HOY, NO SE HACEN LAS
MALETAS - 1 AGOSTO 2015
Amanece, estamos juntos los dos en nuestra
cama. Nos abrazamos y nos damos los “buenos días” como de costumbre, pero hoy
además te digo. “¡Felicidades, mi amor! ¡Es tu cumpleaños!” “está nublado y con
amenaza de lluvia” continuo diciéndote. Generalmente en agosto suele suceder. Nos
reímos divertidos, casi siempre es así cuando “empiezan las vacaciones”. Mi
hermano tambien se ríe comentando: “mi hermana se va de vacaciones” (me parece
que le oigo). Pero como sucede siempre, estamos seguros que mañana saldrá un
sol radiante que nos acompañara todo el mes de agosto en nuestra playa de
Puebla de Farnals. Ahora, hemos de prepararlo todo y ponernos en marcha. Hemos
de “hacer las maletas”. En realidad están hechas y esperando en el comedor a
que se bajen al coche. Para ello, lo primero es poner la “baca” comprada adrede
para estos traslados vacacionales. Es un día de hacer dos o tres viajes
cargados hasta los topes, un día de nervios y de sudor, pero la meta es
prometedora, ansiada y esperada por todos, durante un largo año.
En tu trabajo y quehacer diario en la Banda
Municipal, tenías las vacaciones siempre en agosto, precedidas de un mes de julio
repleto de mucho trabajo y actos musicales. El Certamen de Bandas de Música
Internacional de Valencia era y es, el protagonista del mes y lo llenaba todo, tanto
a nivel local, provincial, peninsular y europeo. Y por supuesto, tambien en la
familia.
El Certamen Internacional de Bandas de música
de Valencia se remonta al año 1886. Este año se conmemora el Certamen número
127 y mi padre ya hablaba del mismo. Las bandas inscritas en él, se reparten en
cinco categorías, según el número de músicos que la compongan y su categoría
musical. Durante el mes anterior, las bandas participantes tienen que trabajar
de firme con sus ensayos respectivos. Todas tienen que presentar dos obras: una
obligada para todas igual, según categorías y otra de libre elección, además
del pasodoble para desfilar en la entrada. Al fin y al cabo, es un concurso y
gana la mejor, con un premio cualitativo y metálico muy interesante, que da
categoría y prestigio a la banda que lo gana. Es por eso, muy competitivo.
Quiero comentar que últimamente muchas bandas
y sobre todo las extranjeras, participan con obras completamente nuevas y
desconocidas, cuyo mérito aparente es el número excesivo de músicos, aportando
nuevos instrumentos, sin apenas melodía y que suelen ser muy ruidosas y
estridentes. Compositores nuevos, que verdaderamente muy pocos conocen y que
son muy difíciles de calificar, porque no hay antecedentes. A nosotros y al
público en general, nos gustan las obras de compositores clásicos y famosos,
conocidos mundialmente, cuya ejecución más o menos delicada, es más fácil de
poder evaluar comparando unas con otras, y por supuesto indispensable para
otorgar los premios. La buena música clásica de nuestros compositores
universales, debe de prevalecer. Es parte de la cultura e historia universal.
Los ensayos de la Municipal eran diarios,
para dejar el pabellón de la merecida fama de la Banda Municipal de Valencia,
por todo lo alto, aunque no entraba en concurso. El Certamen se celebraba y
celebra, durante la segunda semana del mes de julio. Cada día y desde las
cuatro de la tarde, en la plaza de toros de Valencia, comenzaban las audiciones
de las bandas de menos categoría, hasta completar progresivamente en categoría
y número, todas las inscritas. Al final, como broche de oro y cerrando el acto,
tocaba siempre la Banda Municipal, interpretando algo nuevo y espectacular de
su repertorio, incluso algún estreno, demostrando y manteniendo su magistral
categoría.
Además, y gracias a Dios, te solían llamar
como refuerzo de muchas Bandas que necesitaban más número de músicos para poder
concursar, o reforzar la cuerda de trompas. Según los años, había de todo:
Alcacer, Moncada, Benaguacil, y tambien las de la Sección Especial, como las
dos de Liria (La Primitiva y La Unión) o las dos de Buñol (La Artística y La
Armónica) sin olvidar a la de Santa Cecilia de Cullera o la Sociedad Musical de
Alcira, que, como hijo del pueblo, solías participar todos los años. Eso nos
reportaba beneficios económicos extras a los que nunca decías que no. A la mayoría de tus compañeros les ocurría lo
mismo.
Durante la semana que duraba el Certamen,
ibas a la plaza de toros casi todas las noches para colaborar con la que te
había contratado, la que tocara esa noche y generalmente tenías el tiempo justo
para terminar con una, bajar del entarimado mientras aplaudían, e
inmediatamente iniciar el desfile con la siguiente para volverlo a subir, casi
sin parar. Unos años más y otros menos, pero siempre te llamaban de refuerzo
para dos o tres bandas, más la de tu pueblo Alcira, que era de la sección
especial. Esa noche, la última, generalmente tocabas con dos o tres y luego con
la Municipal. Y lo mejor era que las bandas pagaban religiosamente al terminar
la noche. Era una delicia y regresabas a casa muy satisfecho. Esos trabajos
extras, aunque te cansaban, los hacías muy a gusto, aunque generalmente
terminabas con el labio “hecho cisco” y con la boquilla marcada en el labio
superior. ¡Parece que te estoy viendo!
El último día, tocaban solo las de Sección Especial,
allí iban las “grandes” y cerraba el acto la nuestra: la Banda Municipal. Era
el último desfile de la noche con el pasodoble elegido ¡que maravilloso era
aquello! Cruzabais el albero de la plaza de toros, a los sones de la música,
con los instrumentos brillantes por las luces y el uniforme impecable, tan
guapos y marciales todos. ¡Cuantos pasos no habrás dado por su arena dorada, en
las noches certameneras! La plaza entera estaba en vilo. Cada actuación era una
locura de aplausos y gritos, vitoreando cada sector de gente “a su banda”.
Cuando llegaba la Municipal todos callaban expectantes y respetuosos y como no
concursaba, que era solo exhibición y deleite para los oídos, podían escucharla
todos sin fanatismos. Sin duda “era la mejor” pero ese título había que
mantenerlo.
Nunca olvidaríamos esas noches, ni tú, ni yo.
Éramos jóvenes y era nuestra vida. Con los niños pequeños pude asistir pocas
veces. Despues, a medida que fueron creciendo y marchando, fui a verte todos
los años antes de tu jubilación. En mi retina te tengo presente a ti y a
“nuestra” banda, en esos desfiles de las noches cálidas valencianas, donde las
estrellas tambien se asomaban curiosas a veros, porque no las dejabais dormir.
El Certamen concluía en otra noche mágica,
con la Entrega de Premios en los Viveros Municipales, rodeados de vegetación,
focos y palometas que acudían en tropel a las luces. Allí se entregaban los
premios por secciones y tambien cerraba el acto con todos los honores la Banda
Municipal. Los niños (mientras fueron niños) y yo, no nos perdimos ni un solo
año tan brillante acontecimiento. Nos gustaba acompañar y ver al papa tocando
su trompa.
Años después, dejo de hacerse en los Viveros
y se empezó a celebrar en el Palau de la Música, donde continúa. Yo creo que le
restó encanto y tradición. Pero la presidenta del mismo, Mairena Beneito quiso
otorgarle ese empaque al recién inaugurado Palau de la Música. Poco tiempo
después, todo el Certamen se trasladó al Palau de la Música. El Certamen de
Bandas Internacional de la ciudad de Valencia, sigue siendo un atractivo
musical mundial, al que en la actualidad concursan bandas de todas las partes
del mundo que quieran hacerlo.
Hasta llegar al día del Certamen, lógicamente
tenían que hacerse muchos ensayos, tanto la Municipal en su academia, como las
otras participantes, que solían ensayar en la plaza del pueblo cara al público.
Dichos ensayos empezaban en junio. Muchas veces te hemos acompañado los niños y
yo, con los bocadillos de la cena. No había costumbre ni dinero para cenar en
un restaurante. Cenábamos “a la fresca” (a veces demasiada) y esperábamos,
escuchando los ensayos, hasta que “el maestro” dijera bastante. Entonces, las
dos o las tres de la mañana, volvíamos a casa. Los niños se dormían, pero yo
estaba más tranquila acompañándote y no en casa, esperando ansiosa tu vuelta, que por otra parte, era lo
habitual.
En la quincena restante del mes de julio, una
vez terminado el Certamen, seguía el trabajo con fiestas y procesiones en los
pueblecitos colindantes de la región valenciana, a las que tambien te pudimos
acompañar durante unos años. Pero el tiempo pasó y cuando nos quedamos solos tu
y yo, observaba que cada vez te era más trabajoso el dejarme sola en casa a las
seis de la tarde, para marchar al pueblecito en cuestión. Te daba más pereza
enfundarte en el uniforme con el calor consabido y marchar. Lógicamente me iba
contigo. ¿Qué otra cosa tenía que hacer? Para mí era un orgullo el verte
sentado alumbrado por las luces, arriba de un tablado, más o menos confortable
y escuchar la música oyendo los comentarios. Tambien me gustaba encontrarme con
las esposas de tus compañeros, que hacían lo mismo y os aplaudíamos a rabiar.
Al finalizar contábamos el Himno Regional y empezaba un castillo de fuegos
artificiales.
Durante el mes de julio, se celebraba y se
celebra en Valencia la “Feria de Julio” que acogía el Certamen, y otras
actuaciones musicales de grupos modernos, bailes, atracciones, corridas de
toros, castillos nocturnos, finalizando el mes, con la tradicional Batalla de Flores
el día 31, con un hermoso y apoteósico punto final. La Batalla de Flores de
Valencia, fue creada en el año 1891 por el Barón de Cortés, a semejanza del
popular festejo del mismo nombre que se celebraba en verano en la ciudad de
Niza (Francia). Valencia fue la segunda ciudad del mundo y la primera de España
que celebró dicho festejo, con la diferencia que únicamente en Valencia se
realiza con flores (Valencia jardín de flores). En otros lugares tiran confetis
y serpentinas.
Fue organizada por la Junta Central Fallera
que decidió celebrarla en el paseo de la Alameda. En ella desfilaban las señoritas
elegidas previamente para Fallera Mayor y su Corte de Honor del año entrante y
que lucían su palmito en las hermosas carrozas (verdaderos monumentos,
tapizados de flores) que representaban flores, frutos, bellos animales, el mar,
etc. Empezaba el desfile con un grupo de “tabalet y dulzaina” y a continuación
las “grupas valencianas”: parejas de valencianos portadores de naranjos y
flores, sentados en los caballos enjaezados para el fin. Una estampa preciosa y
típica que reprodujo el pintor Sorolla en muchos cuadros. Despues se añadían
los sectores falleros que quisieran participar y después de pasar por delante
del soberbio Pabellón Municipal que otorgaba los premios, se iniciaba la
“batalla” con el disparo de una carcasa y empezaba la “guerra” de sus flores a
modo de proyectil, entre las propias carrozas, unas contra otras en una
espectacular combinación de pericia, aromas y alegría. Despues del recorrido,
el disparo de otra carcasa ponía el punto final. La Alameda quedaba alfombrada
de lo hermosos clavelones amarillos y naranjas que hacían las delicias de niños
y mayores. En la Batalla de Flores, no tenía que tocar la Banda Municipal, por
lo que pudimos ir a verla algunos años con nuestros niños, mientras fueron
pequeños. Despues ya se aburrían.
A partir de ese momento “estabas de vacaciones”
y comenzaba nuestra época de playa. En el principio, con Marichelo y José
Emilio, nuestros dos hijos pequeños, íbamos a la Malvarrosa mediante el
transporte del tren eléctrico tan entrañable, o en tu moto Vespa, a la que
añadiste un sidecar. Luego, nació Vicentin nuestro pequeño, ya éramos cinco y
con el primer cochecito que tuvimos, un Nissan Sunny, nos íbamos a las playas
del Saler o las de Nazaret, hasta que en el verano de 1974 alquilamos nuestro
primer apartamento en la playa de Puebla de Farnals, junto con mi madre y mi
hermano. Pero esto fue, solo un verano.
(Mi relato contiene principalmente los
recuerdos de las vacaciones en los apartamentos, a los que hemos ido durante
más de 40 veranos, siendo CIBELES el último, donde continua Chelo).
Durante el mes de julio, habíamos ido
preparando poco a poco el equipaje. Al principio grande, aparatoso,
numerosísimo en pertrechos playeros y de pesca: Una pala para coger gusanos,
neumático para tamizar la arena, tellinero, un montón de cañas de todas clases,
salabre para recoger “las posibles capturas” y la cajita con los corchos,
anzuelos y demás. Intendencia por si había un “cataclismo”: sacos de patatas,
aceite, cajas de leche y todo lo que se pudiera llevar. “En el coche, no pesa”
decías a menudo y además allí, había pocas tiendas. Si teníamos periquito, la jaula y si
teníamos gato, su cajón. Lo que no llevamos nunca, fue televisión.
Afortunadamente siempre tuvimos coches con maletero grande, porque tú los
preferías. Tambien compraste una “baca”
para poder llevar además, las bicicletas. Nuestro hijo Emilio y tú, hacías dos viajes
previos. Vicentin y Chelo quedaban en casa conmigo preparando bolsos y maletas.
Despues tambien os acompañó Vicentin y sobre todo cuando los mayores se fueron
y se quedó solo con nosotros, aunque para entonces empezamos a simplificar
mucho más el equipaje. Chelo fue la primera en dejar el hogar, después la siguió
Emilio y diez años después tambien lo hizo Vicentin. Es ley de vida, me decías
tú para consolarme. Llegué a echar de menos, los primeros viajes con los niños
pequeños, cuando empezamos nuestras vacaciones.
A pesar de todo, nosotros seguimos alquilando
el apartamento año tras año mientras pudimos hacerlo, pues nuestros hijos
venían cuando el tiempo y el trabajo se lo permitían y eso nos agradaba mucho.
Chelo a su regreso de Guatemala y añorando su mar, empezó a alquilar uno para
la familia que había formado, coincidiendo en el mismo mes y a ser posible,
contiguo.
Siempre, siempre y pese a todo el matalotaje
del traslado, tu cumpleaños fue para nosotros un día especial: “El cumpleaños
del papá”. En el principio, comíamos en casa, solos los cuatro, luego los cinco
con los regalitos, tarjetita y velitas. Era entrañable. Despues ya vendría otra
celebración, siempre con mis hermanos, haciéndola coincidir con el día 12, que
era el mío. Años después, Lucio apareció en nuestras vidas y nos invitó a comer
a los cuatro (Chelo ya no estaba) en “La Gran paella”, un par de ocasiones.
Para nosotros, comer en un restaurante era algo prohibido y nos gustó. La vida
empezó a cambian y nosotros evolucionamos con ella.
Más adelante la comida se cambió por una
cena. El mismo día primero de agosto y una vez hecho el traslado al
apartamento, vaciado y bien aparcado el coche, Íbamos al restaurante “Pacos”.
Mari Chelo se había casado y no nos acompañaba. Pero Vicen, Emilio y Mari
Carmen, (al principio sin hijos) y Lucio, estaban siempre con nosotros. Esto lo
hemos mantenido hasta el año que el restaurante en cuestión, cerró sus puertas.
Todavía lo pudimos celebrar allí, un par de veces, al regreso de nuestra hija,
con todos nuestros hijos y nietos.
Cuando te jubilaste, hace diez años, dejamos
de alquilar apartamento. No teníamos la salud, ni la vitalidad, ni el empuje,
ni las ganas, de semejante ajetreo y trastorno. Aunque estuvimos dos o tres
años coincidiendo con Mari Chelo, uno al lado del otro, nos cansábamos y la
jubilación tambien nos obligó un poco, al bajar nuestra economía. Por otra
parte, como estaba nuestra hija, solíamos ir a menudo a pasar el día con ellos
o a cenar. No hemos dejamos de bañarnos en nuestro mar ni un solo verano, ni tú
de tirarte de cabeza a la piscina, siendo la admiración de todos a tu edad.
Nuestros nietos disfrutaban contigo y algún domingo se sumaron tambien Emilio
Samuel y Lucas con sus papas, que venían a pasar el día con nosotros.
Por lo tanto, tu cumpleaños lo seguimos
celebrando siempre el mismo día 1 de agosto. Ya fuera aquí, antes de marcharse
ellos, o allí en Pacos, o en el chino, convocando siempre a Emilio, Mari Carmen
y nuestros nietos. Últimamente cambiamos de nuevo y decidimos celebrarlo en
Valencia, para que pudieran acudir mi hermano y Conchin con los sobrinos.
El año pasado, mi amor, fue el último que
pudimos celebrarlo todos juntos contigo. Estabas en un “impás” de la
enfermedad. Despues de la quimio te mejoraste un poco y esto coincidió con el
verano. Además vinieron Vicen y Carolina, que últimamente no estaban en tu
fecha. Esta vez los que faltaron fueron Chelo y familia por enfermedad de
Carlos Javier, que había contraído la “monuncleosis”. Chelo y Carlos vinieron
por la tarde a felicitarte ellos solos, sintiendo no poder estar juntos en tu
78 cumpleaños. Pero otro día del mes de agosto, ya mejorado Carlos Javier,
fuimos al polideportivo Bergamonte y allí lo volvimos a celebrar, aunque esta
vez no pudo venir Vicentin. Siempre difícil de coincidir todos a la vez.
Hoy hace un año, mi amor, al levantarte y
venir a buscarme la cocina, oí tus pasitos por el pasillo y salí a tu encuentro
saludándote conmovida, pero feliz por verte. ¡Felicidades “sarset”! te dije
para disimular mi emoción, y nos abrazamos estrechamente. Sentí tu cuerpo tibio
junto al mío, (siempre tocándote la frente para ver si tenías fiebre) y
encontré un cuerpecito flácido y sin fuerzas, sin aquel vigor, todo nervio, que
tantas veces me abrazó. Te golpee cariñosamente la espalda, animándote y nos
besamos una y mil veces como siempre, mi amor. Aquel fue tu último cumpleaños
conmigo. Tus maletas estaban casi listas, pero esta vez emprenderías el viaje tú
solo, pocos meses después, aunque nosotros no lo sabíamos.
Esta mañana llovía, estaba muy oscuro.
“Empiezan las vacaciones,” pensé, “lloviendo, como siempre”. En el comedor, las
maletas no estaban preparadas ni dispuestas para bajarlas al coche, no había
nada, ni nadie. La soledad, mi tristeza y mi amargura lo envolvían todo.
“Hoy,
no se hacen las maletas” pensé, ya nunca más se harán.
Con todo mi amor y mi recuerdo a mi amado Vicente, un año después, en su 79 cumpleaños, el primero sin su presencia querida. Te quiero, tuya siempre CHELO 1 agosto 2015
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