domingo, 10 de noviembre de 2024

ILUSIONES INFANTILES

 




EL VIEJO CONSTRUCTOR  DE JUGUETES

 

Este cuento llegó a mis manos un día de Reyes de 1949. Era de la Colección Campanilla, ilustrado por el entonces, casi desconocido Ferrándiz, autor de numeroso cuentos y felicitaciones navideñas. Sus tapas eran rojas y no llegaba al tamaño de una cuartilla. Dicha colección jugaba con tres colores, rojo, azul y amarillo y sus cuentos eran cortos, pensados para niños de corta edad. Cada año por Reyes mis padres dejaban en mi apartado de regalos tres cuentos, uno de cada color. Me encantaba leer y los devoraba.  Los leía y releía muchas veces en el año y me calcaba sus dibujos para hacer trabajos escolares o mis felicitaciones navideñas. Algunos eran realmente preciosos. Tengo mucho pesar por no haberlos conservado. Recuerdo que antes de casarme elegí los preferidos y los encuaderne en un solo tomo que  lamentablemente no recuerdo ni donde está.

Este en concreto, despertaba en mí unos sentimientos muy tiernos y sus dibujos me hacían llorar.

CUENTO DE NAVIDAD

“Érase una vez, en unas casitas humildes de la periferia de una gran ciudad, tenía su taller un artista en la madera, una especie de carpintero que construía casi de todo y sabía sacarle mucho partido. Un hombre que vivía solo con sus recuerdos y que plasmaba en sus trabajos toda la ternura que poseía su corazón. Era un hombre de mediana edad, fuerte y amable con todo el mundo que pisaba su taller.

Cuando se aproximaba la Navidad, el artista llenaba su pequeña tienda de juguetes. Juguetes de madera que él mismo construía con gran pericia y acierto. Juguetes de vivos colores y terminado exquisito. En sus estanterías se amontonaban figuritas de animales, trenes, camiones, instrumentos, casitas variadas, enanitos, muñequitas y cualquier cosa que se pudiera realizarse en madera. Todos los niños del barrio visitaban su taller para pedir a los Reyes Magos juguetes como aquellos. Antolín, que así se llamaba el artista, se sentía feliz. Su mayor felicidad era hacer felices a los niños. Sus vecinos le querían mucho y le solían llevar a su tienda cestitas con fruta para que se alimentara bien, pues estaba tan a gusto en su trabajo que  se le olvidaba hasta comer.

Los niños crecían,  pero llegaban otros y otros y así pasaron los años. Antolín se estaba haciendo viejo. Ya no se veía bien para ensamblar las piezas de madera. Si se le caía algún clavo no lo encontraba y a veces mezclaba el color de las pinturas. Sus cabellos castaños se habían vuelto blancos, se le habían caído los dientes y su carita estaba cuajadita de arrugas. Era un verdadero abuelito. Pero él seguía incansable en su tallercito de madera construyendo juguetes sin parar.

Llego un día en que las puertas de su tiendecita no se abrieron al amanecer como de costumbre. Los pájaros ya se habían cansado de cantar anunciando el nuevo día y el sol hacía rato que había salido por el horizonte. Pasó el panadero y el lechero y Antolín no les abrió la puerta. Los niños miraron asustados como la tienda de sus juguetes preferidos permanecía cerrada y la Navidad estaba por llegar. Todos estaban muy preocupados y llamaban a su puerta, pero nadie contestaba a sus llamadas. Algo terrible había sucedido.

Aquella noche, Antolín se había quedado dormido encima de su mesa de trabajo. Su blanca cabecita no tenía ya fuerza para mantenerse erguida y su cuerpecito estaba desfallecido. Pero ocurrió un milagro. Un milagro de Navidad. A las 12 de la noche, todos los juguetes comenzaron a moverse.

Había nacido la vida dentro de ellos y mirando asustados a su viejo constructor, bajaron de las estanterías y se pusieron “manos a la obra”: Los soldaditos de madera trajeron su camilla y arrastrando a Antolín lo metieron en su cama. Una vez instalado en ella, los caballitos empezaron a cargar en sus carritos pinturas, limas, cola y todo lo que pudieron obtener para cambiar el aspecto de Antolín. Las muñecas hacendosas iban de acá para allá con agua y jabón para limpiarle y asearle una vez recompuesto y concluido todo lo que pensaban hacer con su progenitor. Querían devolverle con su cariño todo lo que él había hecho por ellos, nada menos que crearlos, sacarlos a la luz de unos trozos de madera inerte.

Antolín abrió los ojos cansados y pensó que se había muerto y que estaba en el cielo. Sonrió. Estaba satisfecho. Había estado en pie y trabajando hasta su último aliento de vida.

Pero de pronto noto unas cosquillas en su cara y abriendo de nuevos sus ojos contemplo a una de sus muñecas puliéndole los dientes que le acababa de pegar con cola. Otra le planchaba con su planchita roja, las arrugas de la cara y otra con un fino pincel y sus pinturas, le daba buen color a su piel. Algunos enanitos le pintaban el pelo de color caoba y los perritos de colores estaban intentando que abriera la boca y colmársela de miel para su  pronta recuperación. No daba crédito a lo que estaba viendo. Sus juguetes, casi sus hijos, estaban vivos y le cuidaban hasta el punto de volverlo a la vida.

Era el día de Noche Buena y se estaba realizando el milagro más bonito de Navidad que nadie nunca hubiera podido imaginar.

Cuando Antolín se puso en pie, los juguetes volvieron a sus estanterías y se quedaron mudos y quietos, como siempre habían estado, tal y como habían salido de las manos de su creador. Antolín se miró al espejo. Había rejuvenecido más de veinte años y se encontraba de nuevo vigoroso y feliz. No se explicaba cómo podía haber sucedido ese milagro. Pensó que tal vez había sido un sueño y contento, abrió el taller.

Los niños y sus vecinos respiraron tranquilos. Todo estaba en orden, las estanterías repletas de juguetes les estaban esperando para sus encargos a los Magos  y pronto se quedaron vacías.

Aquellas Navidades el pequeño barrio de la gran ciudad, estaba inmerso en una gran burbuja de luz donde las estrellas brillaron con mucha más fuerza y las canciones navideñas sonaban diferentes, como si un gran coro de ángeles cantara entre ellos.

CHELO MONDEJA

 

Dedicado a mi hijo José Emilio

NOTA: El “viejo constructor de juguetes” siempre me recordó a mi querido padre y muchos años después a mi amado esposo, por lo mañosos que fueron construyendo y arreglando los juguetes de sus hijos. Incluso físicamente se parecía a mí padre el dibujo del “anciano constructor”. A ellos les dedico este recuerdo infantil con todo mi amor, cuando se van a cumplir 59 y 6 años respectivamente de su subida al cielo. Siempre viviran en mi corazón y en mi memoria.

 Septiembre 2020

1 comentario:

  1. Me ha encantado tu cuento. Evoca momentos entrañables de mi infancia.

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