EL VIEJO CONSTRUCTOR DE JUGUETES
Este cuento llegó a mis manos un día de Reyes
de 1949. Era de la Colección Campanilla, ilustrado por el entonces, casi desconocido
Ferrándiz, autor de numeroso cuentos y felicitaciones navideñas. Sus tapas eran
rojas y no llegaba al tamaño de una cuartilla. Dicha colección jugaba con tres
colores, rojo, azul y amarillo y sus cuentos eran cortos, pensados para niños
de corta edad. Cada año por Reyes mis padres dejaban en mi apartado de regalos
tres cuentos, uno de cada color. Me encantaba leer y los devoraba. Los leía y releía muchas veces en el año y me
calcaba sus dibujos para hacer trabajos escolares o mis felicitaciones
navideñas. Algunos eran realmente preciosos. Tengo mucho pesar por no haberlos
conservado. Recuerdo que antes de casarme elegí los preferidos y los encuaderne
en un solo tomo que lamentablemente no
recuerdo ni donde está.
Este en concreto, despertaba en mí unos
sentimientos muy tiernos y sus dibujos me hacían llorar.
CUENTO DE NAVIDAD
“Érase una vez, en unas casitas humildes de
la periferia de una gran ciudad, tenía su taller un artista en la madera, una
especie de carpintero que construía casi de todo y sabía sacarle mucho partido.
Un hombre que vivía solo con sus recuerdos y que plasmaba en sus trabajos toda
la ternura que poseía su corazón. Era un hombre de mediana edad, fuerte y
amable con todo el mundo que pisaba su taller.
Cuando se aproximaba la Navidad, el artista
llenaba su pequeña tienda de juguetes. Juguetes de madera que él mismo construía
con gran pericia y acierto. Juguetes de vivos colores y terminado exquisito. En
sus estanterías se amontonaban figuritas de animales, trenes, camiones,
instrumentos, casitas variadas, enanitos, muñequitas y cualquier cosa que se
pudiera realizarse en madera. Todos los niños del barrio visitaban su taller
para pedir a los Reyes Magos juguetes como aquellos. Antolín, que así se
llamaba el artista, se sentía feliz. Su mayor felicidad era hacer felices a los
niños. Sus vecinos le querían mucho y le solían llevar a su tienda cestitas con
fruta para que se alimentara bien, pues estaba tan a gusto en su trabajo
que se le olvidaba hasta comer.
Los niños crecían, pero llegaban otros y otros y así pasaron los
años. Antolín se estaba haciendo viejo. Ya no se veía bien para ensamblar las
piezas de madera. Si se le caía algún clavo no lo encontraba y a veces mezclaba
el color de las pinturas. Sus cabellos castaños se habían vuelto blancos, se le
habían caído los dientes y su carita estaba cuajadita de arrugas. Era un
verdadero abuelito. Pero él seguía incansable en su tallercito de madera
construyendo juguetes sin parar.
Llego un día en que las puertas de su tiendecita
no se abrieron al amanecer como de costumbre. Los pájaros ya se habían cansado
de cantar anunciando el nuevo día y el sol hacía rato que había salido por el
horizonte. Pasó el panadero y el lechero y Antolín no les abrió la puerta. Los
niños miraron asustados como la tienda de sus juguetes preferidos permanecía
cerrada y la Navidad estaba por llegar. Todos estaban muy preocupados y
llamaban a su puerta, pero nadie contestaba a sus llamadas. Algo terrible había
sucedido.
Aquella noche, Antolín se había quedado
dormido encima de su mesa de trabajo. Su blanca cabecita no tenía ya fuerza
para mantenerse erguida y su cuerpecito estaba desfallecido. Pero ocurrió un
milagro. Un milagro de Navidad. A las 12 de la noche, todos los juguetes
comenzaron a moverse.
Había nacido la vida dentro de ellos y
mirando asustados a su viejo constructor, bajaron de las estanterías y se
pusieron “manos a la obra”: Los soldaditos de madera trajeron su camilla y
arrastrando a Antolín lo metieron en su cama. Una vez instalado en ella, los
caballitos empezaron a cargar en sus carritos pinturas, limas, cola y todo lo
que pudieron obtener para cambiar el aspecto de Antolín. Las muñecas hacendosas
iban de acá para allá con agua y jabón para limpiarle y asearle una vez
recompuesto y concluido todo lo que pensaban hacer con su progenitor. Querían
devolverle con su cariño todo lo que él había hecho por ellos, nada menos que
crearlos, sacarlos a la luz de unos trozos de madera inerte.
Antolín abrió los ojos cansados y pensó que
se había muerto y que estaba en el cielo. Sonrió. Estaba satisfecho. Había
estado en pie y trabajando hasta su último aliento de vida.
Pero de pronto noto unas cosquillas en su
cara y abriendo de nuevos sus ojos contemplo a una de sus muñecas puliéndole
los dientes que le acababa de pegar con cola. Otra le planchaba con su
planchita roja, las arrugas de la cara y otra con un fino pincel y sus pinturas,
le daba buen color a su piel. Algunos enanitos le pintaban el pelo de color
caoba y los perritos de colores estaban intentando que abriera la boca y
colmársela de miel para su pronta
recuperación. No daba crédito a lo que estaba viendo. Sus juguetes, casi sus
hijos, estaban vivos y le cuidaban hasta el punto de volverlo a la vida.
Era el día de Noche Buena y se estaba
realizando el milagro más bonito de Navidad que nadie nunca hubiera podido
imaginar.
Cuando Antolín se puso en pie, los juguetes
volvieron a sus estanterías y se quedaron mudos y quietos, como siempre habían
estado, tal y como habían salido de las manos de su creador. Antolín se miró al
espejo. Había rejuvenecido más de veinte años y se encontraba de nuevo vigoroso
y feliz. No se explicaba cómo podía haber sucedido ese milagro. Pensó que tal
vez había sido un sueño y contento, abrió el taller.
Los niños y sus vecinos respiraron
tranquilos. Todo estaba en orden, las estanterías repletas de juguetes les
estaban esperando para sus encargos a los Magos y pronto se quedaron vacías.
Aquellas Navidades el pequeño barrio de la
gran ciudad, estaba inmerso en una gran burbuja de luz donde las estrellas
brillaron con mucha más fuerza y las canciones navideñas sonaban diferentes,
como si un gran coro de ángeles cantara entre ellos.
CHELO MONDEJA
Dedicado a mi hijo José Emilio
NOTA: El “viejo constructor de juguetes”
siempre me recordó a mi querido padre y muchos años después a mi amado esposo,
por lo mañosos que fueron construyendo y arreglando los juguetes de sus hijos.
Incluso físicamente se parecía a mí padre el dibujo del “anciano constructor”.
A ellos les dedico este recuerdo infantil con todo mi amor, cuando se van a
cumplir 59 y 6 años respectivamente de su subida al cielo. Siempre viviran en
mi corazón y en mi memoria.
Septiembre 2020
Me ha encantado tu cuento. Evoca momentos entrañables de mi infancia.
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