miércoles, 18 de diciembre de 2024

NOCHEBUENA

 

LA NIÑA VENDEDORA DE CERILLAS

 

Aquel invierno fue muy frio. En las calles, las farolas apenas daban calor y su luz se diluía envuelta en una pertinaz niebla que lo invadía todo. Anita se puso su viejo abrigo y salió de casa. Era Noche Buena y echaba mucho de menos a su querida abuelita que ya no estaba a su lado. Un viento helado se la había llevado apenas hacia un mes y Anita se había quedado sola en el mundo. Su abuelita la había criado desde que sus papás murieron cuando ella muy pequeñita y habían vivido la una para la otra. La niña había cumplido diez años y todas las tardes cuando anochecía, salía a las calles para vender cajitas de cerillas a los transeúntes, pues entonces, los fósforos eran imprescindibles para encender cualquier lumbre.

Para Anita y su abuela, la Navidad era un tiempo que les gustaba vivir, más esa noche, sentía que era la Noche Buena más triste de su vida. Cargada con su cestita, iba ofreciendo a las gentes su mercancía. Estas andaban con mucha prisa camino de sus hogares. Había empezado a nevar y todo el mundo iba presuroso, ultimando las compras de esa noche. Las casas mantenían sus chimeneas encendías y a través de los balcones y ventanas se vislumbraba como se iban llenando de comensales, a la par que las calles se iban quedando totalmente vacías. Pero a Anita aun le quedaban algunas cajitas de cerillas por vender.

Hacía mucho frio y sus zapatos estaban totalmente mojados a causa de la nieve, pero resuelta se encaminó hacia la gran plaza donde habían instalado un magnifico árbol de Navidad. Bajo sus luces se sentía más confortada y por allí aun circulaban todavía algunas personas que la miraban con cierta pena: ¡pobre niña! Pensaban. En el reloj de la iglesia dieron las nueve campanadas y como por arte de magia, la gente desapareció y quedo sola bajo el inmenso árbol que proyectaba sus luces hasta el cielo. Parecía un gran gigante que se quedó custodiando la plaza. Entonces Anita decidió volver sobre sus pasos y regresar a casa.

Sabía que en su casa no la esperaba la abuelita con un plato de sopa caliente. Sabía que su casa estaría obscura y fría sin el calor que le proporcionaba la ancianita y sentía que una pena inmensa la estaba invadiendo totalmente el corazón, por lo cual intentaba retrasar en lo posible su encuentro con la soledad. Le quedaban algunas cajitas por vender y pensó en iluminar su camino bajo la luz de los fósforos, a la par que calentaba un poco sus manos amoratadas por el intenso frío.

Bajo un soportal, la niña encendió una cerilla y se quedó mirando su llamita. Su carita se iluminó ante la imagen que estaba viendo. Su fantasía interior estaba proyectando una visión maravillosa: Una familia se disponía a cenar y sobre la mesa adornada con esmero, había toda clase de suculentos manjares. Los niños cantaban y sus padres les miraban sonriendo felices. La cerilla se consumió y su imagen desapareció. Presurosa, encendió otra y otra, intentando recuperar la bonita imagen de su ensueño, pero le fue imposible. Siguió caminando y siguió encendiendo sus cerillas. Otra ensoñación interna proyectaba ante sus ojos una pareja de ancianos con las manos entrelazadas mirando un viejo álbum de fotos. Sonreían y lloraban a la vez. Anita pensó en sus abuelos y en su querida abuelita. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Siguió su camino encendiendo más cerillas. Las necesitaba para tener un poco de calor y poder llegar hasta su casa. Consiguió tener otra maravillosa visión: eran un hombre y una mujer con un niño pequeño en los brazos. Una pareja joven que estaba empezando a formar una familia y pensó en sus padres ¿habría sido así su hogar? Extasiada se recreó en la luz de la llama hasta que se quemó los dedos. La cerilla apagada cayó al suelo. Anita estaba acurrucada sobre la nieve, su carita helada por las lágrimas sonreía pese a todo. Se habían terminado los fósforos, pero la pobre niña ya no tuvo fuerzas para subir a su solitario hogar.

A la mañana siguiente encontraron a Anita medio sepultada bajo la nieve y su carita de ángel sonreía. Nadie supo nunca los sueños que tuvo, ni cómo la niña subió al cielo.

En recuerdo de la niña que fui y de lo que lloré leyendo este cuento, siempre por Navidad. 

Diciembre 2024. 

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