LA NIÑA VENDEDORA DE
CERILLAS
Aquel invierno fue muy frio. En las calles,
las farolas apenas daban calor y su luz se diluía envuelta en una pertinaz
niebla que lo invadía todo. Anita se puso su viejo abrigo y salió de casa. Era
Noche Buena y echaba mucho de menos a su querida abuelita que ya no estaba a su
lado. Un viento helado se la había llevado apenas hacia un mes y Anita se había
quedado sola en el mundo. Su abuelita la había criado desde que sus papás murieron
cuando ella muy pequeñita y habían vivido la una para la otra. La niña había
cumplido diez años y todas las tardes cuando anochecía, salía a las calles para
vender cajitas de cerillas a los transeúntes, pues entonces, los fósforos eran
imprescindibles para encender cualquier lumbre.
Para Anita y su abuela, la Navidad era un tiempo
que les gustaba vivir, más esa noche, sentía que era la Noche Buena más triste
de su vida. Cargada con su cestita, iba ofreciendo a las gentes su mercancía.
Estas andaban con mucha prisa camino de sus hogares. Había empezado a nevar y
todo el mundo iba presuroso, ultimando las compras de esa noche. Las casas
mantenían sus chimeneas encendías y a través de los balcones y ventanas se
vislumbraba como se iban llenando de comensales, a la par que las calles se
iban quedando totalmente vacías. Pero a Anita aun le quedaban algunas cajitas
de cerillas por vender.
Hacía mucho frio y sus zapatos estaban
totalmente mojados a causa de la nieve, pero resuelta se encaminó hacia la gran
plaza donde habían instalado un magnifico árbol de Navidad. Bajo sus luces se sentía
más confortada y por allí aun circulaban todavía algunas personas que la
miraban con cierta pena: ¡pobre niña! Pensaban. En el reloj de la iglesia
dieron las nueve campanadas y como por arte de magia, la gente desapareció y
quedo sola bajo el inmenso árbol que proyectaba sus luces hasta el cielo.
Parecía un gran gigante que se quedó custodiando la plaza. Entonces Anita
decidió volver sobre sus pasos y regresar a casa.
Sabía que en su casa no la esperaba la
abuelita con un plato de sopa caliente. Sabía que su casa estaría obscura y
fría sin el calor que le proporcionaba la ancianita y sentía que una pena
inmensa la estaba invadiendo totalmente el corazón, por lo cual intentaba
retrasar en lo posible su encuentro con la soledad. Le quedaban algunas cajitas
por vender y pensó en iluminar su camino bajo la luz de los fósforos, a la par
que calentaba un poco sus manos amoratadas por el intenso frío.
Bajo un soportal, la niña encendió una
cerilla y se quedó mirando su llamita. Su carita se iluminó ante la imagen que
estaba viendo. Su fantasía interior estaba proyectando una visión maravillosa:
Una familia se disponía a cenar y sobre la mesa adornada con esmero, había toda
clase de suculentos manjares. Los niños cantaban y sus padres les miraban
sonriendo felices. La cerilla se consumió y su imagen desapareció. Presurosa,
encendió otra y otra, intentando recuperar la bonita imagen de su ensueño, pero
le fue imposible. Siguió caminando y siguió encendiendo sus cerillas. Otra
ensoñación interna proyectaba ante sus ojos una pareja de ancianos con las
manos entrelazadas mirando un viejo álbum de fotos. Sonreían y lloraban a la
vez. Anita pensó en sus abuelos y en su querida abuelita. Las lágrimas corrían
por sus mejillas. Siguió su camino encendiendo más cerillas. Las necesitaba
para tener un poco de calor y poder llegar hasta su casa. Consiguió tener otra
maravillosa visión: eran un hombre y una mujer con un niño pequeño en los
brazos. Una pareja joven que estaba empezando a formar una familia y pensó en
sus padres ¿habría sido así su hogar? Extasiada se recreó en la luz de la llama
hasta que se quemó los dedos. La cerilla apagada cayó al suelo. Anita estaba
acurrucada sobre la nieve, su carita helada por las lágrimas sonreía pese a
todo. Se habían terminado los fósforos, pero la pobre niña ya no tuvo fuerzas
para subir a su solitario hogar.
A la mañana siguiente encontraron a Anita
medio sepultada bajo la nieve y su carita de ángel sonreía. Nadie supo nunca
los sueños que tuvo, ni cómo la niña subió al cielo.
En recuerdo de la niña que fui y de lo que lloré leyendo este cuento, siempre por Navidad.
Diciembre 2024.
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