GENARO
Hola, me llamo “Genaro” (Citroën C3.
Matrícula 3691 GNR). Soy joven, apenas cinco años y guapo, de un lindo color
azul, casi impecable. Pero estoy muy triste. Vicente, mi querido dueño me ha
dejado. Y no es que me haya sido infiel, es que Dios, se lo ha llevado con El
al cielo y a mí me ha dejado en la tierra, muy solo. Le espero todos los días
en el parquin donde me tiene guardado y custodiado, porque no quería que me
pasara nada malo, ni me estropeara, ni me dieran golpes, pues me quería
muchísimo. Hace días, meses, que no baja a verme, ya no puede hacerlo. El
último día que lo lleve al hospital ya no volvió a casa conmigo.
Yo he sido el último coche que ha tenido mi
dueño. Siempre fueron de segunda mano a excepción de un “Nisán Sunní” que
adquirió, nuevo también con ayuda de Lucio, en Agosto de 1994 y que
desgraciadamente tuvo que dejar cuando por culpa de no distinguir bien, a causa
de sus “cataratas”, tuvo un accidente que dejo el coche tan maltrecho, que no
valió la pena el arreglarlo. Mi querido
dueño y amigo Vicente, estuvo un año sin coche. Se operó la vista y esperó,
pensando que decisión podía tomar y por cual coche se iba a decidir. Su amigo
Pepe Latorre, adquirió por entonces un “Citroën C3”, como yo y al verlo le
gusto tanto que decidió ir al concesionario de Alboraya para interesarse por
mí.
Tenía que hacer muchos números para comprarme
y financiarme a tres o cuatro años. Esta vez, fue su hijo Vicentin el que
acudió en su ayuda y le ayudó en la compra, rebajando así los intereses y el
tiempo. Gracias a él, mi dueño, su padre, pudo estrenarme orgulloso y feliz, a
primeros de Julio de 2009. Cuando vieron mi matricula, fui bautizado inmediatamente
por Chelo, esposa y amor de mi dueño, con el nombre de “Genaro.” Me gustó.
Para probar mis aptitudes, me llevaron apenas
con tres días, al pueblecito de “Las Eras”, donde estaban pasando unos días
Emilio, hijo de mi dueño, con su esposa Mari Carmen y sus hijos Emilio Samuel y
Lucas, que estaban deseando conocerme. Habían venido a verme al concesionario,
pero aun no me habían visto personalmente. Nos acompañó la hija de mis dueños, Mari
Chelo que estaba sola, ya que sus hijos, nuestros nietos Carlos Javier y Lucia
habían marchado de acampada. Hay unas fotos que inmortalizaron el día y un
pequeño cuadrito al óleo que pinto Chelo, el amor de mi dueño a su hijo Emilio,
cuando yo me alejaba contento, trotando por la carretera como un brioso corcel,
de vuelta a casa. Las manos de Vicente se estaban acostumbrando rápidamente a mí.
Eran unas manos medianas, curtidas. Acostumbradas a trabajar. Eran manos
expertas, mañosas, solícitas, hábiles. Capaces de hacer trabajos duros y
trabajos delicados. Era natural, estaba acostumbrado a llevar en brazos,
durante más de cincuenta años, casi toda su vida, a su “otro amor” la trompa. La cuidaba, la
engrasaba, la limpiaba y la pulía. Todo lo que caía en sus manos era para ser
arreglado. Sus manos sabían copiar música, manejar un soplete, una sierra o un
bombín. Sus manos, que cambiaban una rueda, también sabían pescar y pintar. Sus
manos, eran unas manos tiernas que además, sabían acariciar. Su hijo Emilio ha
heredado las manos de su padre Vicente.
Se hizo mi amigo al instante. Llevaba mi
volante con soltura y seguridad y le encantaba tocar aquí y allá para descubrir
y disfrutar de todas las ventajas que yo le ofrecía. Me estrenaba con orgullo, ¡tenía coche nuevo!
Y por eso decidieron darme la bendición en la tarde calurosa del 25 de julio de
ese año 2009 en la puerta de la parroquia por el párroco D. Pedro Miret. Me
pusieron colgando del espejo retrovisor una cruz de plata para que Jesús nos
acompañara siempre de esa forma visible. ¡Quién nos iba a decir, a mí y a mis dueños, que el mismo día, cuatro años
después, acabando de pagar la última letra por el banco, les darían la más
terrible noticia. Vicente, mi pobrecito dueño, había contraído cáncer de
pulmón.
En los cinco años que he vivido con él, he
disfrutado mucho de su cariño y atenciones y él me ha conducido con habilidad y
destreza. Se sentía seguro conmigo. Le he llevado a viajes largos. El primero a
Santander para ver a Lucio, aunque él no me pudo ver a mí. Lo he acompañado con
sus hermanos en no pocas ocasiones, celebrando su propio Aniversario de boda o
el de alguno de ellos. Almería, Benidorm. Peñiscola, Alfas del Pi y Castellón,
fueron los destinos. En familia hemos ido a Las Eras, Gandía, Serra,
Portacöeli, Santo Espíritu, celebrando sus Bodas de Oro, la Patá y a menudo a
La Eliana para ver a sus hermanos Nicanor y Mari. También le he llevado a
Madrid en varias ocasiones para ver a su hijo pequeño, que estaba muy contento de
haber podido contribuir a la felicidad de su padre, y así con su ayuda, poder
adquirirme nuevecito, a estrenar por él
A mediados de noviembre de 2012 fue
intervenido Vicentin, el hijo pequeño de mi dueño, de una difícil y peligrosa
operación. Ese viaje fue tristísimo para mí y para mis dueños. Vicente me
conducía apretándome, acelerándome, apenas sin hablar, pendiente del teléfono y
de la carretera, para no perderse. Tuvo que aprenderse bien la dirección para
poder llegar al hospital Príncipe Felipe, pero al fin llegamos, acompañados de
Marichelo y Emilio los otros dos hijos, que pudieron estar en tan difíciles
momentos con él. Me dejo bien aparcadito
durante unos días, hasta que ya instalados en casa, nosotros pudimos regresar a
Valencia. Al dejarme aparcadito me acarició y me dijo “te has portado muy bien,
gracias Genaro”
Yo le ayude mucho y después de Navidad volví
a hacer el mismo viaje. Esta vez con toda la familia para ver al hijo, hermano y
tío delicado, poder pasar con él el día de la Sagrada Familia y dar todos
juntos gracias a Dios por su mejoría. Aquel viaje lo recuerdo con mucho agrado.
¡Que feliz me condujo Vicente todo el tiempo! Se hospedaron en el Hotel de la
Imagen y yo me quede bastante helado en la noche gélida de Madrid, pero a la
mañana siguiente lucia el sol y empezaron a escurrírseme las gotas que me produjo
la helada. Me quedé reluciente y como nuevo. Por las ventanas veía a mi
familia. Vicente andaba tostándoles pan a los cuatro nietos que pululaban a su
alrededor buscando mantequilla, fiambre, zumos y dulces. ¡Que gozada verles
así, unidos, felices, en busca del hermano e hijo convaleciente! Apuesto a que
ninguno lo podrá olvidar nunca. Un viaje así, los diez en familia, ya no se
pudo repetir nunca más.
El último viaje con salud de mi dueño, fue
precisamente a Madrid, a celebrar la completa recuperación de Vicentin, que
cumplía 40 años. En el mes de mayo de 2013, apenas dos meses antes de enterarse
Vicente de su enfermedad, decidieron hacer dicho viaje con su esposa, sus hijos
y nietos, aunque por obligaciones laborales faltaron cuatro, (Emilio, Mari
Carmen, Emilio Samuel y Lucas) para cumplir la promesa que tenían pendiente por
la recuperación. Disfrutaron mucho conmigo en dicho viaje y yo me porte
estupendamente, llevándoles con presteza y seguridad por aquellos bosques de
robles, pinos, abedules y hayas. Por aquellos pastos con caballos y vacas y con
aquellos cantarines riachuelos de Canencia, para llegar comer el prometido y
ansiado cabritillo asado en el restaurante Colorines en Alameda del Valle. Como
disfruté de verles felices. Yo también me sentía feliz de ver a Vicente, mi
dueño y a Vicentin recuperado, es por eso que estábamos allí. Ambos se lo
tenían ganado.
Tampoco puedo olvidar los viajes a la playa
de todos los veranos. Vicente y su amor Chelo, muchas veces en soledad,
marchaban a la ansiada playa de la Puebla de Farnals. Yo me sabía el camino de
memoria. Me dejaba bien aparcado, cuidando de que mis ruedas no se hundieran en
la arena. Me protegía del sol con un cartón grande y limpiaba cuidadosamente
las sillas, la sombrilla y el bolso antes de guardarlo todo en el capó. Tambien
se limpiaban ellos los pies concienzudamente y aunque tardaban en arrancar para
volver a casa, siendo a veces la risa y exasperación de Chelo su amor, valía la
pena, porque así es como me ha conservado en perfecto estado, siempre he estado
como nuevo.
Muchas veces, los nietos Emilio y Lucas,
venían con nosotros y les obligaba a limpiarse los pies como lo hacia él. En mi
capó he llevado raquetas, bañadores, toallas y balones para ir al polideportivo
de Picaña. Vicente estaba jubilado y tenía todo el tiempo del mundo para
dedicárselo a sus queridos nietos. Otras veces el capó se llenaba de
instrumentos. Trompa y trompeta, atriles, partituras y las mazas de la
percusión. Me llevaban de concierto. A veces, desde donde me dejaban aparcado
les oía y les veía. Dos o tres veces vi
a mi dueño portar la bandera de la Sociedad Musical Tendetes, a la que pertenecía,
un tanto tímido porque no lo había hecho nunca, pues en su Banda Municipal era
diferente, había un encargado especial para ello, pero satisfecho al fin de ser
útil a la corporación, lo hacía mientras duraba el pasodoble de apertura,
alrededor del mercado de Colon de Valencia, donde se iba a dar el concierto.
Les he llevado a muchos conciertos más en la capital y en pueblecitos y nunca
les he fallado.
Durante el verano de 2013 cuando le
detectaron la enfermedad a mi dueño, no dudó en utilizarme de nuevo para ir a
ver a su hija Chelo, yerno y nietos, al apartamento habitual de la Puebla, como
había hecho durante muchos años atrás para tomar el baño. Algunas noches fuimos
a cenar con ellos y jugar con sus nietos Carlos Javier y Lucia al dominó. Como si
no le ocurriera nada. Pero su hija Chelo sabía su gravedad y aprovechó ese
tiempo para llevar a sus padres a ver el Oceanográfico y cenar una noche
especial del verano a la luz de la luna. Otra noche al complejo comercial
“Agua” de la Avd. Francia, también con
cena incluida, pero ahí no iba yo, iban con el coche de Carlos, su esposo. Mis
dueños y yo les ayudamos, eso sí, en el traslado al ir y al volver a casa,
desde el apartamento, como lo habíamos hecho en otros veranos anteriores.
Siempre contento y siempre dispuesto para ayudar, mi dueño Vicente contaba con
mi incondicional ayuda.
Pero mi pobrecito Vicente, se puso peor. La
enfermedad avanzaba y tuvo que dejarme de conducir. Qué pena le dio a él y a
mí. Aparcadito, enfrente de su balcón,
se contentaba con contemplarme esperando el ansiado día de poderse sentar ante
el volante y conducirme de nuevo. Ese día se hizo esperar bastante. Durante el
invierno fue su hijo Emilio quien se encargó de conducirme para ir al hospital
casi todas las frías mañanitas del invierno aquel. Vicente le decía “tranquilo,
hijo, no vayas tan deprisa… ¡qué stress!”. Al volver Emilio, me aparcaba de
nuevo en mi sitio habitual de casa y allí esperaba hasta que por la tarde, bien
entrada la noche, me cogiera de nuevo para recoger a sus padres al hospital
después de su tratamiento. Vicente acompañado de Chelo, su amor, siempre con
él, siempre a su lado acompañándole. Yo de lejos les divisaba esperándome en la
puerta del hospital, cogiditos del brazo, bien abrigaditos. Otras veces les he
llevado al Centro de Mayores, donde iban a pintar.
Alguna vez había que ingresar a Vicente y mientras
duraba su ingreso, fue el nieto Emilio Samuel, con las recomendaciones de su
abuelito, quien llevó a su abuelita al hospital para relevar a su padre Emilio
o a su tía Chelo. Todos los que me conducían me querían, porque era el
cochecito de Vicente, y procuraban cuidarme como lo hacia él.
Llegada la primavera mi querido dueño
Vicente, mejoró bastante y con gran alegría volvió a sentarse ante mi volante,
para reanudar sus clases de pintura o comprar en Mercadora. Poca cosa, pero
para él y para mí, era un triunfo, una gozada, una nueva esperanza que renacía.
Paso el verano con algún viajecito al mar, comer con sus hijos y nietos y
celebrar el 73 cumpleaños de Chelo, su amor y el suyo propio, los 78, aprovechando
que vino Vicentin, el hijo pequeño de Madrid. Cuando aquella noche se
despidieron del apartamento, dando gracias a Dios, como hacían todos los
veranos, no imaginaron que mi dueño Vicente ya no volvería nunca más a pisar su
querida playa, ni a bañarse en las aguas donde tanto disfrutó.
En septiembre empeoró de nuevo y ya su
espíritu se quebrantó. Empezó a perder la confianza y la esperanza de volverme
a conducir. En el fondo de su alma sabía que el tiempo de la renuncia
definitiva estaba llegando. Su nieto Lucas, fue el último que se sentó a mi
volante al lado de su abuelo, mi querido dueño Vicente. Lo llevó al hospital y
ya no salió del mismo. Esa mañana, volví a casa con Lucas, me dejó bien
aparcado y se fue, dejándome solo, con la incertidumbre de no saber que estaba
pasando con mis queridos dueños. Esperé un día y otro y otro más. Pasaron las
semanas. Oí que me querían vender. ¡Qué gran pena sentí dentro del motor de mi
corazón! Todo se había terminado. Mi buen amigo Vicente se había marchado para
siempre. ¡Que cruel es la vida a veces!
Me he llenado de polvo y de tristeza. Parezco
más viejo. Hace poco llegó Vicentin de
Madrid y Emilio me cogió por última vez, para ir a recoger a su hermano en la
estación. Chelo, mi dueña, recogió los enseres personales de la guantera, me hizo
una fotografía con los hermanos y diciéndome adiós, deposito un gran beso en mi
capó, que me lleno de lágrimas y de tristeza Y me dijo “Adiós, mi buen Genaro,
has sido muy bueno con nosotros y hemos sido muy felices contigo, nunca te
olvidaré” Hoy estoy contento. Tengo la satisfacción de haber acompañado y haber
hecho muy feliz a Vicente, los últimos años de su vida. He cumplido mi misión.
Me he enterado de que la hija de mis dueños,
Mari Chelo, no quiere que salga de la familia y quiere comprarme ella, para que
me utilicen y conduzcan sus hijos, los nietos de Vicente, Lucia y Carlos Javier.
Yo hubiera preferido quedarme con la familia de Emilio, con Emilio Samuel y
Lucas, se lo merecían. Fueron los únicos que me condujeron para ayudar a su
padre y abuelo y ya los conozco. Los otros nietos no sé aun quiénes son, no
tenían el carnet de conducir. Sin embargo, a la familia de Emilio no le fue
posible mi adquisición y renunciaron a favor de la hija Chelo y su familia. Así
pues me tengo que marchar de mi garaje habitual y conocer otro parquin y a
otros compañeros, aparcados allí. Tendré que aprenderme nuevos caminos y escuchar
otras voces. Lo aprenderé, estoy seguro, soy joven y estoy casi a estrenar.
Espero que me conduzcan con la misma
seguridad y cariño que su abuelo Vicente. Que me cuiden, como lo hacia él. Y
que no quiten la cruz del espejo retrovisor, les dará suerte pensar que los
ojos maravillosos de su querido abuelito Vicente, se posaron muchas veces en
ese espejo para ver el tráfico de alrededor. Cada vez que lo miren, le verán a
él, solícito y cariñoso, atento a todo y a todos y pensarán que desde el cielo
va con ellos al volante. Yo, Genaro, el protagonista de ésta historia, así lo
quiero a pensar para no morirme de pena. No obstante si la quieren quitar, que
lo hagan libremente y se la devuelvan a mi dueña, como recuerdo.
Quiero seguir viviendo en ellos y con ellos,
con Lucia y Carlos Javier y que me aprovechen bien. Quiero ver mundo, aun me
quedan muchos lugares que visitar y quiero sentirme feliz de nuevo, conducido
por los muchachos, por esas manos juveniles que, supongo algo habrán heredado
de su querido abuelito. Siempre mi primero e inolvidable dueño, Vicente al que
nunca olvidare. ¡Mucha suerte chicos!
Valencia Marzo de 2015.
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