jueves, 21 de noviembre de 2024

EL SUEÑO ETERNO

 

LA BELLA DURMIENTE

 

Érase una vez, en un hermoso valle entre altas montañas, rodeado de bosques y ríos, donde los pájaros y los ciervos vivían libres entre los habitantes, había un pequeño reino. Un castillo se alzaba en medio de él circundado por un frondoso jardín donde no faltaban las fuentes y las flores. Era muy bonito y pertenecía a una joven pareja de reyes, recién nombrados por el pueblo que los adoraba y que estaban esperando su primer heredero.

Una mañana de primavera las trompetas de los heraldos anunciaron el feliz alumbramiento. Una hermosa princesita acababa de nacer, haciendo las delicias de los reyes, sus felices padres.

El palacio entero y los habitantes del reino se pusieron en acción, adornando las calles y quemando pólvora para presentar a la princesita. Prepararon en el jardín del palacio un gran banquete y todos sin excepción fueron invitados. La princesita era muy bella, con unos grandes ojos del color del cielo que miraban curiosos a su alrededor descubriendo la vida. Todos los invitados, uno a uno, pasaron por delante de la princesa para entregarle sus presentes. Los reyes estaban felices comprobando cuánto les querían sus súbditos.

La última en llegar, fue el hada que vivía en el país vecino de las hadas del bosque. La hermosa y joven hada le regaló sus dones: “Bondad, belleza e inteligencia le adornarían toda su vida y sería muy feliz”. La tocó con su barita mágica y se alejó de la cuna donde descansaba la princesita. En ese mismo momento y acompañada de un terrible trueno, se presentó otra hada vieja y enfadada porque, según dijo, no la había invitado nadie. Se acercó sin ningún cuidado al lado de la princesa y soltando una terrible carcajada le dijo “todo eso que te han dicho es mentira. Cuando cumplas quince años te pincharas con la lanzadera de una rueca y dormirás por espacio de 100 años”. Diciendo esto salió volando. Ante el asombro reinante, la joven hada muy compungida, se acercó de nuevo y le dijo: “despertaras de ese sueño, cuando un príncipe deposite en ti, su beso de amor”

A partir de ese momento el rey envió mensajeros por todo el reino, quedando terminantemente prohibido hilar o tejer ninguna prenda, tapiz, alfombra, ni nada, que tuviera que ver con ese peligroso utensilio, quedando así, fuera del alcance de la princesa.

Pasó el tiempo y cada año se acercaba más y más el cumpleaños fatídico de la princesa. Esta se había convertido en la preciosa muchacha, alegre, feliz y bondadosa que le pronosticó el hada buena. Sus padres inquietos, velaban constantemente por ella custodiándola en todo momento. Llegó el día en que la princesa cumplía los 15 años y prepararon una gran fiesta a la que estaba invitados todos los habitantes del lugar, como lo hicieron en el día de su nacimiento. Muchas flores adornaban sus escalinatas y los músicos tocaban hermosas melodías que invitaban a bailar. Las gentes disfrutaban distraídas y por un momento y atraída por una música misteriosa, la princesa se dirigió hacia una de las escaleras que la conducía directamente a las torres más altas del castillo. Llego arriba y curiosa abrió una puerta. En la solitaria estancia solo había una rueca y una vieja sentada ante ella. Estaba hilando, tejiendo un colorido chal que ofreció a la princesa. Asustada retrocedió y tarde se dio cuenta de su error, apenas pudo reaccionar cuando el hada malvada le clavo la lanzadera, quedando al instante completamente dormida. Quedo allí en el suelo, recostada sobre la prenda colorida que le ofreció la vieja. Esta, acompañada de un trueno horrible, salió volando triunfante por la ventana. El sol se ocultó y una noche oscura se cernió sobre el reino.

En ese mismo momento, todo a su alrededor se paró, como si se tratara de un viejo reloj. El jardín, el palacio y el reino entero quedaron a oscuras y sumidos en un profundo silencio. Los reyes y todos sus habitantes paralizados y quietos, sin moverse de donde estaban. La noche mágica y negra cayó, como le había vaticinado el hada malvada sobre todos sus moradores, que a partir de entonces dormirían un largo sueño que duraría por espacio de 100 años.

Y así fue. Pasaron los años y los árboles y plantas habían crecido tanto, que el palacio quedaba oculto entre espinas y zarzas. La leyenda de “la bella princesa que dormía” se había extendido por muchos países, pero nadie se atrevía a cruzar aquellas zarzas y bosques que custodiaban de alguna manera el extraño lugar.

Sin embargo, un joven príncipe muy valiente y atrevido, movido por la curiosidad, decidió encaminarse hacia el palacio que la leyenda popular comentaba. Una mañana de abril, acompañado de su séquito, se puso en camino y cuando llego al lugar que le indicaban sus instrucciones, quedo paralizado, pero abriéndose paso entre la maleza entró valientemente en el bosque encantado.

Le extrañó no ver ni oír ningún pájaro. Todo estaba quieto y en silencio y sumido en una espesa y densa niebla. Al paso de su caballo blanco, con mucho cuidado de no quedar atrapado en las espinas, diviso el castillo de las puntiagudas torres azules. El corazón empezó a latirle con fuerza. Algo sobrenatural empezaba a crecer dentro de él y le impulsaba a seguir adelante con renovadas fuerzas. La curiosidad, la ilusión y un gran anhelo, le guiaron hacia la entrada del palacio. Caminaba como extasiado, atraído por un profunda sensación mágica, consciente de que algo maravillosos le iba a suceder.

Subió las escalinatas. Encontró todo como recién hecho, como si los músicos acabaran de tocar una de sus piezas. Las flores no estaban marchitas, y todos estaban quietos como estatuas de sal. Siguió subiendo hasta la más alta y puntiaguda torre. De ella salía un tenue resplandor, como un latido que le llamaba. Abrió la puerta y allí estaba en el suelo, recostada entre un tejido multicolor la joven princesita, bella como el sol. Sus ojos cerrados le indicaban su estado. El principie extasiado, siguió los impulsos de su corazón y agachándose sobre ella le deposito en sus labios el más puro y bello beso de amor que jamás se conociera.

En ese mismísimo momento, la princesa abrió los ojos, le sonrió y le devolvió el beso, quedando los dos sumidos en un profundo abrazo. Había llegado su salvador. En ese instante, la vida volvió al reino. Todo el mundo despertó de súbito y la fiesta de cumpleaños se reanudó como si no hubiera ocurrido nada, como si aquellos 100 años no hubiesen transcurrido. Las flores volvieron a llenarse de exquisito aroma. Los pájaros cantaban y la comida humeante estaba sobre la mesa. Nadie se acordaba de lo ocurrido.

El hada buena tuvo razón. El AMOR todo lo puede y el príncipe y la princesita serian felices. Seguirían viviendo en el mismo reino que muchos años después les dejarían en legado sus padres los reyes, y construirían un país próspero, donde la armonía y la paz reinarían entre todos sus habitantes. Y así sucedió.

 

Dedicado a mi nieto Carlos Javier

Este cuento original de Charles Perrault y contado a mi manera, le encantaba. Le recuerdo en su casita de XELA (Guatemala) arropadito en su cama antes de dormir, cuando alguna vez me pidió que se lo contara. 

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