EL PATITO FEO
En un bello paraje mediterráneo, cerca del
mar, había una gran extensión de agua dulce poblada por diferentes especies
acuáticas: Patos, cisnes, cormoranes, grullas, flamencos, etc. Todos vivían en
armonía y la población crecía feliz extendiéndose por toda la marisma.
En una de las riberas y al cobijo de unos
juncos, una familia de patos empollaba sus recientes huevos, nada menos que
diez. Sin embargo había uno un poco más grande y de un color más oscuro, pero
los felices papas no repararon demasiado en la diferencia y constantemente
estaban encima de ellos dándoles el calor necesario para que la vida
progresara. La pareja lo hacía muy bien. Mientras uno les daba su calor, el
otro buscaba comida, y así pasaron unos treinta y cinco días.
Felizmente y llegado el tiempo reglamentario,
los patitos comenzaron a dar señales de vida rompiendo sus cascarones y
saliendo libremente a la luz del día, con la consabida alegría de sus
progenitores. Los diez patitos amarillos y rechonchos iban de acá para allá
contemplando su casa y su entorno. Pero uno de ellos parecía que era más
pequeño y delicado. Su plumaje era de un color más claro y nadaba torpemente.
La mamá pata estaba siempre cerca de él para ayudarle a chapotear y saber
atrapar pequeños gusanitos para alimentarse. Sus hermanos se burlaban de él
porque era aparentemente mucho más torpe que ellos. El pobre patito FEO,
lloraba en silencio.
Pero cabo de unas semanas, el pequeño patito
un poco distinto a los demás, crecía y se robustecía. Había aprendido a nadar
muy bien y le encantaba deslizarse encima de una hoja velozmente, dejándose
llevar por la fuerza del viento. Sus plumas, más claras que las de sus hermanos
brillaban bajo el sol del verano. Era un patito verdaderamente distinto y no se
sentía querido por nadie más, que por sus papas. Una tarde montado en su
inseparable hoja se atrevió a alejarse bastante de su territorio y de su
madriguera bajo los juncos. Al fin y al cabo nadie le iba a echar de menos,
pensó tristemente. En la otra orilla diviso unos patos con el cuello más largo
que el suyo y que sumergían hábilmente para poder atrapar a los pececillos que
nadaban casi en la superficie del agua. Pensó que eran otra familia de patos y
dando media vuelta se alejó de allí. No se sentía feliz, se sentía rechazado
dentro de su misma familia, pero tenía que volver a casa.
Nuestro patito que era muy valiente, curioso
y atrevido, decidió ir a explorar a todo ser viviente que viviera en la laguna,
al fin y al cabo eran vecinos. Lo primero que encontró fue unos patos grandes
con el cuello verde brillante que le miraron curiosos. Tambien vio a unos patos
grandotes de color de rosa que se sujetaban con solo una pata y se quedó
maravillado. Muy curioso, intentó
copiarles y hacerlo a él, pero con sus patitas cortas lo único que ganó fue un
terrible chapuzan y perder su hoja, que se alejó rápidamente por el agua. Pero
no se preocupó y buscó otra parecida y un poco más grande, para poder
deslizarse más cómodamente.
Siguió inspeccionando atraído por un ruido ensordecedor.
Eran como unos gritos que venían del mar y se dejaban caer en el lago. Eran
gaviotas. Estas si que le dieron miedo, con aquellos chillidos estridentes y la
fuerza que tenían en sus alas, cuando pasaban a ras de agua cerca de él.
Decidió alejarse de las riberas y volver al cobijo de las cañas y juncos
familiares. Ya era casi de noche cuando volvió con su camada de patos. Sus
padres le reprendieron, estaba preocupados por él, ya no les cabía la menor
duda, de que este patito era diferente a los demás.
En el otoño la diferencia era notable. Había
crecido mucho y su cuello sobresalía bastante por encima de su cuerpo. Sus
plumas eran blancas y brillantes como el sol. En nada se parecía a sus
hermanitos que se habían quedado en patos amarillos y gordos. El, sin embargo,
era alto, esbelto y blanco y con un cuello envidiable. Ya nadie se burlaba de
él. Al contrario le admiraban y le pedían que les acompañara para poder
alcanzarles algún insecto posado en los altos juncos, ya que ellos no
alcanzaban a cogerlo con sus picos. Nuestro patito era muy generoso y no se
acordaba de sus burlas anteriores. Quería a sus hermanos y les ayudaba en todo.
Pasaron el invierno al cobijo de sus
guaridas, con pequeños paseos al sol y haciéndose mayores. De nuevo regresaba la
primavera. El agua de la Albufera se llenaba de comida abundante que entraba
por las acequias, el cielo se poblaba de los cantos de los pajarillos, de los
jilgueros, las alondras y de las temidas gaviotas. Numerosas mariposas de todos
los colores revoloteaban entre los juncos, los sauces y los naranjos y el aire
se llenaba del zumbido de las abejas preparando su rica miel de flores y de
romero, fecundando sus flores. Las lluvias de abril, regaban las huertas y la
vida comenzaba de nuevo bajo los juncos y escondrijos de las riberas.
El patito, al que en algún tiempo llamaron
FEO, era ahora un hermoso CISNE blanco, envidia de todos los demás patos y
orgullo de sus papas y hermanos. Sin embargo, era consciente de que no
pertenecía a esa familia. No era de su misma especie, aunque su corazón siempre
sería igual que el de ellos. ¿Cómo llego el huevo donde fue engendrado a la
familia que lo acogió? No sabemos, seguramente se perdería de la camada de
cisnes y llevado por la corriente fue a parar a la de los patos, donde fue
acogido con amor y calor de familia, desde el principio de su existencia. Eso
era lo que valía.
La llamada de la naturaleza y de la sensatez,
le hizo recordar a aquella familia diferente que vio aquella tarde lejana en la
otra orilla, en las primeras excursiones que hizo. Comprendió que ahora eran
exactamente iguales. Ya no le parecían tan raros y distintos, no cabía duda de
que pertenecía a aquella raza. La del cisne blanco. Decidido pensó en hacerles
una visita, esta vez presentándose así mismo ante aquella familia de aves tan
bonita.
Ya no podía deslizarse en su hoja, que se le
había quedado muy pequeña. Se fue nadando majestuosamente hacia el lugar que
recordaba y en el que fue acogido con mucho cariño. Atraído por la belleza de
un hermoso cisne hembra, decidió quedarse con ellos. Ese era su verdadero
lugar. Y así lo hizo. Pero nunca olvido a sus padres adoptivos ni a sus
hermanos, a los que iba a visitarles frecuentemente.
La laguna crecía en habitantes, Pronto llegarían
nuevos polluelos de pequeños cisnes blancos, La vida continuaba. El patito FEO,
ahora cisne HERMOSO, era muy feliz junto a su nueva familia.
Dedicado a mi nieto Lucas en su cumpleaños.
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