martes, 22 de abril de 2025

MEMORIA DE MIS ANTEPASADOS: ÁRBOL GENEALÓGICO


 EL REFUGIO DE LA MEMORIA

 

Ante la insistencia de mi querida familia invitándome a escribir sobre  quienes fueron mis antepasados, me pongo a ello comenzando lógicamente por mis padres, haciendo memoria de cada uno de ellos por separado y hasta los familiares que yo recuerde, incluidos abuelos y tíos.  A partir de su boda será un solo relato.

Mis padres fueron: EMILIO MONDEJA ALMELA, (1889-1961)  Y  CONSUELO SIRERA ROSELLO, (1905-1976)

 

ETAPA    MI PADRE

Mi padre nació en Chiva, provincia de Valencia el 6 de Abril de 1889, hijo de Francisco Mondeja Barberá y Teresa Almela González. El matrimonio de mis abuelos, según contaba mi padre, no estaba previsto entre ellos. Ocurrió que mi abuela Teresa nacida en Turís un pueblo vecino, era novia de un hermano de mi abuelo que mataron en la guerra de Cuba y al morir éste, el hermano mayor cargó con la responsabilidad de casarse con ella, el amor vendría después. Sé que mi abuelo tenía  tres hermanos más: Ramón, Consuelo y Gaspar. Los dos últimos quedaron viviendo en Chiva y Ramón junto con mi abuelo Francisco, se trasladaron a Valencia.

Por parte de mi abuela Teresa apenas conozco nada. No se nada de sus padres o si tuvo hermanos. Solo recuerdo a un primo hermano que físicamente se parecía mucho a mi padre y que casualmente vivía por mi barrio. Según mi padre contaba, mi abuela siempre peinó su cabello con el peinado de labradora clásica valenciana, con los tres rodetes, que mi padre sabía reproducir exactamente de tanto verla y del que él  guardó con cariño la aguja central del rodete de atrás y que con el tiempo, llegó a mis manos.

Mi padre tenía dos hermanas mayores que él. Paquita y Teresita de 5 y 7 años respectivamente. A temprana edad se trasladaron a vivir a Valencia, donde mi abuelo se colocó en el Ayuntamiento como policía municipal. Vivian como guardeses en una elegante casa nobiliaria de la calle del Mar, los Marqueses de Cáceres, donde  mi abuela trabajaba en la casa como “ama de llaves” y los hijos de ambas familias, chicos al fin y al cabo, jugaban juntos en muchas ocasiones, facilitando con esto una buena relación de amistad entre ellos, que con el tiempo se afianzó.

Mi padre contaba las numerosas travesuras que hacía en aquel  barrio suyo, casi aristocrático entonces. Saltaba calles estrechas claro por las azoteas, que se pueden ver hoy en día. Mato al lorito del Cónsul de Bueno Aires de una pedrada, porque su jaula estaba frente a la ventana del colegio donde iba y el lorito aprendió su apellido, de tanto oír cómo le reñía su maestro y mi padre que estaba harto acabó con él.  La fuente central de la plaza de la Congregación, donde está la iglesia de santo Tomas, tiene cuatro patos de bronce. La fuente entonces no tenía agua y los niños se sentaban encima de los patos como guerreros.  ¡Ay del que se sentara en el suyo! ¡Paliza segura! Entonces los niños se pasaban el día en las calles jugando.

Entre todas sus hazañas contaba que en una ocasión, trepó y estuvo sentado en el brazo de la escultura ecuestre del rey don Jaime que hay en el Parterre (donde comienza la calle de la Paz) esperando que se fuera el guardia que le quería llevar a su casa de una oreja por no sé qué diablura que hizo. Tantas horas pasaron que el guardia cansado se fue, pero él aguantó como un jabato. En casa por supuesto recibió un castigo. Otro día siendo cabecilla de una de las bandas de chiquillos, pararon la circulación del puente del Real, porque se tiraban piedras con hondas, de un lado a otro del puente, desde el rio. Las bandas eran “los de Ruzafa” contra “los del Mar” Eran pandillas temibles.

Tambien fue protagonista varias veces de los “milacres” de san Vicente Ferrer que ya se representaban por las calles, pues hablaba correctamente el valenciano gracias a su madre. En resumen fue una ficha de cuidado. Solía ir con su padre a la plaza de toros y en alguna ocasión  se tiró al ruedo como espontáneo para dar unos capotazos al bicho. Una tarde se lo llevaron detenido, siendo la vergüenza de mi abuelo que le prohibió terminantemente volver. Pero volvió más de una vez, con los mismos resultados.

En aquellos tiempos no todo el mundo estudiaba. Se trabajaba mucho artesanalmente y mis tías aprendieron el oficio de costureras, que era como modistas, pero en ropa blanca de casa. Mi padre, cursó sus estudios primarios en el colegio de su barrio con su inolvidable maestro don Venancio Sancho y un inseparable amigo llamado Domingo Contreras. Después fue al colegio del Patronato de Valencia, que estaba a orillas del rio y donde tuvo un grave encontronazo con un toro de los que pasaban por allí, camino del Matadero Municipal. Tanto se metió con el bicho que este salió corriendo tras de él y casi lo empitona a las puertas del colegio que quedaron destrozadas.  

Como era muy aficionado al arte, se matriculó en la escuela de Artes y Oficios artísticos de San Carlos, donde destacó en sus dibujos, tanto lineal y topográfico, como artístico. Tambien era aficionado a la pintura y solía pintar con modelos desnudas. Muchos años después pudimos ver en su casa de soltero, numerosas obras hechas por él. Era un buen lector y se cultivaba mucho. Acumuló con los años una gran biblioteca y muchos libros de ella, escritos en valenciano. Tambien participo en la plantá de algunas fallas, pues era amigo de los artistas falleros que las hacían, él se sentía valenciano hasta la médula.

Cuando cumplió los 17 años, un infarto se llevó a su padre, quedando sola mi abuela, viuda con sus tres hijos. Mi padre sufrió una fuerte depresión hasta que se alistó en el ejército, en el que después de la Jura de Bandera, fue destinado al regimiento de Infantería, Guadalajara 20, y enviado prácticamente en seguida, a la lucha encarnizada que mantenía España con Marruecos y norte del continente africano.

Mi abuela dejo sus servicios en la señorial casa y con mis tías se trasladó a vivir a la plaza de Navarros número 5 de Valencia. Teresita siguió trabajado por días alternos en aquella casa de los señores Marqueses como costurera y le proporcionaron alguna más. Recuerdo una muy importante: la del historiador de Valencia don Salvador Carreres Zacarés, casado con doña Carmen Calatayud, que tenían un hijo: Francisco Carreres Calatayud. Alternaba los días con la otra casa y pasaba en ellas el día entero. En verano se la llevaban a su finca de Fuentelahiguera. Era muy devota de la Virgen del Carmen y nunca pensó en casarse.

Mi tía Paquita por el contrario tenía un carácter diferente. Se casó con un tal Ramón Martí, al que llamaba “negrito” por lo moreno y como eran tiempos de emigración en España marcharon a Buenos Aires a probar fortuna. Quedaron solas pues las dos Teresas. Madre e hija. Marcharon tambien con ellos el hermano de mi abuelo llamado Ramón y su esposa Vicenta que se habían afincado en el pueblecito de La Torre cercano a Valencia y se dedicaban a la huerta. Allí tuvieron a sus hijos. El Ramón y Paco, que según contaban este último nació en plena Pampa argentina sin más ayuda que la propia naturaleza y de ahí que jocosamente en la familia le llamaran de sobre nombre “el indio bravo”.

Mi padre seguía en el frente. Siempre nos contó  numerosas historias de altercados con los moros de los que se hizo amigo para sustraer información. A veces hacia un trabajo de espionaje. Por entonces era Sargento y contaba que un Jeque árabe le ofrecido a su hija para contraer matrimonio. Pero él era bastante vividor y no quería ataduras. Tenía la muerte en los talones y por eso vivía el día al minuto. Fue herido varias veces con el arma blanca de los sables y dagas morunas, en las escaramuzas y revueltas de “cuerpo a cuerpo” que era como luchaban entonces y tambien heridas provocadas por las balas de los tremendos “arcabuces”. Tenía  numerosas cicatrices en su cuerpo y un trozo de metralla en la cabeza que no le pudieron quitar. La herida más peligrosa, según contaba, fue de arma blanca, una gubia moruna en el vientre que le tiró del caballo y al verlo caer, un moro “amigo” le cogió del correaje por la espalda cuando iban ya de retirada y lo sacó del campo de batalla a todo galope, dejándolo en el hospital de campaña. Llevaban entonces los militares, todavía el uniforme blanco de ralladillo (el que se usaba en los “últimos de Filipinas de la guerra de Cuba”) y cuando se vio envuelto en sangre se desvaneció. Perdió mucha sangre y estuvo mucho tiempo en el hospital cuidado por monjas. Despues lo ascendieron. Nos contaba emocionado que fue el único superviviente de la famosa batalla “del Barranco del Lobo”. Esto ocurrió el 27 de julio de 1909, en las montañas del macizo del Rif, monte Gurugú, ocupadas por cábilas bereberes que había que desalojar, pues se habían adueñado de aquel territorio sin pertenecerles. Una vez curadas sus heridas mi padre volvió al terreno de batalla. La guerra duró 16 años. Desde 1911 al 1927.

En aquel entonces tambien estaban en Marruecos junto a él, José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco Baamonde, con otros generales famosos, todos los que formaron parte de nuestra historia de España en aquellas décadas. Franco era comandante de infantería. Mi padre entonces era Brigada o Suboficial, no recuerdo, pero por lo tanto lucharon juntos en el frente. Cuando se ganó la guerra y se firmó la paz con Marruecos, mi padre fue destinado a Capitanía General de Valencia donde estuvo trabajando y dibujando los planos de todas las carreteras, edificios y mejoras que habían planificado para colonizar el norte de África que ya habían recuperado a los moros. Así nació el famoso “protectorado español de Marruecos”. En Capitanía General conoció al coronel don Gonzalo Rodríguez Gay, con el que trabajó haciendo la topografía de dichos planos y con el que nació una gran amistad que perduró hasta la muerte del coronel, muchos años después.

Al estallar en España la República con un tal Manuel Hazaña, mi padre fue herido de un tiro en la pierna en el puente del Real, al lado de Capitanía. La dictadura del general Primo de Rivera no iba con sus ideas políticas y decidió licenciarse del Glorioso Ejército Español, que había sido hasta entonces, su vida. Comenzaba una nueva andadura para él.

En la sociedad valenciana de entonces, mi padre era como un “soltero de oro”. Todavía joven, guapo, de ojos negros y penetrantes, culto y con mucho donaire, pasó a formar parte parte de la alta sociedad valenciana recobrando además, las antiguas amistades infantiles. Era profesor de esgrima y además se entretenía ayudando a un amigo que conservaba de su colegio infantil y que tenía su despacho de Habilitado de Clases Pasivas, en la calle de don Juan de Austria de Valencia donde mi padre cobraba su paga de militar retirado y los extras por sus medallas. Se llamaba Domingo Contreras y Llopico de Michavila y todavía existen sus oficinas, que regenta una de sus nietas. Mi padre vivía con su madre y su hermana y prácticamente las mantenía. Fue fundador de la Sociedad Coral de El Micalet y su escuela de música. Tambien de la Escuela de Artesanos de Valencia. Frecuentaba y era socio del Ateneo Mercantil y formaba parte de los más importantes eventos culturales, musicales y exposiciones, que por entonces se llevaron a cabo en la ciudad.

Vivió un tiempo tranquilo y feliz concluida su carrera militar y disfrutó junto a su amigo Domingo, de numerosas francachelas y novias, aunque no cuajo ninguna. Sin embargo un buen día entró en escena mi madre. La conoció en dicho despacho, de la mano de su propio novio, un tal Antonio, que iban de visita. Desde entonces se enamoraron. Dejó mi madre a su novio y mi padre, 16 años mayor que ella se la llevó. Mi madre tenía 31 años y mi padre 47. Poco tiempo después, el 14 de abril de 1936, estalló la vergonzosa guerra civil española.

 

ETAPA    MI MADRE

Mi madre nació en la calle de las Danzas de Valencia, el 10 de Enero de 1905. Hija de Estanislao Sirera y Consuelo Roselló Iranzo (ignoro el segundo apellido de mi abuelo). Vivía enfrente de una “capaceria,” una pequeña tienda artesanal donde vendían toda clase de capazos, cuerdas y espartos, regentada por un tal Vicente Riera.

Siendo mi madre muy pequeña, mi abuelo Estanislao fue destinado a Melilla, como Jefe de las Aduanas. Entonces las tropas españolas estaban allí, en la guerra (contienda) por recuperar a los bereberes los territorios que  habían usurpado a España. Mi madre contaba que vivía muy cerca del monte Gurugú y hasta su casa llegaba muchas veces el fragor de las batallas. Salvo eso, vivían en paz, pues a la población no les llegaban los disturbios. Sus calles estaban llenas de militares que iban de acá para allá constantemente.

Mis abuelos disfrutaban de una clase social alta. Tenían criada en casa y mi madre se crio como una verdadera señorita. Estudio en un colegio inglés y chapurreo el idioma. Tenía una caligrafía y ortografía perfectas, de las que no se prodigaba entonces. Siempre iba acompañada  por su mamá y por los perros  de caza de su padre. Vestían como las grandes modelos de la época y llevaban siempre sombrero. Mi abuela tenía dos hermanas: Sara y María.

Sara la pequeña, no tenía hijos y vivía en Málaga. Mi madre hacia numerosos viajes de placer para ver a su tía y cruzaba el estrecho muy a menudo en los yates de aquélla época, no exentos de su parte lujosa. Cuando creció se hizo muy aficionada a la fotografía y tenía una hermosa máquina Kodak que hoy en día sería una joya como antigüedad. Se hacía  numerosas y caprichosas fotografías que ella misma revelaba, en toda clase de lugares y posiciones. Recuerdo haber visto una preciosa con el mar y un balandro de fondo detrás de ella, que era espectacular, un contraluz propio de una artista de cine. No era demasiado guapa pero era muy graciosa, alegre, culta y atractiva. Su tía Sara la secundaba en todos esos caprichos. Vivian bien y sin problemas. Ella misma decía que era coqueta y no era para menos con la posición social que gozaban.

María la hermana mayor por el contrario, vivía en Benimaclet de una forma bastante sencilla y rural  y tenía cinco hijos. Antonio, Manolo, Teresa, Amelia y Amparín, constituían la única familia de mi madre pues ella no tuvo más hermanos.

En 1923, cuando mi madre contaba 18 años de edad, se separaron mis abuelos. O mi abuelo murió. Eso nunca lo tuve claro. El caso es que mi madre y mi abuela volvieron a España. Detrás dejaron todo lo vivido. Sara, había muerto y la contienda militar seguía en marcha, aunque a ellas ya no les afectaba para nada.

No teniendo a donde ir se fueron a vivir a Benimaclet, cerca de la tía María y sus primos. Para ellas cambió la vida radicalmente. En aquel pueblecito cerca de Valencia tuvieron que adaptarse y aprender a vivir con estrecheces económicas. Mi madre encontró trabajo como cajera en una zapatería, en la céntrica calle de los Derechos, casa Mira, donde estuvo algún tiempo. Entonces se cambiaron de vivienda y alquilaron un pisito en el barrio del Carmen, apenas cruzar el rio, calle de Sogueros, 28. Un barrio obrero y tranquilo en el que madre e hija vivían como uña y carne. Solo se tenían la una a la otra. Iban juntas a todos los sitios y mantuvieron su porte distinguido. Eran muy religiosas y cuando volvieron de Melilla se trajeron en un “baúl maleta” una preciosa talla, no muy grande, de la Virgen de los Desamparados. Imagen que la ha acompañado toda su vida.

Tiempo después mi madre gracias a todos sus conocimientos, se puso a trabajar en la Empresa multinacional de máquinas de escribir Hispano Olivetti, sita en la plaza del Caudillo, ahora del Ayuntamiento, donde estuvo como encargada y profesora de la academia de mecanografía. Tuvo un par de novios: Juanito y Antonio.

Contaba mi madre que a veces iban  a pasar el día a Benimaclet, hasta que la tía María murió. Los hijos vivían todos en Valencia. Antonio el mayor, trabajaba como director del Banco Coca. Manolo creo que se dedicaba a la joyería y se casó con una tal Amparín. Se fueron a vivir a unas casitas nuevas que estaban en el Apeadero de Benimaclet a las que iban muy a menudo. Las tías Teresa y Amelia las recuerdo solo de visita, pero con Amparín la menor, mi madre tuvo mucha relación. Se casó con Enrique Valiente, camarero del Hotel Ingles y tuvieron dos hijos de la edad aproximada de mi hermano y mía, más o menos. El Primo Antonio Roselló, el banquero  y su hermana Amparín  Roselló, fueron los padrinos de bautismo de mi hermano.

Mi abuela Consuelo y mi madre dormían juntas y contaba mi madre que una mañana el despertador, al que llamaban “don Liborio” sonó largo tiempo sin que mi abuela lo apagara, pues mi madre estaba en la pequeña galería donde estaba el retrete, (no había el baño tal como lo conocemos ahora) Cuando mi madre regresó comprobó que a mi abuela, que era diabética, le había dado un ataque, (decían entonces), sería como un ictus. No estaba muerta pero estaba casi paralizada. Mi pobre madre se desesperó en extremo y creía volverse loca. Llamó al por entonces novio Antonio (ya tenían las iniciales bordadas en el ajuar para casarse) y él la ayudó y se encargó de todo, pues a las 48 horas le repitió y entonces murió. Las tres hermanas habían muerto bastante jóvenes. Mi madre poco a poco tuvo que hacerse el ánimo y reanudar su trabajo y su vida. Una tarde su novio Antonio la recogió del trabajo y marcharon a visitar a un amigo habilitado de clases pasivas, para distraerse un poco.

En aquel despacho elegante y sobrio de la calle de don Juan de Austria de Valencia, encontró mi madre a su media naranja. Despues de las presentaciones, algo le dijo en su interior que aquel hombre que le acababan de presentar maduro, guapo y gentil, militar retirado, le había hecho gracia y la cosa era recíproca. Se hicieron novios y tuvieron que sincerarse con el pobre Antonio que se la puso prácticamente “en bandeja”. Aunque toda la ropa del ajuar llevaba bordada junto a la suya la letra “A” de Antonio la conservó.  Eso a mi padre la dio exactamente igual.

 

ETAPA 3ª  MIS PADRES

Apenas tuvieron tiempo para el noviazgo, pues estalló la guerra civil y decidieron casarse.  Mi madre vivía sola desde que murió mi abuela en la calle de Sogueros 28, y allí se fueron a vivir. Mi abuela Teresa y mi tía no vieron con buenos ojos ese enlace. Veían a mi madre muy joven para él y además con el “chico” se les iba el “sustento  de la casa”. Tardaron mucho tiempo en relacionarse, porque al estallar la guerra, mi padre fue movilizado de nuevo. Recuerdo que en la fotografía de novios que se hicieron al salir del juzgado, él estaba guapísimo con su uniforme de capitán y con la gorra puesta. Mi madre con una bonita piel de zorro en el cuello, sonreían los dos felices a la cámara.

Poco después le enviaron a filas con sus nuevos galones y “obligado” a luchar en el bando de Valencia, la zona roja. Las ideas comunistas eran contrarias a las suyas y empezó a sufrir mucho. Llevado por sus ideas políticas fue el único militar que se presentó a defender la iglesia de los Santos Juanes, junto al  Mercado Central, el día que la quemaron. No podía soportar luchar entre compañeros que en el fondo, no pensaban como él, ni luchaban por la misma causa. Le hervía la sangre.

Entonces decidió marcharse en busca de “los nacionales” que  estaban por el norte de España. Dejó a mi madre sola en su pisito y él partió para encontrarse con “los suyos” El solo sabe, las dificultades que encontró hasta llegar a Santander. Andando, escondiéndose, caminando en las noches para no ser visto y ametrallado, sin apenas comer y con días de intenso frio recorrió casi la península entera. Al cabo de no sé cuántos días y no sé cuántas  noches llegó a su destino. Se encontró en el pueblecito de Limpias, entre las majestuosas montañas cántabras. Allí en su pequeña iglesia se venera un Santo Cristo muy milagroso. El Cristo de Limpias, al que mi padre prometió volver, si le conservaba la vida.

Lo apresaron, pensaron que era un desertor. No les valieron sus razonamientos patrióticos y después del juicio consabido fue condenado a cadena perpetua y lo condujeron a la cárcel de Ciudad Rodrigo que está en Salamanca. Allí todos eran presos políticos e hizo muy buenas amistades. Tiempo después lo trasladaron a la cárcel Modelo de Valencia. Contaba que todos los días al amanecer entraban a por prisioneros que llevaban a fusilar a El Saler. Ninguno volvía. Así un día y otro. A él tambien se lo llevaron varias veces, pero no lo fusilaban. Algún comunicado les llegaba de que decía: “no se cumpla la sentencia” y lo devolvían a la celda. Aquello tan incomprensible le supuso un gran desgaste físico y psicológico. Esto duró por espacio de tres años.

Mi madre contaba que fue perseguida por los “milicianos”. Puesto que era la esposa de un militar no adicto al régimen, lógicamente ella tendría las mismas ideas políticas. Mi madre estuvo escondida en casa de unos amigos, Rosarito y Pepe que tenían un taller de bordados en la calle Mosén Femares.  En otra ocasión, en casa de su prima Amparín, dando esquinazo a los que querían fusilarla. Tambien la ocultaron varias veces un matrimonio amigo de mi padre: Juanito Abinent y su esposa Rosa que vivían en el Tros Alt.

Estaba por terminar la guerra cuando los nacionales y durante varios días, bombardearon Valencia para  obligar a acelerar su rendición. Sonaban las sirenas y las gentes corrían a refugiarse en los “refugios” pero mi madre nunca se fue a ninguno. Solía sentarse encima del baúl que contenía la imagen de su Virgen y allí esperaba a que pasara el bombardeo. Contaba que en uno de ellos cayo una bomba en su propia casa. Al estruendo se conmovieron los cimientos. Había caído en la finca contigua. Los vecinos de los dos pisos de arriba bajaban corriendo las escaleras envueltos en escombros, piedras, cristales y tierra. No hubieron desgracias personales pero quedaron destruidos cuatro pisos, solo quedaron en pie los dos primeros. Uno de ellos era el de mi madre. Mi madre estaba segura de que la Virgen la había protegido y salvado la vida. Tambien sabía que mi padre estaba  vivo y prisionero en la cárcel Modelo.

Por fin el 18 de Julio de 1939 se oyó por la radio el comunicado tan esperado: “¡españoles, la guerra ha terminado!” Fiestas y desfiles de los militares que regresaban victoriosos, vítores y un sinfín de actos que yo he visto en periódicos y se han visto tambien por la televisión.  Mi padre lo contaba con lágrimas en los ojos. No pudo volver desfilando victorioso con sus compañeros. Él era uno de los excarcelados, un preso político. Tuvo un sufrimiento constante que no le abandonó nunca. Sintió el tremendo fracaso y el desprecio de sus propios compañeros, pues cada uno iba a la de él. Pero hay que decir en honor a la verdad, que no fue fusilado porque un soldado  por entonces secretario de Franco, al que mi padre le había enseñado la instrucción, cuando le llegaba el papel para presentarlo a la firma del general y veía su nombre pensaba “no puede ser” y lo remitía “para nueva revisión” y así, hasta que se firmó la paz. No recuerdo el nombre de aquél leal soldado, pero mi padre conservó con él siempre su agradecida amistad. El Santo Cristo de Limpias, le conservó la vida. Él nunca pudo volver para agradecérselo, pero muchos años después, lo hicimos en su nombre Vicente y yo. Nos emocionamos muchísimo.

Mi padre quedo en libertad y volvió de nuevo a casa con mi madre. Su reencuentro estaría lleno de amor y de lágrimas. Tendrían mil historias que contarse el uno al otro. Habían sido muy duros para ambos aquellos tres años, mas habían conservado la vida y tenían que empezar de nuevo. Cuando mi padre volvió a casa, hizo un dibujo perfecto de cómo había quedado la finca. La dibujó desde la acera de enfrente. No tardaron mucho en reconstruirla pues los vecinos tenían que volver a sus pisos. No así la finca de al lado que tardó mucho tiempo en ser reconstruida y vendida por pisos.

Mi madre deseaba tener hijos. Entonces se casaron “por la iglesia”. Pronto quedó embarazada y llegue al mundo el 12 de Agosto de 1941. A los 22 meses llego  mi hermano, el 19 de Junio de 1943. Mi padre contaba  54 años cuando yo nací y mi madre 38.  Más adelante dirían algunos que mi padre parecía nuestro abuelo.

Entre tanto, su madre mi abuela Teresa y su hermana mi tía, tuvieron que transigir y aceptar a mi madre. Pero mi abuela murió en enero del mismo año que nací yo. No llego a conocerme.  Por otro parte la hermana que marchó a Buenos Aires, mi tía Paquita, enviudó y junto a sus dos hijas, mis primas Marisa y Mariel, regresaron a España en cuanto acabó la guerra. Se pusieron a vivir en la calle Bois, cerca del rio. Estuve allí por primera vez, la noche en la que nació mi hermano.

En la postguerra española hubo mucha escasez y mis primas lo pasaron mal. Marisa, la mayor se pudo colocar  en el Ayuntamiento. Mariel la pequeña estudiaba. Asimismo, tambien volvieron de la Argentina, el tío Ramón, el hermano de mi abuelo y su familia. Su hijo, el joven Ramón se colocó en una importante casa de Valencia de electrodomésticos que había en la plaza de la Reina, (hoy Zaragoza) “Casa Roca” y se casó con una aguerrida aragonesa que se llamaba Amalia. A  Paco  por su parte lo colocó mi padre en los Astilleros del Puerto. Pero, cosas de la vida, los hijos de ambas familias que crecieron juntos en Buenos Aires, se enamoraron y como eran primos hermanos, necesitaban una licencia eclesiástica especial. Mi prima Marisa por su parte, tenía un novio que se llamaba Miguel y que tambien trabajaba en el ayuntamiento. Cuando yo nací, fueron mis padrinos de bautismo mis primos argentinos Marisa Martí Mondeja y Francisco Mondeja. (Paco)

A mi padre le costaba encontrar trabajo y los demonios se lo llevaban. Mi madre seguía trabajando en Hispano Olivetti y allí me llevaba mi padre cada 3 horas para que pudiera mamar. Por fortuna y gracias a los buenos amigos, en este caso su antiguo coronel don Gonzalo Rodrriguez compañero de Capitanía, le puso en contacto con un sobrino arquitecto que estaba trabajando en la reconstrucción de España, en “Regiones Devastadas”. Ahí le dieron empleo como jefe de compras. Se llamaba Luis Gay. Mi padre se encargaba de comprar los diversos materiales de construcción, por lo tanto viajaba mucho frecuentando almacenes y logrando buenos precios. Cuando mi hermano tenía un año, mis padres decidieron irse a vivir a Segorbe, donde estaban las oficinas y la central. Mi padre tenía el estómago delicado a consecuencia de las pasadas vicisitudes y necesitaba los cuidados del hogar. Mi madre dejo el trabajo en Hispano Olivetti definitivamente, pero siempre conservo una buena relación con todos sus compañeros.

En Segorbe recuerdo  una casa grande, hermosa, con grandes ventanales y una terraza desde donde se veían los montes y sierras vecinas, destacando el pico de Espadán y donde  vi la nieve por primera vez. Recuerdo que a mi padre le visitaba un médico que le llamaban el doctor Quisalt y que cobraba sus buenos honorarios. Entonces no había seguridad social. Yo recuerdo a mis tres años los paseos con mi padre por un lugar al que él llamó “barranco de las piedrecitas”. Pasado un tiempo, no más de un año, mis padres decidieron volver a Valencia. Mi padre se había recuperado y a mi madre no le gustaba el pueblo para vivir en él. Una vez instalados de nuevo en nuestro pisito de la calle de Sogueros, empezamos a vivir nuestra “primera infancia” con las continuas ausencias semanales de mi padre. Se marchaba los lunes y volvió los sábados, viviendo de pensión y durmiendo en la propia oficina. A mí me daba mucha pena cuando le veía marchar los lunes después de comer. Sobre todo en invierno, embozado en su capa española y con el maletín en la mano nos decía adiós desde la esquina. Esa imagen aun la guardo en mi retina. Nos quedábamos muy tristes. A veces,  cualquier día entre semana que le viniera al paso, le veíamos llegar en un gran camión gris, que llevaba escrito el rotulo de Servicio Oficial y que acompañado de su joven chófer, un tal Jaime, paraba a comer con nosotros. Jaime nos sacaba caramelos de las orejas. A mi hermano y a mí, nos tenía fascinados.

Nuestro domicilio estaba asentado en el barrio del Carmen de Valencia. Un barrio obrero y republicano donde la presencia del “antiguo militar” y su familia, era vista con cierto recelo político. Entonces las cosas funcionaban así. No se relacionaban mucho con los vecinos. Al estar mi padre fuera de casa casi toda la semana, mi madre salía poco, generalmente a comprar. Nosotros empezamos a ir solos al colegio cercano, el Asilo de Campos, pues yo tenía 5 años y sabía ocuparme bien de mi hermano que tenía 3. Fuimos de los primeros en tener en casa un aparato de radio, aquello era un lujo que pocos podían alcanzar. Mi padre tenía algunas comisiones que siempre empleó en traer buena comida para casa, pues entonces había mucha escasez. No era frecuente comprar salchichón, ni chorizo pamplonés, ni buenos quesos. Mi padre era muy sibarita y delicado en la comida y cuando podía, era eso lo que nos compraba y  traía. Radiante, lo ponía encima de la mesa. Mi madre y nosotros estábamos alrededor dando saltos de alegría. ¡Su vida había cambiado tanto!  Él nos adoraba. Un año por reyes nos trajeron un “buro”. Aquello nos encantó a mi hermano y a mí. Mi hermano era mi amigo, mi compañero de juegos, mi todo. Siempre estábamos jugando juntos y aunque yo lo manipulaba bastante, él se dejaba hacer. Nos queríamos muchísimo. Compartimos el buró hasta que ya no cupimos literalmente en él, para poder estudiar juntos.

Llego el tiempo de cumplir el Servicio Militar el sobrino de mi padre,  mi primo Paco. Pero él, obcecado se empeñó en no querer ir a filas, argumentando que era argentino. Sin embargo, como era obligatorio, pensado y hecho, decidió volverse a la tierra que le vio nacer. Así lo hizo y mantuvo un tiempo correspondencia con su novia Mariel hasta que decidieron casarse “por poderes” para poder viajar a reunirse con él. Recuerdo que se casaron en la iglesia de san Martin de la calle de san Vicente.  Su hermano Ramón le representó en la ceremonia y fotografías. Mi padre fue el padrino de boda. Yo tenía 5 años. Mi prima Mariel voló junto a su amado y tuvieron un hijo al que llamaron Tony.  Un par de años después, volvió a repetirse la historia. Mi tía Paquita y mi madrina Marisa, que acababa de reñir con su novio Miguel, decidieron reunirse con ellos en Buenos Aires. Un buen día, de esos en los que venían a comer a mi casa, donde se reunían los tres hermanos, nos comunicaron que se volvían a América. Recuerdo la despedida: “Ya no nos volveremos a ver nunca más” se decían, y así fue. Mi padre y mi tía Teresita quedaron muy tristes, se estaban haciendo  mayores los tres y sería muy difícil volverse a ver.

Siempre mantuvimos mucho contacto con ellas por correspondencia y periódicamente nos llegaban paquetes con revistas y algún regalito. En Argentina se vivía entonces mejor que en España. Esperábamos los paquetes con verdadera ilusión. Se portaron muy bien con nosotros.

Mis padres durante el verano solían  ir a “visitar a los parientes”. En Chiva todavía quedaban primos y fuimos una vez a las “fiestas del Torico”. Nos quedamos en casa de su prima “Teresica, la mineta” hija de su tío Gaspar. Eran las fiestas del pueblo y recuerdo que uno de sus hijos, un mozo de los festeros, cayo un porrazo reventándole en el vientre una caja de petardos “de bac” que llevaba. Mi padre, que sabía de todo, le hizo la primera cura. Tambien conocí a la otra prima, que se llamaba como yo, Consuelo Mondeja y que tenía un hijo rubio y guapo al que llamaban Oscar. Era viuda y regentaba la estación del ferrocarril del pueblo. No volvimos más.

A menudo íbamos a La Torre. Allí seguían los tíos Ramón y Vicenta. A los primos Ramón y Amalia se le murió un hijo con 6 años, Ramoncin se llamaba y fue un drama. Tuvieron otro chico al que pusieron Miguel. Poco tiempo después decidieron volver de nuevo a Argentina. Mi primo Paco tenía un taller de recambios de coches, algo nuevo allí y que entonces daba para vivir muy bien. Nos enviaban fotos de las dos familias y vivieron unos años de bonanza. Con el tiempo fueron envejeciendo y enfermando: mi tía Paquita, mi prima Marisa y su esposo, (oriundo de Ávila que se llamaba Hipólito Delgado, pues lo conoció y se casó allí), y además sus suegros, pero  prima Mariel, muy abnegada, les cuido a todos hasta sus últimos días. Mis primos Paco y Mariel, siempre vivieron con la idea y la ilusión de poder volver a España “para dar un paseíto y recordar su Madre Patria” y así fue.

(Mis primos Mariel y Paco volvieron a Valencia en el año 1988 y estuvieron recorriendo España durante un año entero. Celebraban sus “bodas de oro” y cumplían su sueño: volver. Alquilaron un pisito por aquí cerca y convivimos estrechamente los días que pudimos y junto con mi hermano y nuestras familias respectivas gozamos de su cariño. Ellos alimentaron esa ilusión toda su vida, poder volver de vacaciones a España y al final lo habían conseguido. Gastaron toda la plata que tenían pero, como dijeron, se lo habían ganado. Les dijimos adiós en Diciembre de 1988. Nos dejaron un grato recuerdo, imborrable en el tiempo: su deje argentino, las recetas culinarias de mi prima, mil historias de las familias y un gran cariño. Mi padrino estaba operado de cáncer de lengua y hablaba mal, pero demostró al instante una gran deferencia y cariño hacia mí. Se fueron llenos de regalos. Poco tiempo después Paco murió. Mariel siguió viviendo con su hijo, nuera y nietos. Murió en Octubre de 2015, aunque un poco mayor que mi esposo Vicente.)

Sigo con mi relato: Mis padres iban los domingos a la iglesia cercana para oír misa, que entonces era en latín. Nos transmitieron su fe y nos enseñaron a rezar, pero sin exceso. Mi padre no comulgaba demasiado con la jerarquía eclesiástica y algunas de sus ideas, pero siempre respetó las costumbres de mi madre. Nos inculcaron la fe católica, el respeto y la disciplina, el amor a la Patria y el valor de la familia.

Nos enseñaron a conocer y celebrar las tradiciones valencianas.  Por ejemplo nos llevaron siempre a ver la procesión del Corpus (que contiene una gran catequesis que mi padre se sabía al dedillo) y la de la Virgen, así como a presenciar los “miracles de san Vicente Ferrer” contándonos la historia y biografía del Santo.

La festividad del 9 de Octubre en la que se conmemora la reconquista de Valencia por el Rey don Jaime, a mi padre le encantaba y nunca le faltó a mi madre su “mocaora” explicándonos todos los años el origen de la fiesta y el porqué de la tradicional “mocaora” Mis padres eran muy valencianos y les gustaban mucho las fiestas falleras y la pólvora. Juntos visitábamos las fallas principales y él nos las explicaba. A mi padre le encantaban las jotas valencianas y les “albaes” (albadas) que sabía entonar muy bien.

La Navidad la vivíamos solos los cuatro de una forma sobria pero alegre.  En cuanto ponían alrededor del Mercado Central los puestecitos anunciando la Navidad, mi hermano y yo en el estimado buró, pintábamos felicitaciones para la familia de Buenos Aires, que enviábamos por correo casi un mes antes. En la radio, siempre puesta, no cesaban de sonar los villancicos. Cuando salíamos del colegio con nuestras flamantes “orlas” para felicitar a nuestros padres, la casa estaba envuelta en un agradable e inolvidable olor a turrón casero, que mi madre hacía en una cazuela de barro encima del fuego. Luego cuando estaba frio ya se podía comer, pues comprado resultaba muy caro. En la Noche Buena mi madre siempre guisaba “gallina en pepitoria” y yo me comía una alita. Era algo que solo se repetía de año en año. Quiero dejar constancia de lo que entonces se solía escribir en las tarjetas para los padres como felicitación de la Navidad: PADRES AMADOS, YA LAS CAMPANAN TAÑEN SON SONES DE ETERNIDAD Y CON LOS ECOS DE LAS FONTANAS, EL MUNDO ANUNCIA LA NAVIDAD. QUE EN ESTAS PASCUAS DE PAZ BENDITA, GOCEIS DE DICHA DULCE Y SINCERA, LA GRAN VENTURA NUNCA MARCHITA QUE MI CARIÑO PIDE Y ESPERA. QUE RODEADOS DE TIERNOS LAZOS DIOS OS OTORGUE PRODIGOS DONES Y AL PAR QUE OS DAMOS NUESTROS ABRAZOS, JESUS OS COLME DE BENDICIONES”

El día de Noche Buena mi madre solía hacer algo que a mi padre no le gustaba nada. Como estábamos atravesando tiempos difíciles y argumentando que su primo Antonio era el padrino de mi hermano y estaba en muy buena posición económica, nos obligaba a llevarle una felicitación navideña que generalmente hacíamos nosotros, con la esperanza de que nos dieran algo de “aguinaldo” Así que los dos hermanitos desde temprana edad nos cogíamos de la mano y nos íbamos a su casa junto a las Torres de Cuarte, en el jardín donde está la estatua ecuestre del “palleter” La esposa se llamaba Paquita y nos preparaba un paquetito con algo de pavo, turrón de guirlache y algo de dinero. En cuanto pude revelarme me negué a ir, me sentía humillada y a mi padre le pareció muy bien, así que dejáramos de hacerlo.

Mi hermano y yo siempre nos quedamos con las ganas de tener las figuritas de barro clásicas para poner nuestro Belén. Quedábamos extasiados cuando nos llevaban nuestros padres a visitar los Belenes tradicionales en las grandes iglesias o comercios de Valencia.  Sin embargo panderetas y “carrancs” nunca nos faltaron, pues los comprobamos al inicio de las fiestas. Acudíamos con frecuencia al Economato Militar que estaba en un lateral del gran Mercado Central y que junto con la Farmacia Militar, era una de las ventajas de las que gozábamos por haber sido mi padre militar durante años, ya que esos lugares nos proporcionaban unos descuentos muy bien venidos en aquellos tiempos. Mis padres seguían frecuentando las oficinas de Domingo Contreras, pues mi padre recibía mensualmente su pensión como militar retirado.

La Semana Santa era entonces muy solemne y silenciosa. Las imágenes tapadas con telas negras, sin culto alguno, excepto los santos oficios.  La radio solamente emitía música clásica o el sermón de las “siete palabras” de Cristo en la cruz. Cines cerrados y silencio reinante. No se podía cantar. Durante la semana, mi madre amasaba panquemados que llevábamos a cocer al horno. Mi padre pintaba los huevos duros. Yo le ayudaba. Eran de admirar. Daba pena romperlos en la frente como manda tradición. No asistíamos a los cultos ni oficios religiosos de la iglesia. Tan solo el día de Jueves Santo hacíamos “las estaciones” que consistían en visitar unos cuantos “monumentos”. Mi padre siempre se arrodillaba solo con la rodilla  derecha y eso nos llamaba la atención. En la noche de resurrección algunos años, no todos, acudíamos a la plaza de la Virgen para ver el concierto que hacia la Banda Municipal y el repique de campanas en su toque de Gloria. A mi padre le gustaba mucho la música clásica y esa era una buena ocasión. Para celebrar la Resurrección se solía salir al campo y en una ocasión nos compró un “cachirulo” pues nos quería enseñar a volarlo. Era otra tradición. El día de Pascua bajábamos al rio y allí lo intentaba una y otra vez. Pocas veces lo logró después de coger una buena sofoquina. A mí me daba pena, ya no era ningún chaval.

A mi padre le encantaba leer y leía a menudo en valenciano “Contes del pla y de la montaña” Tambien sabia pintar y le recuerdo sentado  en su sitio habitual de la mesa del comedor, con su caja de pinturas abierta delante de él, de la que me subyugaban los olores. Solía pintar pergaminos heráldicos y algunos por encargo. A mí se me despertó la afición a la pintura y él me dio las primeras nociones.

Los domingos por la tarde  era costumbre visitar las casas de los familiares y de amigos. Mis padres tenían varios amigos en común y no nos escapábamos. Otras veces los recibíamos nosotros y había que aguantar las largas conversaciones de los mayores con formal educación, pues no teníamos otro lugar para estar. Generalmente nos distraíamos pintando en el buró o en el balcón, si era verano. Cuando íbamos a casa de mi tía Amparín, mis primos llamados Enrique José y Maritín, nunca estaban en casa, ellos siempre andaban jugando por la calle, pero eso nuestros padres, nunca nos lo permitieron.

Las oficinas de Regiones Devastadas las trasladaron a Nules. Entonces llegó como jefe superior un tal don Manuel Romaní Miquel que quería muchísimo a mi padre. Se portaba con él todo lo bien que podía y le regaló todos los lunes. Volvía a trabajar los martes. Las oficinas eran nuevas y allí le preparó una buena habitación. Él tenía otra contigua a la suya. Con su beneplácito pudimos ir dos o tres veces a las fiestas de primeros de Septiembre y nos quedábamos a dormir allí tambien. Aquellos días eran especiales para mi hermano y para mí. Comíamos donde comía mi padre “casa de la tía Pepa, la curriola” y junto con los niños de aquel entorno, vivíamos unos días completamente rurales. Allí vi representadas por primera vez unas zarzuelas en la plaza del pueblo. Mi padre las tarareaba A mi madre le gustaban más los “cuplés”

En esas fiestas patronales vimos el “toro embolado” que nos aterrorizó y contemplamos los capotazos en la improvisada plaza de los mozos aficionados que se la jugaban con las vaquillas. Conocí al hijo de un amigo de mi padre, Miguel Huesa, que quería ser torero, a mi padre le encantaba verle dar capotazos a las vaquillas pues le recordaba su juventud. Me enamore de él. Disfrutamos mucho y esperábamos con ansia volver al próximo verano.

Mi padre cambió la casa de comidas por un estanco. Resulto que un día al entrar en él mismo para comprar tabaco, la dueña se le quedó mirando fijamente con bastante emoción. Resulta que a la señora, viuda y con tres hijos, le recordó mucho a su propio marido. Entablaron una buena amistad. Resultó que había sido militar como él y ella había sido enfermera de la Cruz Roja en la guerra civil. Coincidían en sus ideas políticas y desde entonces mi padre fue atendido en sus comidas, por esta familia, llegando a ser grandes amigos. En los veranos, continuamos yendo a Nules y mi madre se hizo muy amiga de Pilar Martínez de Velasco y sus tres hijos. Uno de ellos estudiaba para marino y estaba embarcado en el buque escuela de la Armada española: Juan Sebastián Elcano. Yo tambien lo conocí. Era muy atractivo, se llamaba Luis.

Durante Julio y Agosto aprovechábamos para ir a la playa algún día con mi madre. El último domingo de Agosto eran y son, las fiestas de “la Punta”, una pedanía de Valencia y mi padre lo tenía reservado para ir a visitar a un antiguo soldado amigo suyo que se llamaba Floreal (no recuerdo si fue el que evitó su fusilamiento, o un ordenanza), el caso es que mi padre saludaba así: “A la paz de Dios, señores” y de inmediato la alquería se ponía en marcha con una hermosa y suculenta paella valenciana. Querían y respetaban mucho a mi padre. Allí tambien nos gustaba ir. Pasábamos el día en la huerta y nos bañábamos en la playa de Nazaret, al otro lado del puerto. Mi padre ese día, como una gran cosa, se solía bañar con nosotros ¡en ropa interior! Que por supuesto se le secaba encima.

Llego el tiempo en el que mi hermano y yo tomáramos la Primera Comunión. 27 Junio de 1951. Una ceremonia sencilla en la capilla del Corpus Cristi de Valencia bajo la mirada de nuestra imagen de la Virgen de los Desamparados que llevaron mis padres para la ocasión. Nos acompañaron la poca familia que teníamos. Por parte de mi madre, mi tía Amparín y mis primos. Por parte de mi padre, mi tía Teresita y algunos vecinos. Por la tarde, teníamos que ir a la procesión de la Virgen del Perpetuo Socorro de la iglesia del Temple, que entonces se hacía. Pero antes fuimos a merendar a la horchatería “la Cenia” que estaba detrás de la plaza de la Virgen. A la salida, se nos acercó una mujer joven, que abrazó a mi padre y a nosotros, dándonos unas “estrenas”. Nos dejó en seguida y mi padre y mi madre tuvieron una discusión bastante fuerte. La cosa quedó ahí, pero resulto que aquella mujer era una supuesta hija “natural” de mi padre. (Muchos años después me lo advirtió mi madre, pero mi padre siempre mantuvo la postura de  que fue un favor que le hizo a un compañero militar que, herido de muerte le pidió diera sus apellidos a la hija que esperaba. Nunca supimos la verdad. Mi padre se la llevó con él.) Despues de aquel encuentro fortuito, nadie volvió a hablar del asunto.

(Cuarenta años después, mi “supuesta hermana” telefoneó a mi hermano y a mí. Quería vernos. Ante mi estupefacción y reserva, recuerdo que me dijo “No tengas miedo cariño, solo quiero volveros a ver, ya que os vi, solo el día de vuestra Primera Comunión”. Con gran curiosidad la emplazamos una tarde en la iglesia del Temple, mas no apareció, o por lo menos, no se dejó ver. Nosotros nos quedamos tambien con las ganas de verla y hablar con ella. Pero aquí acabó la historia.) Hoy en día hubiéramos obrado diferente.

Sigo: Mi padre seguía con sus viajes, pero se daba cuenta de que ya le iban pesando. No salía de compras con el camión. El bueno de su jefe lo conservó y reservó en la tranquila oficina. Recuerdo que los sábados sobre las ocho de la tarde, oíamos sus llaves en la cerradura y corríamos a recibirle. Cuando tardaba, yo escrutaba el rostro de mi madre. Un sábado de últimos de Noviembre, no recuerdo el año, no abrió con sus llaves, si no que llamo a la puerta del portal. Mi madre tuvo que bajar a por él. No se encontraba bien. Contaban que el 17 de dicho mes, seria por el año 1952 o 53, llovió abundantemente, como lo suele hacer por levante en otoño y cogió tal mojadura que pillo un buen resfriado y prácticamente, ya no levantó cabeza y empezó a estar algunas temporadas de baja.

Venía a visitarle el hijo de su antiguo amigo don Gonzalo Rodríguez, el coronel de Capitanía, que era médico. Mis padres cariñosamente le llamaban Gonzalito. Entonces era todo muy primario. Ni rayos X, ni una buena revisión como hacen ahora, ni análisis, porque no había Seguridad Social y había que pagar. Este chico les ayudo todo cuanto pudo y gratis. Fue tambien el médico de mi hermano y mío.

En la casa de los señores de Carreres donde mi tía Teresita continuaba yendo a coser, resultó que el único hijo se casó con una señora llamada doña Asunción y llevados por esa caridad de las “damas elegantes” quiso favorecer a mi tía ofreciéndose a pagar los estudios a uno de sus sobrinos. La elegida fui yo, la mayor, con el consabido disgusto de mi madre que prefería hubiera sido el varón. Y de la noche a la mañana tuve que sentir un falso agradecimiento y un desbarajuste en mis proyectos. Sabía mecanografía porque iba a Hispano Olivetti desde muy pequeña, estaba terminando mis estudios en San Carlos de cultura general, taquigrafía, gramática y aritmética. Eso era suficiente para colocarme en un despacho que era lo que yo quería. Con aquella intromisión tuve que estudiar la “carrera de secretaria” que era el compendio más o menos de todo aquello, pero que me entretuvo durante cinco años. Me matricularon en el elegante colegio del “Domus” pero no aguante ni un año. Las niñas eran totalmente “pijas” y yo no encajaba allí. Entonces me matricularon en las “Javieranas” y allí saque la carrera con sobresaliente. Mi padre estaba muy satisfecho conmigo. Yo en el fondo siempre estuve agradecida a aquellos señores que me proporcionaron cultura, relaciones con otras chicas y unos años de estudiante feliz y sin problemas. Destaque en  religión, gramática, vocabulario, ortografía y redacción. Y por supuesto en mecanografía no tenía rival.

Finalizaban los años 50, y por aquel entonces, Franco hizo la Seguridad Social para todos los españoles. Entonces mi padre tuvo un médico joven que se interesó  por él y pudimos acudir a un consultorio que construyeron cerca de las Torres de Cuarte donde le hicieron radiografías y le diagnosticaron insuficiencia cardiaca y pulmonar. Empezó a tomar corticoides.

Mientras tanto las oficinas se habían vuelto a trasladar, esta vez a Castellón de la Plana. Mi padre siguió contando con el beneplácito de don Manuel Romaní y tenía su dormitorio en ella, pero como siempre las comidas y cenas se las debía de procurar por su cuenta. Entonces se hospedó en casa de la señora Lola, en la calle Travesía del Reloj, bastante céntrica y cerca de sus oficinas. Allí en realidad estuvo poco tiempo porque llegaba la hora de su forzosa jubilación. La salud no era buena y se le desencadenó una pertinaz asma cardiaca, que le obligaba a permanecer en casa bastantes días porque no podía respirar.

El 6 de Enero de 1956 recibí una carta que cambiaría mi vida y en realidad la de toda la familia. Vicente Sanz Sifre, un muchacho vecino nuestro que vivía en la casa de al lado, recién reconstruida del bombardeo sufrido durante la guerra y que estaba cumpliendo su servicio militar en Madrid, me envió una nota pidiendo permiso a mis padres para poder escribirme desde Sevilla, donde iba destinado en el último mes de su estancia en el Ejercito, ya que había recibido la graduación de “cabo primero” con el número 1 de toda España y era como un premio. Nos quedamos todos un poco atónitos.

Yo lo veía desde el balcón, nos mirábamos y poco más. Pero a mí me llamó la atención desde el principio, y supongo que tambien yo la desperté en él, pero nunca imagine la decisión que tomó.. Mis padres me dijeron que si, esperando ver en que acababa aquello. Durante dicho mes, nos cruzamos unas seis o siete cartas que mis padres abrían y leían antes que yo. Cartas inocentes contándonos el día a día de cada uno.

En la última, Vicente escribió una poesía especial que había que descifrar para saber lo que me pedía en ella. Como yo no lograba entenderlo, mi padre me lo aclaró: Vicente me pedía relaciones. Mi padre me pregunto qué quería hacer yo, y le dije que “sí papá, que me gustaba mucho”. Vicente era un muchacho muy guapo. Moreno y curtido por el sol, con los ojos claros típicos de la huerta valenciana, nacido en Alcira y además era músico, algo que a mi padre especialmente le agradaba. A mis padres no les disgusto la idea pero con mis 14 años, dijeron que de momento “solo como amigos, que ya tendríamos tiempo”  y que “poco a poco”. Mis padres prefirieron tenernos así, controlados desde el principio. Eran otros tiempos.

Cuando llegó Vicente licenciado a casa, aun no nos habíamos visto nunca cara a cara. Había que propiciar un encuentro que corrió a cargo de una vecina de él. Vicente vivía en la escalera contigua a la mía y todos se conocían. (Esta historia la refiero en mi propia historia, por lo tanto aquí la omitiré, para seguir con las impresiones y reacciones exclusivamente de mis padres). La realidad fue que Vicente y yo comenzamos nuestra andadura como pareja y nos hicimos novios. Unos meses después, Vicente fue contratado por la Banda Municipal de Castellón y tuvo que irse allí a vivir. Lo importante era tener trabajo. En Agosto de 1957 había cumplido sus 21 y yo 16 años. Reiniciamos la correspondencia. Mi padre siguió vigilante en todas nuestras cartas y encuentros. Vicente solía venir los lunes para continuar los estudios de su carrera de trompa en el Conservatorio, con don Miguel Falomir, su profesor y al regreso se pasaba la tarde en mi casa hablando con mi padre. Mi padre hablaba con él en valenciano y Vicente encontró pronto en él, a una persona entendida y educada que le podía aconsejar y sobre todo, escuchar. Vicente aprendió mucho de mi padre y le tomó un gran cariño, que resultó reciproco.

Para que Vicente viviera en Castellón, mi padre le recomendó la pensión de la señora Lola, donde él estuvo un tiempo y aun coincidieron juntos un par de semanas más, hasta que mi padre irremisiblemente se jubiló. Recuerdo que para ese evento me llevó con él, pues a Vicente le acababan de terminar su uniforme de músico y le hacía ilusión que yo lo viera. Esa tarde mi padre y yo nos volvimos a Valencia en el coche de su jefe, don Manuel Romaní y Vicente fue a despedirnos guapísimo. Se quedó de pie en la acera de la oficina, con su gorra en la mano diciéndonos adiós y haciéndose pequeñito, hasta que lo perdí de vista en una curva de la carretera camino de Valencia. Esa imagen me acompañó durante muchos años.

El 14 de Octubre de 1957 ocurrió en Valencia una terrible riada. Vicente que estaba en Valencia por sus clases no pude volver a Castellón. Estábamos incomunicados con el resto de España. Gracias a él tuvimos pan y sardinas para comer pues se marchó al Marcado Central buscando alimentos ya que por el barrio, hornos y comercios estaban totalmente  inundados. Para mis padres fue un gran alivio contar con él. Mi hermano era muy joven y en realidad solo sabíamos observar las caras de mis padres, para adivinar el peligro inminente. Vicente estuvo a nuestro lado hasta que pudo volver a su trabajo. Poco a poco nuestra relación se fue consolidando. En sus viajes de Castellón a Valencia, Vicente encontraba en mi padre gran apoyo y buenos consejos. Mi padre pudo conocer a mi novio casi mejor que yo. Conectaron muy bien. Vicente  jugaba al ajedrez con él y eso le distraía. Yo estaba acabando mi carrera como secretaria  en la escuela de  Las Javieranas. Tenía que estudiar y así lo hacía, mientras mi padre y mi novio charlaban.

Mi tía Teresita seguía viniendo a comer todos los domingos y mi padre un domingo nos pidió a Vicente y a mí que fuéramos a por ella y luego la acompañáramos de nuevo a su casa. Había estado delicada con una hernia estrangulada y sentía pena por ella. Vicente y yo nos acostumbramos y desde entonces siempre la acompañamos. Mi tía me quería mucho y empezó a querer a mi novio tambien. Vicente se hacía de querer.

Mientras tanto mi hermano por consejo de mi padre, ingreso en el ejército como voluntario a los 14 años  en la Brigada Obrero Topográfica, pues después de sus estudios básicos en el colegio del Patronato de la Juventud Obrera, (como lo hizo mi padre en su día) curso sus estudios de delineación y topografía en la escuela de San Carlos que la teníamos muy cerca de casa. Acabó su servicio militar pero no le gustaban las “partidas” obligadas por pueblos, cargados con la “mira” a cuestas y comiendo en los bares, por lo tanto se licenció. Entonces mi padre busco entre sus amistades a un afamado arquitecto llamado don Luis Merelo que le debía unos favores mientras cursaba su servicio militar y al que le unía una buena amistad. Don Luis Merelo  tenía varios hijos en sus oficinas y despacho de arquitectura. Los hijos se iban casando y entonces cogió a mi hermano como secretario particular suyo, ayudándole además en los trabajos de arquitecto. Allí estuvo muchos años trabajando con él, como a un hijo más.

En Abril de 1960 se convocaron oposiciones para la Banda Municipal de Valencia. Aquello era un sueño dorado para Vicente y para mí. Mi padre sabía que mi novio me quería y que iba bien preparado con su carrera de trompa recién terminada. Entonces llamó a su amigo don Luis Merelo,  por entonces concejal del Ayuntamiento y le pidió recomendación. Vicente contando con ese apoyo fue más tranquilo y confiado a sus oposiciones. Vicente aprobó en la Banda Municipal y cuando volvíamos contentos él y yo de mirar y comprobar las listas de los aprobados en el Ayuntamiento, mi padre ya lo sabía, Luis Merelo le había enviado un alguacil con la noticia y le dijo: “No he tenido que hacer nada, Vicente las ha ganado por méritos propios”. Pero por supuesto, siempre le quedamos muy agradecidos,

Mi padre a causa del asma, apenas se podía mover y eso le ocasiono un anquilosamiento paulatino de sus piernas que además se le hincharon en extremo, hasta que reventaron y supuraron. Yo no podía ver a mi padre así. Me aterra la enfermedad y prefería salir de la habitación cuando le sobrevenían los accesos de asma. Vicente buscó unas pequeñas ruedas para la silla, que él mismo puso, para poder así trasladarlo de un sitio a otro. Además una madera para apoyar los pies, pues era muy mañoso. Mi padre presentía su final y encontró en mi novio un hijo más. Sabía  que me dejaba “en buenas manos”

En el mes de Agosto de 1961 cumplí 20 años y tuve mi primera tarta. Me la regaló mi novio y mi padre me puso las 20 velitas. Lo recuerdo sentado en el balcón, gracias a la silla que le arregló Vicente, colocando las velas simétricamente y con la ilusión y la pena reflejada en su rostro. ¿Qué sentiría mi padre?

Pasaron los meses y mi padre empeoró. De vez en cuando venía a mi casa don Ramón, un sacerdote mercedario para traerle el viatico.  Mi padre se lo pidió a mi madre y en sus últimas visitas le administró la santa Unción. Yo no quería pensar. Pasaba bastante tiempo en mi trabajo fuera de casa. Al volver él me preguntaba cosas pero yo salía pronto de la pequeña habitación. Solo le besaba.

Vicente le hacia lo que no hacíamos ninguno de nosotros: curarle las piernas. Mi madre tambien estaba muy agradecida a Vicente, era ya como un hijo. Por entonces vivía en nuestra casa mi delicada tía Teresita esperando una plaza para el Asilo de ancianos de las Hermanitas de los Desamparados. Mi padre me miraba y los ojos se le llenaban de lágrimas. A mi tambien, no podía mirarle.

Los ojos de mi padre se me antojaban los del Santo Cristo de Limpias que entonces conocía solo por la estampa. Era la noche del 24 de Noviembre de 1961. Mi padre se iba. Vicente se dio cuenta y no se quiso ir a su casa después de cenar con nosotros. Mi hermano, Vicente y yo, estábamos sentados alrededor de la mesa del comedor presintiendo y adivinando el triste final. De pronto Vicente oyó algo y se fue corriendo a la habitación contigua donde estaba mi padre con mi madre. Mi padre le encargó que nos cuidara y apoyando la cabeza en su pecho, subió al cielo. Vicente nos llamó llorando. Mi amado padre, mi héroe, mi apoyo y mi orgullo, el espejo donde muchas veces me quise reflejar, nos había dejado. Vicente como siempre, se hizo cargo de todo. Llamo a la casa del seguro de decesos y esperamos a que vinieran los de la funeraria. Mi desconsolada madre junto a mi hermano y mi tía, estaban sentados llorando y sin saber ni que hacer. Yo abrazada a Vicente, llorando los dos, preparamos a mi padre para su último viaje. El viejo uniforme no se le pudo poner. Tenía las piernas dobladas como un cuatro y Vicente se las tuvo que sujetar con un cordel para poder cerrar el féretro. Durante la mañana estuve todo el tiempo junto a mi padre. Estaba tan frio, acaricié y besé muchas veces aquella anciana cabecita tan amada. Debajo de sus heladas manos puse las de Vicente y las mías y le pedí que nos ayudara y nos mantuviera juntos muchos años. Mi padre como siempre, me lo concedió.

El entierro lo recuerdo tristísimo, 25 de Noviembre, a un mes justo antes de la Navidad, las fiestas que más me gustaban del año. En una tarde gris y fría despedimos el duelo en mi parroquia, como se hacía antes, mí enlutada madre, mi hermano, Vicente y yo recibiendo el pésame de los asistentes. Aún recuerdo con gran emoción ver a Vicente llorando desconsolado como un niño.  Mi mente repetía esta cancioncilla “Oh mi papa, ¡qué bueno fuiste para mí!, Oh mi papa, jamás te olvidare”

Aquí termina la historia de mi amado e inolvidable padre. Una persona extraordinaria que lucho valiente por sus ideales y que se sintió español toda su vida con gran orgullo y respeto. Obediente a sus ideas, leal y fiel en su matrimonio. Padre amoroso y sin par, aceptó de la vida un final, que seguramente no mereció. ¡Gracias papa!

DESCANSA EN PAZ,  QUERIDO E INOLVIDABLE PADRE MIO. TE AMO

 

Hacía más de un año que  por medio de una amiga del colegio que se casó y dejó su sitio vacante, encontré trabajo en los Laboratorios Pensa. En cuanto me probaron me contrataron al instante como secretaria de la sección Difusión y Control. (Me valieron mucho las prácticas que hice en Hispano Olivetti, donde fui desde muy niña casi todos los días a practicar y sin pagar nada. Mi madre conservó su amistad con el jefe, un tal señor Martinelli y yo entraba y salía a mi bola. Llegue a tener 150 pulsaciones por minuto que era una gran cifra y además sabía taquigrafía que estudie en San Carlos). Gusté mucho y ocupé inmediatamente un puesto como secretaria particular del doctor, afamado otorrino, D. José Vilar Sancho, unido al departamento de propaganda Difusión y Control, donde llegue a ser muy querida, donde trabajé hasta que nos casamos Vicente y yo.

Aquella tarde de Diciembre al salir de la oficina, Vicente me estaba esperando como de costumbre. Íbamos a recoger los recordatorios de mi padre. Pero él tenía que darme una importante noticia que cambiaría nuestras vidas.

Acababa de recibir una carta de su hermanos Nicanor, mayor que él, músico por entonces del Liceo de Barcelona, que le ofrecía y proporcionaba un trabajo en Johannesburgo (África del Sur) donde acababa de firmar él su contrato. Era un contrato de trompa (los dos eran trompas) para la Orquesta Sinfónica de la Radio y Televisión, SABC  BROCADSTIN CORPOREISON.

Sonaba muy importante, con un buen sueldo y en un país naciente. La “ciudad del oro” como la denominaban, estaba gobernada por ingleses pero la mayoría de su población era negra. Vicente llevaba en la Banda Municipal de Valencia apenas dos años y estaba en un mar de dudas y confusión. Yo no le ayudé, al contrario. (Omitiré detalles que escribo en mi propia historia) Nos preguntábamos ¿Qué le habría aconsejado mi padre? Pensamos y valoramos las condiciones y decidimos aceptar. No perdíamos nada. Vicente pidió una excedencia en la Banda Municipal para dos años y con el consentimiento materno, pues yo era menor de edad (entonces de alcanzaba a los 21) nos casamos en mi parroquia de la santa Cruz en una mañana fría del día 8 de Febrero de 1962, a las 8 de la mañana, pues estábamos de luto riguroso.

Apenas acabó la ceremonia, nos cambiamos de ropa y fuimos al cementerio a depositar mi ramo de novia en la tumba de mi padre. Allí quedó junto a él como si fuera mi propio corazón, como homenaje a tanto amor. ¡Adiós papá! ¡Siempre te llevaré conmigo! Le musité llorando. Abrazada a Vicente, salimos del cementerio.

Cogimos el tren para Madrid una tarde de esas que en Valencia “huele a fallas” dejando a mi pobre madre y a mi hermano desolado en el balcón diciéndonos adiós, en un mar de lágrimas. Esa imagen tampoco la pude olvidar fácilmente. Para Vicente y para mi empezaba una nueva vida y para ellos tambien.

Mi madre quedó viuda y de pronto, la casa se le quedo vacía. Nosotros nos habíamos ido, a mi tía la llamaron del asilo de Ancianos y quedaron solos  mi hermano y ella. Mis cartas tardaban en llegar unas semanas y las de ellos para nosotros lo mismo, pero mantuvimos continuamente una estrecha relación. Ellos lo necesitaban y yo tambien. Al casarme yo, se acabó el ingreso en casa de mi sueldo, así que todos los meses durante el tiempo que permanecimos allí, le enviamos a mi madre el equivalente al mismo, en libras esterlinas.

Pasaron los dos años de la excedencia en la Banda Municipal y decidimos regresar. De momento nos quedamos a vivir con ellos, les invadimos la casa y rompimos la nueva tranquilidad de la que gozaban, pero estábamos felices de volver a estar juntos.  Vicente y yo fuimos padres en Johannesburgo de una nena, el 16 de Noviembre de 1962 que llamamos como a mi abuela, mi madre y yo misma: Mari Chelo. Fueron sus padrinos en la Catedral católica donde la bautizamos, sus tíos Nicanor y Mari en representación de los abuelos José Sanz Jiménez por parte de padre y Consuelo Sirera Roselló por parte de madre, que estaban en España, el día 1 de Diciembre de 1062. Contaba 15 días. Regresamos a España en Enero de 1964 y me quede embarazada.

El 19 de Octubre de 1964 tuvimos a nuestro primer hijo varón al que le bautizamos con el nombre de José Emilio. El nombre de mi padre y su otro abuelo. Yo quería que se llamara como mi padre y Vicente como el suyo, así que fue un nombre compuesto.  Sus padrinos fueron sus tíos Pepin, hermano pequeño de Vicente y mi prima Marisa de Buenos Aires, representada aquí por otra Marisa, novia de mi cuñado Pepin. Su bautizo fue el 4 de noviembre de 1964. A los 15 de su nacimiento, le bautizamos en la parroquia de la Santa Cruz, donde fuimos bautizados mi hermano y yo, y donde nos casamos Vicente y yo. Mi madre comenzó a ser feliz. La vida le estaba regalando la dicha de tener nietos y disfrutar de ellos. Continuamente lamentábamos el que mi padre no los hubiera conocido, los habría adorado.

A los dos años nos independizamos definitivamente en un piso de alquiler en Masanasa. Pero veníamos a casa de mi madre casi todas las semanas con una moto Vespa que se compró Vicente para venir a los ensayos y conciertos. Mi hermano y yo volvimos a reírnos como antes, como si fuéramos niños y nos sentíamos felices. La Navidad era entrañable y mi madre ¡al fin! pudo comprar a mis hijos, sus nietos, una Sagrada Familia de Nazaret para montar el Belén ansiado desde nuestra infancia. Vicente construyó un pequeño pesebre con trozos de corcho y en el comedor de nuestro nuevo hogar en aquel pueblecito huertano ¡pusimos el Belén! Fue un acontecimiento y nuestros pequeños hijos estaban encantados poniendo y moviendo ellos las figuritas que después fuimos comprando. Vicente gozaba con ellos. Él, tampoco había tenido nunca, Belén alguno.

Más tarde nos vinimos a Valencia, al barrio de la Parreta. Los domingos y las fiestas las seguimos celebramos siempre juntos, proporcionando a nuestros hijos un entorno feliz y familiar. Para mi madre y para mi hermano tambien, fueron unos años muy dichosos. Sus nietos la adoraban. Ella siempre había sido muy “chiquera” y disfrutaba con ellos al igual que mi hermano, que se convirtió en un niño grande.

Nuestros hijos fueron creciendo y llegó el tiempo de recibir su Primera Comunión. Fue el 11 de Mayo de 1972 en nuestra parroquia de la Resurrección. A mi madre le acababa de tocar un pellizquito de la lotería de Navidad comprada en casa Contreras, pues seguía acudiendo todos los meses para cobrar la pensión de mi padre. La casa de la calle de Sogueros donde seguía viviendo mi madre con mi hermano estaba muy deteriorada a causa de la gran riada de 1957, por lo que este dinerito le vino muy bien para dar la entrada de un piso cerca de nuestro hogar, en la Avenida de Burjasot. Vicente no quiso aceptar nada de aquella lotería pues nosotros no habíamos comprado y decidieron fuera todo el premio para pagar su piso lo más pronto posible. Ya nos hacían bastantes regalos. Siempre fueron muy generosos.

Nosotros por nuestra parte, nos pudimos comprar un coche de tercera mano y empezamos a salir a la playa y al monte con mi madre y mi hermano, que no tenía novia no atisbo de ella. Mi madre compro para ellos y para nosotros, sendas mesitas de camping con sus sillas y nevera. Para ellos tambien era un gran aliciente el tener coche y el poder ir ¡los seis juntos! Vicente se había sacado su carnet de conducir y tenía mucha pericia y facilidad al volante. Con él, estábamos seguros y además se orientaba estupendamente.

El 20 de Mayo de 1973 Dios nos hizo otro gran regalo. Di a luz a mi tercer hijo, Vicente Jesús. Vicente por su padre y Jesus a petición de mi madre. Mis hijos llevaban entre los tres, el nombre de la Sagrada Familia: MARIA, JOSE Y JESUS. Fue un acontecimiento en el Centro Sanitario Municipal porque pesó 5.200 kilos. Tenía unos ojos enormes de un color obscuro como los míos. Vicentin se convirtió en el muñeco de sus hermanos y en el centro de la familia. El bautizo de nuestro hijo Vicentin fue tambien a los 15 días de su nacimiento, al igual que sus hermanos, en nuestra parroquia de la Resurrección del Señor, el 6 de junio de 1973 siendo sus padrinos su hermana Mari Chelo y su tío, mi hermano Francisco José.

Nos habíamos convertido en una familia de cinco miembros y comenzamos a tener dificultad para ir siete personas en el coche. Habíamos adquirido uno nuevo, un Renault 8 que comparamos aprovechando un concierto que tuvo Vicente en Barcelona donde hicimos el cambio. Lloramos todos cuando dejamos al viejo Daufhine en el desguace. El R-8 era un poco más grande y más cómodo, pero Vicente tenía miedo de que nos pusieran alguna multa. Por otra parte mi madre se iba haciendo mayor y le molestaban las piernas por lo que optaron por quedarse en casa. Lo aceptaron de buen grado porque era algo evidente, además las comidas dominicales y festivas seguían siendo conjuntas y nos veíamos constantemente-

Al comienzo del verano de 1974 nos invitaron unos amigos de Sudáfrica que estaban en Valencia, a ir a visitarles a la playa de Puebla de Farnals, pues habían alquilado un apartamento. Vicente y yo con nuestros hijos fuimos a verles y nos quedamos maravillados de aquel entorno que no conocíamos, pese a estar al lado de Valencia. En aquél maravilloso ático, se veía el mar azul con una gran extensión de playa. El complejo contaba con piscina y quedamos subyugados. Cuando regresamos a casa se lo conté a mi madre entusiasmada y ella tan generosa como siempre, me ofreció ayuda para alquilar uno, ese mismo verano en agosto. Y allá que nos fuimos. Era el mismo complejo pero no un ático, sino un segundo piso. El mar se veía poco, pero la piscina y el entorno a mi madre y hermano, gustaron mucho. Sentadita en el balcón nos miraba cuando nos bañarnos en la piscina, veía jugar los niños, y nos decía adiós cuando nos íbamos a la playa que estaba cerca. Nos preparaba la comida y junto con mi hermano, que él sí que nos acompañaba a la playa, pasaron un verano inolvidable y nuevo, para nuestra forma de vivir. Decidimos volver el próximo verano. Pero no ya hubo “próximo verano”.

Aquella Navidad de 1974 estaba mi madre un poco más delgada y cansada. Apenas salía de casa, se conformaba con hacer sus quehaceres y con las comidas del domingo en familia se sentía feliz y satisfecha. La vida le estaba dando la alegría de ver la familia unida a su alrededor. Ella agradecía a Dios el regalo de los tres nietos. Mis hijos la adoraban y a mi madre todo le parecía poco para sus hijos y sus nietos. Era el sábado 9 de enero, después de Reyes. Mi madre me encargó que comprara el arreglo de la paella para el domingo y acompañada de mi pequeño Vicentin fuimos a llevárselo. Estuvimos allí un ratito y nos reíamos de no sé qué. Mi madre y yo siempre nos reíamos mucho juntas. Yo sabía hacerla reír.

Cuando nos despedimos, no nos acompañó a la puerta, se quedó a la entrada de su cocina, frente al largo pasillo, diciéndonos adiós con la mano. Vicentin le tiraba besitos y así estuvimos unos minutos. Al final le dije “hasta mañana mamá” y cerré la puerta. Su imagen se quedó prendida en mi retina.

Era la madrugada del día 10 del recién estrenado 1975 cuando sonó el teléfono y lo cogió Vicente. Oí como decía “¿Qué? Vamos corriendo” y me dijo: es tu hermano, algo la pasa a la mamá. Nos vestimos como locos, desperté  a Chelo y le dije que nos íbamos a casa de la abuelita, que cuidara de sus hermanos.

Al llegar, mi hermano estaba llorando desconsoladamente. Al ir al baño, se encontró sentada a mi madre en él. Estaba muerta. Arrastrándola como pudo la llevo a la cama y nos llamó. Fue terrible ese impacto tan inesperado, tan fugaz, tan triste. Yo la abracé llorando, estaba tibia y bañada en sudor, un sudor frío de muerte. Yo no sabía qué hacer. Se me ocurrió llamar a dos buenas vecinas mías, Pilar y Consuelo para que vinieran y me ayudaran a vestirla. Nunca se lo agradeceré bastante.  Mientras tanto Vicente se encargó de llamar al Ocaso, nuestra compañía de decesos. Avise a nuestros hijos. Vicente y yo decidimos que no vinieran,  para que la recordaran siempre viva y alegre. No sé si hicimos bien. Ahora creo que hicimos mal.

Antes no existían los Tanatorios, por lo que el velatorio se hacía en las casas. Los de la funeraria se encargan de colocar el féretro donde se les indica. Es una imagen muy triste. Como ocurrió con mi padre, en ese lugar siempre queda el recuerdo de esos desconsolados momentos. Vicente se acercó a casa y dio instrucciones a nuestros hijos. Chelo y Emilio, con 12 y 10 años respectivamente, cuidaban bien a su hermanito de 2. Pacientes y asustados, esperaron en casa. Chelo tenía un diario y siempre me quedé con las ganas de saber que escribió en sus páginas, en esos momentos tan tristes para ellos tambien. Me consta que quisieron mucho a su abuelita por lo que sus nietos  la echarían de menos, acusando la ausencia de esa abuelita acogedora, cariñosa, generosa y alegre que nos recibía todos los domingos para comer, que los llenaba de besos y que nos sabía preparar tan  buenos guisos. A su manera tambien le dieron su último adiós. Pocos días después, les llevamos al cementerio para que vieran donde estaban sus abuelos maternos, aunque les explicamos que estaban en el cielo y que desde allí, les protegerían siempre.

Despues de las buenas e inevitables visitas para acompañar en el duelo, amaneció el domingo 11, tan distinto a los habituales. Llegaba la hora de ir al cementerio. Recuerdo que caminábamos detrás de mi madre que iba encima de las ruedas que ponen para esos fines, y en mi mente resonaba la canción que le cantábamos el día de la madre “Mami te traigo flore, flores de las mejores, mami de mis amores”. Me recuerdo llorando sin parar, cogida del brazo de mi pobre hermano que estaba muy afectado y del brazo  de Vicente que iba llorando tambien. Él era como siempre, nuestro apoyo. Aquella mañana de Enero dejamos a mi madre reposando al lado de mi padre, juntos otra vez después de 14 años.

“COMO QUIERES QUE EN INVIERNO DEN ROSITAS LOS ROSALES, SI FUE UNA NOCHE DE ENERO CUANDO SE MURIO MI MADRE”  (Jotica anonima)

¡Gracias mamá por tanto amor! ¡Gracias por tus cuidados, por tus mimos, por tus sonoros besos! Por todo lo que sufriste para que no nos faltara la alegría y el pan de cada día, por tu gran generosidad y por el ejemplo de abnegación que junto al papá nos dejaste y transmitiste ¡Gracias por siempre querida mamá!

DESCANSAD EN PAZ, MIS QUERIDOS E INOLVIDABLES PAPA Y MAMA. OS AMO Y NUNCA OS OLVIDARE.

Vuestra hija CHELO MONDEJA SIRERA.

 

Hasta aquí el “Recuerdo de la memoria” sobre la vida de mis padres y familiares de entonces.

Algunas cosas las oí de sus propias vivencias, otras las viví en primea persona. Quedan aquí escritas por si alguno de vosotros, hijos y nietos, las queréis leer y trasladaros así, a una parte de la historia de la familia, que es la vuestra, e incluso de la historia de España. No sé si alguien sea capaz de hacerlo. Es seguro que se si lo hacéis, se enriquecerán vuestros conocimientos y vuestro espíritu. Si no lo hacéis, peor para vosotros, aunque os dará igual. Ja, ja. Y a mi tmbien.

Valencia 30 octubre 2020

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