miércoles, 9 de julio de 2025

PERSEIDAS

PERSEIDAS

 

LLUVIA DE ESTRELLAS - LAS PERSEIDAS - AGOSTO 2015

Abrí los ojos sobresaltada. Me había dormido y tenía que irme a Madrid. Instintivamente mi mano se deslizó por la parte de la cama que ocupabas siempre a mi lado, estaba fría y vacía. Sin tu cuerpo ni tu calor. Tome conciencia de mi realidad. Ya no estabas a mi lado para desearme “feliz cumpleaños” con tu beso de buenos días. Te habías ido al cielo,  a las estrellas. Esas estrellas siempre prometidas, que podía contemplar por fin, desde el cielo de Madrid.

A la hora convenida con mi hijo Emilio, baje a la calle. Lucas estaba al volante y su padre de copiloto. Alce la vista al balcón como buscando tu silenciosa presencia pero solo vi la mecedorita de tu infancia diciéndome adiós.

Acababa de hablar con Vicentin, risueño y cariñoso felicitándome y dándome consejos para el viaje, a transmitir a mis hijo y nietos. Nos esperaba sobre las dos en su casa. Estaría sola Carolina, ya que el por su trabajo vendría sobre las cuatro de la tarde. Me senté en el asiento de atrás junto a Emilio Samuel. Despues de los saludos mañaneros nos sumimos en nuestros móviles, mientras delante Lucas colaboraba con su padre sobre el itinerario a seguir. Yo apretaba junto a mi corazón mi teléfono. Lo había repletado de fotografías de Vicente, solo con su carita en las diferentes fases de su enfermedad y algunas de años anteriores. Me sentía acompañada y lo miraba con frecuencia, lo hacía presente en mi retina a cada instante.

Repasaba en mi interior otros viajes a Madrid con él, con mi amor, como siempre. El último hacía dos años. Fue en Mayo, cuando Vicentin cumplió los 40 años y acababa de salir de su percance de salud. Entonces íbamos risueños y agradecidos a Dios a celebrarlo con él en Rascafría, posada del Campanario, con un suculento cabritillo asado. El paisaje y los pueblos que íbamos atravesando me recordaban lo acontecido años atrás. Quien nos iba a decir a Vicente y a mí en aquél entonces, que sería nuestro “último viaje” a Madrid.

Ante mi soledad actual por tu ausencia y mi tristeza, Vicentin y Carolina pensaron en celebrar mi cumpleaños de una forma distinta. Se da la circunstancia, además, de que Chelo y Carlos con sus hijos, están en Guatemala, visitando a la familia de Carlos,  por lo tanto mi celebración habitual seria por si, muy diferente. Por eso me han invitado a ir a Madrid con ellos para ver el espectáculo de la “lluvia de estrellas” que acontece precisamente, año tras año,  el  día12 de Agosto. Lo habían sugerido años anteriores, pero  con tu enfermedad, mi amor,  lo descartamos y han decidido que este año sería oportuno para llevarlo a cabo. En un principio iba a ir sola, con el tren AVE, pero Emilio y los niños pensaron acompañarme y así poder pasar tambien a mi lado este día, tan distinto  a los cumpleaños de toda mi vida a tu lado.

En mi familia, desde mi infancia, siempre fue un día especial. Se compraba ¡nada menos que un melón!, la fruta idónea por excelencia, del verano mediterráneo. Y ese melón traía siempre una discusión con él: críticas por parte de mi madre, si salía más o menos dulce y luego el tener que compartirlo con mi tía Teresita, hermana de mi padre que gozaba de pocas simpatías por parte su cuñada. Según contaba mi madre, no sin cierta ironía, el melón era portador de una buena “bronca”, que por otra parte, nunca entendí. Dicho melón, junto a un helado casero que fabricaban mis padres en la pequeña cocinita de mi viejo barrió valenciano y que servía de invitación a la familia, fueron las bases de una tradicional celebración: el cumpleaños de la primogénita, y nada de tartas ni de velas, eso llegaría mucho después, cuando cumplí 20 años, el último en mi casa.

En la familia que formamos tú y yo, seguí con la tradición y tu cumpleaños y el mío, fueron tambien muy celebrados. Conjuntamente han servido para reunir a la familia en un día que por unanimidad se declaró “especial”, siempre acompañados de nuestros hijos, nietos, Lucio, hermanos y sobrinos, con comida o cena, en casa o en restaurante, año tras año, hasta el día de hoy. Porque en este año, se ha cambiado el rumbo de nuestra historia. El pasado día 1 de este mes de Agosto, (siempre nuestro mes de vacaciones), ya no pude colocar encima de la tele las tarjetitas dedicadas a ti, mi amor, en espera de juntarlas con las mías. No había ninguna.  Desde que te fuiste, ya nada es ni volverá a ser lo mismo.

En el transcurso del viaje, evocando tiempos y lugares, mirábamos al cielo. Para poder ver y contemplar las estrellas era imprescindible que no estuviera nublado. Sobre las doce, paramos a tomar algo y Emilio Samuel, pasó adelante para conducir él. Emilio siguió de copiloto y enchufaron el GPS para localizar el domicilio de Vicentin. Yo seguía apretando fuertemente mi móvil para sentirte más cerca. El cielo empezó a llenarse de nubes que en un principio no parecían importantes. Llegamos a Madrid sin novedad y sin equivocaciones. ¡Cuánto me acordé de ti, mi amor, que siempre te equivocabas al tomar la M-40!

Estábamos aparcando cuando nos salió al encuentro Carolina que venía de comprar un poco de comida preparada por si a los niños no les gustaba lo que habían cocinado: judías verdes y patatas. Compraron un pollo que siempre es aceptado por todos. Subimos en el ascensor todos a la vez cargados con el equipaje, que consistía en sudaderas y ropas de abrigo para la noche. Mi emoción iba en aumento. Vicente se me representaba sonriente y feliz como cuando solía aparcar y mirábamos hacia el piso de Vicen que, asomado a la ventana como una gárgola nos esperaba sonriendo. ¡Le echaba tanto de menos!

Cuando entré en el comedor, tan recordado en el tiempo y sus circunstancias no pude contener la emoción. A nuestro hijo Emilio le pasó otro tanto y los niños estaban callados respetando nuestro abatimiento. De pronto apareció Vicentin, con sus brazos abiertos para cobijar mis sollozos. ¡Por fin, se las había arreglado para esperarnos en casa y no llegar después! Esperaba ese momento de mi debilidad emocional y quería consolarme personalmente. Lloré un ratito abrazado a él y le agradecí su presencia. Nos dio una grande y grata sorpresa, pues le esperábamos más tarde. Solícito y cariñoso junto a Carolina prepararon todo para comer.

 Habían decidido que mi celebración de tarta y velas fuera al día siguiente, antes de salir para volver a Valencia. Ese día recibí muchas felicitaciones por mi móvil y por la mañanita, antes de salir de casa, mi hija Chelo y familia me alegraron como de costumbre con sus canticos de “cumpleaños feliz” desde Xela. Emilio, Mari Carmen, Vicen, mi hermano y Conchin, Mari, mis cuñados, y un montón de amigos, hasta Pedro Miret, el párroco, se acordaron de mí cumpleaños este verano: 74, pero sin ti, mi amor. Sesenta años contigo, son muchos para agradecer a Dios, pero ahora me parecen muy pocos. Intento sacudir mis inoportunos pensamientos y centrarme en el motivo por el que estamos en Madrid.

El cielo se había cubierto de nubes totalmente. Mis nietos y Vicen con Emilio consultaban continuamente el tiempo en sus móviles y en el ordenador. Parecía que quería aclarar. Nadie se arrepentía de haber ido. Aunque estuviera nublado estaban conmigo. Sobre las ocho tomamos la decisión de ir. Carolina preparo unos bocatas de jamón y cogió agua. Yo había llevado unas empanadillas y magdalenas. Nos vestimos “de invierno”. Mi hijo con los niños se quedarían en el “Hotel de la Imagen”, donde nos hospedamos cuando operaron a Vicentin. Salimos para Rasca Fría, por Miraflores de la Sierra, camino de una montaña “la Morquera” a 1600 metros de altitud y a 70 kilómetros de Madrid y desde donde se suponía que se verían bien las estrellas fugaces de las Perseidas, nombre que reciben de la constelación de Perseo.

Lo primero que hizo Vicen al aparcar y tomar posesión del terreno, fue darnos una información del cometa que las ocasiona, que pasó por nuestro órbita en 1992 y que no pasará nuevamente hasta dentro de 150 años. Habíamos traído unas sillas de playa y unas esterillas y aprovechado la poca luz diurna que quedaba nos distribuimos alrededor de una fuente, sin agua, que protegía bastante del helado vientecillo que empezaba a soplar y que despejaba afortunadamente el cielo. Comprobamos ante nuestra sorpresa, que había familias y grupos distribuidos por la pradera y eso disgustó a Vicen que quería estar en soledad. Con nuestras linternas entre juegos y bromas, cenamos. Los otros grupos tambien llevaban linternas y verdaderamente molestaban si te enfocaban queriendo o sin querer con ellas. Había que esperar. El apogeo de las fugaces se esperaba hacia las tres de la madrugada. Me pareció una barbaridad. Me estaba quedando helada pese a la ropa que llevaba. Había traído bufandas y más ropa, pues me suponía que alguno de mis nietos e incluso mi hijo Emilio la necesitaría. Vicen tambien les dejó algo, pero todo era poco. Hacia verdaderamente mucho frío.

La noche se había despejado bastante y las estrellas brillaban como en la noche fría de la Navidad. Lamente no tener a mi lado a mi Vicente. Hubiéramos estado sentaditos, juntitos y apretados para darnos calor. Aunque tambien me lo imaginaba con la linterna jugueteando con los nietos y “dotoreando” como le diaria yo, los alrededores. Pero nada de esto aconteció,    tú no estabas mi amor, no pude ver el espectáculo contigo, y aunque Emilio permaneció a mi lado, encogido tambien de frio, yo sentía la soledad de ti, dentro de mí.

Cada estrella fugaz que se empezaba a ver en todas las direcciones, levantaba voces y aplausos, la primera la vieron Carolina y Vicen que estaban entusiasmados. Emilio Samuel y Lucas con ellos, se tumbaron en las esterillas. Lucas se había llevado su “saco” y fue el que mejor estuvo. Las fugaces iban en aumento y las iban contando. Yo me cansaba de mirar hacia lo alto y la verdad es que no alcancé a ver muchas, apenas unas diez o doce. Pero ellos vieron casi cincuenta, por lo que me alegré mucho. Estaba ocupada en evocarte, mi amor. Quería adivinar tu carita desde el cielo mirándome. Encendía el móvil y te miraba y luego te imaginaba allá arriba contemplándonos a todos. Mis ojos se llenaban de lágrimas y Emilio trataba de hablarme y distraerme, invitándome a apagar el móvil y mirar hacia arriba.

De pronto algo llamo nuestra atención. Llegó un autocar grande que aparcó en la carretera y empezaron a bajar 30 o 40 personas para ver tambien las estrellas. El ambiente se llenó de voces y risas. Caminaban en fila india con sus linternas como una gran luciérnaga. Vicen. Carolina y Emilio se contrariaron muchísimo. A mí sin embargo me hizo gracia y me saco de mi tristeza. Caminaban hacia nosotros, hacia la fuente que no tenía agua, pero ellos no lo sabían. Nos deslumbraron a todos con sus linternas y nosotros y los demás grupos empezaron a protestar. Se asemejaban a “La santa compaña” como les denominé, y se fueron acomodando por la pradera llena de boñigas de vacas, ortigas y piedras que sin luz, resultaba bastante peligrosa y hostil. “Así se caigan de narices”, les deseamos en nuestro interior.

Así, entre estrellas, linternas, voces, maldiciones, risas, emociones, evocaciones y haciendo presente a todos mis seres queridos, pasaron las horas. Sobre las dos y media, se acercó Emilio a ver como andaban los que se habían “tumbado” y que estaban aguantando perfectamente, pero nosotros decidimos meternos en el coche. Los dientes nos castañeteaban, helados de frío. Poco después “la santa compaña” regreso a su autocar y se hizo el silencio, pero no quisimos salir al exterior, nos parecía que ya habíamos visto de que se trataba aquello y prolongar más la estancia allí era casi una temeridad porque verdaderamente hacia un frio polar. Regresaron los chicos con Vicen y Carolina. Ellos se fueron al hotel y nosotros a casa. Dijimos adiós al momento y al lugar, agradeciendo a nuestros hijos y nietos la oportunidad de contemplar aquel espectáculo único y seguramente para mí, irrepetible.

El camino era largo y estaba lleno de curvas. Yo me mareaba y Vicen tuvo que ir despacio. Emilio conducía detrás. Sus hijos se habían dormido.

Ya en casa, me prepararon con mucho cariño la cama en el sofá nuevo que habían adquirido hacia poco tiempo. Les agradecí el espectáculo estelar que me habían regalado. Te busque en mis fotos mi amor y te llene de besos una vez más, quedándome dormida al momento como ellos. Todos habían hecho un esfuerzo para que ese regalo “especial” se llevara a término.

Amaneció un cielo rabiosamente azul pero con un viento muy fuerte y helado. Era como si hubiera llegado el otoño. Vicen y Carolina se levantaron más de las nueve. Hable con Emilio, sin novedad. Iban a desayunar. Durmieron los tres en una habitación y cayeron rendidos tambien al instante. Cuando llegaron limpios y guapos empezamos a planificar la mañana.

Lo primero que hizo Vicentin fue prepararme un zumo de pomelo y zanahoria con una licuadora que se han comprado y que tenía gusto de que probara. Me pareció bonísimo. Había hecho acopio de bastante fruta y de tomates que no dio tiempo a consumir. Despues Carolina llamo a una tienda para encargar una tartita y se fue a recogerla. Mientras, descongelaron “gallo”, un pescado que utilizan mucho y que está buenísimo, cocieron patatas para una ensalada campera y con todo listo nos fuimos. Primero en tren de cercanías, luego en metro y después andando a la iglesia de “san Antonio de los portugueses” para contemplar y fotografiar (previo permiso del sacristán) unas preciosísimas pinturas “al fresco” que son una verdadera obra de arte. La iglesia está dedicada a san Antonio de Padua y es redondita y no muy grande, pero llena de historia plasmada en las pinturas y de milagros del santo. Olía a madera vieja, a tapices y a incienso. Salí encantada.

Para el regreso deberíamos hacer el viaje a la inversa. Hacia fresco, aunque lucia el sol. Caminamos bastante entre muchos turistas y sacaron bonos para coger los distintos medios de transporte. Subimos y bajamos las interminables escaleras del metro, pateamos varias estaciones y por fin, llegamos a casa. Momento que aproveche para hacer unas fotos en la escalera-rampa de la entrada a la casa de Vicentin y que habían construido hacia poco tiempo. Mantuve a mi hija Chelo y a Mari Carmen informadas todo el tiempo y les enviamos fotos por el móvil. Maricarmen fue la sacrificada que tuvo que quedarse en Valencia por su trabajo.

Ante el asombro de mi hijo Vicentin, Emilio y sus hijos no hicieron ascos al pescado, aunque había pollo del día anterior para refuerzo. Despues de comer sacaron la tarta de mi cumpleaños y las velas con el 74. Sople y sople, como el lobo. Se hicieron fotografías y me emocione mucho al ver lo distinto de la situación. Note la ausencia de los que no estaban. Sobre todo echaba de menos a mi lado a mi querido amor, su voz, sus manos, sus ojos. Y tambien a mi querida hija Mari Chelo y familia y a Maricarmen. Pero mis hijos y nietos me lo hicieron muy fácil y agradable y en mi corazón estuvieron todos. Todos los que pensaban en mí y todos los que estuvieron en tantos años anteriores con nosotros. Despues un brindis y los regalitos. Mi mejor regalo fue ese “viaje a ver las estrellas”, que nunca olvidare.

Emilio y los niños con la entrañable y cariñosa tarjetita donde escribieron todos como hacen habitualmente, posaron conmigo. Emilio, previsor y práctico me regalo un aparatito para guardar memoria del ordenador y una cajita con dulces que me hizo volver a mi infancia y a la suya. Vicen y Carolina en la línea cariñosa y solicita con su tarjetita repleta de sentimientos y dos estupendos libros para leer: “Las inviernas” y “Emma”. Las fotos de rigor y sobre las seis, comenzamos las despedidas. Bajamos al mercadito a comprar algo de fruta. Abrazos, besos, recomendaciones y advertencias. Alegría y gratitud a flor de piel y reprimidas ganas de llorar. La vida me había dado tanto, que la pérdida aún se notaba más, pero estaba feliz y contenta de haber ido a Madrid con mis hijos y nietos al encuentro de Vicen y Carolina para ver las estrellas. Esas estrellas que tanto me gustaron siempre. Y lleve a todos conmigo en mi corazón.  Y tambien con ellos, volvimos a Valencia. Eran sobre las diez de la noche. Me despedí de Emilio, (que me acompañó hasta casa) y de los niños y fui directamente a ver la foto de Vicente que me esperaba sonriente. ¡Ya estoy aquí, mi amor! ¡Lo que te has perdido! Y llorando estuve un rato abrazada a él. Despues, llame por teléfono a Vicen. ¡Habíamos llegado a casa! El sueño de haber visto “la lluvia de estrellas” se había cumplido. ¡Gracias mis querido hijos y nietos!

Con todo mi amor, en tu dulce recuerdo y en el de nuestros cumpleaños. Agosto 2015 

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