ROSALINDA
Hace mucho tiempo, en las afueras de una gran
ciudad, vivía un noble y acaudalado caballero recién casado con una bella dama
de la aristocracia del país. Ilusionados y decididos a formar una bonita
familia, pronto les visitó la cigüeña, trayéndoles una hermosa niña a la que
llamaron Rosalinda, pues el color de su piel era de un color de rosa suave y
aterciopelado como los pétalos de la flor.
Rosalinda llegó a su familia trayendo con
ella alegría y felicidad. Sus padres la adoraban pues era además muy buena e
inteligente. Crecía muy hermosa y en todas las reuniones familiares y cenas con
amigos, la niña destacaba por su bonita voz, regalándoles bonitos recitales con
canciones que aprendía en el colegio y otras que le enseñaba su adorada madre.
Cuando Rosalinda cumplió 15 años, el país se
vio envuelto en una gran epidemia que acabó con la vida de su querida mamá, que
dejó a su amada hija y a su esposo, sumidos en una pena inmensa. Estaban
desolados y nada les confortaba. A la mamá de Rosalinda la enterraron en el
jardín de la casa, cerquita de ellos para poderla saludar todos los días. Su
tumba siempre estaba llena de flores y de lágrimas. Poco tiempo después allí
brotó un hermoso y frondoso árbol que daba unas preciosas flores y una confortable
sombra. En sus ramas anidaban los pajarillos, que todas las mañanas les
regalaban sus trinos y hermosos cantos. Aquel “arbolito querido” era el
consuelo de Rosalinda. Solía sentarse a cantar y a leer bajo su sombra y todas
sus penas se las contaba a su mamá, pues estaba segura de que ella la
escuchaba.
Pasado algún tiempo el padre de Rosalinda
volvió a contraer matrimonio por necesidades de su puesto político en la
ciudad. Su esposa aportó al nuevo matrimonio dos hijas más: Anastasia y Frasquita
que tenían más o menos una edad similar a la de Rosalinda.
Cuando el papá de Rosalinda le presentó a su
nueva familia, la niña sintió un escalofrío. Sus miradas se encontraron y no
vio en ellas ninguna simpatía, al contrario, vio envidia y rechazo. Sintió mucha
pena por su papá y por ella misma y aquella misma tarde salió al jardín y le
contó a su mamá todo lo que sentía cobijada a la sombra de su arbolito querido.
No pasaron ni dos semanas, cuando Eduvigis,
que así se llamaba la madrastra de Rosalinda, cambio a la niña de habitación
asignándosela a sus propias hijas, dejando a Rosalinda la del último rincón de
la escalera, al lado de la buhardilla. Afortunadamente para la madrastra, el
padre estaba ausente muchas semanas por su trabajo de diplomático y ella podía
hacer y deshacer cosas, sin que él se enterase. Esto no beneficiaba nada a
Rosalinda, pero era tan buena que cuando su papá volvía, disimulaba al máximo
para no preocuparle. Ella solita, sufría todo en silencio. Tan solo se lo
contaba a su mamá. Si las hermanastras le pedían prestado algún vestido, cuando
se lo devolvían estaba roto, manchado e inservible, tal era la envidia que le
tenían. Rosalinda era esbelta, con unos preciosos ojos azules heredados de su
madre y el cabello rubio como el oro. En cambio ellas eran vulgares, feas y
desagradables. Se pasaban el día peleando y chillando y a Rosalinda la tenían
como a una criada más del servicio de la casa.
Cuando regresaba su padre, los criados le contaban como trataba la madrastra a Rosalinda, pero esos días Eduvigis y sus hijas se portaban tan bien, que el padre no daba crédito a sus cuitas. Rosalinda resignada se acomodó en su nueva habitación que adornaba con flores y mantenía limpia diariamente. En la buhardilla vivía su gato Micifuz al que adoraba, en compañía de algunos ratoncitos amigos a los que ellas les subían diariamente miguitas de pan con leche. Por las mañanas, los pajaritos tambien acudían a comer el pan que Rosalinda les dejaba en el alfeizar de su ventana, regalándole a la niña sus preciosos trinos. Pasó algún tiempo y el papá de Rosalinda tuvo un accidente de coche y murió en el acto, dejando a la niña a merced completamente de su malvada y envidiosa familia. Pobre Rosalinda.
Cuando llegó la primavera, el joven heredero
de la corona de aquella hermosa ciudad, estaba en edad de casarse y de buscar
una esposa apropiada y buena que le acompañara en su reinado. Para tal efecto
promulgó la invitación a un baile de gala que celebraría en su palacio real, al
que deberían de acucir todas las muchachas de la ciudad en edades casaderas,
sin que faltara ni una. La noticia llego a la casa de Rosalinda armando tal
revuelo entre su madrastra y hermanastras, que se volvieron medio locas
pensando ser alguna de ellas, la agraciada. De inmediato, llamaron a la modista
para que les confeccionara dos hermosos trajes de baile. Por supuesto que no
contaron con Rosalinda para nada. La niña se enteró por medio de los criados y
desolada bajó al jardín para contárselo a su mamá, llevando en brazos a su
gatito Micifuz que era su única compañía. Confortada parecía escuchar la voz de
su madre que le decía: “No sufras cariño, todo a su tiempo”
Cuando llegó el día del ansiado baile,
Anastasia y Frasquita estaban engalanas con hermosos vestidos y llamaron a
Rosalinda para darle envidia. Con risas y burlas salieron de la casa camino del
baile con el príncipe. Rosalinda sin pérdida de tiempo acudió a la tumba de su
mamá y dijo llorando: “arbolito querido, préstame un traje que sea de oro y
plata y con mucho encaje”. Inmediatamente de las ramas de árbol colgaba un
hermoso vestido en tonos rosados, con el corpiño de encaje y salpicado de
estrellas en oro y plata, realmente precioso. Debajo del mismo tambien había
unos pequeños zapatitos de cristal. Escuchó la voz de su mamá que le advirtió: “Hija
mía, debes de volver a casa antes de que acaben las campanadas de las doce de
la noche” Rosalinda asintió emocionada, se vistió rápidamente, dejó su hermosa
cabellera suelta y salió a la calle para subirse a un hermoso carruaje que como por encanto surgió al pie del árbol y la esperaba.
Cuando llegó al palacio, el baile ya había
comenzado y su aparición en el gran salón no pasó inadvertida. Todas las
miradas se volvieron hacia ella preguntándose quien sería aquella hermosa
muchacha rubia y bella como un ángel, con aquel vestido deslumbrante como nadie había visto
jamás. El príncipe quedó asombrado de su belleza y se apresuró a sacarla
inmediatamente a bailar con él. Rosalinda cerró los ojos emocionada. Las hermanas
cuchicheaban con su madre: “¿Quién será esta chica? Realmente es hermosa, no te
recuerda a alguien? A mí no, pero en mala hora ha venido, el príncipe ni nos
mira a nosotras”
Rosalinda estaba realmente feliz. Parecía que
volaba en los brazos de aquél apuesto joven príncipe que la ceñía cariñoso, cuando
de pronto se escucharon las campanadas del reloj anunciando las doce de la
noche. Rosalinda se desprendió de él sin mediar palabra y bajó a toda prisa las
escaleras que le separaban de la calle. Ni se dio cuenta de que perdió uno de
sus zapatos en la huida. Subió en el carruaje que le esperaba y llegó a su
casa con la última campanada. Directamente fue dónde estaba su mamá y
arrodillada quedó de nuevo sola delante del árbol como si nada de lo ocurrido
hubiera pasado. El traje y todo lo demás había desaparecido pero conservaba el zapatito de
cristal. Rápidamente subió a su habitación y lo escondió. Estaba aturdida,
emocionada, agradecida a su madre y sin dar crédito a todo lo que había
sucedido. Se metió en la cama para que el sueño le devolviera la calma.
A la mañana siguiente, le despertaron como
siempre los pajarillos cantando en su ventana. Bajó a desayunar y en la casa no
se hablaba de otra cosa: “Ayer en el baile del príncipe apareció una hermosa
joven que enamoró totalmente al heredero” decían los criados. Anastasia y
Frasquita la llamaron para presumir delante de ella y le dijeron “¿Sabes
Rosalinda? ayer el príncipe estuvo bailando con nosotras toda la noche”
Rosalinda no dijo nada. Sabía demasiado lo que ocurrió en el baile. En su memoria aún conservaba el brillo de los ojos del príncipe fijos en los de ella. No lo
podía olvidar. Salió al jardín a buscar refugio en su mamá como siempre. Allí
se sentía tranquila, querida, comprendida. Estaba segura que sus padres desde
el cielo le ayudarían siempre.
Una semana después, las trompetas de los
heraldos de la ciudad volvieron a anunciar un decreto: La hermosa muchacha
desconocida del baile, perdió un zapato su huida y el príncipe en persona iba a
buscarla por toda la ciudad. Aquella que tuviera el otro par en su poder, sería
sin duda alguna, la bella muchacha que lo perdió.
Las hermanas sabían que ninguna de las dos
era dueña del zapato, pero tenían que probar diferentes artimañas para engañar
al príncipe. Metieron los pies en agua helada para que encogieran y se
limaron las uñas hasta hacerse sangre, pero fue imposible. Calzaban un buen
tamaño. No obstante se vestían todos los días como si fueran de gala para estar
muy guapas ante la llegada del príncipe y tenían los pies presos en zapatos pequeñísimos
para ver si encogían, dispuestas a esperar al séquito que anunciara la llegada
del soberano.
Una tarde la música y el bullicio llegaron a
las puertas de su mansión y del carruaje real descendió el príncipe acompañado
de sus criados. Zalameras y empalagosas, la madre y sus hijas hicieron pasar
al príncipe. Delante de él, Anastasia se descalzó y enseñó su maltrecho pie. Ni
se molestaron en probar el zapato. A la vista estaba que no le entraba.
Frasquita, con estúpidas risitas y comentarios hizo lo propio y el príncipe
cerró los ojos al ver su ensangrentado pie. Entonces muy serio el príncipe
preguntó si no tenía otra hija más o alguna joven que viviera en la casa, pues
era la última que visitaba en la ciudad y no había aparecido la dueña del
zapatito de cristal. Rosalinda estaba presenciando todo desde lo alto de la
escalera, al lado de su pequeña habitación. La madrastra no pensaba ni por
asomo en que Rosalinda fuera la afortunada, pero los criados la miraban
acusadores y no tuvo más remedio que llamar a Rosalinda a su presencia: “¡Acércate
niña!” le ordenó con voz áspera.
Rosalinda descendió emocionada por la
escalera hasta la presencia del príncipe, llevando en su mano el par del
zapato. Todos se quedaron petrificados. No podían creer que la
pequeña Rosalinda fuera la misma hermosa muchacha del baile que conquisto al
príncipe. El príncipe sonreía feliz cuando le probó el zapato y ella se puso el
otro. ¡Allí estaba su futura esposa! ¡La había encontrado y estaría con ella
para siempre! ¡desde ahora sería su princesa, la princesa Rosalinda!
La madrastra y sus hijas se morían de envidia
y no comprendían que es lo que había ocurrido. Pero avergonzadas le pidieron
perdón por el trato que le habían dado desde que murió su padre. Rosalinda que
no les guardaba rencor se despidió de ellas. Salió una vez más al jardín para
despedirse de su madre y comprobó que su “arbolito querido” había desaparecido.
Había terminado su misión. Desde ahora Rosalinda sería tan feliz como le deseaban
sus padres desde el cielo. Sólo se llevó con ella a su gatito Micifuz.
En recuerdo de mi inolvidable hermano y de mi misma, escuchando el cuento a nuestra querida madre. Diciembre 2024.
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