LA ESTRELLA
DE LA NAVIDAD
Hace millones y millones de años que existe
nuestro mundo. El mundo creado por Dios, según nos relata el libro del Génesis,
el primero de la Biblia, que no es histórico pero no por ello menos real. No
cabe duda de que la vida, en algún momento dado de la historia, empezó su
proceso con la evolución de la materia que poco a poco daría paso el mundo tal
como lo conocemos hoy. Cuando Dios creo la luz, creo tambien los astros, que se
distribuyeron por el firmamento.
Dejando volar la ilusión y la fantasía,
imagino a las numerosas estrellas que
Dios había hecho, mirándose de reojo las
unas a otras para ver donde las colocaba el Señor. Todas querían los
primeros puestos, donde poder lucir su fulgurante luminosidad y que fuera
efectivamente visible y hermosa desde todos los ámbitos celestiales. Las había
de todos los tamaños, desde las grandes y azules, hasta las enanas y rojas,
pero todas bellas e insustituibles en los sitios que empezó a asignarles el
Creador.
Comenzó enviándolas a distancias enormes por
las grandes extensiones siderales del universo. A las constelaciones de Aries y
Tauro, Géminis, Cáncer, Leo y Virgo, Libra, Escorpio y Sagitario, Capricornio,
Acuario y Piscis. Las envió eligiendo sus colores y tamaños. Despues creó la
Vía Láctea con millones de estrellas pequeñitas para que destacaran entre ellas
las constelaciones diversas de Centauro, Casiopea, Andrómeda y muchas más. Puso
una especial y muy hermosa en la constelación de la Osa Mayor, para que
señalara siempre al norte del planeta Tierra y la llamó estrella Polar. Blanca
y luminosa marcando siempre el camino. Se entretuvo enviando a Osiris, grande y
azul dentro de la constelación de Pergeo. De ahí las Perseidas, las que cada
año reciben el aluvión de los asteroides, formando la espectacular lluvia de
estrellas. Pero reservó una muy especial, de una luz dorada, brillante e
intensa. No muy grande pero muy ágil y veloz. Tenía pensada para esta estrellita una misión muy
importante. Quedó en reserva hasta que pasados miles de años, llegado el tiempo
en que la necesitaba Dios, la sacó de donde dormía y le dio sabias
instrucciones. Nada menos que tenía que guiar a unos Magos de Oriente hasta la
ciudad de Belén. Tenía la extraordinaria y responsable tarea de anunciarles el
nacimiento del Salvador del mundo: Jesus, el hijo de Dios. La estrellita se
puso contentísima y miró con orgullo a sus hermanas que la miraban con cierta
envidia. Se atusó debidamente el brillo dorado que tenía y del que le nació una
cola espectacular para darle más velocidad por el cielo. Se despidió de Dios,
su creador y marchó a toda velocidad a cumplir su maravilloso encargo.
Cruzó el mundo de este a oeste y se hizo
visible ante los Magos que de alguna forma la aguardaban. Inmediatamente se pusieron
en camino y la siguieron por las nieves y las estepas, por los desiertos y los
valles y por el mar, cruzando el gran rio Nilo, hasta que llegaron a un
pueblecito chiquito y humilde donde se oían unos cantos de ángeles que decían
“Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena
voluntad” y muchos pastores y lugareños andaban con sus rebaños camino de un portal con un establo donde había
nacido un niño, el Niño Dios. La estrellita sabía dónde era. El Señor le había
dado las coordenadas exactas y sabias instrucciones y ya habían llegado.
Orgullosa se paró encima del pesebre y proyectó su luz y calor hacia la familia
de Nazaret. María, José y el Niño descansaban al calor de los animales del
establo. María había envuelto al niño en los pobres pañales que tenía y José
los miraba tiernamente, agradeciendo los presentes que los pastores les
llevaban: leche, miel y ropa para el recién nacido, pues hacía mucho frío.
Cuando los Magos vieron todo aquello quedaron
embargados de una gran ternura y se postraron ante el Niño Dios con un gran
respeto. Lo adoraron silenciosamente y le entregaron el Oro, Incienso y Mirra
que llevaban con el siguiente
significado: Oro como rey. Incienso como Dios y Mirra como hombre. Despues se
volvieron a su tierra por otro camino dejando a la estrellita en el portal que
continuaba su misión de alumbrar a todos los hombres de la tierra, para
enseñarles con su luz el camino donde estaba Jesus y como encontrarlo. Desde
entonces la estrellita se llamó: Estrella de la Navidad y en un lugar del cielo
muy visible destaca con toda su belleza en las noches frías del mes de
diciembre. Si pones atención hasta la puedes oír reír y cantar agradecida sus alabanzas
al Creador, que le guardo tan importante misión desde la creación del mundo. La
Estrella de la Navidad te acompañara siempre.
Dedicado a mi nieta Lucia que abre las
puertas a la Navidad. Diciembre 2017
A ESTRELLA DE LA NAVIDAD
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