LA BELLA DURMIENTE
Érase una vez, en un hermoso valle entre
altas montañas, rodeado de bosques y ríos, donde los pájaros y los ciervos
vivían libres entre los habitantes, había un pequeño reino. Un castillo se
alzaba en medio de él circundado por un frondoso jardín donde no faltaban las
fuentes y las flores. Era muy bonito y pertenecía a una joven pareja de reyes,
recién nombrados por el pueblo que los adoraba y que estaban esperando su
primer heredero.
Una mañana de primavera las trompetas de los
heraldos anunciaron el feliz alumbramiento. Una hermosa princesita acababa de
nacer, haciendo las delicias de los reyes, sus felices padres.
El palacio entero y los habitantes del reino
se pusieron en acción, adornando las calles y quemando pólvora para presentar a
la princesita. Prepararon en el jardín del palacio un gran banquete y todos sin
excepción fueron invitados. La princesita era muy bella, con unos grandes ojos
del color del cielo que miraban curiosos a su alrededor descubriendo la vida.
Todos los invitados, uno a uno, pasaron por delante de la princesa para
entregarle sus presentes. Los reyes estaban felices comprobando cuánto les
querían sus súbditos.
La última en llegar, fue el hada que vivía en
el país vecino de las hadas del bosque. La hermosa y joven hada le regaló sus
dones: “Bondad, belleza e inteligencia le adornarían toda su vida y sería muy
feliz”. La tocó con su barita mágica y se alejó de la cuna donde descansaba la
princesita. En ese mismo momento y acompañada de un terrible trueno, se presentó
otra hada vieja y enfadada porque, según dijo, no la había invitado nadie. Se
acercó sin ningún cuidado al lado de la princesa y soltando una terrible
carcajada le dijo “todo eso que te han dicho es mentira. Cuando cumplas quince
años te pincharas con la lanzadera de una rueca y dormirás por espacio de 100
años”. Diciendo esto salió volando. Ante el asombro reinante, la joven hada muy
compungida, se acercó de nuevo y le dijo: “despertaras de ese sueño, cuando un
príncipe deposite en ti, su beso de amor”
A partir de ese momento el rey envió mensajeros
por todo el reino, quedando terminantemente prohibido hilar o tejer ninguna
prenda, tapiz, alfombra, ni nada, que tuviera que ver con ese peligroso
utensilio, quedando así, fuera del alcance de la princesa.
Pasó el tiempo y cada año se acercaba más y
más el cumpleaños fatídico de la princesa. Esta se había convertido en la
preciosa muchacha, alegre, feliz y bondadosa que le pronosticó el hada buena.
Sus padres inquietos, velaban constantemente por ella custodiándola en todo
momento. Llegó el día en que la princesa cumplía los 15 años y prepararon una
gran fiesta a la que estaba invitados todos los habitantes del lugar, como lo
hicieron en el día de su nacimiento. Muchas flores adornaban sus escalinatas y
los músicos tocaban hermosas melodías que invitaban a bailar. Las gentes disfrutaban
distraídas y por un momento y atraída por una música misteriosa, la princesa se
dirigió hacia una de las escaleras que la conducía directamente a las torres más
altas del castillo. Llego arriba y curiosa abrió una puerta. En la solitaria
estancia solo había una rueca y una vieja sentada ante ella. Estaba hilando,
tejiendo un colorido chal que ofreció a la princesa. Asustada retrocedió y
tarde se dio cuenta de su error, apenas pudo reaccionar cuando el hada malvada
le clavo la lanzadera, quedando al instante completamente dormida. Quedo allí
en el suelo, recostada sobre la prenda colorida que le ofreció la vieja. Esta,
acompañada de un trueno horrible, salió volando triunfante por la ventana. El
sol se ocultó y una noche oscura se cernió sobre el reino.
En ese mismo momento, todo a su alrededor se
paró, como si se tratara de un viejo reloj. El jardín, el palacio y el reino
entero quedaron a oscuras y sumidos en un profundo silencio. Los reyes y todos
sus habitantes paralizados y quietos, sin moverse de donde estaban. La noche
mágica y negra cayó, como le había vaticinado el hada malvada sobre todos sus
moradores, que a partir de entonces dormirían un largo sueño que duraría por
espacio de 100 años.
Y así fue. Pasaron los años y los árboles y
plantas habían crecido tanto, que el palacio quedaba oculto entre espinas y
zarzas. La leyenda de “la bella princesa que dormía” se había extendido por
muchos países, pero nadie se atrevía a cruzar aquellas zarzas y bosques que custodiaban
de alguna manera el extraño lugar.
Sin embargo, un joven príncipe muy valiente y
atrevido, movido por la curiosidad, decidió encaminarse hacia el palacio que la
leyenda popular comentaba. Una mañana de abril, acompañado de su séquito, se puso
en camino y cuando llego al lugar que le indicaban sus instrucciones, quedo
paralizado, pero abriéndose paso entre la maleza entró valientemente en el
bosque encantado.
Le extrañó no ver ni oír ningún pájaro. Todo
estaba quieto y en silencio y sumido en una espesa y densa niebla. Al paso de
su caballo blanco, con mucho cuidado de no quedar atrapado en las espinas,
diviso el castillo de las puntiagudas torres azules. El corazón empezó a
latirle con fuerza. Algo sobrenatural empezaba a crecer dentro de él y le
impulsaba a seguir adelante con renovadas fuerzas. La curiosidad, la ilusión y
un gran anhelo, le guiaron hacia la entrada del palacio. Caminaba como
extasiado, atraído por un profunda sensación mágica, consciente de que algo
maravillosos le iba a suceder.
Subió las escalinatas. Encontró todo como
recién hecho, como si los músicos acabaran de tocar una de sus piezas. Las
flores no estaban marchitas, y todos estaban quietos como estatuas de sal.
Siguió subiendo hasta la más alta y puntiaguda torre. De ella salía un tenue
resplandor, como un latido que le llamaba. Abrió la puerta y allí estaba en el
suelo, recostada entre un tejido multicolor la joven princesita, bella como el
sol. Sus ojos cerrados le indicaban su estado. El principie extasiado, siguió
los impulsos de su corazón y agachándose sobre ella le deposito en sus labios
el más puro y bello beso de amor que jamás se conociera.
En ese mismísimo momento, la princesa abrió
los ojos, le sonrió y le devolvió el beso, quedando los dos sumidos en un
profundo abrazo. Había llegado su salvador. En ese instante, la vida volvió al
reino. Todo el mundo despertó de súbito y la fiesta de cumpleaños se reanudó
como si no hubiera ocurrido nada, como si aquellos 100 años no hubiesen
transcurrido. Las flores volvieron a llenarse de exquisito aroma. Los pájaros
cantaban y la comida humeante estaba sobre la mesa. Nadie se acordaba de lo
ocurrido.
El hada buena tuvo razón. El AMOR todo lo
puede y el príncipe y la princesita serian felices. Seguirían viviendo en el
mismo reino que muchos años después les dejarían en legado sus padres los reyes,
y construirían un país próspero, donde la armonía y la paz reinarían entre
todos sus habitantes. Y así sucedió.
Dedicado a mi nieto Carlos Javier
Este cuento original de Charles Perrault y contado a mi manera, le encantaba. Le recuerdo en su casita de XELA (Guatemala) arropadito en su cama antes de dormir, cuando alguna vez me pidió que se lo contara.
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