REY DEL MAR
Desde el espacio, nuestro maravilloso planeta
TIERRA se ve de un deslumbrante color azul. Predomina el color azul porque la
mayor parte de la tierra, está compuesta de agua. Agua que forman los mares y
los océanos. Hay océanos y mares cálidos y profundos habitados por
espectaculares especies marinas. Mares más obscuros y peligrosos a causa de los
vientos y tempestades que se desarrollan sobre su superficie. Tambien hay mares
helados por los que se puede incluso caminar sobre ellos. Nuestro mar es el
Mediterráneo y es cálido, de un maravilloso color azul, con tintes verdosos,
morados y anaranjados, según los reflejos del sol.
Lo que voy a contaros sucedió en el Océano
Pacifico, entre Japón y Nueva Zelanda y cerca de las Islas Marianas de donde toma
su nombre la “fosa de las Marianas”.
La Fosa de las Marianas es el abismo más
grande que tiene el mar, a más de 11 kilómetros (11.034 metros) de profundidad.
Un lugar remoto e inaccesible para el ser humano, incluso para muchas especies
marinas que no pueden sobrevivir ni llegar hasta allá abajo. Por eso fue el
lugar que eligió el Rey Neptuno para edificar su palacio. Un sitio en el que no
pudiera molestarle nadie y donde formaría su ejército compuesto de cetáceos,
tiburones y gigantescos pulpos, que a solo una orden suya, podían atacar barcos
piratas o a supuestos enemigos que quisieran atacarle.
Neptuno, el Rey del Mar se construyó un
magnifico palacio de cristal dorado, para poder irradiar un poco de luz en
aquel abismo tan oscuro. A él le gustaba. Tenía almenas y torres con campanas
que avisaban de posibles intrusos y unas escaleras brillantes por donde se
deslizaban sus habitantes. Exóticos peces de colores que tambien irradiaban luz
y que nadie había visto jamás, eran sus moradores. Neptuno andaba siempre
paseando y vigilando, blandiendo su “tridente”. Una especie de tenedor grande y
afilado que le servía para desplazarse y abrirse paso entre los bosques de
algas y para ensartar a algún enemigo, si viniera el caso. Neptuno era joven.
Tenía el pelo largo y de un rubio dorado, barba, bigote y unos ojos brillantes
y profundos como el mar, del color de las esmeraldas. Neptuno quería formar su
hogar y su familia.
Una tarde de finales de agosto, cuando
comenzaba el mes de las tormentas y tornados sobre la superficie de la tierra,
se originó un terrible “tsunami” que arrasó todas las costas de la Polinesia
destruyendo todo a su paso. El mar rugió con todas sus fuerzas, hombres y
animales se ahogaron bajo sus torrenciales aguas y quedaron destruidos todas
las chozas y edificios donde vivían sus habitantes. Aquella devastación quedo
flotando sobre las aguas, hasta que los vientos marinos las desplazaron a
diferentes costas y otras fueron hundiéndose poco a poco en el mar. Neptuno desde
su palacio se apercibió del remolino de las aguas y de las gigantes olas que
agitaban la superficie y consciente de las desgracias que podía ocasionar, nado
hasta llegar arriba y contempló horrorizado como un gran trasatlántico era
tragado por el mar. Se acercó inmediatamente para poder ayudarles, pero sus
pasajeros se arrojaban desesperados al agua, pensando salvarse del naufragio y
lo único que consiguieron fue el ahogarse. El lujoso barco siguió descendiendo
hasta quedar varado en un gran banco de arena a mucha profundidad. Neptuno le
siguió en su descenso con la esperanza de poder salvar a algún pasajero.
Cuando el trasatlántico ceso en su descenso,
numerosos peces se arremolinaron curiosos junto a él. Neptuno miró por todos
los “ojos de buey” que rodeaban la embarcación pero no vio nada. Entonces
decidió subir a cubierta, bajar por las lujosas escalinatas, abrir las
escotillas y dejar que el agua corriera libremente por todo su interior. Busco
en el Puente de Mando y allí encontró a su valiente capitán aferrado al timón.
Un marinero enjuto y fiel a su profesión, que se hundió con su barco, como
prometió en un lejano día. El Rey del Mar, emocionado cogió en brazos al
marinero y lo dejo tendido en su camarote, donde dormiría eternamente. Pero
antes de depositarlo en él, busco en sus bolsillos alguna identificación y
encontró una hermosa cajita dorada. En su interior había una nota y una
maravillosa perla de color rojo. La nota decía así: “Abuelo, si en tus viajes
encuentras alguna sirena, regálale esta perla”
Neptuno quedo extasiado ante la hermosura de
dicha perla roja y la guardo en la cajita junto a su corazón. Despues emprendió
el regreso a su palacio de cristal. Le acompañaba un escuadrón de caballitos de
mar y a su paso le saludaban con respeto las ballenas, las orcas y los
tiburones, todos ellos animales peligrosos que le respetaban. Los alegres
delfinas saltaban a su alrededor e iban abriéndole paso. Neptuno ya estaba
pensado en la posible sirena a quien regalar la maravillosa perla roja de la
nieta del capitán del barco.
Las sirenas vivían agrupadas por familias.
Unas estaban en los mares de oriente. Otras en los glaciares del norte o del
sur, con sus respectivos mares Ártico y Antártico y otras en los océanos y
mares cálidos de occidente. Neptuno pensó en visitarlas a todas. Cargado con su
precioso tesoro y acompañado de sus inseparables caballitos de mar y sus
delfines, emprendió viaje dirigiéndose en primer lugar hacia las costas de
China, Indonesia y Japón.
La familia oriental fue muy educada y
servicial, las sirenas eran vivarachas, de pelo negro y con graciosos ojos
oblicuos y soñadores, pero había un gran murmullo constante con músicas
estridentes y atronadores gongs que le ensordecían. Aquel bullicio no le
gustaba y cordialmente se despidió pronto de aquellas aguas.
Emprendió viaje al lado puesto, a los mares
occidentales, llegando felizmente a las costas del mar Adriático y del Mar
Negro, pero prefirió las profundidades cálidas del mar Mediterráneo y hacia allí
se dirigió. Una numerosa familia de sirenas rubias y alegres, con ojos azules y
la piel dorada por el sol de la superficie, le recibió entre flores de anemonas
y algas marinas. Tambien allí escucho en la noche, sonidos lejanos de guitarras
y muchas risas. Las rubias y hermosos sirenas andaban continuamente nadando a
su alrededor haciendo tantas cabriolas que le tenían completamente encantado.
Estuvo varios días entre ellas, pero antes de tomar una decisión, pensó en visitar
los atractivos mares helados del norte.
Era invierno y los meses más fríos en nuestro
planeta lucían sus mantos blancos de nieve. El océano Ártico estaba
completamente helado y una gruesa capa de hielo de varios metros cubría la
superficie. Cantidad de barcos balleneros estaban atrapados entre sus heladas
aguas esperando el deshielo de la primavera para poder reemprender sus viajes.
Por algunos agujeros que habían practicado en la nieve, muchos hombres se
atrevían a pescar. A Neptuno no le gustaba esa manera de diezmar su población
marina. Numerosas bancos de peces de toda índole (tambien se les llama
“cardúmenes”) iban de acá para allá libres y confiados hasta picar en algún
anzuelo tentador y morir en él, pero comprendía que si es para la subsistencia
humana, era licito y normal.
Neptuno se encontraba en las profundidades
que rodeaban Groenlandia, frente al hermoso edificio de hielo donde vivía esta
familia de sirenas. Era casi tan transparente como el suyo de cristal en las
Marianas. Duro y fuerte, contaba con murallas que se cerraban al caer la tarde.
Sus moradores y sus bellas hijas salieron a su encuentro. Eran doce sirenas
bellas y blancas como el nácar. Se adornaban el pelo con corales de diferentes
colores. Sus ojos eran del color de la miel y sus oscuros cabellos brillaban
como el sol de medianoche. Hermosas y divertidas nadaban a su alrededor con
suavidad, entremezclándose con la espuma del mar. La verdad es, que el Rey del
Mar estaba completamente embelesado. Sonaban cientos de campanillas de cristal
que proporcionaba un ambiente embriagador, como si de ellas saliera algún
perfume exótico. Aquel atardecer, cuando terminaron de contemplar la hermosa
“aurora boreal” se retiraron a descansar y cerraron las compuertas del hermoso
palacio. Sin embargo una de las sirenas no volvió con las demás. Se había
quedado atrapada entre las viejas redes de algún pescador. Salacia, que así se
llamaba esta sirena, grito y grito pidiendo auxilio, pero nadie la escuchaba.
Al cabo de un tiempo, las hermanas se dieron cuenta de su ausencia y pidieron
ayuda a Neptuno que salió rápidamente de sus aposentos y abriendo los portones,
fue en busca de Salacia, la pobre sirenita que no había vuelto con sus hermanas
al hogar de hielo y nácar que era su casa.
La encontró casi desfallecida y con su
hermosa cola un tanto dañada. Sus hermosos y largos cabellos mecidos en el agua
helada le ocultaban el rostro. Al verlo, sus ojos se llenaron de lágrimas,
convertidas inmediatamente en perlas. Neptuno pensó automáticamente en su
“perla roja”. Seria para esa pequeña y encantadora sirena que al verle, había
sido capaz de llorar con emocionada gratitud. Decidido se apresuró a liberarla
de la gruesa red y con ella en sus brazos, cruzó triunfante la ciudadela que
custodiaba la mansión. Las demás sirenas les rodearon contentas. Apercibiéndose
de la acertada elección de Neptuno y contemplando la cara de felicidad de su
hermana, empezaron a preparar la fiesta de los esponsales de bodas. Querían que
fueran inolvidables para su querida hermanita Salacia y para Neptuno.
El Rey del Mar decidió que su enlace nupcial
se celebrara en aquellos fríos mares del norte, bajo sus brillantes y bellas
auroras boreales. Las sirenas comenzaron a tejer guirnaldas de flores y algas
entrelazadas con corales marinos, para adornar los aposentos de la fiesta. Las
conchas de las “madreperlas” lucían sus espectaculares tesoros de nácar y las
estrellas de mar se pegaban por las columnas. Las coloreadas anemonas brotaban
por doquier y los caballitos de mar custodiaban las puertas, luciendo sus más
bonitos colores. Neptuno, mientras tanto, envió correos a su palacio por medio
de gigantescas caracolas que resonaban atronadoras bajo las aguas y se organizó
un brillante cortejo de peces de todas las clases y belleza desconocida, que
portaban oro, plata y corales de varios colores. Con ellos confeccionaron una
hermosa corona, cuya parte central estaba realzada y adornada con la hermosa
“perla roja” que el valiente marinero del trasatlántico hundido, llevaba
consigo. Salacia estaba bellísima y Neptuno maravillado le conto la historia de
esa perla roja que adornaba su corona. Pronto se trasladarían a su palacio de
las Marianas, donde crecería su familia, sin olvidar los helados mares que les
unieron.
Neptuno recordaría siempre aquel capitán de
barco, que pese a su muerte en el mar sin abandonar el timón, había cumplido el
deseo de su nieta. La perla roja le luciría por siempre SALACIA, la bella
sirena de los mares del norte, al lado de su esposo Neptuno, el Rey del Mar.
CHELO MONDEJA
4 SEPTIEMBRE 2024
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