EL LOBO BUENO Y LOS
CUATRO CERDITOS
No hace mucho tiempo que en las estribaciones
de la sierra de Guadarrama, entre fresnos y robles y junto al rio Lozoya que
origina el nombre del bonito valle, vivía una familia de cerditos. Unos
cerditos sonrosados y rollizos que habían escapado de una piara para hacer su
propia vida. La familia estaba compuesta por el papá, el señor Cerdo, la mamá,
señora Cerda Blanca y los pequeños: Listín, que debía su nombre a que era muy
estudioso. Gordin, que se pasaba el día comiendo chuches. Flaquin, que hacía
mucho deporte y Parlanchín, que parloteaba y cantaba sin cesar.
En el lugar donde habían decidido establecer
su morada habitaban muchos lobos, cuyo manjar preferido eran los cerditos. El
papa que era muy mañoso, se encargó de construir una bonita casita que pinto de
blanco con un tejado de tejas rojas y brillantes, con las ventanitas de color azul
y que rodeo de una cerca llena de bonitas flores multicolores, donde los
malvados lobos no pudieran entrar fácilmente. Los riachuelos cercanos de
cantarinas aguas, acompañaban a los pajaritos que anidaban en los pinos y
árboles vecinos con sus cantos y les daban los buenos días alegremente. Este
verano que os cuento, la vida estaba transcurriendo plácidamente.
El papa estaba ausente durante toda la semana
y la mama bajaba a comprar al mercado todos los sábados. Por la mañana temprano
se vestía y arreglaba pulcramente, cogía su gran capazo y dando infinitas
recomendaciones a sus hijos para que no abrieran la puerta a nadie, marchaba confiada
a la compra.
Listín, Gordin, Flaquin y Parlanchín eran muy
traviesos, y sus nombres les cuadraban perfectamente. Aquella mañana después de
despedir a su mama llenándola de besitos, tomaron sus tazones de leche con el
desayuno dando buena cuenta de ellos, los dejaron en el fregadero como les
recomendó su mama y luego se pusieron a jugar. De pronto unos golpes en la
puerta llamaron su atención.
– ¿Quién es? Preguntaron.
Fuera
se oyó una voz atiplada que decía
–Soy
vuestra mama, abrir la puerta
Los cerditos se miraron confusos y dijeron
gritando
–Nuestra
mama no tiene esa voz tan fea.
Fuera no se oía nada y siguieron jugando. Era
el lobo. Un astuto lobo, que estaba acechando la marcha de Cerda Blanca al
mercado y había conseguido saltar la cerca de flores para llamar a la puerta.
Cuando oyó la respuesta de los cerditos y muy contrariado, marcho veloz a un
bosque de ruiseñores y les pidió por favor le prestaran un poquito de su
melodiosa voz. Los buenos pajaritos se la dieron y el lobo marcho nuevamente a
casa de los cerditos. Volvió a llamar diciendo
–Abrir que soy vuestra mama
Los cerditos se miraron asustados y miraron
por el ojo de la cerradura. Dieron un grito de terror porque vieron unos ojos
negros que los miraban desde el otro lado.
–No
eres nuestra mama, nuestra mama los tiene los ojos azules y tú los tienes
negros como los lobos malos.
El lobo no ceso en su empeño y rápidamente se
fue corriendo cogiendo impulso para subir velozmente a la cima de una montaña, la
más alta que encontró y allí más cerca del cielo pudo gritar:
–Señor cielo, pidió, señor cielo ¿Puedes darme
un poquito de tu bello color azul para teñir mis ojos?
El señor cielo un poco asombrado le dijo:
–
Sí que te lo doy, pero si los utilizas para el mal, tus ojos volverán a su
color feo y natural.
El lobo asintió y bajo corriendo de nuevo a
la morada de los cerditos. Pero esta vez cambio de estrategia. Llamo suavemente
diciendo:
–Hola
cerditos. Soy un hada del vecino bosque y me gustaría jugar un ratito con
vosotros.
Listín que como su nombre indica era el más
listo volvió a mirar por el ojo de la cerradura y dijo:
–Eres
un lobo feo y peludo. Las hadas tienen la piel suave y blanca y un cabello
largo y rubio y añadió entre
risas: –“tú eres feo y bizco, señor lobo”.
Y los cerditos empezaron a burlarse. El lobo
estaba muy enfadado y quería comerse a los cerditos a como diera lugar. ¿Qué se
creían esos mocosos? Él era mucho más listo que ellos. Ahora verán, pensó y
salió corriendo. Esta vez se dirigió a un cantarín arroyo que bajaba hasta el
rio y poniendo cara de bueno le suplico:
–Por
favor señor arroyo ¿puedes hacer que mi piel se suavice con tus aguas
cristalinas y se torne blanca y lisa
como las piedras que tienes en tu lecho?
El río le contestó:
–Puedes
bañarte en mis aguas y sacudirte ese pelaje negro y feo. Tu piel quedara
radiante. Pero si tu cambio de aspecto
es para utilizarlo mal, todo volverá a ser como estabas antes.
El lobo atolondradamente acepto y se dirigió
velozmente a un campo de maíz. Le grito a las cañas:
–Señoras
cañas por favor, podéis darme vuestra flexibilidad y una cabellera rubia y
larga. La necesito urgentemente.
Las cañas tambien le contestaron:
–Camina
un rato entre nosotras y piensa para qué vas a utilizar ese cambio de aspecto.
Si es para hacer cosas malas, todo volverá a su estado natural.
El incansable lobo se miró reflejado en el
agua y sonrió triunfalmente. Se dijo:
–Ahora
sí que parezco un hada de verdad. Esos cerditos estúpidos van a caer entre mis
dientes. Yo soy mucho más listo que ellos. Ja ja ja.
Cuando estuvo delante de la puerta de la casa
de los cerditos sus pisadas eran suaves y su aspecto era hermoso. Tocó de nuevo
en la puerta diciendo con voz cálida:
–Hola
cerditos. Soy un hada de camino hacia mi casa y estoy cansada. Me gustaría estar un ratito con vosotros y descansar ¿Podéis abrir la
puerta?
Los cuatro hermanitos volvieron a mirar uno
por uno, por el ojo de la cerradura y se decían entre ellos:
–Es
verdad, es una hermosa hada ¿le abrimos?
Dijo Parlanchín.
–No
no, espera, argumento Listín. Mamá no quiere que abramos la puerta a nadie. La
verdad es que parece un hada.
Pero ¿será de verdad un hada, o será que
nos está engañando?
Los cuatro hermanitos, volvieron a mirar por
el ojo de la cerradura y advirtieron una sonrisa malvada y triunfal en la cara
del hada. Entonces dijeron a coro:
–Tu
apariencia es de hada, pero ¿sabemos si tienes el corazón de malvado lobo?
El lobo se quedó callado, pero todavía no se
rindió y salió de allí buscando alguna forma para ganarse un buen corazón.
Tenía que comerse a esos cerditos antes de que regresara su mama de la compra.
Caminando sin saber dónde ir, encontró un
perrito que acompañaba a un pastor ciego. En otro momento se habría comido al
perro y al pastor, pero en esta ocasión se dirigió al perrillo y le dijo:
–Hermano
perro. ¿Podrías darme unos latidos de tu buen corazón?
El perrito se le quedo mirando con sus
bondadosos ojos y le dijo:
–Claro
que sí. Pero si los mezclas con malos deseos, se morirán. Por el contrario, tienes
que hacerlos crecer con tus
buenas acciones.
Y el perrito le dio a manos llenas, unos
cuantos latidos de su buen corazón y siguió acompañando a su amo fielmente por
el sendero. El lobo les vio desaparecer entre los pinos. Estaba un poco
confuso.
El lobo, convertido en hada, se quedó pensativo
sentado en unas piedras. De repente se le habían quitado las ganas de ir a
ninguna parte y mucho menos de comerse a los pobres cerditos.
La luz de la tarde caía sobre las montañas y
su cabellera brillaba al sol. Miro su imagen que se reflejaba en el rio. Nadie
diría que antes había sido lobo. Se había convertido en una maravillosa hada
cuyos deseos eran solo hacer el bien.
Sin saber ciertamente a donde ir, sus pasos
le llevaron a la casita de los cerditos. La mamá Cerda Blanca acababa de llegar
con el capazo bien cargado de comida y golosinas para sus hijitos. Todos en la
casa reían muy contentos y mirando por la ventana, le vieron llegar. La mama
Cerda Blanca le invito a pasar adentro de la casa y los cerditos le rodearon
curiosos. Lógicamente no reconocían en ella al lobo de antes. Los parlanchines
cerditos contaron a su mama todo lo
sucedido:
–Mamá,
mamá un lobo malo nos quiso engañar y quería entrar en casa para devorarnos. Pero
no le abrimos y al final se fue.
Menos mal. Esperemos que no vuelva por aquí.
El “Lobo bueno” de este cuento estaba muy
contento. Se sentía muy bien con su cambio de actitud y de aspecto y no pensaba
cambiarla. Había utilizado su malvado corazón y su perseverancia para hacer el
mal, sin embargo después de los bondadosos latidos del corazón del perrito, esa
misma perseverancia le serviría ahora para hacer el bien. Se había hecho bueno
y sería una bella y bondadosa hada para siempre.
Se despidió de la familia de los cerditos
prometiendo volver a verles y se dirigió a las montañas vecinas entre robles y
abedules, rodeados de cantarinas fuentes donde sabía que había un “asentamiento
de hadas” y allí encontró su lugar. Ayudaba a los animalitos heridos y a los
caminantes que se perdían entre los bosques. Se dio cuenta de lo necesario que
es a veces en la vida, un cambio de actitud a tiempo.
Los cerditos crecieron felices. Sabían que
tenían una buena amiga entre las hadas del frondoso bosque vecino. Ellos
siguieron viviendo en su bonita casita con sus papas donde tenían su hogar
feliz y se felicitaron por haber sido obedientes a su mama. Si hubieran abierto
la puerta, se los habría comido el lobo.
Recordando a mi madre y dedicado a mis tres
bisnietos Carlitos, Gaia y Samuelin. (Y los que puedan llegar)
Con todo cariño vuestra bisabuela Chelo Mondeja. Agosto 2024
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