! Sus padres, Lucas, la nena, y yo, le abrazamos con mil recomendaciones como es natural. “Buen viaje y no corras y ten mucho cuidado cariño” “avisa al llegar” ¡Dios te bendiga! Y desde el balcón, atisbando entre las hojas del naranjo, le dijimos adiós, un adiós largo ¡hasta prontito, cuídate! Volvimos al fresco interior de la casa y nos sentamos un poco pensativos. La nena tenia sueño. No tardaron en marcharse, cada uno a sus obligaciones. Yo me quede dormida. Sobre las nueve de la noche Emilio me comunicó la llegada a Granada de Emilio Samuel, ¡gracias a Dios! Pensé. Todo volvía a empezar.

Amaneció el 12, el auténtico día de mi cumpleaños y el primero que me felicito por el wasap personal fue mi nieto Emilio Samuel recomendándome que hiciera algo especial el “mero día”. A continuación y desde el de Family, Emilio y Maricarmen. Luego desde la playa y cantándome, como siempre, Chelo, Carlo y Lucia. En Family continuaron las felicitaciones de los demás. Les agradecí a todos su atención y cariño. Vicentin lo hizo cuando pudo pues estaba trabajando, tambien por wasap y hablamos al medio día. Fue una mañana con movimiento de felicitaciones de amigos y de Conchin con la familia de mi hermano. Yo sabía que Chelo tenia pena de que el “mero día” estuviera sola. Le reste importancia pues me sentía demasiado agasajada. No obstante quedo en recogerme por la tarde para llevarme a cenar a LA CASA DEL TAPEO. Agradecí de corazón su insistencia y al regresar de misa me volví a poner el vestido bonito, para cenare con ellos. Avisé a Emilio y Maricarmen que en el fondo pensaban hacer algo así, pero se alegraron de la iniciativa de su hermana, al igual que Vicentin. Todos avisados, quedé tranquila y me dispuse a pasar un bonito momento con Chelo y Carlos. Todo muy bueno, un lugar tranquilo y fresco y no demasiada gente. Me gusto haber ido con ellos y se los agradecí: “¡Gracias hija mía! Quédate tranquila y disfruta de la playa” “El tiempo no vuelve” La luna que empezaba a menguar, nos dio las “buenas noches” cuando me dejaron en casa.

 ¡AHORA SI QUE TENGO LOS 84!  Y la vida continúa.

 Valencia 14 de agosto de 2025 

sábado, 16 de agosto de 2025

LA ULTIMA LUNA DEL MES DE AGOSTO (2015)

 

LA ULTIMA LUNA DEL MES DE AGOSTO  -    2015

Querido amor:

 Agosto, nuestro mes, ha finalizado como empezó, con lluvias y tormenta. Pero no nos hemos mojado.

 Estoy aquí contigo, a buen resguardo, en nuestra casa tan vacía desde que te fuiste. Porque tu ausencia, mi amor, me hace vivir en constante soledad. No hemos tenido que ir con nuestro cochecito a ayudar para la vuelta a casa de la estancia en la playa, a nuestra hija y familia. Ellos si han regresado, pero yo me he quedado aquí, a tu lado, observando la lluvia y la tormenta, recordando tantos y tantos fines del verano. Recuerdo que siempre cantábamos la canción del Dúo dinámico: “el final del verano llegó y tú partirás….” Y de algún modo, se ha hecho realidad.

Ayer estuve todo el día con ellos en el apartamento y al igual que paso la semana pasada con Vicentin, me he sentido muy acompañada. La verdad es que este verano, el primero sin ti, nuestros hijos y nietos se han desvivido por atenderme y acompañarme lo más posible. Desde el viaje a Madrid con Emilio, Emilio Samuel y Lucas para ver la lluvia de estrellas, hasta el viaje de Vicen a Valencia, han estado a mi lado y me han hecho mucha compañía. Y ahora que Chelo, Carlos, Carlos Javier y Lucia ya regresaron de Guatemala, están haciendo  lo mismo.

Para ellos ha sido un mes de Agosto tambien muy diferente. Salieron a finales de Julio para visitar a los seres queridos de Carlos, rumbo a América a reencontrarse con un montón de recuerdos, familiares  y amigos. Querían volver a visitar muchos sitios preñados de historia en las vidas de todos y en la infancia de los niños. Han visitado lugares de ensueño para recordar toda la vida. En algunos de ellos tuvimos la suerte de estar tambien nosotros, Vicen, tú y yo. ¿Te acuerdas mi amor? Ellos si te han recordado y han evocado aquellos años de la niñez de sus hijos y de nuestra plenitud. Han vuelto pletóricos de sensaciones, sentimientos, nostalgias e ilusiones de volver en cuanto puedan. Ojala la vida se lo vuelva a permitir.

El sábado pasado fue día 29 y tuvimos la misa del “noveno aniversario” de tu muerte. Que duro se me hace escribir esta palabra. Que impensable en el tiempo, pero que real en estos momentos de mi vida. Emilio, Mari Carmen y Conchin, me acompañaron en la Eucaristía. Emilio Samuel tenía una cena de compromiso con familiares de Desy y Lucas esta con Laura en el camino de Santiago por Roncesvalles. A Chelo y familia les dije que no perdieran el poco tiempo que les quedaba de aprovechar el apartamento, ya que llegaron de Xela el día 20. Celebraremos más Eucaristías.

Ayer domingo 30, mi amor, se cumplieron exactamente nueve meses de tu partida. Solo el recordar el momento de tu salida de casa, para no volver, me llena de tristeza dolorosa, de rebeldía, de impotencia y de una nostalgia infinita que ya no tiene vuelta atrás. “Desde que tú te has ido, desde que te has marchado yo solo soy la sombra, de aquella que has amado”. Cada día intento sobreponerme y hacer mi vida de ahora, que consiste en salir como “alma que lleva el diablo”, todos los días sobre las nueve y media a desayunar al Corte Ingles de Nuevo Centro. Allí, a veces lloro, a veces hablo con las amables camareras que seguramente les doy lástima. Les enseño tu fotografía y Oliver me da todos los días un abrazo. Despues, repuesta un poco salgo por la galería comercial, e incluso compro alguna cosa. Regreso a casa, preparo algo de comer y prácticamente ya estoy toda la  tarde sentada delante de la tele, hasta que decido escribir o leer. Deseando estoy que comience la pintura en San Pau, porque por lo menos habrán dos días a la semana que hare algo diferente, pero este mes, ha pintado así. Mi vida es casi como cuando estabas tú…pero sin ti. Recuerdo que, enfermo y todo como estuviste durante dos años, nos íbamos a desayunar a Hipercor y a pintar en tus tiempos de mejoría. Ahora ya no voy a Hipercor, no es el que era, además me recuerda mucho a ti, a nosotros.

Al ser este año domingo, el último día del mes, y ya tocando a su fin la corta estancia de nuestra hija en Cibeles, lógicamente me invitó a pasar el día con ellos. Conchín se brindó para llevarme y estuvo un ratito en la playa con nosotros. Tampoco se bañó, había muchas olas y las dos nos sentimos muy inseguras. La vi alejarse por la arena cojeando y me dio mucha pena. Casi hace la vida de viuda, sin serlo. No quiso que le acompañara al cochecito y me quede plantada en la arena, mirando cómo se marchaba. Mientras, Chelo y Carlos se bañaban en un mar agitado y con medusas, al punto que le picó una a Chelo en la mano que se la inflamó bastante. Menos mal que con el frescor del agua de la piscina se le rebajó. Estuve un ratito con ella en el agua sin querer mirar al trampolín…sin querer pensar ni recordar, sin querer evocarte. Ella me hablaba, estábamos solas. Carlos tomaba el sol. Al final subimos a comer y descansamos un rato. Estuve en comunicación con Emilio y con Vicen para que estuvieran tranquilos. A las ocho bajamos a oír misa. Otro lugar plagado de recuerdos….La vimos construir hace cuarenta años ¿te acuerdas mi amor que Vicen jugaba con los ladrillos de la construcción?... Aún llegó a venir mi madre. Todos los domingos acudíamos a la Eucaristía y años después, cuantas veces Lucio la celebro y yo leía las lecturas….Cuántos años y cuanta vida acumulada en esas paredes, en el Crucifijo, en las redes, en la estrella de los vientos, en la Virgen del Mar….

Había luna llena, “la última del verano” pensé. Para mí, para nosotros, con el final de Agosto, terminaba el verano. Prácticamente empezaba el curso, las clases en el Instituto y los ensayos de la Municipal con sus conciertos. Guardabamos los bañadores, las toallas, las cañas de pescar, las bicicletas, los bolsos y cambiábamos de actividad muy morenitos, esperando ya con ilusión y sin atisbo de que todo acabara algún día, a que llegara el próximo verano. Ahora, todo es tan distinto, que a veces creo que estoy dentro de un mal sueño.

Nuestra hija Chelo ya sabes que tambien es muy dada a las nostalgias y recuerdos, consciente de que la vida se va, que todo cambia. Sus hijos tambien se hacen mayores. Carlos Javier se ha ido algunos días a la Eliana para ver a Cristina y ya no se ha bañado con ellos…es natural. Por eso, al salir de misa pensó volver a ir a cenar a “Bandera Azul” al mismo lugar de la semana pasada con Vicen y que el pasado año fuimos contigo, mi amor, como otros tantos en los que tambien nos han acompañado Emilio y Mari Carmen con nuestros nietos pequeños. Les gustaba venir en esos días de finales del apartamento. Subían a los cochecitos de la feria y siempre se compraban alguna cosilla de los puestecitos ambulantes. Mas este año, no han venido y tampoco estas tu….

Cenamos los bocadillos habituales con la redonda luna a nuestras espaldas. Habíamos hecho un poco de tiempo haciendo unas fotos, desde que apuntó su salida sobre el mar, rojiza y pálida, hasta que se llenó de una luz blanca, luminosa, en lo alto del horizonte, reflejándose en el mar y convirtiéndolo en plata. Inmediatamente me acordé de nuestra “Luna Mediterránea”.

A finales de Junio y para celebrar el “fin de curso”, la unión Musical Tendetes y su Coro, interpretamos esa pieza musical con banda y coro en un concierto en la calle a solicitud de las “amas de casa” y que se celebra anualmente. Por casualidad llegaron Vicen y Carolina y nos acompañaron, aunque tú, mi amor, ya no estabas en tu sitio de percusión, acompañado de tus nietos Emilio Samuel y Lucas y de tantos jovencitos que te querían y respetaban. Además de otras piezas musicales, tocaron y cantamos le Luna Mediterránea que ya interpretamos hace unos tres o cuatro años y que a ti y a mí, nos encantó, por el mensaje de su letra y además cantada en valenciano. Cuando Patricia la puso en el atril para los ensayos pertinentes, no la podía cantar, la congoja me ahogaba. Significaba mucho para mí, con tu recuerdo a flor de piel.

Precisamente en la cena posterior le regale a Patricia un óleo pintado por mí, que representa esa, nuestra luna, “asomada en su balcón, encima del mar” como dice parte de la letra y que pinte por entonces. Quería que tuviera un recuerdo nuestro y así le dejé constancia en la dedicatoria.

 Ahora, bañados en luz de luna, recuerdos y nostalgia, Chelo, Carlos y los chicos, volvimos al apartamento para rezar la oración de acción de gracias y despedida y esta vez, sin canción, cerraron la puerta. Los cuatro me trajeron a casa. Les di las gracias, una vez más por su cariño y ellos volvieron al mar, hasta el día siguiente.

Me asomé al balcón con tu fotografía en mis manos y te enseñé la luna. Despues me dejé caer en la cama. ¡Buenas noches, mi amor!....ya se acabó el verano…y sin ti. Te amo y te recuerdo tanto….

A mi Vicente, en memoria y en recuerdo de otras vacaciones, las de toda la vida, las que ya nunca volverán.

Siempre a tu lado, siempre juntos por toda la eternidad.

Te quiere tu CHELO

Agosto 2015.

jueves, 31 de julio de 2025

HOY, NO SE HACEN LAS MALETAS 1 AGOSTO 2015

 

HOY, NO SE HACEN LAS MALETAS   -   1 AGOSTO 2015

 

Amanece, estamos juntos los dos en nuestra cama. Nos abrazamos y nos damos los “buenos días” como de costumbre, pero hoy además te digo. “¡Felicidades, mi amor! ¡Es tu cumpleaños!” “está nublado y con amenaza de lluvia” continuo diciéndote. Generalmente en agosto suele suceder. Nos reímos divertidos, casi siempre es así cuando “empiezan las vacaciones”. Mi hermano tambien se ríe comentando: “mi hermana se va de vacaciones” (me parece que le oigo). Pero como sucede siempre, estamos seguros que mañana saldrá un sol radiante que nos acompañara todo el mes de agosto en nuestra playa de Puebla de Farnals. Ahora, hemos de prepararlo todo y ponernos en marcha. Hemos de “hacer las maletas”. En realidad están hechas y esperando en el comedor a que se bajen al coche. Para ello, lo primero es poner la “baca” comprada adrede para estos traslados vacacionales. Es un día de hacer dos o tres viajes cargados hasta los topes, un día de nervios y de sudor, pero la meta es prometedora, ansiada y esperada por todos, durante un largo año.

En tu trabajo y quehacer diario en la Banda Municipal, tenías las vacaciones siempre en agosto, precedidas de un mes de julio repleto de mucho trabajo y actos musicales. El Certamen de Bandas de Música Internacional de Valencia era y es, el protagonista del mes y lo llenaba todo, tanto a nivel local, provincial, peninsular y europeo. Y por supuesto, tambien en la familia.

El Certamen Internacional de Bandas de música de Valencia se remonta al año 1886. Este año se conmemora el Certamen número 127 y mi padre ya hablaba del mismo. Las bandas inscritas en él, se reparten en cinco categorías, según el número de músicos que la compongan y su categoría musical. Durante el mes anterior, las bandas participantes tienen que trabajar de firme con sus ensayos respectivos. Todas tienen que presentar dos obras: una obligada para todas igual, según categorías y otra de libre elección, además del pasodoble para desfilar en la entrada. Al fin y al cabo, es un concurso y gana la mejor, con un premio cualitativo y metálico muy interesante, que da categoría y prestigio a la banda que lo gana. Es por eso, muy competitivo.

Quiero comentar que últimamente muchas bandas y sobre todo las extranjeras, participan con obras completamente nuevas y desconocidas, cuyo mérito aparente es el número excesivo de músicos, aportando nuevos instrumentos, sin apenas melodía y que suelen ser muy ruidosas y estridentes. Compositores nuevos, que verdaderamente muy pocos conocen y que son muy difíciles de calificar, porque no hay antecedentes. A nosotros y al público en general, nos gustan las obras de compositores clásicos y famosos, conocidos mundialmente, cuya ejecución más o menos delicada, es más fácil de poder evaluar comparando unas con otras, y por supuesto indispensable para otorgar los premios. La buena música clásica de nuestros compositores universales, debe de prevalecer. Es parte de la cultura e historia universal.

Los ensayos de la Municipal eran diarios, para dejar el pabellón de la merecida fama de la Banda Municipal de Valencia, por todo lo alto, aunque no entraba en concurso. El Certamen se celebraba y celebra, durante la segunda semana del mes de julio. Cada día y desde las cuatro de la tarde, en la plaza de toros de Valencia, comenzaban las audiciones de las bandas de menos categoría, hasta completar progresivamente en categoría y número, todas las inscritas. Al final, como broche de oro y cerrando el acto, tocaba siempre la Banda Municipal, interpretando algo nuevo y espectacular de su repertorio, incluso algún estreno, demostrando y manteniendo su magistral categoría.

Además, y gracias a Dios, te solían llamar como refuerzo de muchas Bandas que necesitaban más número de músicos para poder concursar, o reforzar la cuerda de trompas. Según los años, había de todo: Alcacer, Moncada, Benaguacil, y tambien las de la Sección Especial, como las dos de Liria (La Primitiva y La Unión) o las dos de Buñol (La Artística y La Armónica) sin olvidar a la de Santa Cecilia de Cullera o la Sociedad Musical de Alcira, que, como hijo del pueblo, solías participar todos los años. Eso nos reportaba beneficios económicos extras a los que nunca decías que no.  A la mayoría de tus compañeros les ocurría lo mismo.

Durante la semana que duraba el Certamen, ibas a la plaza de toros casi todas las noches para colaborar con la que te había contratado, la que tocara esa noche y generalmente tenías el tiempo justo para terminar con una, bajar del entarimado mientras aplaudían, e inmediatamente iniciar el desfile con la siguiente para volverlo a subir, casi sin parar. Unos años más y otros menos, pero siempre te llamaban de refuerzo para dos o tres bandas, más la de tu pueblo Alcira, que era de la sección especial. Esa noche, la última, generalmente tocabas con dos o tres y luego con la Municipal. Y lo mejor era que las bandas pagaban religiosamente al terminar la noche. Era una delicia y regresabas a casa muy satisfecho. Esos trabajos extras, aunque te cansaban, los hacías muy a gusto, aunque generalmente terminabas con el labio “hecho cisco” y con la boquilla marcada en el labio superior. ¡Parece que te estoy viendo!

El último día, tocaban solo las de Sección Especial, allí iban las “grandes” y cerraba el acto la nuestra: la Banda Municipal. Era el último desfile de la noche con el pasodoble elegido ¡que maravilloso era aquello! Cruzabais el albero de la plaza de toros, a los sones de la música, con los instrumentos brillantes por las luces y el uniforme impecable, tan guapos y marciales todos. ¡Cuantos pasos no habrás dado por su arena dorada, en las noches certameneras! La plaza entera estaba en vilo. Cada actuación era una locura de aplausos y gritos, vitoreando cada sector de gente “a su banda”. Cuando llegaba la Municipal todos callaban expectantes y respetuosos y como no concursaba, que era solo exhibición y deleite para los oídos, podían escucharla todos sin fanatismos. Sin duda “era la mejor” pero ese título había que mantenerlo.

Nunca olvidaríamos esas noches, ni tú, ni yo. Éramos jóvenes y era nuestra vida. Con los niños pequeños pude asistir pocas veces. Despues, a medida que fueron creciendo y marchando, fui a verte todos los años antes de tu jubilación. En mi retina te tengo presente a ti y a “nuestra” banda, en esos desfiles de las noches cálidas valencianas, donde las estrellas tambien se asomaban curiosas a veros, porque no las dejabais dormir.

El Certamen concluía en otra noche mágica, con la Entrega de Premios en los Viveros Municipales, rodeados de vegetación, focos y palometas que acudían en tropel a las luces. Allí se entregaban los premios por secciones y tambien cerraba el acto con todos los honores la Banda Municipal. Los niños (mientras fueron niños) y yo, no nos perdimos ni un solo año tan brillante acontecimiento. Nos gustaba acompañar y ver al papa tocando su trompa.

Años después, dejo de hacerse en los Viveros y se empezó a celebrar en el Palau de la Música, donde continúa. Yo creo que le restó encanto y tradición. Pero la presidenta del mismo, Mairena Beneito quiso otorgarle ese empaque al recién inaugurado Palau de la Música. Poco tiempo después, todo el Certamen se trasladó al Palau de la Música. El Certamen de Bandas Internacional de la ciudad de Valencia, sigue siendo un atractivo musical mundial, al que en la actualidad concursan bandas de todas las partes del mundo que quieran hacerlo.

Hasta llegar al día del Certamen, lógicamente tenían que hacerse muchos ensayos, tanto la Municipal en su academia, como las otras participantes, que solían ensayar en la plaza del pueblo cara al público. Dichos ensayos empezaban en junio. Muchas veces te hemos acompañado los niños y yo, con los bocadillos de la cena. No había costumbre ni dinero para cenar en un restaurante. Cenábamos “a la fresca” (a veces demasiada) y esperábamos, escuchando los ensayos, hasta que “el maestro” dijera bastante. Entonces, las dos o las tres de la mañana, volvíamos a casa. Los niños se dormían, pero yo estaba más tranquila acompañándote y no en casa, esperando ansiosa  tu vuelta, que por otra parte, era lo habitual.

En la quincena restante del mes de julio, una vez terminado el Certamen, seguía el trabajo con fiestas y procesiones en los pueblecitos colindantes de la región valenciana, a las que tambien te pudimos acompañar durante unos años. Pero el tiempo pasó y cuando nos quedamos solos tu y yo, observaba que cada vez te era más trabajoso el dejarme sola en casa a las seis de la tarde, para marchar al pueblecito en cuestión. Te daba más pereza enfundarte en el uniforme con el calor consabido y marchar. Lógicamente me iba contigo. ¿Qué otra cosa tenía que hacer? Para mí era un orgullo el verte sentado alumbrado por las luces, arriba de un tablado, más o menos confortable y escuchar la música oyendo los comentarios. Tambien me gustaba encontrarme con las esposas de tus compañeros, que hacían lo mismo y os aplaudíamos a rabiar. Al finalizar contábamos el Himno Regional y empezaba un castillo de fuegos artificiales.

Durante el mes de julio, se celebraba y se celebra en Valencia la “Feria de Julio” que acogía el Certamen, y otras actuaciones musicales de grupos modernos, bailes, atracciones, corridas de toros, castillos nocturnos, finalizando el mes, con la tradicional Batalla de Flores el día 31, con un hermoso y apoteósico punto final. La Batalla de Flores de Valencia, fue creada en el año 1891 por el Barón de Cortés, a semejanza del popular festejo del mismo nombre que se celebraba en verano en la ciudad de Niza (Francia). Valencia fue la segunda ciudad del mundo y la primera de España que celebró dicho festejo, con la diferencia que únicamente en Valencia se realiza con flores (Valencia jardín de flores). En otros lugares tiran confetis y serpentinas.

Fue organizada por la Junta Central Fallera que decidió celebrarla en el paseo de la Alameda. En ella desfilaban las señoritas elegidas previamente para Fallera Mayor y su Corte de Honor del año entrante y que lucían su palmito en las hermosas carrozas (verdaderos monumentos, tapizados de flores) que representaban flores, frutos, bellos animales, el mar, etc. Empezaba el desfile con un grupo de “tabalet y dulzaina” y a continuación las “grupas valencianas”: parejas de valencianos portadores de naranjos y flores, sentados en los caballos enjaezados para el fin. Una estampa preciosa y típica que reprodujo el pintor Sorolla en muchos cuadros. Despues se añadían los sectores falleros que quisieran participar y después de pasar por delante del soberbio Pabellón Municipal que otorgaba los premios, se iniciaba la “batalla” con el disparo de una carcasa y empezaba la “guerra” de sus flores a modo de proyectil, entre las propias carrozas, unas contra otras en una espectacular combinación de pericia, aromas y alegría. Despues del recorrido, el disparo de otra carcasa ponía el punto final. La Alameda quedaba alfombrada de lo hermosos clavelones amarillos y naranjas que hacían las delicias de niños y mayores. En la Batalla de Flores, no tenía que tocar la Banda Municipal, por lo que pudimos ir a verla algunos años con nuestros niños, mientras fueron pequeños. Despues ya se aburrían.

A partir de ese momento “estabas de vacaciones” y comenzaba nuestra época de playa. En el principio, con Marichelo y José Emilio, nuestros dos hijos pequeños, íbamos a la Malvarrosa mediante el transporte del tren eléctrico tan entrañable, o en tu moto Vespa, a la que añadiste un sidecar. Luego, nació Vicentin nuestro pequeño, ya éramos cinco y con el primer cochecito que tuvimos, un Nissan Sunny, nos íbamos a las playas del Saler o las de Nazaret, hasta que en el verano de 1974 alquilamos nuestro primer apartamento en la playa de Puebla de Farnals, junto con mi madre y mi hermano. Pero esto fue, solo un verano.

(Mi relato contiene principalmente los recuerdos de las vacaciones en los apartamentos, a los que hemos ido durante más de 40 veranos, siendo CIBELES el último, donde continua Chelo).

Durante el mes de julio, habíamos ido preparando poco a poco el equipaje. Al principio grande, aparatoso, numerosísimo en pertrechos playeros y de pesca: Una pala para coger gusanos, neumático para tamizar la arena, tellinero, un montón de cañas de todas clases, salabre para recoger “las posibles capturas” y la cajita con los corchos, anzuelos y demás. Intendencia por si había un “cataclismo”: sacos de patatas, aceite, cajas de leche y todo lo que se pudiera llevar. “En el coche, no pesa” decías a menudo y además allí, había pocas  tiendas. Si teníamos periquito, la jaula y si teníamos gato, su cajón. Lo que no llevamos nunca, fue televisión. Afortunadamente siempre tuvimos coches con maletero grande, porque tú los preferías.  Tambien compraste una “baca” para poder llevar además, las bicicletas.  Nuestro hijo Emilio y tú, hacías dos viajes previos. Vicentin y Chelo quedaban en casa conmigo preparando bolsos y maletas. Despues tambien os acompañó Vicentin y sobre todo cuando los mayores se fueron y se quedó solo con nosotros, aunque para entonces empezamos a simplificar mucho más el equipaje. Chelo fue la primera en dejar el hogar, después la siguió Emilio y diez años después tambien lo hizo Vicentin. Es ley de vida, me decías tú para consolarme. Llegué a echar de menos, los primeros viajes con los niños pequeños, cuando empezamos nuestras vacaciones.

A pesar de todo, nosotros seguimos alquilando el apartamento año tras año mientras pudimos hacerlo, pues nuestros hijos venían cuando el tiempo y el trabajo se lo permitían y eso nos agradaba mucho. Chelo a su regreso de Guatemala y añorando su mar, empezó a alquilar uno para la familia que había formado, coincidiendo en el mismo mes y a ser posible, contiguo.

Siempre, siempre y pese a todo el matalotaje del traslado, tu cumpleaños fue para nosotros un día especial: “El cumpleaños del papá”. En el principio, comíamos en casa, solos los cuatro, luego los cinco con los regalitos, tarjetita y velitas. Era entrañable. Despues ya vendría otra celebración, siempre con mis hermanos, haciéndola coincidir con el día 12, que era el mío. Años después, Lucio apareció en nuestras vidas y nos invitó a comer a los cuatro (Chelo ya no estaba) en “La Gran paella”, un par de ocasiones. Para nosotros, comer en un restaurante era algo prohibido y nos gustó. La vida empezó a cambian y nosotros evolucionamos con ella.

Más adelante la comida se cambió por una cena. El mismo día primero de agosto y una vez hecho el traslado al apartamento, vaciado y bien aparcado el coche, Íbamos al restaurante “Pacos”. Mari Chelo se había casado y no nos acompañaba. Pero Vicen, Emilio y Mari Carmen, (al principio sin hijos) y Lucio, estaban siempre con nosotros. Esto lo hemos mantenido hasta el año que el restaurante en cuestión, cerró sus puertas. Todavía lo pudimos celebrar allí, un par de veces, al regreso de nuestra hija, con todos nuestros hijos y nietos.

Cuando te jubilaste, hace diez años, dejamos de alquilar apartamento. No teníamos la salud, ni la vitalidad, ni el empuje, ni las ganas, de semejante ajetreo y trastorno. Aunque estuvimos dos o tres años coincidiendo con Mari Chelo, uno al lado del otro, nos cansábamos y la jubilación tambien nos obligó un poco, al bajar nuestra economía. Por otra parte, como estaba nuestra hija, solíamos ir a menudo a pasar el día con ellos o a cenar. No hemos dejamos de bañarnos en nuestro mar ni un solo verano, ni tú de tirarte de cabeza a la piscina, siendo la admiración de todos a tu edad. Nuestros nietos disfrutaban contigo y algún domingo se sumaron tambien Emilio Samuel y Lucas con sus papas, que venían a pasar el día con nosotros.

Por lo tanto, tu cumpleaños lo seguimos celebrando siempre el mismo día 1 de agosto. Ya fuera aquí, antes de marcharse ellos, o allí en Pacos, o en el chino, convocando siempre a Emilio, Mari Carmen y nuestros nietos. Últimamente cambiamos de nuevo y decidimos celebrarlo en Valencia, para que pudieran acudir mi hermano y Conchin con los sobrinos.

El año pasado, mi amor, fue el último que pudimos celebrarlo todos juntos contigo. Estabas en un “impás” de la enfermedad. Despues de la quimio te mejoraste un poco y esto coincidió con el verano. Además vinieron Vicen y Carolina, que últimamente no estaban en tu fecha. Esta vez los que faltaron fueron Chelo y familia por enfermedad de Carlos Javier, que había contraído la “monuncleosis”. Chelo y Carlos vinieron por la tarde a felicitarte ellos solos, sintiendo no poder estar juntos en tu 78 cumpleaños. Pero otro día del mes de agosto, ya mejorado Carlos Javier, fuimos al polideportivo Bergamonte y allí lo volvimos a celebrar, aunque esta vez no pudo venir Vicentin. Siempre difícil de coincidir todos a la vez.

Hoy hace un año, mi amor, al levantarte y venir a buscarme la cocina, oí tus pasitos por el pasillo y salí a tu encuentro saludándote conmovida, pero feliz por verte. ¡Felicidades “sarset”! te dije para disimular mi emoción, y nos abrazamos estrechamente. Sentí tu cuerpo tibio junto al mío, (siempre tocándote la frente para ver si tenías fiebre) y encontré un cuerpecito flácido y sin fuerzas, sin aquel vigor, todo nervio, que tantas veces me abrazó. Te golpee cariñosamente la espalda, animándote y nos besamos una y mil veces como siempre, mi amor. Aquel fue tu último cumpleaños conmigo. Tus maletas estaban casi listas, pero esta vez emprenderías el viaje tú solo, pocos meses después, aunque nosotros no lo sabíamos.

Esta mañana llovía, estaba muy oscuro. “Empiezan las vacaciones,” pensé, “lloviendo, como siempre”. En el comedor, las maletas no estaban preparadas ni dispuestas para bajarlas al coche, no había nada, ni nadie. La soledad, mi tristeza y mi amargura lo envolvían todo.

 “Hoy, no se hacen las maletas” pensé, ya nunca más se harán.

Con todo mi amor y mi recuerdo a mi amado Vicente, un año después, en su 79 cumpleaños, el primero sin su presencia querida.  Te quiero, tuya siempre CHELO        1 agosto 2015 

miércoles, 9 de julio de 2025

PERSEIDAS

PERSEIDAS

 

LLUVIA DE ESTRELLAS - LAS PERSEIDAS - AGOSTO 2015

Abrí los ojos sobresaltada. Me había dormido y tenía que irme a Madrid. Instintivamente mi mano se deslizó por la parte de la cama que ocupabas siempre a mi lado, estaba fría y vacía. Sin tu cuerpo ni tu calor. Tome conciencia de mi realidad. Ya no estabas a mi lado para desearme “feliz cumpleaños” con tu beso de buenos días. Te habías ido al cielo,  a las estrellas. Esas estrellas siempre prometidas, que podía contemplar por fin, desde el cielo de Madrid.

A la hora convenida con mi hijo Emilio, baje a la calle. Lucas estaba al volante y su padre de copiloto. Alce la vista al balcón como buscando tu silenciosa presencia pero solo vi la mecedorita de tu infancia diciéndome adiós.

Acababa de hablar con Vicentin, risueño y cariñoso felicitándome y dándome consejos para el viaje, a transmitir a mis hijo y nietos. Nos esperaba sobre las dos en su casa. Estaría sola Carolina, ya que el por su trabajo vendría sobre las cuatro de la tarde. Me senté en el asiento de atrás junto a Emilio Samuel. Despues de los saludos mañaneros nos sumimos en nuestros móviles, mientras delante Lucas colaboraba con su padre sobre el itinerario a seguir. Yo apretaba junto a mi corazón mi teléfono. Lo había repletado de fotografías de Vicente, solo con su carita en las diferentes fases de su enfermedad y algunas de años anteriores. Me sentía acompañada y lo miraba con frecuencia, lo hacía presente en mi retina a cada instante.

Repasaba en mi interior otros viajes a Madrid con él, con mi amor, como siempre. El último hacía dos años. Fue en Mayo, cuando Vicentin cumplió los 40 años y acababa de salir de su percance de salud. Entonces íbamos risueños y agradecidos a Dios a celebrarlo con él en Rascafría, posada del Campanario, con un suculento cabritillo asado. El paisaje y los pueblos que íbamos atravesando me recordaban lo acontecido años atrás. Quien nos iba a decir a Vicente y a mí en aquél entonces, que sería nuestro “último viaje” a Madrid.

Ante mi soledad actual por tu ausencia y mi tristeza, Vicentin y Carolina pensaron en celebrar mi cumpleaños de una forma distinta. Se da la circunstancia, además, de que Chelo y Carlos con sus hijos, están en Guatemala, visitando a la familia de Carlos,  por lo tanto mi celebración habitual seria por si, muy diferente. Por eso me han invitado a ir a Madrid con ellos para ver el espectáculo de la “lluvia de estrellas” que acontece precisamente, año tras año,  el  día12 de Agosto. Lo habían sugerido años anteriores, pero  con tu enfermedad, mi amor,  lo descartamos y han decidido que este año sería oportuno para llevarlo a cabo. En un principio iba a ir sola, con el tren AVE, pero Emilio y los niños pensaron acompañarme y así poder pasar tambien a mi lado este día, tan distinto  a los cumpleaños de toda mi vida a tu lado.

En mi familia, desde mi infancia, siempre fue un día especial. Se compraba ¡nada menos que un melón!, la fruta idónea por excelencia, del verano mediterráneo. Y ese melón traía siempre una discusión con él: críticas por parte de mi madre, si salía más o menos dulce y luego el tener que compartirlo con mi tía Teresita, hermana de mi padre que gozaba de pocas simpatías por parte su cuñada. Según contaba mi madre, no sin cierta ironía, el melón era portador de una buena “bronca”, que por otra parte, nunca entendí. Dicho melón, junto a un helado casero que fabricaban mis padres en la pequeña cocinita de mi viejo barrió valenciano y que servía de invitación a la familia, fueron las bases de una tradicional celebración: el cumpleaños de la primogénita, y nada de tartas ni de velas, eso llegaría mucho después, cuando cumplí 20 años, el último en mi casa.

En la familia que formamos tú y yo, seguí con la tradición y tu cumpleaños y el mío, fueron tambien muy celebrados. Conjuntamente han servido para reunir a la familia en un día que por unanimidad se declaró “especial”, siempre acompañados de nuestros hijos, nietos, Lucio, hermanos y sobrinos, con comida o cena, en casa o en restaurante, año tras año, hasta el día de hoy. Porque en este año, se ha cambiado el rumbo de nuestra historia. El pasado día 1 de este mes de Agosto, (siempre nuestro mes de vacaciones), ya no pude colocar encima de la tele las tarjetitas dedicadas a ti, mi amor, en espera de juntarlas con las mías. No había ninguna.  Desde que te fuiste, ya nada es ni volverá a ser lo mismo.

En el transcurso del viaje, evocando tiempos y lugares, mirábamos al cielo. Para poder ver y contemplar las estrellas era imprescindible que no estuviera nublado. Sobre las doce, paramos a tomar algo y Emilio Samuel, pasó adelante para conducir él. Emilio siguió de copiloto y enchufaron el GPS para localizar el domicilio de Vicentin. Yo seguía apretando fuertemente mi móvil para sentirte más cerca. El cielo empezó a llenarse de nubes que en un principio no parecían importantes. Llegamos a Madrid sin novedad y sin equivocaciones. ¡Cuánto me acordé de ti, mi amor, que siempre te equivocabas al tomar la M-40!

Estábamos aparcando cuando nos salió al encuentro Carolina que venía de comprar un poco de comida preparada por si a los niños no les gustaba lo que habían cocinado: judías verdes y patatas. Compraron un pollo que siempre es aceptado por todos. Subimos en el ascensor todos a la vez cargados con el equipaje, que consistía en sudaderas y ropas de abrigo para la noche. Mi emoción iba en aumento. Vicente se me representaba sonriente y feliz como cuando solía aparcar y mirábamos hacia el piso de Vicen que, asomado a la ventana como una gárgola nos esperaba sonriendo. ¡Le echaba tanto de menos!

Cuando entré en el comedor, tan recordado en el tiempo y sus circunstancias no pude contener la emoción. A nuestro hijo Emilio le pasó otro tanto y los niños estaban callados respetando nuestro abatimiento. De pronto apareció Vicentin, con sus brazos abiertos para cobijar mis sollozos. ¡Por fin, se las había arreglado para esperarnos en casa y no llegar después! Esperaba ese momento de mi debilidad emocional y quería consolarme personalmente. Lloré un ratito abrazado a él y le agradecí su presencia. Nos dio una grande y grata sorpresa, pues le esperábamos más tarde. Solícito y cariñoso junto a Carolina prepararon todo para comer.

 Habían decidido que mi celebración de tarta y velas fuera al día siguiente, antes de salir para volver a Valencia. Ese día recibí muchas felicitaciones por mi móvil y por la mañanita, antes de salir de casa, mi hija Chelo y familia me alegraron como de costumbre con sus canticos de “cumpleaños feliz” desde Xela. Emilio, Mari Carmen, Vicen, mi hermano y Conchin, Mari, mis cuñados, y un montón de amigos, hasta Pedro Miret, el párroco, se acordaron de mí cumpleaños este verano: 74, pero sin ti, mi amor. Sesenta años contigo, son muchos para agradecer a Dios, pero ahora me parecen muy pocos. Intento sacudir mis inoportunos pensamientos y centrarme en el motivo por el que estamos en Madrid.

El cielo se había cubierto de nubes totalmente. Mis nietos y Vicen con Emilio consultaban continuamente el tiempo en sus móviles y en el ordenador. Parecía que quería aclarar. Nadie se arrepentía de haber ido. Aunque estuviera nublado estaban conmigo. Sobre las ocho tomamos la decisión de ir. Carolina preparo unos bocatas de jamón y cogió agua. Yo había llevado unas empanadillas y magdalenas. Nos vestimos “de invierno”. Mi hijo con los niños se quedarían en el “Hotel de la Imagen”, donde nos hospedamos cuando operaron a Vicentin. Salimos para Rasca Fría, por Miraflores de la Sierra, camino de una montaña “la Morquera” a 1600 metros de altitud y a 70 kilómetros de Madrid y desde donde se suponía que se verían bien las estrellas fugaces de las Perseidas, nombre que reciben de la constelación de Perseo.

Lo primero que hizo Vicen al aparcar y tomar posesión del terreno, fue darnos una información del cometa que las ocasiona, que pasó por nuestro órbita en 1992 y que no pasará nuevamente hasta dentro de 150 años. Habíamos traído unas sillas de playa y unas esterillas y aprovechado la poca luz diurna que quedaba nos distribuimos alrededor de una fuente, sin agua, que protegía bastante del helado vientecillo que empezaba a soplar y que despejaba afortunadamente el cielo. Comprobamos ante nuestra sorpresa, que había familias y grupos distribuidos por la pradera y eso disgustó a Vicen que quería estar en soledad. Con nuestras linternas entre juegos y bromas, cenamos. Los otros grupos tambien llevaban linternas y verdaderamente molestaban si te enfocaban queriendo o sin querer con ellas. Había que esperar. El apogeo de las fugaces se esperaba hacia las tres de la madrugada. Me pareció una barbaridad. Me estaba quedando helada pese a la ropa que llevaba. Había traído bufandas y más ropa, pues me suponía que alguno de mis nietos e incluso mi hijo Emilio la necesitaría. Vicen tambien les dejó algo, pero todo era poco. Hacia verdaderamente mucho frío.

La noche se había despejado bastante y las estrellas brillaban como en la noche fría de la Navidad. Lamente no tener a mi lado a mi Vicente. Hubiéramos estado sentaditos, juntitos y apretados para darnos calor. Aunque tambien me lo imaginaba con la linterna jugueteando con los nietos y “dotoreando” como le diaria yo, los alrededores. Pero nada de esto aconteció,    tú no estabas mi amor, no pude ver el espectáculo contigo, y aunque Emilio permaneció a mi lado, encogido tambien de frio, yo sentía la soledad de ti, dentro de mí.

Cada estrella fugaz que se empezaba a ver en todas las direcciones, levantaba voces y aplausos, la primera la vieron Carolina y Vicen que estaban entusiasmados. Emilio Samuel y Lucas con ellos, se tumbaron en las esterillas. Lucas se había llevado su “saco” y fue el que mejor estuvo. Las fugaces iban en aumento y las iban contando. Yo me cansaba de mirar hacia lo alto y la verdad es que no alcancé a ver muchas, apenas unas diez o doce. Pero ellos vieron casi cincuenta, por lo que me alegré mucho. Estaba ocupada en evocarte, mi amor. Quería adivinar tu carita desde el cielo mirándome. Encendía el móvil y te miraba y luego te imaginaba allá arriba contemplándonos a todos. Mis ojos se llenaban de lágrimas y Emilio trataba de hablarme y distraerme, invitándome a apagar el móvil y mirar hacia arriba.

De pronto algo llamo nuestra atención. Llegó un autocar grande que aparcó en la carretera y empezaron a bajar 30 o 40 personas para ver tambien las estrellas. El ambiente se llenó de voces y risas. Caminaban en fila india con sus linternas como una gran luciérnaga. Vicen. Carolina y Emilio se contrariaron muchísimo. A mí sin embargo me hizo gracia y me saco de mi tristeza. Caminaban hacia nosotros, hacia la fuente que no tenía agua, pero ellos no lo sabían. Nos deslumbraron a todos con sus linternas y nosotros y los demás grupos empezaron a protestar. Se asemejaban a “La santa compaña” como les denominé, y se fueron acomodando por la pradera llena de boñigas de vacas, ortigas y piedras que sin luz, resultaba bastante peligrosa y hostil. “Así se caigan de narices”, les deseamos en nuestro interior.

Así, entre estrellas, linternas, voces, maldiciones, risas, emociones, evocaciones y haciendo presente a todos mis seres queridos, pasaron las horas. Sobre las dos y media, se acercó Emilio a ver como andaban los que se habían “tumbado” y que estaban aguantando perfectamente, pero nosotros decidimos meternos en el coche. Los dientes nos castañeteaban, helados de frío. Poco después “la santa compaña” regreso a su autocar y se hizo el silencio, pero no quisimos salir al exterior, nos parecía que ya habíamos visto de que se trataba aquello y prolongar más la estancia allí era casi una temeridad porque verdaderamente hacia un frio polar. Regresaron los chicos con Vicen y Carolina. Ellos se fueron al hotel y nosotros a casa. Dijimos adiós al momento y al lugar, agradeciendo a nuestros hijos y nietos la oportunidad de contemplar aquel espectáculo único y seguramente para mí, irrepetible.

El camino era largo y estaba lleno de curvas. Yo me mareaba y Vicen tuvo que ir despacio. Emilio conducía detrás. Sus hijos se habían dormido.

Ya en casa, me prepararon con mucho cariño la cama en el sofá nuevo que habían adquirido hacia poco tiempo. Les agradecí el espectáculo estelar que me habían regalado. Te busque en mis fotos mi amor y te llene de besos una vez más, quedándome dormida al momento como ellos. Todos habían hecho un esfuerzo para que ese regalo “especial” se llevara a término.

Amaneció un cielo rabiosamente azul pero con un viento muy fuerte y helado. Era como si hubiera llegado el otoño. Vicen y Carolina se levantaron más de las nueve. Hable con Emilio, sin novedad. Iban a desayunar. Durmieron los tres en una habitación y cayeron rendidos tambien al instante. Cuando llegaron limpios y guapos empezamos a planificar la mañana.

Lo primero que hizo Vicentin fue prepararme un zumo de pomelo y zanahoria con una licuadora que se han comprado y que tenía gusto de que probara. Me pareció bonísimo. Había hecho acopio de bastante fruta y de tomates que no dio tiempo a consumir. Despues Carolina llamo a una tienda para encargar una tartita y se fue a recogerla. Mientras, descongelaron “gallo”, un pescado que utilizan mucho y que está buenísimo, cocieron patatas para una ensalada campera y con todo listo nos fuimos. Primero en tren de cercanías, luego en metro y después andando a la iglesia de “san Antonio de los portugueses” para contemplar y fotografiar (previo permiso del sacristán) unas preciosísimas pinturas “al fresco” que son una verdadera obra de arte. La iglesia está dedicada a san Antonio de Padua y es redondita y no muy grande, pero llena de historia plasmada en las pinturas y de milagros del santo. Olía a madera vieja, a tapices y a incienso. Salí encantada.

Para el regreso deberíamos hacer el viaje a la inversa. Hacia fresco, aunque lucia el sol. Caminamos bastante entre muchos turistas y sacaron bonos para coger los distintos medios de transporte. Subimos y bajamos las interminables escaleras del metro, pateamos varias estaciones y por fin, llegamos a casa. Momento que aproveche para hacer unas fotos en la escalera-rampa de la entrada a la casa de Vicentin y que habían construido hacia poco tiempo. Mantuve a mi hija Chelo y a Mari Carmen informadas todo el tiempo y les enviamos fotos por el móvil. Maricarmen fue la sacrificada que tuvo que quedarse en Valencia por su trabajo.

Ante el asombro de mi hijo Vicentin, Emilio y sus hijos no hicieron ascos al pescado, aunque había pollo del día anterior para refuerzo. Despues de comer sacaron la tarta de mi cumpleaños y las velas con el 74. Sople y sople, como el lobo. Se hicieron fotografías y me emocione mucho al ver lo distinto de la situación. Note la ausencia de los que no estaban. Sobre todo echaba de menos a mi lado a mi querido amor, su voz, sus manos, sus ojos. Y tambien a mi querida hija Mari Chelo y familia y a Maricarmen. Pero mis hijos y nietos me lo hicieron muy fácil y agradable y en mi corazón estuvieron todos. Todos los que pensaban en mí y todos los que estuvieron en tantos años anteriores con nosotros. Despues un brindis y los regalitos. Mi mejor regalo fue ese “viaje a ver las estrellas”, que nunca olvidare.

Emilio y los niños con la entrañable y cariñosa tarjetita donde escribieron todos como hacen habitualmente, posaron conmigo. Emilio, previsor y práctico me regalo un aparatito para guardar memoria del ordenador y una cajita con dulces que me hizo volver a mi infancia y a la suya. Vicen y Carolina en la línea cariñosa y solicita con su tarjetita repleta de sentimientos y dos estupendos libros para leer: “Las inviernas” y “Emma”. Las fotos de rigor y sobre las seis, comenzamos las despedidas. Bajamos al mercadito a comprar algo de fruta. Abrazos, besos, recomendaciones y advertencias. Alegría y gratitud a flor de piel y reprimidas ganas de llorar. La vida me había dado tanto, que la pérdida aún se notaba más, pero estaba feliz y contenta de haber ido a Madrid con mis hijos y nietos al encuentro de Vicen y Carolina para ver las estrellas. Esas estrellas que tanto me gustaron siempre. Y lleve a todos conmigo en mi corazón.  Y tambien con ellos, volvimos a Valencia. Eran sobre las diez de la noche. Me despedí de Emilio, (que me acompañó hasta casa) y de los niños y fui directamente a ver la foto de Vicente que me esperaba sonriente. ¡Ya estoy aquí, mi amor! ¡Lo que te has perdido! Y llorando estuve un rato abrazada a él. Despues, llame por teléfono a Vicen. ¡Habíamos llegado a casa! El sueño de haber visto “la lluvia de estrellas” se había cumplido. ¡Gracias mis querido hijos y nietos!

Con todo mi amor, en tu dulce recuerdo y en el de nuestros cumpleaños. Agosto 2015 

domingo, 6 de julio de 2025

AMANECIENDO CONTIGO

AMANECIENDO CONTIGO

Después del espectáculo de la “lluvia de estrellas” de las Perseidas, quedaba por descubrir algo precioso e inusual en mi vida, en nuestra vida. Contemplar “un amanecer” y un amanecer en el mar, nuestro Mediterráneo.

Emilio Samuel me lo había propuesto no hacia demasiado tiempo, pero yo siempre le daba largas, pensando en el madrugón y como no, en la ausencia de Vicente, mi amor.

Recién llegados de Madrid, me propusieron salir a comer conmigo los cuatro. Fuimos al restaurante del bingo, en el supermercado “El osito” de la Eliana, donde comimos alguna vez  Vicente y yo, con  Mari, ya en ausencia de Nicanor y recientemente con Pepin y Marisa. Era el sábado día 15, la Virgen de la Asunción. Les agradecí la invitación y el estar tan pendientes de mí. Pasaron a recogerme después de misa de 12. Les resultó acogedor y comimos muy bien y con la habitual armonía. A la vuelta, Emilio Samuel repitió una vez más su propuesta: “Abuelita, ¿vienes conmigo a ver amanecer en Cullera?” y sin pensarlo dos veces asentí. Pensé que era algo bonito que la vida, por medio de mi nieto, me ofrecía. Pensé en las renuncias que habíamos hecho Vicente y yo a tantas cosas…y por eso decidí aceptar encantada.

El, contento y emocionado empezó a planear la salida. Me puso el reloj de mi móvil a las seis de la mañana y como sus padres tambien se animaron a venir, dejó que ellos me recogieran y a su vez, le recogiéramos a él en Silla. Así lo hicimos. A las seis y cuarto, estaban Emilio y Mari Carmen en la puerta de casa. Lucas se quedó durmiendo. Bajé en ayunas y con una chaqueta porque me advirtieron que haría fresco. Pasamos recogiendo a Emilio Samuel y empezó a clarear. Mi hijo Emilio iba al volante pero no sabía cómo llegar a Cullera. Él tenía su idea, pero los demás le señalaban otro camino. Se les había olvidado el GPS y empezó a ponerse nervioso. El cielo se iba tornando color de rosa y ya empezaba a tomar un tono anaranjado, pero al final llegamos a tiempo. Despues de bastantes curvas llegamos a la cima de una montaña, creo que le llaman “la bola” y vimos bastantes jóvenes corriendo y una pareja que subía caminando para ver el espectáculo que se dominaba desde allá arriba. Había fresco en verdad y Samuel iba con “chanclas”…

Emilio aparcó al borde del acantilado que aunque había una tela metálica, resultaba bastante peligroso. Nos quedamos extasiados contemplando el panorama. El horizonte infinito de un tono rabiosamente naranja y el mar. Una gran extensión de mar azul, tranquilo, maravilloso y la playa, con numerosas urbanizaciones, chalets, edificios altos que parecían de juguete y vegetación. En el horizonte empezó a crecer un pequeño punto de luz. Poco a poco emergía del agua una gran bola naranja, como de fuego. Iba tornándose cada vez más fuerte su fulgor y se reflejaba en el agua tornándola de oro. Emilio andaba aprovechado el espectáculo inmortalizándolo con su cámara de fotos. Emilio Samuel satisfecho oía mis exclamaciones de agrado y asombro y junto a su madre, permanecían a mi lado, dándome calor y cariño.

Yo estaba “amaneciendo contigo”, mi amor, pero tú no estabas “a mi lado”. No eras dado a esta clase de espectáculos. Quizás porque habías visto bastantes en tu vida de niñez y juventud, cuando andabas por las huertas de Alcira y Poliña. O tal vez en el ejército. El caso es que nunca me propusiste ver un amanecer y eso que estuvimos tantos años en la playa de Puebla durante el mes de Agosto. Tu ilusión, eso sí, era ir a pescar. Afición que ha heredado, por ahora, tu nieto Emilio.

Vuelvo la vista atrás y recuerdo que al principio de nuestros veranos en la Puebla de Farnals, nuestro entorno era bien distinto del de los últimos tiempos. Nuestros apartamentos estaban completamente equidistantes, de una parte a otra del territorio playero y costa. Tambien había muchísimos menos, estaban en plenas construcciones de todo lo que es hoy en la actualidad. Tampoco sospechábamos entonces que con el tiempo nos iríamos a la otra parte de la urbanización. Prácticamente hemos visto construir año tras año la actual playa de Puebla de Farnals. Empezamos a veranear en el Complejo Europa, apenas entrar en Puebla. Constaba de tres edificios medianos y una torre: “Aníbal”. Alquilamos un primer piso en “Estoril”. Delante teníamos parte de una gran zona ajardinada con abundante césped y chopos. A la derecha una piscina grande y otra pequeña. Había columpios y el jardín se extendía con flores y plantas por todo el complejo. Detrás estaba la Iglesia y un cine de verano. Tu hermano Pepin tenía un apartemente en el edificio de atrás: “San Remo”. El tercero se llamaba “Niza”. A pocos metros por delante, se extendía el mar azul, con una playa muy tranquila dentro del puerto.

Recuerdo que aquél primero de agosto que sería el segundo de nuestra historia, llegaste cansado del Certamen y las músicas de julio y quizás un poco malhumorado conmigo. Querías desconectar “estabas de vacaciones” y eso te daba derecho a “casi” todo. Me acuerdo que, una vez vacío y aparcado el coche, cogiste los pertrechos de la pesca y me dejaste plantada en el comedorcito con los niños y las maletas en derredor, marchándote al “bracito de las ratas” como lo llamaríamos después y que afortunadamente estaba cerca. Sentí tristeza y decepción ante tu comportamiento egoísta. Pero afortunadamente no tardaste mucho en volver. Al ir a tirar la caña se te cayeron del bolsillo las llaves del coche. Las viste brillar en una piedra dentro del agua, a la luz de la luna, pero cuando bajaste a por ellas y en tus narices, el brazo de un pulpo las cogió y te quedaste sin ellas. “Dios te ha castigado”, te dije. Te levantaste antes del amanecer para ir en bus a Valencia y coger las de recambio que guardaba yo en una cajita. Ni reparaste en el amanecer, ni estaba el “horno para bollos” como para contemplarlo juntos.

Tal vez, te habrás levantado temprano en dos o tres ocasiones en tantos años, para pescar. La afición era grande, pero a tu comodidad y con solo el objetivo de la pesca, nada de romanticismos o estampas bucólicas. En realidad te encantaba aprovechar las tardes e incluso alguna noche. Y recuerdo que alguna mañana, renunciaste al baño para tirar la caña pero nunca de madrugada. Lo que hacías durante las mañanas del baño era “hacer gusanos”.

El amanecer tambien nos ha sorprendido muchas veces en la carretera, cuando íbamos a Santander. Salíamos a las doce de la noche. Tu seguro, fuerte y eficaz al volante. Nosotros confiados ciegamente en ti, en el papa, en mi amor. Cuando amanecía abrían los bares de las carreteras. No íbamos por las autopistas porque no estaban hechas. Entonces parábamos a tomarte un café calentito porque refrescaba bastante y te espabilabas. Y así veíamos amanecer, entre árboles, caseríos, puentes y poblaciones. Eso no era “ver amanecer” eso era que “llegaba el día” y nuestro viaje terminaba. Pero tú aguantabas siempre.

Por lo tanto, mi amor, nunca he visto amanecer contigo de una forma tranquila, contemplando el espectáculo, cogidos de las manos, viendo la grandeza de Dios y del paisaje. HASTA HOY. Hoy lo he podido ver, admirar y contemplar añorándote y he agradecido a Dios la insistencia de nuestro querido nieto Emilio Samuel, que me ha hecho, junto a sus padres, este maravilloso regalo. Regalo que completamos con un estupendo desayuno en El Saler. ¡Gracias, mi queridísimo nieto Emilio Samuel! Gracias tambien en nombre del abuelito por haberme enseñado algo que nunca hizo él.  Te quiero.

Dedicado a mi querido Vicente, mi “pescaoret de caña” que casi siempre hacia “porra” pero siguió insistiendo año tras año sin perder la ilusión.

Dedicado a mi querido nieto Emilio Samuel por ofrecerme ese magnífico regalo de la naturaleza.

Con todo mi amor. Agosto 2015.

martes, 22 de abril de 2025

MEMORIA DE MIS ANTEPASADOS: ÁRBOL GENEALÓGICO


 EL REFUGIO DE LA MEMORIA

 

Ante la insistencia de mi querida familia invitándome a escribir sobre  quienes fueron mis antepasados, me pongo a ello comenzando lógicamente por mis padres, haciendo memoria de cada uno de ellos por separado y hasta los familiares que yo recuerde, incluidos abuelos y tíos.  A partir de su boda será un solo relato.

Mis padres fueron: EMILIO MONDEJA ALMELA, (1889-1961)  Y  CONSUELO SIRERA ROSELLO, (1905-1976)

 

ETAPA    MI PADRE

Mi padre nació en Chiva, provincia de Valencia el 6 de Abril de 1889, hijo de Francisco Mondeja Barberá y Teresa Almela González. El matrimonio de mis abuelos, según contaba mi padre, no estaba previsto entre ellos. Ocurrió que mi abuela Teresa nacida en Turís un pueblo vecino, era novia de un hermano de mi abuelo que mataron en la guerra de Cuba y al morir éste, el hermano mayor cargó con la responsabilidad de casarse con ella, el amor vendría después. Sé que mi abuelo tenía  tres hermanos más: Ramón, Consuelo y Gaspar. Los dos últimos quedaron viviendo en Chiva y Ramón junto con mi abuelo Francisco, se trasladaron a Valencia.

Por parte de mi abuela Teresa apenas conozco nada. No se nada de sus padres o si tuvo hermanos. Solo recuerdo a un primo hermano que físicamente se parecía mucho a mi padre y que casualmente vivía por mi barrio. Según mi padre contaba, mi abuela siempre peinó su cabello con el peinado de labradora clásica valenciana, con los tres rodetes, que mi padre sabía reproducir exactamente de tanto verla y del que él  guardó con cariño la aguja central del rodete de atrás y que con el tiempo, llegó a mis manos.

Mi padre tenía dos hermanas mayores que él. Paquita y Teresita de 5 y 7 años respectivamente. A temprana edad se trasladaron a vivir a Valencia, donde mi abuelo se colocó en el Ayuntamiento como policía municipal. Vivian como guardeses en una elegante casa nobiliaria de la calle del Mar, los Marqueses de Cáceres, donde  mi abuela trabajaba en la casa como “ama de llaves” y los hijos de ambas familias, chicos al fin y al cabo, jugaban juntos en muchas ocasiones, facilitando con esto una buena relación de amistad entre ellos, que con el tiempo se afianzó.

Mi padre contaba las numerosas travesuras que hacía en aquel  barrio suyo, casi aristocrático entonces. Saltaba calles estrechas claro por las azoteas, que se pueden ver hoy en día. Mato al lorito del Cónsul de Bueno Aires de una pedrada, porque su jaula estaba frente a la ventana del colegio donde iba y el lorito aprendió su apellido, de tanto oír cómo le reñía su maestro y mi padre que estaba harto acabó con él.  La fuente central de la plaza de la Congregación, donde está la iglesia de santo Tomas, tiene cuatro patos de bronce. La fuente entonces no tenía agua y los niños se sentaban encima de los patos como guerreros.  ¡Ay del que se sentara en el suyo! ¡Paliza segura! Entonces los niños se pasaban el día en las calles jugando.

Entre todas sus hazañas contaba que en una ocasión, trepó y estuvo sentado en el brazo de la escultura ecuestre del rey don Jaime que hay en el Parterre (donde comienza la calle de la Paz) esperando que se fuera el guardia que le quería llevar a su casa de una oreja por no sé qué diablura que hizo. Tantas horas pasaron que el guardia cansado se fue, pero él aguantó como un jabato. En casa por supuesto recibió un castigo. Otro día siendo cabecilla de una de las bandas de chiquillos, pararon la circulación del puente del Real, porque se tiraban piedras con hondas, de un lado a otro del puente, desde el rio. Las bandas eran “los de Ruzafa” contra “los del Mar” Eran pandillas temibles.

Tambien fue protagonista varias veces de los “milacres” de san Vicente Ferrer que ya se representaban por las calles, pues hablaba correctamente el valenciano gracias a su madre. En resumen fue una ficha de cuidado. Solía ir con su padre a la plaza de toros y en alguna ocasión  se tiró al ruedo como espontáneo para dar unos capotazos al bicho. Una tarde se lo llevaron detenido, siendo la vergüenza de mi abuelo que le prohibió terminantemente volver. Pero volvió más de una vez, con los mismos resultados.

En aquellos tiempos no todo el mundo estudiaba. Se trabajaba mucho artesanalmente y mis tías aprendieron el oficio de costureras, que era como modistas, pero en ropa blanca de casa. Mi padre, cursó sus estudios primarios en el colegio de su barrio con su inolvidable maestro don Venancio Sancho y un inseparable amigo llamado Domingo Contreras. Después fue al colegio del Patronato de Valencia, que estaba a orillas del rio y donde tuvo un grave encontronazo con un toro de los que pasaban por allí, camino del Matadero Municipal. Tanto se metió con el bicho que este salió corriendo tras de él y casi lo empitona a las puertas del colegio que quedaron destrozadas.  

Como era muy aficionado al arte, se matriculó en la escuela de Artes y Oficios artísticos de San Carlos, donde destacó en sus dibujos, tanto lineal y topográfico, como artístico. Tambien era aficionado a la pintura y solía pintar con modelos desnudas. Muchos años después pudimos ver en su casa de soltero, numerosas obras hechas por él. Era un buen lector y se cultivaba mucho. Acumuló con los años una gran biblioteca y muchos libros de ella, escritos en valenciano. Tambien participo en la plantá de algunas fallas, pues era amigo de los artistas falleros que las hacían, él se sentía valenciano hasta la médula.

Cuando cumplió los 17 años, un infarto se llevó a su padre, quedando sola mi abuela, viuda con sus tres hijos. Mi padre sufrió una fuerte depresión hasta que se alistó en el ejército, en el que después de la Jura de Bandera, fue destinado al regimiento de Infantería, Guadalajara 20, y enviado prácticamente en seguida, a la lucha encarnizada que mantenía España con Marruecos y norte del continente africano.

Mi abuela dejo sus servicios en la señorial casa y con mis tías se trasladó a vivir a la plaza de Navarros número 5 de Valencia. Teresita siguió trabajado por días alternos en aquella casa de los señores Marqueses como costurera y le proporcionaron alguna más. Recuerdo una muy importante: la del historiador de Valencia don Salvador Carreres Zacarés, casado con doña Carmen Calatayud, que tenían un hijo: Francisco Carreres Calatayud. Alternaba los días con la otra casa y pasaba en ellas el día entero. En verano se la llevaban a su finca de Fuentelahiguera. Era muy devota de la Virgen del Carmen y nunca pensó en casarse.

Mi tía Paquita por el contrario tenía un carácter diferente. Se casó con un tal Ramón Martí, al que llamaba “negrito” por lo moreno y como eran tiempos de emigración en España marcharon a Buenos Aires a probar fortuna. Quedaron solas pues las dos Teresas. Madre e hija. Marcharon tambien con ellos el hermano de mi abuelo llamado Ramón y su esposa Vicenta que se habían afincado en el pueblecito de La Torre cercano a Valencia y se dedicaban a la huerta. Allí tuvieron a sus hijos. El Ramón y Paco, que según contaban este último nació en plena Pampa argentina sin más ayuda que la propia naturaleza y de ahí que jocosamente en la familia le llamaran de sobre nombre “el indio bravo”.

Mi padre seguía en el frente. Siempre nos contó  numerosas historias de altercados con los moros de los que se hizo amigo para sustraer información. A veces hacia un trabajo de espionaje. Por entonces era Sargento y contaba que un Jeque árabe le ofrecido a su hija para contraer matrimonio. Pero él era bastante vividor y no quería ataduras. Tenía la muerte en los talones y por eso vivía el día al minuto. Fue herido varias veces con el arma blanca de los sables y dagas morunas, en las escaramuzas y revueltas de “cuerpo a cuerpo” que era como luchaban entonces y tambien heridas provocadas por las balas de los tremendos “arcabuces”. Tenía  numerosas cicatrices en su cuerpo y un trozo de metralla en la cabeza que no le pudieron quitar. La herida más peligrosa, según contaba, fue de arma blanca, una gubia moruna en el vientre que le tiró del caballo y al verlo caer, un moro “amigo” le cogió del correaje por la espalda cuando iban ya de retirada y lo sacó del campo de batalla a todo galope, dejándolo en el hospital de campaña. Llevaban entonces los militares, todavía el uniforme blanco de ralladillo (el que se usaba en los “últimos de Filipinas de la guerra de Cuba”) y cuando se vio envuelto en sangre se desvaneció. Perdió mucha sangre y estuvo mucho tiempo en el hospital cuidado por monjas. Despues lo ascendieron. Nos contaba emocionado que fue el único superviviente de la famosa batalla “del Barranco del Lobo”. Esto ocurrió el 27 de julio de 1909, en las montañas del macizo del Rif, monte Gurugú, ocupadas por cábilas bereberes que había que desalojar, pues se habían adueñado de aquel territorio sin pertenecerles. Una vez curadas sus heridas mi padre volvió al terreno de batalla. La guerra duró 16 años. Desde 1911 al 1927.

En aquel entonces tambien estaban en Marruecos junto a él, José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco Baamonde, con otros generales famosos, todos los que formaron parte de nuestra historia de España en aquellas décadas. Franco era comandante de infantería. Mi padre entonces era Brigada o Suboficial, no recuerdo, pero por lo tanto lucharon juntos en el frente. Cuando se ganó la guerra y se firmó la paz con Marruecos, mi padre fue destinado a Capitanía General de Valencia donde estuvo trabajando y dibujando los planos de todas las carreteras, edificios y mejoras que habían planificado para colonizar el norte de África que ya habían recuperado a los moros. Así nació el famoso “protectorado español de Marruecos”. En Capitanía General conoció al coronel don Gonzalo Rodríguez Gay, con el que trabajó haciendo la topografía de dichos planos y con el que nació una gran amistad que perduró hasta la muerte del coronel, muchos años después.

Al estallar en España la República con un tal Manuel Hazaña, mi padre fue herido de un tiro en la pierna en el puente del Real, al lado de Capitanía. La dictadura del general Primo de Rivera no iba con sus ideas políticas y decidió licenciarse del Glorioso Ejército Español, que había sido hasta entonces, su vida. Comenzaba una nueva andadura para él.

En la sociedad valenciana de entonces, mi padre era como un “soltero de oro”. Todavía joven, guapo, de ojos negros y penetrantes, culto y con mucho donaire, pasó a formar parte parte de la alta sociedad valenciana recobrando además, las antiguas amistades infantiles. Era profesor de esgrima y además se entretenía ayudando a un amigo que conservaba de su colegio infantil y que tenía su despacho de Habilitado de Clases Pasivas, en la calle de don Juan de Austria de Valencia donde mi padre cobraba su paga de militar retirado y los extras por sus medallas. Se llamaba Domingo Contreras y Llopico de Michavila y todavía existen sus oficinas, que regenta una de sus nietas. Mi padre vivía con su madre y su hermana y prácticamente las mantenía. Fue fundador de la Sociedad Coral de El Micalet y su escuela de música. Tambien de la Escuela de Artesanos de Valencia. Frecuentaba y era socio del Ateneo Mercantil y formaba parte de los más importantes eventos culturales, musicales y exposiciones, que por entonces se llevaron a cabo en la ciudad.

Vivió un tiempo tranquilo y feliz concluida su carrera militar y disfrutó junto a su amigo Domingo, de numerosas francachelas y novias, aunque no cuajo ninguna. Sin embargo un buen día entró en escena mi madre. La conoció en dicho despacho, de la mano de su propio novio, un tal Antonio, que iban de visita. Desde entonces se enamoraron. Dejó mi madre a su novio y mi padre, 16 años mayor que ella se la llevó. Mi madre tenía 31 años y mi padre 47. Poco tiempo después, el 14 de abril de 1936, estalló la vergonzosa guerra civil española.

 

ETAPA    MI MADRE

Mi madre nació en la calle de las Danzas de Valencia, el 10 de Enero de 1905. Hija de Estanislao Sirera y Consuelo Roselló Iranzo (ignoro el segundo apellido de mi abuelo). Vivía enfrente de una “capaceria,” una pequeña tienda artesanal donde vendían toda clase de capazos, cuerdas y espartos, regentada por un tal Vicente Riera.

Siendo mi madre muy pequeña, mi abuelo Estanislao fue destinado a Melilla, como Jefe de las Aduanas. Entonces las tropas españolas estaban allí, en la guerra (contienda) por recuperar a los bereberes los territorios que  habían usurpado a España. Mi madre contaba que vivía muy cerca del monte Gurugú y hasta su casa llegaba muchas veces el fragor de las batallas. Salvo eso, vivían en paz, pues a la población no les llegaban los disturbios. Sus calles estaban llenas de militares que iban de acá para allá constantemente.

Mis abuelos disfrutaban de una clase social alta. Tenían criada en casa y mi madre se crio como una verdadera señorita. Estudio en un colegio inglés y chapurreo el idioma. Tenía una caligrafía y ortografía perfectas, de las que no se prodigaba entonces. Siempre iba acompañada  por su mamá y por los perros  de caza de su padre. Vestían como las grandes modelos de la época y llevaban siempre sombrero. Mi abuela tenía dos hermanas: Sara y María.

Sara la pequeña, no tenía hijos y vivía en Málaga. Mi madre hacia numerosos viajes de placer para ver a su tía y cruzaba el estrecho muy a menudo en los yates de aquélla época, no exentos de su parte lujosa. Cuando creció se hizo muy aficionada a la fotografía y tenía una hermosa máquina Kodak que hoy en día sería una joya como antigüedad. Se hacía  numerosas y caprichosas fotografías que ella misma revelaba, en toda clase de lugares y posiciones. Recuerdo haber visto una preciosa con el mar y un balandro de fondo detrás de ella, que era espectacular, un contraluz propio de una artista de cine. No era demasiado guapa pero era muy graciosa, alegre, culta y atractiva. Su tía Sara la secundaba en todos esos caprichos. Vivian bien y sin problemas. Ella misma decía que era coqueta y no era para menos con la posición social que gozaban.

María la hermana mayor por el contrario, vivía en Benimaclet de una forma bastante sencilla y rural  y tenía cinco hijos. Antonio, Manolo, Teresa, Amelia y Amparín, constituían la única familia de mi madre pues ella no tuvo más hermanos.

En 1923, cuando mi madre contaba 18 años de edad, se separaron mis abuelos. O mi abuelo murió. Eso nunca lo tuve claro. El caso es que mi madre y mi abuela volvieron a España. Detrás dejaron todo lo vivido. Sara, había muerto y la contienda militar seguía en marcha, aunque a ellas ya no les afectaba para nada.

No teniendo a donde ir se fueron a vivir a Benimaclet, cerca de la tía María y sus primos. Para ellas cambió la vida radicalmente. En aquel pueblecito cerca de Valencia tuvieron que adaptarse y aprender a vivir con estrecheces económicas. Mi madre encontró trabajo como cajera en una zapatería, en la céntrica calle de los Derechos, casa Mira, donde estuvo algún tiempo. Entonces se cambiaron de vivienda y alquilaron un pisito en el barrio del Carmen, apenas cruzar el rio, calle de Sogueros, 28. Un barrio obrero y tranquilo en el que madre e hija vivían como uña y carne. Solo se tenían la una a la otra. Iban juntas a todos los sitios y mantuvieron su porte distinguido. Eran muy religiosas y cuando volvieron de Melilla se trajeron en un “baúl maleta” una preciosa talla, no muy grande, de la Virgen de los Desamparados. Imagen que la ha acompañado toda su vida.

Tiempo después mi madre gracias a todos sus conocimientos, se puso a trabajar en la Empresa multinacional de máquinas de escribir Hispano Olivetti, sita en la plaza del Caudillo, ahora del Ayuntamiento, donde estuvo como encargada y profesora de la academia de mecanografía. Tuvo un par de novios: Juanito y Antonio.

Contaba mi madre que a veces iban  a pasar el día a Benimaclet, hasta que la tía María murió. Los hijos vivían todos en Valencia. Antonio el mayor, trabajaba como director del Banco Coca. Manolo creo que se dedicaba a la joyería y se casó con una tal Amparín. Se fueron a vivir a unas casitas nuevas que estaban en el Apeadero de Benimaclet a las que iban muy a menudo. Las tías Teresa y Amelia las recuerdo solo de visita, pero con Amparín la menor, mi madre tuvo mucha relación. Se casó con Enrique Valiente, camarero del Hotel Ingles y tuvieron dos hijos de la edad aproximada de mi hermano y mía, más o menos. El Primo Antonio Roselló, el banquero  y su hermana Amparín  Roselló, fueron los padrinos de bautismo de mi hermano.

Mi abuela Consuelo y mi madre dormían juntas y contaba mi madre que una mañana el despertador, al que llamaban “don Liborio” sonó largo tiempo sin que mi abuela lo apagara, pues mi madre estaba en la pequeña galería donde estaba el retrete, (no había el baño tal como lo conocemos ahora) Cuando mi madre regresó comprobó que a mi abuela, que era diabética, le había dado un ataque, (decían entonces), sería como un ictus. No estaba muerta pero estaba casi paralizada. Mi pobre madre se desesperó en extremo y creía volverse loca. Llamó al por entonces novio Antonio (ya tenían las iniciales bordadas en el ajuar para casarse) y él la ayudó y se encargó de todo, pues a las 48 horas le repitió y entonces murió. Las tres hermanas habían muerto bastante jóvenes. Mi madre poco a poco tuvo que hacerse el ánimo y reanudar su trabajo y su vida. Una tarde su novio Antonio la recogió del trabajo y marcharon a visitar a un amigo habilitado de clases pasivas, para distraerse un poco.

En aquel despacho elegante y sobrio de la calle de don Juan de Austria de Valencia, encontró mi madre a su media naranja. Despues de las presentaciones, algo le dijo en su interior que aquel hombre que le acababan de presentar maduro, guapo y gentil, militar retirado, le había hecho gracia y la cosa era recíproca. Se hicieron novios y tuvieron que sincerarse con el pobre Antonio que se la puso prácticamente “en bandeja”. Aunque toda la ropa del ajuar llevaba bordada junto a la suya la letra “A” de Antonio la conservó.  Eso a mi padre la dio exactamente igual.

 

ETAPA 3ª  MIS PADRES

Apenas tuvieron tiempo para el noviazgo, pues estalló la guerra civil y decidieron casarse.  Mi madre vivía sola desde que murió mi abuela en la calle de Sogueros 28, y allí se fueron a vivir. Mi abuela Teresa y mi tía no vieron con buenos ojos ese enlace. Veían a mi madre muy joven para él y además con el “chico” se les iba el “sustento  de la casa”. Tardaron mucho tiempo en relacionarse, porque al estallar la guerra, mi padre fue movilizado de nuevo. Recuerdo que en la fotografía de novios que se hicieron al salir del juzgado, él estaba guapísimo con su uniforme de capitán y con la gorra puesta. Mi madre con una bonita piel de zorro en el cuello, sonreían los dos felices a la cámara.

Poco después le enviaron a filas con sus nuevos galones y “obligado” a luchar en el bando de Valencia, la zona roja. Las ideas comunistas eran contrarias a las suyas y empezó a sufrir mucho. Llevado por sus ideas políticas fue el único militar que se presentó a defender la iglesia de los Santos Juanes, junto al  Mercado Central, el día que la quemaron. No podía soportar luchar entre compañeros que en el fondo, no pensaban como él, ni luchaban por la misma causa. Le hervía la sangre.

Entonces decidió marcharse en busca de “los nacionales” que  estaban por el norte de España. Dejó a mi madre sola en su pisito y él partió para encontrarse con “los suyos” El solo sabe, las dificultades que encontró hasta llegar a Santander. Andando, escondiéndose, caminando en las noches para no ser visto y ametrallado, sin apenas comer y con días de intenso frio recorrió casi la península entera. Al cabo de no sé cuántos días y no sé cuántas  noches llegó a su destino. Se encontró en el pueblecito de Limpias, entre las majestuosas montañas cántabras. Allí en su pequeña iglesia se venera un Santo Cristo muy milagroso. El Cristo de Limpias, al que mi padre prometió volver, si le conservaba la vida.

Lo apresaron, pensaron que era un desertor. No les valieron sus razonamientos patrióticos y después del juicio consabido fue condenado a cadena perpetua y lo condujeron a la cárcel de Ciudad Rodrigo que está en Salamanca. Allí todos eran presos políticos e hizo muy buenas amistades. Tiempo después lo trasladaron a la cárcel Modelo de Valencia. Contaba que todos los días al amanecer entraban a por prisioneros que llevaban a fusilar a El Saler. Ninguno volvía. Así un día y otro. A él tambien se lo llevaron varias veces, pero no lo fusilaban. Algún comunicado les llegaba de que decía: “no se cumpla la sentencia” y lo devolvían a la celda. Aquello tan incomprensible le supuso un gran desgaste físico y psicológico. Esto duró por espacio de tres años.

Mi madre contaba que fue perseguida por los “milicianos”. Puesto que era la esposa de un militar no adicto al régimen, lógicamente ella tendría las mismas ideas políticas. Mi madre estuvo escondida en casa de unos amigos, Rosarito y Pepe que tenían un taller de bordados en la calle Mosén Femares.  En otra ocasión, en casa de su prima Amparín, dando esquinazo a los que querían fusilarla. Tambien la ocultaron varias veces un matrimonio amigo de mi padre: Juanito Abinent y su esposa Rosa que vivían en el Tros Alt.

Estaba por terminar la guerra cuando los nacionales y durante varios días, bombardearon Valencia para  obligar a acelerar su rendición. Sonaban las sirenas y las gentes corrían a refugiarse en los “refugios” pero mi madre nunca se fue a ninguno. Solía sentarse encima del baúl que contenía la imagen de su Virgen y allí esperaba a que pasara el bombardeo. Contaba que en uno de ellos cayo una bomba en su propia casa. Al estruendo se conmovieron los cimientos. Había caído en la finca contigua. Los vecinos de los dos pisos de arriba bajaban corriendo las escaleras envueltos en escombros, piedras, cristales y tierra. No hubieron desgracias personales pero quedaron destruidos cuatro pisos, solo quedaron en pie los dos primeros. Uno de ellos era el de mi madre. Mi madre estaba segura de que la Virgen la había protegido y salvado la vida. Tambien sabía que mi padre estaba  vivo y prisionero en la cárcel Modelo.

Por fin el 18 de Julio de 1939 se oyó por la radio el comunicado tan esperado: “¡españoles, la guerra ha terminado!” Fiestas y desfiles de los militares que regresaban victoriosos, vítores y un sinfín de actos que yo he visto en periódicos y se han visto tambien por la televisión.  Mi padre lo contaba con lágrimas en los ojos. No pudo volver desfilando victorioso con sus compañeros. Él era uno de los excarcelados, un preso político. Tuvo un sufrimiento constante que no le abandonó nunca. Sintió el tremendo fracaso y el desprecio de sus propios compañeros, pues cada uno iba a la de él. Pero hay que decir en honor a la verdad, que no fue fusilado porque un soldado  por entonces secretario de Franco, al que mi padre le había enseñado la instrucción, cuando le llegaba el papel para presentarlo a la firma del general y veía su nombre pensaba “no puede ser” y lo remitía “para nueva revisión” y así, hasta que se firmó la paz. No recuerdo el nombre de aquél leal soldado, pero mi padre conservó con él siempre su agradecida amistad. El Santo Cristo de Limpias, le conservó la vida. Él nunca pudo volver para agradecérselo, pero muchos años después, lo hicimos en su nombre Vicente y yo. Nos emocionamos muchísimo.

Mi padre quedo en libertad y volvió de nuevo a casa con mi madre. Su reencuentro estaría lleno de amor y de lágrimas. Tendrían mil historias que contarse el uno al otro. Habían sido muy duros para ambos aquellos tres años, mas habían conservado la vida y tenían que empezar de nuevo. Cuando mi padre volvió a casa, hizo un dibujo perfecto de cómo había quedado la finca. La dibujó desde la acera de enfrente. No tardaron mucho en reconstruirla pues los vecinos tenían que volver a sus pisos. No así la finca de al lado que tardó mucho tiempo en ser reconstruida y vendida por pisos.

Mi madre deseaba tener hijos. Entonces se casaron “por la iglesia”. Pronto quedó embarazada y llegue al mundo el 12 de Agosto de 1941. A los 22 meses llego  mi hermano, el 19 de Junio de 1943. Mi padre contaba  54 años cuando yo nací y mi madre 38.  Más adelante dirían algunos que mi padre parecía nuestro abuelo.

Entre tanto, su madre mi abuela Teresa y su hermana mi tía, tuvieron que transigir y aceptar a mi madre. Pero mi abuela murió en enero del mismo año que nací yo. No llego a conocerme.  Por otro parte la hermana que marchó a Buenos Aires, mi tía Paquita, enviudó y junto a sus dos hijas, mis primas Marisa y Mariel, regresaron a España en cuanto acabó la guerra. Se pusieron a vivir en la calle Bois, cerca del rio. Estuve allí por primera vez, la noche en la que nació mi hermano.

En la postguerra española hubo mucha escasez y mis primas lo pasaron mal. Marisa, la mayor se pudo colocar  en el Ayuntamiento. Mariel la pequeña estudiaba. Asimismo, tambien volvieron de la Argentina, el tío Ramón, el hermano de mi abuelo y su familia. Su hijo, el joven Ramón se colocó en una importante casa de Valencia de electrodomésticos que había en la plaza de la Reina, (hoy Zaragoza) “Casa Roca” y se casó con una aguerrida aragonesa que se llamaba Amalia. A  Paco  por su parte lo colocó mi padre en los Astilleros del Puerto. Pero, cosas de la vida, los hijos de ambas familias que crecieron juntos en Buenos Aires, se enamoraron y como eran primos hermanos, necesitaban una licencia eclesiástica especial. Mi prima Marisa por su parte, tenía un novio que se llamaba Miguel y que tambien trabajaba en el ayuntamiento. Cuando yo nací, fueron mis padrinos de bautismo mis primos argentinos Marisa Martí Mondeja y Francisco Mondeja. (Paco)

A mi padre le costaba encontrar trabajo y los demonios se lo llevaban. Mi madre seguía trabajando en Hispano Olivetti y allí me llevaba mi padre cada 3 horas para que pudiera mamar. Por fortuna y gracias a los buenos amigos, en este caso su antiguo coronel don Gonzalo Rodrriguez compañero de Capitanía, le puso en contacto con un sobrino arquitecto que estaba trabajando en la reconstrucción de España, en “Regiones Devastadas”. Ahí le dieron empleo como jefe de compras. Se llamaba Luis Gay. Mi padre se encargaba de comprar los diversos materiales de construcción, por lo tanto viajaba mucho frecuentando almacenes y logrando buenos precios. Cuando mi hermano tenía un año, mis padres decidieron irse a vivir a Segorbe, donde estaban las oficinas y la central. Mi padre tenía el estómago delicado a consecuencia de las pasadas vicisitudes y necesitaba los cuidados del hogar. Mi madre dejo el trabajo en Hispano Olivetti definitivamente, pero siempre conservo una buena relación con todos sus compañeros.

En Segorbe recuerdo  una casa grande, hermosa, con grandes ventanales y una terraza desde donde se veían los montes y sierras vecinas, destacando el pico de Espadán y donde  vi la nieve por primera vez. Recuerdo que a mi padre le visitaba un médico que le llamaban el doctor Quisalt y que cobraba sus buenos honorarios. Entonces no había seguridad social. Yo recuerdo a mis tres años los paseos con mi padre por un lugar al que él llamó “barranco de las piedrecitas”. Pasado un tiempo, no más de un año, mis padres decidieron volver a Valencia. Mi padre se había recuperado y a mi madre no le gustaba el pueblo para vivir en él. Una vez instalados de nuevo en nuestro pisito de la calle de Sogueros, empezamos a vivir nuestra “primera infancia” con las continuas ausencias semanales de mi padre. Se marchaba los lunes y volvió los sábados, viviendo de pensión y durmiendo en la propia oficina. A mí me daba mucha pena cuando le veía marchar los lunes después de comer. Sobre todo en invierno, embozado en su capa española y con el maletín en la mano nos decía adiós desde la esquina. Esa imagen aun la guardo en mi retina. Nos quedábamos muy tristes. A veces,  cualquier día entre semana que le viniera al paso, le veíamos llegar en un gran camión gris, que llevaba escrito el rotulo de Servicio Oficial y que acompañado de su joven chófer, un tal Jaime, paraba a comer con nosotros. Jaime nos sacaba caramelos de las orejas. A mi hermano y a mí, nos tenía fascinados.

Nuestro domicilio estaba asentado en el barrio del Carmen de Valencia. Un barrio obrero y republicano donde la presencia del “antiguo militar” y su familia, era vista con cierto recelo político. Entonces las cosas funcionaban así. No se relacionaban mucho con los vecinos. Al estar mi padre fuera de casa casi toda la semana, mi madre salía poco, generalmente a comprar. Nosotros empezamos a ir solos al colegio cercano, el Asilo de Campos, pues yo tenía 5 años y sabía ocuparme bien de mi hermano que tenía 3. Fuimos de los primeros en tener en casa un aparato de radio, aquello era un lujo que pocos podían alcanzar. Mi padre tenía algunas comisiones que siempre empleó en traer buena comida para casa, pues entonces había mucha escasez. No era frecuente comprar salchichón, ni chorizo pamplonés, ni buenos quesos. Mi padre era muy sibarita y delicado en la comida y cuando podía, era eso lo que nos compraba y  traía. Radiante, lo ponía encima de la mesa. Mi madre y nosotros estábamos alrededor dando saltos de alegría. ¡Su vida había cambiado tanto!  Él nos adoraba. Un año por reyes nos trajeron un “buro”. Aquello nos encantó a mi hermano y a mí. Mi hermano era mi amigo, mi compañero de juegos, mi todo. Siempre estábamos jugando juntos y aunque yo lo manipulaba bastante, él se dejaba hacer. Nos queríamos muchísimo. Compartimos el buró hasta que ya no cupimos literalmente en él, para poder estudiar juntos.

Llego el tiempo de cumplir el Servicio Militar el sobrino de mi padre,  mi primo Paco. Pero él, obcecado se empeñó en no querer ir a filas, argumentando que era argentino. Sin embargo, como era obligatorio, pensado y hecho, decidió volverse a la tierra que le vio nacer. Así lo hizo y mantuvo un tiempo correspondencia con su novia Mariel hasta que decidieron casarse “por poderes” para poder viajar a reunirse con él. Recuerdo que se casaron en la iglesia de san Martin de la calle de san Vicente.  Su hermano Ramón le representó en la ceremonia y fotografías. Mi padre fue el padrino de boda. Yo tenía 5 años. Mi prima Mariel voló junto a su amado y tuvieron un hijo al que llamaron Tony.  Un par de años después, volvió a repetirse la historia. Mi tía Paquita y mi madrina Marisa, que acababa de reñir con su novio Miguel, decidieron reunirse con ellos en Buenos Aires. Un buen día, de esos en los que venían a comer a mi casa, donde se reunían los tres hermanos, nos comunicaron que se volvían a América. Recuerdo la despedida: “Ya no nos volveremos a ver nunca más” se decían, y así fue. Mi padre y mi tía Teresita quedaron muy tristes, se estaban haciendo  mayores los tres y sería muy difícil volverse a ver.

Siempre mantuvimos mucho contacto con ellas por correspondencia y periódicamente nos llegaban paquetes con revistas y algún regalito. En Argentina se vivía entonces mejor que en España. Esperábamos los paquetes con verdadera ilusión. Se portaron muy bien con nosotros.

Mis padres durante el verano solían  ir a “visitar a los parientes”. En Chiva todavía quedaban primos y fuimos una vez a las “fiestas del Torico”. Nos quedamos en casa de su prima “Teresica, la mineta” hija de su tío Gaspar. Eran las fiestas del pueblo y recuerdo que uno de sus hijos, un mozo de los festeros, cayo un porrazo reventándole en el vientre una caja de petardos “de bac” que llevaba. Mi padre, que sabía de todo, le hizo la primera cura. Tambien conocí a la otra prima, que se llamaba como yo, Consuelo Mondeja y que tenía un hijo rubio y guapo al que llamaban Oscar. Era viuda y regentaba la estación del ferrocarril del pueblo. No volvimos más.

A menudo íbamos a La Torre. Allí seguían los tíos Ramón y Vicenta. A los primos Ramón y Amalia se le murió un hijo con 6 años, Ramoncin se llamaba y fue un drama. Tuvieron otro chico al que pusieron Miguel. Poco tiempo después decidieron volver de nuevo a Argentina. Mi primo Paco tenía un taller de recambios de coches, algo nuevo allí y que entonces daba para vivir muy bien. Nos enviaban fotos de las dos familias y vivieron unos años de bonanza. Con el tiempo fueron envejeciendo y enfermando: mi tía Paquita, mi prima Marisa y su esposo, (oriundo de Ávila que se llamaba Hipólito Delgado, pues lo conoció y se casó allí), y además sus suegros, pero  prima Mariel, muy abnegada, les cuido a todos hasta sus últimos días. Mis primos Paco y Mariel, siempre vivieron con la idea y la ilusión de poder volver a España “para dar un paseíto y recordar su Madre Patria” y así fue.

(Mis primos Mariel y Paco volvieron a Valencia en el año 1988 y estuvieron recorriendo España durante un año entero. Celebraban sus “bodas de oro” y cumplían su sueño: volver. Alquilaron un pisito por aquí cerca y convivimos estrechamente los días que pudimos y junto con mi hermano y nuestras familias respectivas gozamos de su cariño. Ellos alimentaron esa ilusión toda su vida, poder volver de vacaciones a España y al final lo habían conseguido. Gastaron toda la plata que tenían pero, como dijeron, se lo habían ganado. Les dijimos adiós en Diciembre de 1988. Nos dejaron un grato recuerdo, imborrable en el tiempo: su deje argentino, las recetas culinarias de mi prima, mil historias de las familias y un gran cariño. Mi padrino estaba operado de cáncer de lengua y hablaba mal, pero demostró al instante una gran deferencia y cariño hacia mí. Se fueron llenos de regalos. Poco tiempo después Paco murió. Mariel siguió viviendo con su hijo, nuera y nietos. Murió en Octubre de 2015, aunque un poco mayor que mi esposo Vicente.)

Sigo con mi relato: Mis padres iban los domingos a la iglesia cercana para oír misa, que entonces era en latín. Nos transmitieron su fe y nos enseñaron a rezar, pero sin exceso. Mi padre no comulgaba demasiado con la jerarquía eclesiástica y algunas de sus ideas, pero siempre respetó las costumbres de mi madre. Nos inculcaron la fe católica, el respeto y la disciplina, el amor a la Patria y el valor de la familia.

Nos enseñaron a conocer y celebrar las tradiciones valencianas.  Por ejemplo nos llevaron siempre a ver la procesión del Corpus (que contiene una gran catequesis que mi padre se sabía al dedillo) y la de la Virgen, así como a presenciar los “miracles de san Vicente Ferrer” contándonos la historia y biografía del Santo.

La festividad del 9 de Octubre en la que se conmemora la reconquista de Valencia por el Rey don Jaime, a mi padre le encantaba y nunca le faltó a mi madre su “mocaora” explicándonos todos los años el origen de la fiesta y el porqué de la tradicional “mocaora” Mis padres eran muy valencianos y les gustaban mucho las fiestas falleras y la pólvora. Juntos visitábamos las fallas principales y él nos las explicaba. A mi padre le encantaban las jotas valencianas y les “albaes” (albadas) que sabía entonar muy bien.

La Navidad la vivíamos solos los cuatro de una forma sobria pero alegre.  En cuanto ponían alrededor del Mercado Central los puestecitos anunciando la Navidad, mi hermano y yo en el estimado buró, pintábamos felicitaciones para la familia de Buenos Aires, que enviábamos por correo casi un mes antes. En la radio, siempre puesta, no cesaban de sonar los villancicos. Cuando salíamos del colegio con nuestras flamantes “orlas” para felicitar a nuestros padres, la casa estaba envuelta en un agradable e inolvidable olor a turrón casero, que mi madre hacía en una cazuela de barro encima del fuego. Luego cuando estaba frio ya se podía comer, pues comprado resultaba muy caro. En la Noche Buena mi madre siempre guisaba “gallina en pepitoria” y yo me comía una alita. Era algo que solo se repetía de año en año. Quiero dejar constancia de lo que entonces se solía escribir en las tarjetas para los padres como felicitación de la Navidad: PADRES AMADOS, YA LAS CAMPANAN TAÑEN SON SONES DE ETERNIDAD Y CON LOS ECOS DE LAS FONTANAS, EL MUNDO ANUNCIA LA NAVIDAD. QUE EN ESTAS PASCUAS DE PAZ BENDITA, GOCEIS DE DICHA DULCE Y SINCERA, LA GRAN VENTURA NUNCA MARCHITA QUE MI CARIÑO PIDE Y ESPERA. QUE RODEADOS DE TIERNOS LAZOS DIOS OS OTORGUE PRODIGOS DONES Y AL PAR QUE OS DAMOS NUESTROS ABRAZOS, JESUS OS COLME DE BENDICIONES”

El día de Noche Buena mi madre solía hacer algo que a mi padre no le gustaba nada. Como estábamos atravesando tiempos difíciles y argumentando que su primo Antonio era el padrino de mi hermano y estaba en muy buena posición económica, nos obligaba a llevarle una felicitación navideña que generalmente hacíamos nosotros, con la esperanza de que nos dieran algo de “aguinaldo” Así que los dos hermanitos desde temprana edad nos cogíamos de la mano y nos íbamos a su casa junto a las Torres de Cuarte, en el jardín donde está la estatua ecuestre del “palleter” La esposa se llamaba Paquita y nos preparaba un paquetito con algo de pavo, turrón de guirlache y algo de dinero. En cuanto pude revelarme me negué a ir, me sentía humillada y a mi padre le pareció muy bien, así que dejáramos de hacerlo.

Mi hermano y yo siempre nos quedamos con las ganas de tener las figuritas de barro clásicas para poner nuestro Belén. Quedábamos extasiados cuando nos llevaban nuestros padres a visitar los Belenes tradicionales en las grandes iglesias o comercios de Valencia.  Sin embargo panderetas y “carrancs” nunca nos faltaron, pues los comprobamos al inicio de las fiestas. Acudíamos con frecuencia al Economato Militar que estaba en un lateral del gran Mercado Central y que junto con la Farmacia Militar, era una de las ventajas de las que gozábamos por haber sido mi padre militar durante años, ya que esos lugares nos proporcionaban unos descuentos muy bien venidos en aquellos tiempos. Mis padres seguían frecuentando las oficinas de Domingo Contreras, pues mi padre recibía mensualmente su pensión como militar retirado.

La Semana Santa era entonces muy solemne y silenciosa. Las imágenes tapadas con telas negras, sin culto alguno, excepto los santos oficios.  La radio solamente emitía música clásica o el sermón de las “siete palabras” de Cristo en la cruz. Cines cerrados y silencio reinante. No se podía cantar. Durante la semana, mi madre amasaba panquemados que llevábamos a cocer al horno. Mi padre pintaba los huevos duros. Yo le ayudaba. Eran de admirar. Daba pena romperlos en la frente como manda tradición. No asistíamos a los cultos ni oficios religiosos de la iglesia. Tan solo el día de Jueves Santo hacíamos “las estaciones” que consistían en visitar unos cuantos “monumentos”. Mi padre siempre se arrodillaba solo con la rodilla  derecha y eso nos llamaba la atención. En la noche de resurrección algunos años, no todos, acudíamos a la plaza de la Virgen para ver el concierto que hacia la Banda Municipal y el repique de campanas en su toque de Gloria. A mi padre le gustaba mucho la música clásica y esa era una buena ocasión. Para celebrar la Resurrección se solía salir al campo y en una ocasión nos compró un “cachirulo” pues nos quería enseñar a volarlo. Era otra tradición. El día de Pascua bajábamos al rio y allí lo intentaba una y otra vez. Pocas veces lo logró después de coger una buena sofoquina. A mí me daba pena, ya no era ningún chaval.

A mi padre le encantaba leer y leía a menudo en valenciano “Contes del pla y de la montaña” Tambien sabia pintar y le recuerdo sentado  en su sitio habitual de la mesa del comedor, con su caja de pinturas abierta delante de él, de la que me subyugaban los olores. Solía pintar pergaminos heráldicos y algunos por encargo. A mí se me despertó la afición a la pintura y él me dio las primeras nociones.

Los domingos por la tarde  era costumbre visitar las casas de los familiares y de amigos. Mis padres tenían varios amigos en común y no nos escapábamos. Otras veces los recibíamos nosotros y había que aguantar las largas conversaciones de los mayores con formal educación, pues no teníamos otro lugar para estar. Generalmente nos distraíamos pintando en el buró o en el balcón, si era verano. Cuando íbamos a casa de mi tía Amparín, mis primos llamados Enrique José y Maritín, nunca estaban en casa, ellos siempre andaban jugando por la calle, pero eso nuestros padres, nunca nos lo permitieron.

Las oficinas de Regiones Devastadas las trasladaron a Nules. Entonces llegó como jefe superior un tal don Manuel Romaní Miquel que quería muchísimo a mi padre. Se portaba con él todo lo bien que podía y le regaló todos los lunes. Volvía a trabajar los martes. Las oficinas eran nuevas y allí le preparó una buena habitación. Él tenía otra contigua a la suya. Con su beneplácito pudimos ir dos o tres veces a las fiestas de primeros de Septiembre y nos quedábamos a dormir allí tambien. Aquellos días eran especiales para mi hermano y para mí. Comíamos donde comía mi padre “casa de la tía Pepa, la curriola” y junto con los niños de aquel entorno, vivíamos unos días completamente rurales. Allí vi representadas por primera vez unas zarzuelas en la plaza del pueblo. Mi padre las tarareaba A mi madre le gustaban más los “cuplés”

En esas fiestas patronales vimos el “toro embolado” que nos aterrorizó y contemplamos los capotazos en la improvisada plaza de los mozos aficionados que se la jugaban con las vaquillas. Conocí al hijo de un amigo de mi padre, Miguel Huesa, que quería ser torero, a mi padre le encantaba verle dar capotazos a las vaquillas pues le recordaba su juventud. Me enamore de él. Disfrutamos mucho y esperábamos con ansia volver al próximo verano.

Mi padre cambió la casa de comidas por un estanco. Resulto que un día al entrar en él mismo para comprar tabaco, la dueña se le quedó mirando fijamente con bastante emoción. Resulta que a la señora, viuda y con tres hijos, le recordó mucho a su propio marido. Entablaron una buena amistad. Resultó que había sido militar como él y ella había sido enfermera de la Cruz Roja en la guerra civil. Coincidían en sus ideas políticas y desde entonces mi padre fue atendido en sus comidas, por esta familia, llegando a ser grandes amigos. En los veranos, continuamos yendo a Nules y mi madre se hizo muy amiga de Pilar Martínez de Velasco y sus tres hijos. Uno de ellos estudiaba para marino y estaba embarcado en el buque escuela de la Armada española: Juan Sebastián Elcano. Yo tambien lo conocí. Era muy atractivo, se llamaba Luis.

Durante Julio y Agosto aprovechábamos para ir a la playa algún día con mi madre. El último domingo de Agosto eran y son, las fiestas de “la Punta”, una pedanía de Valencia y mi padre lo tenía reservado para ir a visitar a un antiguo soldado amigo suyo que se llamaba Floreal (no recuerdo si fue el que evitó su fusilamiento, o un ordenanza), el caso es que mi padre saludaba así: “A la paz de Dios, señores” y de inmediato la alquería se ponía en marcha con una hermosa y suculenta paella valenciana. Querían y respetaban mucho a mi padre. Allí tambien nos gustaba ir. Pasábamos el día en la huerta y nos bañábamos en la playa de Nazaret, al otro lado del puerto. Mi padre ese día, como una gran cosa, se solía bañar con nosotros ¡en ropa interior! Que por supuesto se le secaba encima.

Llego el tiempo en el que mi hermano y yo tomáramos la Primera Comunión. 27 Junio de 1951. Una ceremonia sencilla en la capilla del Corpus Cristi de Valencia bajo la mirada de nuestra imagen de la Virgen de los Desamparados que llevaron mis padres para la ocasión. Nos acompañaron la poca familia que teníamos. Por parte de mi madre, mi tía Amparín y mis primos. Por parte de mi padre, mi tía Teresita y algunos vecinos. Por la tarde, teníamos que ir a la procesión de la Virgen del Perpetuo Socorro de la iglesia del Temple, que entonces se hacía. Pero antes fuimos a merendar a la horchatería “la Cenia” que estaba detrás de la plaza de la Virgen. A la salida, se nos acercó una mujer joven, que abrazó a mi padre y a nosotros, dándonos unas “estrenas”. Nos dejó en seguida y mi padre y mi madre tuvieron una discusión bastante fuerte. La cosa quedó ahí, pero resulto que aquella mujer era una supuesta hija “natural” de mi padre. (Muchos años después me lo advirtió mi madre, pero mi padre siempre mantuvo la postura de  que fue un favor que le hizo a un compañero militar que, herido de muerte le pidió diera sus apellidos a la hija que esperaba. Nunca supimos la verdad. Mi padre se la llevó con él.) Despues de aquel encuentro fortuito, nadie volvió a hablar del asunto.

(Cuarenta años después, mi “supuesta hermana” telefoneó a mi hermano y a mí. Quería vernos. Ante mi estupefacción y reserva, recuerdo que me dijo “No tengas miedo cariño, solo quiero volveros a ver, ya que os vi, solo el día de vuestra Primera Comunión”. Con gran curiosidad la emplazamos una tarde en la iglesia del Temple, mas no apareció, o por lo menos, no se dejó ver. Nosotros nos quedamos tambien con las ganas de verla y hablar con ella. Pero aquí acabó la historia.) Hoy en día hubiéramos obrado diferente.

Sigo: Mi padre seguía con sus viajes, pero se daba cuenta de que ya le iban pesando. No salía de compras con el camión. El bueno de su jefe lo conservó y reservó en la tranquila oficina. Recuerdo que los sábados sobre las ocho de la tarde, oíamos sus llaves en la cerradura y corríamos a recibirle. Cuando tardaba, yo escrutaba el rostro de mi madre. Un sábado de últimos de Noviembre, no recuerdo el año, no abrió con sus llaves, si no que llamo a la puerta del portal. Mi madre tuvo que bajar a por él. No se encontraba bien. Contaban que el 17 de dicho mes, seria por el año 1952 o 53, llovió abundantemente, como lo suele hacer por levante en otoño y cogió tal mojadura que pillo un buen resfriado y prácticamente, ya no levantó cabeza y empezó a estar algunas temporadas de baja.

Venía a visitarle el hijo de su antiguo amigo don Gonzalo Rodríguez, el coronel de Capitanía, que era médico. Mis padres cariñosamente le llamaban Gonzalito. Entonces era todo muy primario. Ni rayos X, ni una buena revisión como hacen ahora, ni análisis, porque no había Seguridad Social y había que pagar. Este chico les ayudo todo cuanto pudo y gratis. Fue tambien el médico de mi hermano y mío.

En la casa de los señores de Carreres donde mi tía Teresita continuaba yendo a coser, resultó que el único hijo se casó con una señora llamada doña Asunción y llevados por esa caridad de las “damas elegantes” quiso favorecer a mi tía ofreciéndose a pagar los estudios a uno de sus sobrinos. La elegida fui yo, la mayor, con el consabido disgusto de mi madre que prefería hubiera sido el varón. Y de la noche a la mañana tuve que sentir un falso agradecimiento y un desbarajuste en mis proyectos. Sabía mecanografía porque iba a Hispano Olivetti desde muy pequeña, estaba terminando mis estudios en San Carlos de cultura general, taquigrafía, gramática y aritmética. Eso era suficiente para colocarme en un despacho que era lo que yo quería. Con aquella intromisión tuve que estudiar la “carrera de secretaria” que era el compendio más o menos de todo aquello, pero que me entretuvo durante cinco años. Me matricularon en el elegante colegio del “Domus” pero no aguante ni un año. Las niñas eran totalmente “pijas” y yo no encajaba allí. Entonces me matricularon en las “Javieranas” y allí saque la carrera con sobresaliente. Mi padre estaba muy satisfecho conmigo. Yo en el fondo siempre estuve agradecida a aquellos señores que me proporcionaron cultura, relaciones con otras chicas y unos años de estudiante feliz y sin problemas. Destaque en  religión, gramática, vocabulario, ortografía y redacción. Y por supuesto en mecanografía no tenía rival.

Finalizaban los años 50, y por aquel entonces, Franco hizo la Seguridad Social para todos los españoles. Entonces mi padre tuvo un médico joven que se interesó  por él y pudimos acudir a un consultorio que construyeron cerca de las Torres de Cuarte donde le hicieron radiografías y le diagnosticaron insuficiencia cardiaca y pulmonar. Empezó a tomar corticoides.

Mientras tanto las oficinas se habían vuelto a trasladar, esta vez a Castellón de la Plana. Mi padre siguió contando con el beneplácito de don Manuel Romaní y tenía su dormitorio en ella, pero como siempre las comidas y cenas se las debía de procurar por su cuenta. Entonces se hospedó en casa de la señora Lola, en la calle Travesía del Reloj, bastante céntrica y cerca de sus oficinas. Allí en realidad estuvo poco tiempo porque llegaba la hora de su forzosa jubilación. La salud no era buena y se le desencadenó una pertinaz asma cardiaca, que le obligaba a permanecer en casa bastantes días porque no podía respirar.

El 6 de Enero de 1956 recibí una carta que cambiaría mi vida y en realidad la de toda la familia. Vicente Sanz Sifre, un muchacho vecino nuestro que vivía en la casa de al lado, recién reconstruida del bombardeo sufrido durante la guerra y que estaba cumpliendo su servicio militar en Madrid, me envió una nota pidiendo permiso a mis padres para poder escribirme desde Sevilla, donde iba destinado en el último mes de su estancia en el Ejercito, ya que había recibido la graduación de “cabo primero” con el número 1 de toda España y era como un premio. Nos quedamos todos un poco atónitos.

Yo lo veía desde el balcón, nos mirábamos y poco más. Pero a mí me llamó la atención desde el principio, y supongo que tambien yo la desperté en él, pero nunca imagine la decisión que tomó.. Mis padres me dijeron que si, esperando ver en que acababa aquello. Durante dicho mes, nos cruzamos unas seis o siete cartas que mis padres abrían y leían antes que yo. Cartas inocentes contándonos el día a día de cada uno.

En la última, Vicente escribió una poesía especial que había que descifrar para saber lo que me pedía en ella. Como yo no lograba entenderlo, mi padre me lo aclaró: Vicente me pedía relaciones. Mi padre me pregunto qué quería hacer yo, y le dije que “sí papá, que me gustaba mucho”. Vicente era un muchacho muy guapo. Moreno y curtido por el sol, con los ojos claros típicos de la huerta valenciana, nacido en Alcira y además era músico, algo que a mi padre especialmente le agradaba. A mis padres no les disgusto la idea pero con mis 14 años, dijeron que de momento “solo como amigos, que ya tendríamos tiempo”  y que “poco a poco”. Mis padres prefirieron tenernos así, controlados desde el principio. Eran otros tiempos.

Cuando llegó Vicente licenciado a casa, aun no nos habíamos visto nunca cara a cara. Había que propiciar un encuentro que corrió a cargo de una vecina de él. Vicente vivía en la escalera contigua a la mía y todos se conocían. (Esta historia la refiero en mi propia historia, por lo tanto aquí la omitiré, para seguir con las impresiones y reacciones exclusivamente de mis padres). La realidad fue que Vicente y yo comenzamos nuestra andadura como pareja y nos hicimos novios. Unos meses después, Vicente fue contratado por la Banda Municipal de Castellón y tuvo que irse allí a vivir. Lo importante era tener trabajo. En Agosto de 1957 había cumplido sus 21 y yo 16 años. Reiniciamos la correspondencia. Mi padre siguió vigilante en todas nuestras cartas y encuentros. Vicente solía venir los lunes para continuar los estudios de su carrera de trompa en el Conservatorio, con don Miguel Falomir, su profesor y al regreso se pasaba la tarde en mi casa hablando con mi padre. Mi padre hablaba con él en valenciano y Vicente encontró pronto en él, a una persona entendida y educada que le podía aconsejar y sobre todo, escuchar. Vicente aprendió mucho de mi padre y le tomó un gran cariño, que resultó reciproco.

Para que Vicente viviera en Castellón, mi padre le recomendó la pensión de la señora Lola, donde él estuvo un tiempo y aun coincidieron juntos un par de semanas más, hasta que mi padre irremisiblemente se jubiló. Recuerdo que para ese evento me llevó con él, pues a Vicente le acababan de terminar su uniforme de músico y le hacía ilusión que yo lo viera. Esa tarde mi padre y yo nos volvimos a Valencia en el coche de su jefe, don Manuel Romaní y Vicente fue a despedirnos guapísimo. Se quedó de pie en la acera de la oficina, con su gorra en la mano diciéndonos adiós y haciéndose pequeñito, hasta que lo perdí de vista en una curva de la carretera camino de Valencia. Esa imagen me acompañó durante muchos años.

El 14 de Octubre de 1957 ocurrió en Valencia una terrible riada. Vicente que estaba en Valencia por sus clases no pude volver a Castellón. Estábamos incomunicados con el resto de España. Gracias a él tuvimos pan y sardinas para comer pues se marchó al Marcado Central buscando alimentos ya que por el barrio, hornos y comercios estaban totalmente  inundados. Para mis padres fue un gran alivio contar con él. Mi hermano era muy joven y en realidad solo sabíamos observar las caras de mis padres, para adivinar el peligro inminente. Vicente estuvo a nuestro lado hasta que pudo volver a su trabajo. Poco a poco nuestra relación se fue consolidando. En sus viajes de Castellón a Valencia, Vicente encontraba en mi padre gran apoyo y buenos consejos. Mi padre pudo conocer a mi novio casi mejor que yo. Conectaron muy bien. Vicente  jugaba al ajedrez con él y eso le distraía. Yo estaba acabando mi carrera como secretaria  en la escuela de  Las Javieranas. Tenía que estudiar y así lo hacía, mientras mi padre y mi novio charlaban.

Mi tía Teresita seguía viniendo a comer todos los domingos y mi padre un domingo nos pidió a Vicente y a mí que fuéramos a por ella y luego la acompañáramos de nuevo a su casa. Había estado delicada con una hernia estrangulada y sentía pena por ella. Vicente y yo nos acostumbramos y desde entonces siempre la acompañamos. Mi tía me quería mucho y empezó a querer a mi novio tambien. Vicente se hacía de querer.

Mientras tanto mi hermano por consejo de mi padre, ingreso en el ejército como voluntario a los 14 años  en la Brigada Obrero Topográfica, pues después de sus estudios básicos en el colegio del Patronato de la Juventud Obrera, (como lo hizo mi padre en su día) curso sus estudios de delineación y topografía en la escuela de San Carlos que la teníamos muy cerca de casa. Acabó su servicio militar pero no le gustaban las “partidas” obligadas por pueblos, cargados con la “mira” a cuestas y comiendo en los bares, por lo tanto se licenció. Entonces mi padre busco entre sus amistades a un afamado arquitecto llamado don Luis Merelo que le debía unos favores mientras cursaba su servicio militar y al que le unía una buena amistad. Don Luis Merelo  tenía varios hijos en sus oficinas y despacho de arquitectura. Los hijos se iban casando y entonces cogió a mi hermano como secretario particular suyo, ayudándole además en los trabajos de arquitecto. Allí estuvo muchos años trabajando con él, como a un hijo más.

En Abril de 1960 se convocaron oposiciones para la Banda Municipal de Valencia. Aquello era un sueño dorado para Vicente y para mí. Mi padre sabía que mi novio me quería y que iba bien preparado con su carrera de trompa recién terminada. Entonces llamó a su amigo don Luis Merelo,  por entonces concejal del Ayuntamiento y le pidió recomendación. Vicente contando con ese apoyo fue más tranquilo y confiado a sus oposiciones. Vicente aprobó en la Banda Municipal y cuando volvíamos contentos él y yo de mirar y comprobar las listas de los aprobados en el Ayuntamiento, mi padre ya lo sabía, Luis Merelo le había enviado un alguacil con la noticia y le dijo: “No he tenido que hacer nada, Vicente las ha ganado por méritos propios”. Pero por supuesto, siempre le quedamos muy agradecidos,

Mi padre a causa del asma, apenas se podía mover y eso le ocasiono un anquilosamiento paulatino de sus piernas que además se le hincharon en extremo, hasta que reventaron y supuraron. Yo no podía ver a mi padre así. Me aterra la enfermedad y prefería salir de la habitación cuando le sobrevenían los accesos de asma. Vicente buscó unas pequeñas ruedas para la silla, que él mismo puso, para poder así trasladarlo de un sitio a otro. Además una madera para apoyar los pies, pues era muy mañoso. Mi padre presentía su final y encontró en mi novio un hijo más. Sabía  que me dejaba “en buenas manos”

En el mes de Agosto de 1961 cumplí 20 años y tuve mi primera tarta. Me la regaló mi novio y mi padre me puso las 20 velitas. Lo recuerdo sentado en el balcón, gracias a la silla que le arregló Vicente, colocando las velas simétricamente y con la ilusión y la pena reflejada en su rostro. ¿Qué sentiría mi padre?

Pasaron los meses y mi padre empeoró. De vez en cuando venía a mi casa don Ramón, un sacerdote mercedario para traerle el viatico.  Mi padre se lo pidió a mi madre y en sus últimas visitas le administró la santa Unción. Yo no quería pensar. Pasaba bastante tiempo en mi trabajo fuera de casa. Al volver él me preguntaba cosas pero yo salía pronto de la pequeña habitación. Solo le besaba.

Vicente le hacia lo que no hacíamos ninguno de nosotros: curarle las piernas. Mi madre tambien estaba muy agradecida a Vicente, era ya como un hijo. Por entonces vivía en nuestra casa mi delicada tía Teresita esperando una plaza para el Asilo de ancianos de las Hermanitas de los Desamparados. Mi padre me miraba y los ojos se le llenaban de lágrimas. A mi tambien, no podía mirarle.

Los ojos de mi padre se me antojaban los del Santo Cristo de Limpias que entonces conocía solo por la estampa. Era la noche del 24 de Noviembre de 1961. Mi padre se iba. Vicente se dio cuenta y no se quiso ir a su casa después de cenar con nosotros. Mi hermano, Vicente y yo, estábamos sentados alrededor de la mesa del comedor presintiendo y adivinando el triste final. De pronto Vicente oyó algo y se fue corriendo a la habitación contigua donde estaba mi padre con mi madre. Mi padre le encargó que nos cuidara y apoyando la cabeza en su pecho, subió al cielo. Vicente nos llamó llorando. Mi amado padre, mi héroe, mi apoyo y mi orgullo, el espejo donde muchas veces me quise reflejar, nos había dejado. Vicente como siempre, se hizo cargo de todo. Llamo a la casa del seguro de decesos y esperamos a que vinieran los de la funeraria. Mi desconsolada madre junto a mi hermano y mi tía, estaban sentados llorando y sin saber ni que hacer. Yo abrazada a Vicente, llorando los dos, preparamos a mi padre para su último viaje. El viejo uniforme no se le pudo poner. Tenía las piernas dobladas como un cuatro y Vicente se las tuvo que sujetar con un cordel para poder cerrar el féretro. Durante la mañana estuve todo el tiempo junto a mi padre. Estaba tan frio, acaricié y besé muchas veces aquella anciana cabecita tan amada. Debajo de sus heladas manos puse las de Vicente y las mías y le pedí que nos ayudara y nos mantuviera juntos muchos años. Mi padre como siempre, me lo concedió.

El entierro lo recuerdo tristísimo, 25 de Noviembre, a un mes justo antes de la Navidad, las fiestas que más me gustaban del año. En una tarde gris y fría despedimos el duelo en mi parroquia, como se hacía antes, mí enlutada madre, mi hermano, Vicente y yo recibiendo el pésame de los asistentes. Aún recuerdo con gran emoción ver a Vicente llorando desconsolado como un niño.  Mi mente repetía esta cancioncilla “Oh mi papa, ¡qué bueno fuiste para mí!, Oh mi papa, jamás te olvidare”

Aquí termina la historia de mi amado e inolvidable padre. Una persona extraordinaria que lucho valiente por sus ideales y que se sintió español toda su vida con gran orgullo y respeto. Obediente a sus ideas, leal y fiel en su matrimonio. Padre amoroso y sin par, aceptó de la vida un final, que seguramente no mereció. ¡Gracias papa!

DESCANSA EN PAZ,  QUERIDO E INOLVIDABLE PADRE MIO. TE AMO

 

Hacía más de un año que  por medio de una amiga del colegio que se casó y dejó su sitio vacante, encontré trabajo en los Laboratorios Pensa. En cuanto me probaron me contrataron al instante como secretaria de la sección Difusión y Control. (Me valieron mucho las prácticas que hice en Hispano Olivetti, donde fui desde muy niña casi todos los días a practicar y sin pagar nada. Mi madre conservó su amistad con el jefe, un tal señor Martinelli y yo entraba y salía a mi bola. Llegue a tener 150 pulsaciones por minuto que era una gran cifra y además sabía taquigrafía que estudie en San Carlos). Gusté mucho y ocupé inmediatamente un puesto como secretaria particular del doctor, afamado otorrino, D. José Vilar Sancho, unido al departamento de propaganda Difusión y Control, donde llegue a ser muy querida, donde trabajé hasta que nos casamos Vicente y yo.

Aquella tarde de Diciembre al salir de la oficina, Vicente me estaba esperando como de costumbre. Íbamos a recoger los recordatorios de mi padre. Pero él tenía que darme una importante noticia que cambiaría nuestras vidas.

Acababa de recibir una carta de su hermanos Nicanor, mayor que él, músico por entonces del Liceo de Barcelona, que le ofrecía y proporcionaba un trabajo en Johannesburgo (África del Sur) donde acababa de firmar él su contrato. Era un contrato de trompa (los dos eran trompas) para la Orquesta Sinfónica de la Radio y Televisión, SABC  BROCADSTIN CORPOREISON.

Sonaba muy importante, con un buen sueldo y en un país naciente. La “ciudad del oro” como la denominaban, estaba gobernada por ingleses pero la mayoría de su población era negra. Vicente llevaba en la Banda Municipal de Valencia apenas dos años y estaba en un mar de dudas y confusión. Yo no le ayudé, al contrario. (Omitiré detalles que escribo en mi propia historia) Nos preguntábamos ¿Qué le habría aconsejado mi padre? Pensamos y valoramos las condiciones y decidimos aceptar. No perdíamos nada. Vicente pidió una excedencia en la Banda Municipal para dos años y con el consentimiento materno, pues yo era menor de edad (entonces de alcanzaba a los 21) nos casamos en mi parroquia de la santa Cruz en una mañana fría del día 8 de Febrero de 1962, a las 8 de la mañana, pues estábamos de luto riguroso.

Apenas acabó la ceremonia, nos cambiamos de ropa y fuimos al cementerio a depositar mi ramo de novia en la tumba de mi padre. Allí quedó junto a él como si fuera mi propio corazón, como homenaje a tanto amor. ¡Adiós papá! ¡Siempre te llevaré conmigo! Le musité llorando. Abrazada a Vicente, salimos del cementerio.

Cogimos el tren para Madrid una tarde de esas que en Valencia “huele a fallas” dejando a mi pobre madre y a mi hermano desolado en el balcón diciéndonos adiós, en un mar de lágrimas. Esa imagen tampoco la pude olvidar fácilmente. Para Vicente y para mi empezaba una nueva vida y para ellos tambien.

Mi madre quedó viuda y de pronto, la casa se le quedo vacía. Nosotros nos habíamos ido, a mi tía la llamaron del asilo de Ancianos y quedaron solos  mi hermano y ella. Mis cartas tardaban en llegar unas semanas y las de ellos para nosotros lo mismo, pero mantuvimos continuamente una estrecha relación. Ellos lo necesitaban y yo tambien. Al casarme yo, se acabó el ingreso en casa de mi sueldo, así que todos los meses durante el tiempo que permanecimos allí, le enviamos a mi madre el equivalente al mismo, en libras esterlinas.

Pasaron los dos años de la excedencia en la Banda Municipal y decidimos regresar. De momento nos quedamos a vivir con ellos, les invadimos la casa y rompimos la nueva tranquilidad de la que gozaban, pero estábamos felices de volver a estar juntos.  Vicente y yo fuimos padres en Johannesburgo de una nena, el 16 de Noviembre de 1962 que llamamos como a mi abuela, mi madre y yo misma: Mari Chelo. Fueron sus padrinos en la Catedral católica donde la bautizamos, sus tíos Nicanor y Mari en representación de los abuelos José Sanz Jiménez por parte de padre y Consuelo Sirera Roselló por parte de madre, que estaban en España, el día 1 de Diciembre de 1062. Contaba 15 días. Regresamos a España en Enero de 1964 y me quede embarazada.

El 19 de Octubre de 1964 tuvimos a nuestro primer hijo varón al que le bautizamos con el nombre de José Emilio. El nombre de mi padre y su otro abuelo. Yo quería que se llamara como mi padre y Vicente como el suyo, así que fue un nombre compuesto.  Sus padrinos fueron sus tíos Pepin, hermano pequeño de Vicente y mi prima Marisa de Buenos Aires, representada aquí por otra Marisa, novia de mi cuñado Pepin. Su bautizo fue el 4 de noviembre de 1964. A los 15 de su nacimiento, le bautizamos en la parroquia de la Santa Cruz, donde fuimos bautizados mi hermano y yo, y donde nos casamos Vicente y yo. Mi madre comenzó a ser feliz. La vida le estaba regalando la dicha de tener nietos y disfrutar de ellos. Continuamente lamentábamos el que mi padre no los hubiera conocido, los habría adorado.

A los dos años nos independizamos definitivamente en un piso de alquiler en Masanasa. Pero veníamos a casa de mi madre casi todas las semanas con una moto Vespa que se compró Vicente para venir a los ensayos y conciertos. Mi hermano y yo volvimos a reírnos como antes, como si fuéramos niños y nos sentíamos felices. La Navidad era entrañable y mi madre ¡al fin! pudo comprar a mis hijos, sus nietos, una Sagrada Familia de Nazaret para montar el Belén ansiado desde nuestra infancia. Vicente construyó un pequeño pesebre con trozos de corcho y en el comedor de nuestro nuevo hogar en aquel pueblecito huertano ¡pusimos el Belén! Fue un acontecimiento y nuestros pequeños hijos estaban encantados poniendo y moviendo ellos las figuritas que después fuimos comprando. Vicente gozaba con ellos. Él, tampoco había tenido nunca, Belén alguno.

Más tarde nos vinimos a Valencia, al barrio de la Parreta. Los domingos y las fiestas las seguimos celebramos siempre juntos, proporcionando a nuestros hijos un entorno feliz y familiar. Para mi madre y para mi hermano tambien, fueron unos años muy dichosos. Sus nietos la adoraban. Ella siempre había sido muy “chiquera” y disfrutaba con ellos al igual que mi hermano, que se convirtió en un niño grande.

Nuestros hijos fueron creciendo y llegó el tiempo de recibir su Primera Comunión. Fue el 11 de Mayo de 1972 en nuestra parroquia de la Resurrección. A mi madre le acababa de tocar un pellizquito de la lotería de Navidad comprada en casa Contreras, pues seguía acudiendo todos los meses para cobrar la pensión de mi padre. La casa de la calle de Sogueros donde seguía viviendo mi madre con mi hermano estaba muy deteriorada a causa de la gran riada de 1957, por lo que este dinerito le vino muy bien para dar la entrada de un piso cerca de nuestro hogar, en la Avenida de Burjasot. Vicente no quiso aceptar nada de aquella lotería pues nosotros no habíamos comprado y decidieron fuera todo el premio para pagar su piso lo más pronto posible. Ya nos hacían bastantes regalos. Siempre fueron muy generosos.

Nosotros por nuestra parte, nos pudimos comprar un coche de tercera mano y empezamos a salir a la playa y al monte con mi madre y mi hermano, que no tenía novia no atisbo de ella. Mi madre compro para ellos y para nosotros, sendas mesitas de camping con sus sillas y nevera. Para ellos tambien era un gran aliciente el tener coche y el poder ir ¡los seis juntos! Vicente se había sacado su carnet de conducir y tenía mucha pericia y facilidad al volante. Con él, estábamos seguros y además se orientaba estupendamente.

El 20 de Mayo de 1973 Dios nos hizo otro gran regalo. Di a luz a mi tercer hijo, Vicente Jesús. Vicente por su padre y Jesus a petición de mi madre. Mis hijos llevaban entre los tres, el nombre de la Sagrada Familia: MARIA, JOSE Y JESUS. Fue un acontecimiento en el Centro Sanitario Municipal porque pesó 5.200 kilos. Tenía unos ojos enormes de un color obscuro como los míos. Vicentin se convirtió en el muñeco de sus hermanos y en el centro de la familia. El bautizo de nuestro hijo Vicentin fue tambien a los 15 días de su nacimiento, al igual que sus hermanos, en nuestra parroquia de la Resurrección del Señor, el 6 de junio de 1973 siendo sus padrinos su hermana Mari Chelo y su tío, mi hermano Francisco José.

Nos habíamos convertido en una familia de cinco miembros y comenzamos a tener dificultad para ir siete personas en el coche. Habíamos adquirido uno nuevo, un Renault 8 que comparamos aprovechando un concierto que tuvo Vicente en Barcelona donde hicimos el cambio. Lloramos todos cuando dejamos al viejo Daufhine en el desguace. El R-8 era un poco más grande y más cómodo, pero Vicente tenía miedo de que nos pusieran alguna multa. Por otra parte mi madre se iba haciendo mayor y le molestaban las piernas por lo que optaron por quedarse en casa. Lo aceptaron de buen grado porque era algo evidente, además las comidas dominicales y festivas seguían siendo conjuntas y nos veíamos constantemente-

Al comienzo del verano de 1974 nos invitaron unos amigos de Sudáfrica que estaban en Valencia, a ir a visitarles a la playa de Puebla de Farnals, pues habían alquilado un apartamento. Vicente y yo con nuestros hijos fuimos a verles y nos quedamos maravillados de aquel entorno que no conocíamos, pese a estar al lado de Valencia. En aquél maravilloso ático, se veía el mar azul con una gran extensión de playa. El complejo contaba con piscina y quedamos subyugados. Cuando regresamos a casa se lo conté a mi madre entusiasmada y ella tan generosa como siempre, me ofreció ayuda para alquilar uno, ese mismo verano en agosto. Y allá que nos fuimos. Era el mismo complejo pero no un ático, sino un segundo piso. El mar se veía poco, pero la piscina y el entorno a mi madre y hermano, gustaron mucho. Sentadita en el balcón nos miraba cuando nos bañarnos en la piscina, veía jugar los niños, y nos decía adiós cuando nos íbamos a la playa que estaba cerca. Nos preparaba la comida y junto con mi hermano, que él sí que nos acompañaba a la playa, pasaron un verano inolvidable y nuevo, para nuestra forma de vivir. Decidimos volver el próximo verano. Pero no ya hubo “próximo verano”.

Aquella Navidad de 1974 estaba mi madre un poco más delgada y cansada. Apenas salía de casa, se conformaba con hacer sus quehaceres y con las comidas del domingo en familia se sentía feliz y satisfecha. La vida le estaba dando la alegría de ver la familia unida a su alrededor. Ella agradecía a Dios el regalo de los tres nietos. Mis hijos la adoraban y a mi madre todo le parecía poco para sus hijos y sus nietos. Era el sábado 9 de enero, después de Reyes. Mi madre me encargó que comprara el arreglo de la paella para el domingo y acompañada de mi pequeño Vicentin fuimos a llevárselo. Estuvimos allí un ratito y nos reíamos de no sé qué. Mi madre y yo siempre nos reíamos mucho juntas. Yo sabía hacerla reír.

Cuando nos despedimos, no nos acompañó a la puerta, se quedó a la entrada de su cocina, frente al largo pasillo, diciéndonos adiós con la mano. Vicentin le tiraba besitos y así estuvimos unos minutos. Al final le dije “hasta mañana mamá” y cerré la puerta. Su imagen se quedó prendida en mi retina.

Era la madrugada del día 10 del recién estrenado 1975 cuando sonó el teléfono y lo cogió Vicente. Oí como decía “¿Qué? Vamos corriendo” y me dijo: es tu hermano, algo la pasa a la mamá. Nos vestimos como locos, desperté  a Chelo y le dije que nos íbamos a casa de la abuelita, que cuidara de sus hermanos.

Al llegar, mi hermano estaba llorando desconsoladamente. Al ir al baño, se encontró sentada a mi madre en él. Estaba muerta. Arrastrándola como pudo la llevo a la cama y nos llamó. Fue terrible ese impacto tan inesperado, tan fugaz, tan triste. Yo la abracé llorando, estaba tibia y bañada en sudor, un sudor frío de muerte. Yo no sabía qué hacer. Se me ocurrió llamar a dos buenas vecinas mías, Pilar y Consuelo para que vinieran y me ayudaran a vestirla. Nunca se lo agradeceré bastante.  Mientras tanto Vicente se encargó de llamar al Ocaso, nuestra compañía de decesos. Avise a nuestros hijos. Vicente y yo decidimos que no vinieran,  para que la recordaran siempre viva y alegre. No sé si hicimos bien. Ahora creo que hicimos mal.

Antes no existían los Tanatorios, por lo que el velatorio se hacía en las casas. Los de la funeraria se encargan de colocar el féretro donde se les indica. Es una imagen muy triste. Como ocurrió con mi padre, en ese lugar siempre queda el recuerdo de esos desconsolados momentos. Vicente se acercó a casa y dio instrucciones a nuestros hijos. Chelo y Emilio, con 12 y 10 años respectivamente, cuidaban bien a su hermanito de 2. Pacientes y asustados, esperaron en casa. Chelo tenía un diario y siempre me quedé con las ganas de saber que escribió en sus páginas, en esos momentos tan tristes para ellos tambien. Me consta que quisieron mucho a su abuelita por lo que sus nietos  la echarían de menos, acusando la ausencia de esa abuelita acogedora, cariñosa, generosa y alegre que nos recibía todos los domingos para comer, que los llenaba de besos y que nos sabía preparar tan  buenos guisos. A su manera tambien le dieron su último adiós. Pocos días después, les llevamos al cementerio para que vieran donde estaban sus abuelos maternos, aunque les explicamos que estaban en el cielo y que desde allí, les protegerían siempre.

Despues de las buenas e inevitables visitas para acompañar en el duelo, amaneció el domingo 11, tan distinto a los habituales. Llegaba la hora de ir al cementerio. Recuerdo que caminábamos detrás de mi madre que iba encima de las ruedas que ponen para esos fines, y en mi mente resonaba la canción que le cantábamos el día de la madre “Mami te traigo flore, flores de las mejores, mami de mis amores”. Me recuerdo llorando sin parar, cogida del brazo de mi pobre hermano que estaba muy afectado y del brazo  de Vicente que iba llorando tambien. Él era como siempre, nuestro apoyo. Aquella mañana de Enero dejamos a mi madre reposando al lado de mi padre, juntos otra vez después de 14 años.

“COMO QUIERES QUE EN INVIERNO DEN ROSITAS LOS ROSALES, SI FUE UNA NOCHE DE ENERO CUANDO SE MURIO MI MADRE”  (Jotica anonima)

¡Gracias mamá por tanto amor! ¡Gracias por tus cuidados, por tus mimos, por tus sonoros besos! Por todo lo que sufriste para que no nos faltara la alegría y el pan de cada día, por tu gran generosidad y por el ejemplo de abnegación que junto al papá nos dejaste y transmitiste ¡Gracias por siempre querida mamá!

DESCANSAD EN PAZ, MIS QUERIDOS E INOLVIDABLES PAPA Y MAMA. OS AMO Y NUNCA OS OLVIDARE.

Vuestra hija CHELO MONDEJA SIRERA.

 

Hasta aquí el “Recuerdo de la memoria” sobre la vida de mis padres y familiares de entonces.

Algunas cosas las oí de sus propias vivencias, otras las viví en primea persona. Quedan aquí escritas por si alguno de vosotros, hijos y nietos, las queréis leer y trasladaros así, a una parte de la historia de la familia, que es la vuestra, e incluso de la historia de España. No sé si alguien sea capaz de hacerlo. Es seguro que se si lo hacéis, se enriquecerán vuestros conocimientos y vuestro espíritu. Si no lo hacéis, peor para vosotros, aunque os dará igual. Ja, ja. Y a mi tmbien.

Valencia 30 octubre 2020

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