domingo, 10 de noviembre de 2024

UN VIAJE A LAS PROFUNDIDADES MARINAS



REY DEL MAR

 

Desde el espacio, nuestro maravilloso planeta TIERRA se ve de un deslumbrante color azul. Predomina el color azul porque la mayor parte de la tierra, está compuesta de agua. Agua que forman los mares y los océanos. Hay océanos y mares cálidos y profundos habitados por espectaculares especies marinas. Mares más obscuros y peligrosos a causa de los vientos y tempestades que se desarrollan sobre su superficie. Tambien hay mares helados por los que se puede incluso caminar sobre ellos. Nuestro mar es el Mediterráneo y es cálido, de un maravilloso color azul, con tintes verdosos, morados y anaranjados, según los reflejos del sol.

Lo que voy a contaros sucedió en el Océano Pacifico, entre Japón y Nueva Zelanda y cerca de las Islas Marianas de donde toma su nombre la “fosa de las Marianas”.

La Fosa de las Marianas es el abismo más grande que tiene el mar, a más de 11 kilómetros (11.034 metros) de profundidad. Un lugar remoto e inaccesible para el ser humano, incluso para muchas especies marinas que no pueden sobrevivir ni llegar hasta allá abajo. Por eso fue el lugar que eligió el Rey Neptuno para edificar su palacio. Un sitio en el que no pudiera molestarle nadie y donde formaría su ejército compuesto de cetáceos, tiburones y gigantescos pulpos, que a solo una orden suya, podían atacar barcos piratas o a supuestos enemigos que quisieran atacarle.

Neptuno, el Rey del Mar se construyó un magnifico palacio de cristal dorado, para poder irradiar un poco de luz en aquel abismo tan oscuro. A él le gustaba. Tenía almenas y torres con campanas que avisaban de posibles intrusos y unas escaleras brillantes por donde se deslizaban sus habitantes. Exóticos peces de colores que tambien irradiaban luz y que nadie había visto jamás, eran sus moradores. Neptuno andaba siempre paseando y vigilando, blandiendo su “tridente”. Una especie de tenedor grande y afilado que le servía para desplazarse y abrirse paso entre los bosques de algas y para ensartar a algún enemigo, si viniera el caso. Neptuno era joven. Tenía el pelo largo y de un rubio dorado, barba, bigote y unos ojos brillantes y profundos como el mar, del color de las esmeraldas. Neptuno quería formar su hogar y su familia.

Una tarde de finales de agosto, cuando comenzaba el mes de las tormentas y tornados sobre la superficie de la tierra, se originó un terrible “tsunami” que arrasó todas las costas de la Polinesia destruyendo todo a su paso. El mar rugió con todas sus fuerzas, hombres y animales se ahogaron bajo sus torrenciales aguas y quedaron destruidos todas las chozas y edificios donde vivían sus habitantes. Aquella devastación quedo flotando sobre las aguas, hasta que los vientos marinos las desplazaron a diferentes costas y otras fueron hundiéndose poco a poco en el mar. Neptuno desde su palacio se apercibió del remolino de las aguas y de las gigantes olas que agitaban la superficie y consciente de las desgracias que podía ocasionar, nado hasta llegar arriba y contempló horrorizado como un gran trasatlántico era tragado por el mar. Se acercó inmediatamente para poder ayudarles, pero sus pasajeros se arrojaban desesperados al agua, pensando salvarse del naufragio y lo único que consiguieron fue el ahogarse. El lujoso barco siguió descendiendo hasta quedar varado en un gran banco de arena a mucha profundidad. Neptuno le siguió en su descenso con la esperanza de poder salvar a algún pasajero.

Cuando el trasatlántico ceso en su descenso, numerosos peces se arremolinaron curiosos junto a él. Neptuno miró por todos los “ojos de buey” que rodeaban la embarcación pero no vio nada. Entonces decidió subir a cubierta, bajar por las lujosas escalinatas, abrir las escotillas y dejar que el agua corriera libremente por todo su interior. Busco en el Puente de Mando y allí encontró a su valiente capitán aferrado al timón. Un marinero enjuto y fiel a su profesión, que se hundió con su barco, como prometió en un lejano día. El Rey del Mar, emocionado cogió en brazos al marinero y lo dejo tendido en su camarote, donde dormiría eternamente. Pero antes de depositarlo en él, busco en sus bolsillos alguna identificación y encontró una hermosa cajita dorada. En su interior había una nota y una maravillosa perla de color rojo. La nota decía así: “Abuelo, si en tus viajes encuentras alguna sirena, regálale esta perla”

Neptuno quedo extasiado ante la hermosura de dicha perla roja y la guardo en la cajita junto a su corazón. Despues emprendió el regreso a su palacio de cristal. Le acompañaba un escuadrón de caballitos de mar y a su paso le saludaban con respeto las ballenas, las orcas y los tiburones, todos ellos animales peligrosos que le respetaban. Los alegres delfinas saltaban a su alrededor e iban abriéndole paso. Neptuno ya estaba pensado en la posible sirena a quien regalar la maravillosa perla roja de la nieta del capitán del barco.

Las sirenas vivían agrupadas por familias. Unas estaban en los mares de oriente. Otras en los glaciares del norte o del sur, con sus respectivos mares Ártico y Antártico y otras en los océanos y mares cálidos de occidente. Neptuno pensó en visitarlas a todas. Cargado con su precioso tesoro y acompañado de sus inseparables caballitos de mar y sus delfines, emprendió viaje dirigiéndose en primer lugar hacia las costas de China, Indonesia y Japón.

La familia oriental fue muy educada y servicial, las sirenas eran vivarachas, de pelo negro y con graciosos ojos oblicuos y soñadores, pero había un gran murmullo constante con músicas estridentes y atronadores gongs que le ensordecían. Aquel bullicio no le gustaba y cordialmente se despidió pronto de aquellas aguas.

Emprendió viaje al lado puesto, a los mares occidentales, llegando felizmente a las costas del mar Adriático y del Mar Negro, pero prefirió las profundidades cálidas del mar Mediterráneo y hacia allí se dirigió. Una numerosa familia de sirenas rubias y alegres, con ojos azules y la piel dorada por el sol de la superficie, le recibió entre flores de anemonas y algas marinas. Tambien allí escucho en la noche, sonidos lejanos de guitarras y muchas risas. Las rubias y hermosos sirenas andaban continuamente nadando a su alrededor haciendo tantas cabriolas que le tenían completamente encantado. Estuvo varios días entre ellas, pero antes de tomar una decisión, pensó en visitar los atractivos mares helados del norte.

Era invierno y los meses más fríos en nuestro planeta lucían sus mantos blancos de nieve. El océano Ártico estaba completamente helado y una gruesa capa de hielo de varios metros cubría la superficie. Cantidad de barcos balleneros estaban atrapados entre sus heladas aguas esperando el deshielo de la primavera para poder reemprender sus viajes. Por algunos agujeros que habían practicado en la nieve, muchos hombres se atrevían a pescar. A Neptuno no le gustaba esa manera de diezmar su población marina. Numerosas bancos de peces de toda índole (tambien se les llama “cardúmenes”) iban de acá para allá libres y confiados hasta picar en algún anzuelo tentador y morir en él, pero comprendía que si es para la subsistencia humana, era licito y normal.

Neptuno se encontraba en las profundidades que rodeaban Groenlandia, frente al hermoso edificio de hielo donde vivía esta familia de sirenas. Era casi tan transparente como el suyo de cristal en las Marianas. Duro y fuerte, contaba con murallas que se cerraban al caer la tarde. Sus moradores y sus bellas hijas salieron a su encuentro. Eran doce sirenas bellas y blancas como el nácar. Se adornaban el pelo con corales de diferentes colores. Sus ojos eran del color de la miel y sus oscuros cabellos brillaban como el sol de medianoche. Hermosas y divertidas nadaban a su alrededor con suavidad, entremezclándose con la espuma del mar. La verdad es, que el Rey del Mar estaba completamente embelesado. Sonaban cientos de campanillas de cristal que proporcionaba un ambiente embriagador, como si de ellas saliera algún perfume exótico. Aquel atardecer, cuando terminaron de contemplar la hermosa “aurora boreal” se retiraron a descansar y cerraron las compuertas del hermoso palacio. Sin embargo una de las sirenas no volvió con las demás. Se había quedado atrapada entre las viejas redes de algún pescador. Salacia, que así se llamaba esta sirena, grito y grito pidiendo auxilio, pero nadie la escuchaba. Al cabo de un tiempo, las hermanas se dieron cuenta de su ausencia y pidieron ayuda a Neptuno que salió rápidamente de sus aposentos y abriendo los portones, fue en busca de Salacia, la pobre sirenita que no había vuelto con sus hermanas al hogar de hielo y nácar que era su casa.

La encontró casi desfallecida y con su hermosa cola un tanto dañada. Sus hermosos y largos cabellos mecidos en el agua helada le ocultaban el rostro. Al verlo, sus ojos se llenaron de lágrimas, convertidas inmediatamente en perlas. Neptuno pensó automáticamente en su “perla roja”. Seria para esa pequeña y encantadora sirena que al verle, había sido capaz de llorar con emocionada gratitud. Decidido se apresuró a liberarla de la gruesa red y con ella en sus brazos, cruzó triunfante la ciudadela que custodiaba la mansión. Las demás sirenas les rodearon contentas. Apercibiéndose de la acertada elección de Neptuno y contemplando la cara de felicidad de su hermana, empezaron a preparar la fiesta de los esponsales de bodas. Querían que fueran inolvidables para su querida hermanita Salacia y para Neptuno.

El Rey del Mar decidió que su enlace nupcial se celebrara en aquellos fríos mares del norte, bajo sus brillantes y bellas auroras boreales. Las sirenas comenzaron a tejer guirnaldas de flores y algas entrelazadas con corales marinos, para adornar los aposentos de la fiesta. Las conchas de las “madreperlas” lucían sus espectaculares tesoros de nácar y las estrellas de mar se pegaban por las columnas. Las coloreadas anemonas brotaban por doquier y los caballitos de mar custodiaban las puertas, luciendo sus más bonitos colores. Neptuno, mientras tanto, envió correos a su palacio por medio de gigantescas caracolas que resonaban atronadoras bajo las aguas y se organizó un brillante cortejo de peces de todas las clases y belleza desconocida, que portaban oro, plata y corales de varios colores. Con ellos confeccionaron una hermosa corona, cuya parte central estaba realzada y adornada con la hermosa “perla roja” que el valiente marinero del trasatlántico hundido, llevaba consigo. Salacia estaba bellísima y Neptuno maravillado le conto la historia de esa perla roja que adornaba su corona. Pronto se trasladarían a su palacio de las Marianas, donde crecería su familia, sin olvidar los helados mares que les unieron.

Neptuno recordaría siempre aquel capitán de barco, que pese a su muerte en el mar sin abandonar el timón, había cumplido el deseo de su nieta. La perla roja le luciría por siempre SALACIA, la bella sirena de los mares del norte, al lado de su esposo Neptuno, el Rey del Mar.

CHELO MONDEJA

4 SEPTIEMBRE 2024 

 

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