12 AGOSTO. MI 84
CUMPLEAÑOS (El corazón de una madre)
Querido Vicente, amor mío: Con la luna
redonda y llena sobre el mar, las puntuales estrellas fugaces y un calor
insoportable, llegó mi cumpleaños un año más. Esperado, idealizado, con la
ilusión y el esfuerzo de todos y rodeada de nuestros hijos y nietos, ¡he
cumplido los 84 años! Bueno, en realidad los cumpliré esta noche a las 22, pero
lo hemos celebrado durante el fin de semana. Retrocedo en el tiempo y te
cuento:
El sábado día 9 me levante con la ilusión
puesta en el fin de semana que se me venía encima. Hasta me compre unas
vitaminas para poder sentirme un poco menos cansada. Prepare la habitación de
Vicen y Carolina y me metí de lleno en la cocina. Había cocido cuatro patatas y
tres huevos para hacer la “ensalada campera” que me habían pedido para comer.
Con esfuerzo, pero tambien con ilusión, me dediqué a preparar una suculenta
ensalada, añadiendo el atún, maíz, tomatitos y las aceitunas que faltaban. Una
vez preparada la guarde y empecé a poner la mesa, revisando los últimos
retoques de la casa y manteniéndola fresca con el aire acondicionado a tope.
Tranquila, tome asiento para esperarles.
Emilio y Maricarmen con Lucas y Gaia, estaban
con sus obligaciones y Chelo y familia en la playa. Samuel con concierto en
Málaga y Carlos Javier renunciado al apartamento por el calor. Cada uno a lo
suyo, pero de alguna forma pendientes de Vicen y Carolina en la carretera.
Sobre las dos de la tarde llamaron a la puerta y apareció mi Vicentin radiante
y cariñoso junto a Carolina, cargados con los trolis, bolsos y demás. Nos
abrazamos estrechamente. ¡Cuánto tiempo sin verte, mi rey! Carolina me entregó
una carta de Encarna, su madre, para abrir el mero día 12. Se lo agradecí
mucho. Poco después nos sentamos a comer, terminando por completo la ensalada,
unos frutos secos y fruta. Ellos trajeron unas “paraguayas” hermosas. Avise
lógicamente a sus hermanos y descansamos un ratito. Sobre las 5´30 de la tarde,
salimos para el apartamento. Ellos querían bañarse en el mar y remojarse en la
piscina, después ya iríamos a cenar.
Chelo y yo, habíamos pensado ir a cenar a
“los pescaditos” pero para eso hay que estar haciendo “cola” desde que los
abren y no te dejan pasar si no “están todos los comensales allí”. Me puse
pantalón largo por si había mosquitos y empecé a tener bastante calor. Los
nervios comenzaron a “acampar a sus anchas” dentro de mí, y me acompañarían
durante todo el fin de semana. No lo puedo evitar. Es un error, porque noto que
no me sientan bien ni las comidas. El caso es, que Vicen y Carolina estaban
disfrutando de lo lindo en el mar, que afortunadamente estaba buenísimo,
limpio, calmado y bastante cálido. A mí se me iban los ojos. ¿Cómo que no me
animé a bajar con ellos? Porque mi decisión este año ha sido esa, NO BAÑARME.
No soporto ver mi cuerpo tan deteriorado, delgado, flácido y torpe. Con unas
piernas torcidas en extremo y arrastrando un poco la izquierda. ¡No, no puedo
bañarme así, porque además me puedo caer y ponerme peor! Entonces ¿Qué puedo hacer? Nada, quedarme en
el balcón, como le paso a mi mamá el año que nos acompañó y punto. Ese sería
este año, mi contacto veraniego con el mar: NINGUNO. Y me dolía, me revelaba
por dentro, pero mi decisión estaba tomada.
Desde el balcón contemplaba a mis hijos y a
Lucia como se bañaban y disfrutaban. No tenían ninguna prisa, pero había que
pensar en la cena y teníamos que “hacer cola”. Sobre las ocho decidí coger mi
carro, indispensable para mí a estas alturas y junto a Carlos bajamos a los
“pescaditos” donde ya había bastante gente. Nos sentamos a esperar. Al ratito
llegaron Lucia y Chelo, la cola iba en aumento. Empezaron a dar la entrada pero
faltaban Vicen y Carolina. Yo no podía disimular mi ansiedad y mis nervios. Nos
llegó el turno y el encargado nos retiró a un lado para poder esperarles.
Llegaron tranquilos, radiantes, perfumados y por fin, juntos los seis,
entramos. Nos acomodaron en un buen sitio. ¡Menos mal! Vicen pidió sardinas
asadas, acordándose de ti y de Lucio, cuando las comió por primera vez en
Pedreña, al otro lado de la Bahía de Santander. Todo muy rico. Lo pagaron entre
los dos hermanos y después nos fuimos a tomar un helado como el pasado año, a
cargo de Vicentin. Ni siquiera subimos al apartamento, decidimos que mi carrito
se quedara allí para el día siguiente y regresamos felices a casa sobre la una
de la mañana. Yo sentí que la cena no me había sentado del todo bien.
Las expectativas estaban puestas en el día
siguiente, domingo 10. Durante toda la semana estuve pensando en llevar algo
ligero de ropa por si bajaba un rato a la piscina. El objetivo de Vicentin era
estar en la playa, cuanto antes. Por lo tanto mi vestido bonito, el que compré
para esta ocasión, lo tenía que llevar dentro de una bolsa, para no ir con él
puesto desde por la mañana. Todo lo
tenía previsto y preparado y lamentando no poder ir al “excusado” estuve
dispuesta en cuanto me dijeron ¡vamos! EMPEZABA LA AVENTURA.
Permanecía en contacto permanente con Emilio,
tenso tambien. Tenían que recoger a Lucas con la nena y atender a los
comentarios y observaciones nerviosas de Maricarmen de que: “todavía no sabía
nada de Emilio Samuel” Todo eso, a mi tambien me “hacía mella” y los nervios
iban en aumento. Además “teníamos que aparcar TODOS” y eso era prácticamente
imposible. Solo de revivirlo y escribirlo, estoy nerviosa. Siempre pienso “esto
es irrepetible, no lo hacemos más, es una verdadera locura” porque además me
siento culpable, ya que todos esos sinsabores que pasan ellos, son por mí, por
estar en mi dichoso cumpleaños. No en balde a mis padres ya les costaba “una
bronca”. Sería el calor, (que tambien haría) o que se yo, pero era
“tradicional” tener esas alteraciones de carácter en mi cumpleaños.
Llegamos a Cibeles y empezó el contacto
telefónico desde el apartamento al coche con las consabidas indicaciones: “hay
plaza delante” ¿Dónde? ¡No! ¡nada, ya la han ocupado! los nervios se disparan y
empiezan a discutir entre ellos, (en este caso Vicen y Carolina) Yo calladita
en el coche, con el estómago encogido. Al final, Vicen aparco delante del
complejo, baje “tambaleante”, quedé en la acera con Carolina y se fue a aparca,
Dios sabía dónde. A eso hay que añadir, que no puedo andar ligera, al
contrario, torpe, ayudada, con dolor y muy nerviosa, subimos al apartamento y
me dejaron sentada y “aparcada” tambien, en el balcón. Mi voz interior me decía
“esto hay que terminarlo, no puede ser y aún faltan todos los demás, ¡madre
mía!”. Emilio y Maricarmen llegaron un poco más tarde y se repite la misma
historia: “¿hay algo por ahí para aparcar? ¡No nada!, pues vamos a dar vueltas”
y así un buen rato. Al final sobre las nueve y media, ya situados en la playa,
me dice Maricarmen “acaba de salir Emilio Samuel de Granada” “a ver si llega a
comer” ¡Señor ten piedad! Pensé. ¡Que llegue a tiempo! Subió Emilio al
apartamento sudando y nervioso tambien, para dejar el carrito de Gaia y bajar
la playa a reunirse con los demás. Intente tranquilizarle y el me tranquilizaba
a mí: ¡todo va a ir bien mamá!
Los demás a la suya, cada uno con su familia
a cuestas, pues en la misma situación estaba Chelo con su hijo Carlos Javier.
Pero en su caso, Lucia y Carlos lo tenía previsto y se lo arreglaron con sus
aparcamientos respectivos en el parquin de Cibeles. Así pues no tuvieron
problemas como es natural y todos juntos se marcharon a la misa de las 10`30.
Yo, sin moverme de mi sitio en el balcón, vestida, calzada y quieta, se me
empezaron a hinchar los pies. Chelo y Lucia me invitaban a bajar con ellos,
¡qué tontería!, no imaginaban lo que yo sentía por dentro, pese a todo: algo de
pena, inseguridad, inquietud y padecimiento por todos y por todo. Nada quedaba
de los cumpleaños y sensaciones de años anteriores. En el actual, me sentía
atada y sujeta a mi cuerpo y esa era mi realidad. Al final, sobre las once y
media, Carlos Javier y familia regresaron de la misa, subieron cargados con
todos los pertrechos de los niños y se pusieron a almorzar tranquilamente y
Chelo, Carlos y Lucia con ellos, como es lógico. Yo pensaba que Chelo se
bajaría conmigo a la piscina como el año pasado, para coger sitio, pero este
año ha sido diferente. Por fin se bajaron todos a la playa donde Vicen y
Carolina estaban ya desde hacía rato, acompañados por Emilio y su familia y yo
me quede intentando ver o adivinar donde estaba Vicen en el agua, o en la
arena. ¡Imposible!. Era un caos de sombrillas multicolores y me dolían los
ojos. Volví a quedarme sola, con mucho tiempo para pensar. Empezaba a hacer
bastante calor y me di cuenta de que en esta ocasión me quedaría sin pisar, ni
tan siquiera, el césped de la piscina para poder descalzarme. Lo intuía y lo
asumí resignada.
Sobre la una y media, muy poco a poco, la
“alegre comitiva” fue recogiendo y pensé que había llegado el momento de
cambiarme de ropa y desaparecer, bajando a “mi bola” al restaurante. Me llamó
Emilio Samuel, ¡gracias a Dios ya estaba por Carlet! Emilio, Maricarmen, Lucas
y Gaia se quedaron en el bajo de la entrada para poder cambiarse, como años
anteriores. Vicen y Carolina los últimos como siempre, con pereza de dejar el
agua y sin prisa. Pensado y hecho, me puse el vestido, cogí mi carrito, salude
a los primeros que entraban en casa y tome el ascensor. Dentro de mí, me sentí
liberada.
Ya en el césped y jardín de la entrada,
saludé a Emilio, Maricarmen, Lucas y la nena. Al momento y gracias a Dios,
llego Emilio Samuel. El pobre siempre se queda “con las ganas de remojarse”
pues ya era tarde para bañarse y todo el mundo estaba fuera del agua y
arreglándose, así que soportó estoicamente el calor de venir andando desde
Bergamonte donde “había podido aparcar”, con un sol de justicia encima de él, y
sudando. En realidad el “venia de trabajar” tragando kilómetros en la
carretera, con la ilusión puesta en el tradicional cumpleaños de su abuela y no
pude por menos que agradecérselo con todo mi corazón. Valoré en extremo su
sacrificio, nunca mejor dicho y me fui con él a ORLY. Carlos se unió a nosotros y al momento
llegaron todos los demás.
La mesa para doce personas y tres niños
estaba dispuesta en medio del restaurante. Carlitos y Samuelin, bajaron comidos
del apartamento y el pequeño se disponía a dormir. Retiraron su sillita. Nos
distribuimos un poco aleatoriamente, sin pensar, cada familia agrupada entre
sí, como siempre, sin facilitar la comunicación entre las mismas, ni tan
siquiera una vez al año. En fin, lo previsible. Yo, como la Virgen María,
“guardaba todas esas cosas en mi corazón”. Tardaron en servir los picoteos de
rigor: patatas bravas y puntillas. Gaia tambien tenía sueño y no comió bien. Al
final se durmió en su carrito. Vicentin como de costumbre se dedicó a moverse y
estar un poco con cada miembro de la familia, ¡menos mal, porque si tu no lo
haces hijo, nadie se mueve!, después cogió los platos y sirvió la paella para
todos. ¡Gracias hijo!
Llego el momento de “soplar las velas”. Como
siempre se encargó Chelo, pero esta vez no me gustó nada el tenerme que poner
la “dichosa banda de cumpleañera” porque impedía lucir el bonito traje que
estrenaba para el recuerdo de las fotos. Desde ese instante quedo “abolida”
para siempre y para mí, en los restantes cumpleaños que Dios me quiera dar.
Encontré a Carlitos muy mayor y cariñoso conmigo y solo pudo ir él, en la
“comitiva de la tarta” pues Samuelin se acababa de despertar y Gaia aun dormía.
En fin, paciencia.
Llego el café y “los regalos”. A mí me
abruman los regalos porque comprendo la ilusión que pone cada uno en sus
regalitos, aprecio sus esfuerzos y me es muy violento. Además las fotografías
captan bastante mi expresión tensa, unida a las múltiples arrugas que me surcan
la cara y en realidad estoy pensando en lo “fea que estaré saliendo en ellas”
me sonreí por dentro y recordé sin querer la cara que tenía en las fotos de
hace años, cuando tú estabas a mi lado y me decías “Mi reina”. Multitud de
sentimientos encontrados y entremezclados habían dentro de mí, mientras daba
las gracias a mi querida familia, a cual más bonica y entregada a la fiesta.
Los veía contentos y eso me alegraba. Volví a la realidad.
Toda la ilusión que manifestaban, (que en
realidad era la que les había traído junto a mí,) era únicamente lo que yo
tenía que valorar. Y les valore con una nota muy alta, la nota del AMOR. Cada
uno a su estilo, siguiendo los sentimientos de su corazón, pero TODOS alrededor
de la anciana madre, la abuela de toda la vida y ahora la Nani, una bisabuela
un poco rara que lamenta no estar “como antes” para poder bailar con todos
ellos. Y así, con bastantes fotos para la “inmortalidad” a cargo d Carlos,
pagué la cuenta y salimos a la calle. En
esta ocasión, igual que el pasado año, nos fuimos “todos” a los columpios de
detrás de Cibeles.
Nos sentamos en los bancos, bastante
separados entre sí. Los tres primitos lo acaparaban todo. Estaban encantadores,
risueños y juguetones disfrutando de los juegos con la ayuda y vigilancia de
sus respectivos padres, como tú hiciste siempre con tus hijos. Llego un momento
en que la tarde se hizo tediosa. Emilio Samuel, un poco “en tierra de nadie”
sin llegar a conectar con ninguno (porque todos tenían otras cosas entre manos)
estaba ya con ganas de irse. Vicentin tambien empezó a aburrirse, pensando solo
en bañarse de nuevo. Yo incomoda pues el banco no era cómodo y había estado
“todo el día sentada” ya no sabía cómo ponerme. Tambien Cristina con un
embarazo muy adelantado se sentía un poco mal y decidieron marcharse. Les
agradecí de corazón su asistencia y mucho más en su estado y nos despedimos.
Así mismo, Emilio Samuel quedo conmigo para verme en la mañana antes de volver
a Granada y se fue un rato con sus amigos. Se lo tenía ganado. Le recomendamos
prudencia pues llevaba casi toda la noche anterior sin dormir. Los demás un
tanto soñolientos, empezaron a pensar en bañarse un rato en la piscina y
espabilarse.
Lo peor del día, fue que a Maricarmen se le
perdió un anillo que era de su mama. Lo perdió en la playa por la mañana con
tanto jaleo de bolsos y pertrechos. Emilio y ella decidieron ir a buscarlo
escarbando entre la arena por ver si lo encontraban, aprovechando que ya
quedaba menos gente. Mientras tanto subimos al apartamento y se prepararon para
bañarse de nuevo Vicen, Carolina, Chelo y Lucia. Quedamos en el balcón, una vez
más, Lucas con Gaia, Carlos y yo. El “gran calor anunciado” se empezó a dejar
sentir.
A la caída del sol volvieron Emilio y
Maricarmen sin ningún éxito. Lo sentí mucho por ella. Empezaron a pensar en
volver ya a casa, pues tenían que dejar a Lucas y Gaia en la suya. Se
despidieron de todos y con nostalgia les deje marchar, agradeciéndoles el haber
estado a mi lado incondicionalmente, como siempre. ¡Mil gracias hijos, mil
gracias por todo! Hasta mañana.
Después del baño en la piscina, Chelo propuso
ir a dar una vuelta por el puerto para que la mamá “estirara las piernas” Casi
me muero de la risa, ¡estaba tan anquilosada que me costaba andar!, pero en
fin, acepte. Menos mal que tenía allí mi carrito y apoyada en él salimos hacia
el puerto. La luna nos acompañaba. Estaba en su plenitud y su reflejo de plata
sobre el mar invitaba a soñar y recordar. Estábamos en un presente muy distinto
al de los recuerdos. Un presente que me estaba dando mucho amor y me quedé con
eso. Para mí era lo único que debía importarme.
No tardaríamos mucho en volver. Vicen pensaba
no entretenernos demasiado, ya que querían madrugar al día siguiente para
regresar a Madrid. Chelo les indicó a él y a Carlos que se adelantaran y
nosotras un poco más despacio llegamos cuando estaban preparándonos la cena.
Chelo, “buena anfitriona” y acompañada de Lucia, termino de organizar al
momento unas verduras, tortilla, aceitunas, tomate y jamón. Pese a lo previsto,
cenamos muy bien y luego ya llego la inevitable despedida: Tras una foto con
Vicentin, Chelo y yo, desde el balcón del apartamento, con la luna sobre el
mar, nos despedimos. Cuando todo termina, la nostalgia aparece, el pensamiento
de “quizás haber hecho mejor las cosas”, o de que “todo se va muy rápido” y
sobre todo la incógnita de si “tendremos oportunidad de volverlo a repetir” nos
inunda el alma. Pero la respuesta ¡solo
Dios la sabe! Hemos de ser agradecidos y estar contentos por el día vivido. Nos
abrazamos emocionados. Vicen y Carolina regresaban a Madrid. ¡Seguro que habrá
otra oportunidad!
Al llegar a casa les avisé y tambien a
Emilio, como de costumbre. Dejé las tarjetitas encima de la televisión como
hemos hecho siempre, ordené los regalos y un poco nostálgicos tambien, nos
dimos Vicentin, Carolina y yo, las “buenas noches”. ¡Hasta el próximo
cumpleaños, si Dios quiere! ¡Todo pasa y todo queda!
Ha sido un día precioso y así lo hemos de
recordar. ¡Gracias a todos por el esfuerzo de venir a mi cumple! GRACIAS A
DIOS, AL CIELO Y SUS ESTRELLAS, A SU LUNA Y A SU MAR. GRACIAS HIJOS, NIETOS Y BISNIETOS.
Este año, la noche del 10 al 11 de agosto se
ha registrado como la más tórrida y tropical desde los años 1950. Amaneció un
lunes caliente a más no poder. No invitaba para nada coger la carretera, sin
embargo Emilio Samuel y Vicentin la tenían que coger para regresar a sus
destinos.
Nos levantamos perezosos. Yo con bastante
nostalgia. No quería estar triste, no tenía el porqué, al contrario. Sin
embargo dentro de mí alma sentía ese pellizco de TRISTEZA. Vicentin solícito y
cariñoso me ayudó a “dar la vuelta al colchón”. Despues se interesó por el
regalito de Emilio, (unos sensores para el baño, por si se va la luz). Carolina
como una hormiguita ordenando sus cosas y vigilando no se les olvidara nada.
Así las cosas, desayunos los tres. El calor era horrible. Fuego salía del
asfalto y teníamos que tener el aire encendido. Me vestí para acompañarles
hasta el coche y sobre las 10`30 nos despedimos. Mi pena iba en aumento. ¡Que rápido
todo y todavía más, cuando lo compartimos con tanta familia! ¡Me sabía a poco
su compañía, sus atenciones conmigo, su risa o simplemente tenerlo delante de
mí! Pero le di muchas gracias a Dios y por supuesto a él, mi hijo querido y a
Carolina por haber venido a estar conmigo en ese día especial y tradicional de
mi cumpleaños. ¡Vuelve pronto mi querido hijo Vicentin, mi rey! ¡Dios te
bendiga!
Emilio seguía cuidando a Gaia y Maricarmen me
llamó desde el trabajo para concretar la comida con Emilio Samuel pronto, pues
se tenía que ir a Granada a las 4 de la tarde. Había quedado con tres personas
más para llevarlas en el coche y salirle más barato el combustible. Creo se
llama BLABLACAR o algo así. Me ofreció pedir la comida a los chinos y acepte
encantada. No se me había ocurrido. Así no tenía que salir de casa, ni empezar
a preparar nada. Me limité a ordenar la habitación que acababan de dejar
Vicentin y Carolina. Volvió todo a su sitio y abrí el ordenador. Todo en orden,
estaba como si nada hubiera pasado. Pero el corazón sí que lo sabía, estaba
REBOSANTE.
Esa comida me parecía un regalo más, como que
no acababa de terminar “mi celebración” No estaba sola como seguramente habría
estado, si Samuel se hubiera ido temprano como Vicentin. Por lo tanto, me alegraba
en extremo tener a comer a los cuatro en casa. Antes de las 2 de la tarde, un
chino sudoroso con moto y casco nos trajo la comida calentita. En el portal
coincidió con la familia que llegaba. Yo mantenía la casa fresca y la mesa
puesta para los seis. Mientras Emilio preparaba el asiento para Gaia, llego
Emilio Samuel que estaba ensayando en su casa. Me había traído un regalito de
Albania que no me dio el mero día. Un Imán para la nevera en forma de timón de
barco. Me gustó y le agradecí el detalle. Él es así. Estaba tenso y nervioso. Eso de llevar a
gente en el coche no le hacía mucha gracia, pero le convenía. Había quedado con
ellos en Nuevo Centro y comió nervioso y con prisa.
Sobre las tres y media tomamos el café y le
despedimos entristecidos. ¡Es todo tan rápido! Sus padres, Lucas, la nena, y
yo, le abrazamos con mil recomendaciones como es natural. “Buen viaje y no
corras y ten mucho cuidado cariño” “avisa al llegar” ¡Dios te bendiga! Y desde
el balcón, atisbando entre las hojas del naranjo, le dijimos adiós, un adiós
largo ¡hasta prontito, cuídate! Volvimos al fresco interior de la casa y nos
sentamos un poco pensativos. La nena tenia sueño. No tardaron en marcharse,
cada uno a sus obligaciones. Yo me quede dormida. Sobre las nueve de la noche
Emilio me comunicó la llegada a Granada de Emilio Samuel, ¡gracias a Dios!
Pensé. Todo volvía a empezar.
Amaneció el 12, el auténtico día de mi
cumpleaños y el primero que me felicito por el wasap personal fue mi nieto
Emilio Samuel recomendándome que hiciera algo especial el “mero día”. A
continuación y desde el de Family, Emilio y Maricarmen. Luego desde la playa y
cantándome, como siempre, Chelo, Carlo y Lucia. En Family continuaron las
felicitaciones de los demás. Les agradecí a todos su atención y cariño.
Vicentin lo hizo cuando pudo pues estaba trabajando, tambien por wasap y
hablamos al medio día. Fue una mañana con movimiento de felicitaciones de
amigos y de Conchin con la familia de mi hermano. Yo sabía que Chelo tenia pena
de que el “mero día” estuviera sola. Le reste importancia pues me sentía
demasiado agasajada. No obstante quedo en recogerme por la tarde para llevarme
a cenar a LA CASA DEL TAPEO. Agradecí de corazón su insistencia y al regresar
de misa me volví a poner el vestido bonito, para cenare con ellos. Avisé a
Emilio y Maricarmen que en el fondo pensaban hacer algo así, pero se alegraron
de la iniciativa de su hermana, al igual que Vicentin. Todos avisados, quedé
tranquila y me dispuse a pasar un bonito momento con Chelo y Carlos. Todo muy
bueno, un lugar tranquilo y fresco y no demasiada gente. Me gusto haber ido con
ellos y se los agradecí: “¡Gracias hija mía! Quédate tranquila y disfruta de la
playa” “El tiempo no vuelve” La luna que empezaba a menguar, nos dio las
“buenas noches” cuando me dejaron en casa.
¡AHORA
SI QUE TENGO LOS 84! Y la vida continúa.
Valencia 14 de agosto de 2025
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