miércoles, 26 de febrero de 2025

 

REFLEXIONES DURANTE EL “COVID”

 

Querido Vicente, amor mío:

El tiempo, que no entiende de confinamientos, nos ha llevado de la mano, al día de hoy. Día 10 de mayo, en el que se celebra en Valencia la fiesta de nuestra Patrona, la Virgen de los Desamparados. Podrás imaginarte los sentimientos que me despiertan estos recuerdos tan nuestros, tan entrañables, tan queridos, tantas veces vividos y ahora tan añorados, que me invitan a escribirlos para que no se pierdan en mi memoria.

Cierro los ojos y me trasporto a mi infancia, a mi querido barrio del Carmen. Mi madre, muy devota de la Virgen, nos levantaba temprano y, junto a mi padre, mi hermano y yo, marchábamos a la plaza de la Virgen que estaba abarrotada de gente, para ver el tradicional “traslado” que se hacía y se hace, desde la Basílica de la Virgen hasta la Catedral. Mi padre trabajaba en Regiones Devastadas, un organismo oficial que se fundó después de la guerra de 1936 y que como su nombre indica, se dedicaba a reconstruir todo lo destruido por la misma. Acudíamos a sus oficinas en Valencia que estaban en la plaza de Manises, para contemplar el traslado de la Virgen desde sus balcones, abiertos al jardín de la Generalidad. Por la tarde nos acercábamos al Tros Alt, que es el vértice donde confluyen la calle de Caballeros y la calle de la Bolsería para ver la procesión y su incomparable lluvia de pétalos de flores, de la calle de la Bolsería.

Cuando llegaste tú a mi vida, te amoldaste a todas mis costumbres y con el gran acontecimiento que supuso en nuestras vidas el aprobar las oposiciones a la Banda Municipal de Valencia, te hiciste miembro activo de estos actos tan valencianos y tan nuestros, que pasaron a ser patrimonio personal de nuestra historia en común.

Las oposiciones fueron en Abril de 1960 (se han cumplido 60 años), pero tú causaste alta en Mayo. Mientras se formalizaban los papeleos pertinentes, te confeccionaron el uniforme en una prestigiosa firma de la calle de la Paz, especializada en uniformes militares, Armenteros se llamaba. Uniforme completo: traje, capote entallado y bastante largo, tipo militar soviético y gorra de plato, adornado con los indispensables botones y galones de oro y el escudo de Valencia bordado en la gorra y en las bocamangas. Las solapas eran de terciopelo. Estabas realmente guapísimo y eras el orgullo de mi familia y de la tuya. Tú estabas henchido de emoción. A tus 24 años te habías convertido en profesor de la Banda Municipal de Valencia, y empezamos a gozar de tu trabajo merecidamente ganado. Los ensayos diarios se hacían en el paseo de la Alameda, aprovechado los locales del Palacio de la Exposición, que se construyó en el año 1909 y que fue para Valencia la primera ventana al mundo. Era un trabajo maravilloso que nos permitía estar juntos y disfrutar con los diversos conciertos que daba la Banda. Tu vida cambió y empezamos a pensar en un futuro matrimonio, con una boda bonita vestida de blanco, como quiere toda muchacha.

Llevabas un año en activo, cuando por medio de tu hermano, te llego una propuesta de trabajo en la Orquesta de la SABC BROADCASTING CORPORATION de Johannesburgo Sudáfrica, con un contrato de dos años. Sin durarlo mucho, pediste la excedencia en la Banda Municipal y nos casamos en febrero de 1962. Ese inesperado acontecimiento cambió nuestros proyectos y propició que pese a nuestra juventud, improvisáramos una inesperada boda, muy distinta a la que siempre imaginé y pudiéramos marchar juntos y emprender la maravillosa aventura de nuestra vida en común al otro lado del mundo, en África del Sur.

Tras cumplir el contrato establecido, en enero de 1964 volvimos a Valencia y llegó el ansiado día de la Virgen. Reincorporado de nuevo a tu plaza de la Banda Municipal, ardíamos en deseos de reiniciar nuestra vida valenciana y volver a vivir todo lo mágico de la misma.  En nuestra dilatada “luna de miel” nació nuestra hija Mari Chelo en noviembre de 1962, tenía poco más de un añito y, pese a mis deseos, no puede acompañarte al tradicional concierto nocturno de la víspera. Cuando escuché desde casa de mi madre, donde vivíamos, el disparo de un castillo de fuegos artificiales, comprendí que se había terminado el concierto y pronto volverías. Empecé a acostumbrarme a oír tus pisadas resonando en la calle solitaria y poco alumbrada que siempre recordé de mi infancia y a distinguir el sonido de tus llaves al abrir la puerta. Ese sonido de tus llaves, que nunca olvidaré. Mi corazón latía. Volvías contento, me entregaste el programa del concierto: música valenciana y el Himno Regional dirigido por su director don Antonio Palanca Villar y pensé: el año que viene no me lo pierdo.

Sin embargo, en octubre de dicho año 1964, nació José Emilio, nuestro segundo hijo y se impusieron mis obligaciones de madre. Un par de años más tarde, nos fuimos a vivir a Masanasa y te compraste una moto Vespa para poder ir y venir a los ensayos y a todos los actos pertinentes. Desde dicho pueblo tampoco podía acompañarte. Los niños eran muy pequeños. Sin teléfono y sin nada, solo podía esperarte y sufrir si se hacía tarde, porque desde allí ni tan siquiera se oían los castillos que indicaban los finales de fiesta y de los actos. Pero siempre aguardé tu vuelta despierta. Tú me decías “no me esperes levantada”, pero yo no podía acostarme, sin ti. No estaba tranquila hasta que no oía el familiar ruido de tu moto y el inconfundible sonido de tus llaves. Siempre salía a recibirte. Apenas abrías la puerta me veías allí de pie, esperando tu abrazo. ¡Cuántas horas te esperé durante todos los años de nuestra vida! Me gustaba abrazarte antes de quitarte el capote. Me gustaba sentir el frio de tu cara por el relente de la noche (generalmente más allá de las 4 de la madrugada) y percibir el olor de la marjal y de la huerta, que impregnaba tu ropa hasta que llegabas a casa.

Todo pasa y llegó el tiempo de volver a Valencia capital, a nuestro domicilio actual. Aquí empezamos una vida nueva. Los actos de la Banda eran accesibles para nosotros y tú estabas muy orgulloso de que fuéramos a verte tocar. Podíamos ir contigo a casi todas partes, sobre todo en el verano: nos gustaba acompañarte a los ensayos de Alcira, Benaguacil y Alcácer, los pueblecitos que solían contratarte de “refuerzo” para el Certamen de Bandas Internacional, que se celebraba en el mes de Julio en la plaza de toros. Después, la entrega de premios en los Viveros. Entonces adquiriste un “sidecar” para poder ir más cómodos y eso nos permitió acompañarte a bolos de zarzuelas, en muchos pueblos donde terminabas bastante tarde. Teníamos nuestro medio de transporte: la moto con sidecar, donde envolvíamos a los niños con una manta, ofreciendo un singular espectáculo. Pero nos daba igual. Íbamos juntos los cuatro hasta que pudimos comprarnos un coche, un Dauphine de 3ª mano.

El periplo veraniego comenzaba con el concierto de la plaza de la Virgen a las 22 horas. El domingo por la mañana a las 10, tocabas en el solemne traslado, pero poco tiempo después la Banda cesó de ir, ante la riada de gente que seguía a nuestra Patrona. Entonces acudíamos a la misa de 12 en la parroquia y luego nos acercábamos a la plaza de la Virgen para hacernos una fotografía con el artístico tapiz de flores y paseo por la “escuraeta” donde comprábamos campanitas de barro y pajaritos de agua que trinaban y les gustaban a los niños y a nosotros tambien. Por la tarde, nos acompañabas al lugar de la procesión en el que solíamos ponernos, siempre delante de los escalones de la Lonja de la Seda, frente al Mercado Central y rápidamente volvías a unirte a tus compañeros, esperando la hora de la salida de la misma, en la puerta de la Catedral. Afortunadamente el Ayuntamiento empezó a poner sillas en todo el recorrido y previo pago estábamos sentados y más cómodos. Era larga la espera.

La procesión empezaba con los caballos de la policía municipal, ataviados con sus plumeros y sus uniformes de gala, las “banderolas” y parroquias. A mediados de la procesión se oían unos sones inconfundibles, incomparables: los sones de la Banda Municipal que anunciaban su llegada. La Real Señera, los timbaleros y seguidamente la bandera con el director que fuera. Sucesivamente en el tiempo: Palanca, Ferris, Garcés, Rivelles y Sánchez Torrella, hasta que te jubilaste. Detrás la percusión y a continuación todos los profesores que la formabais entonces. Quedaban pocos veteranos, la mayoría erais jóvenes, llenos de vida y vitalidad. Y entre ellos tú, mi amor, que pasabas marcialmente haciendo sonar tu trompa, mirándonos sonriente y feliz al oír nuestros gritos de “papá, papá”. Orgullosa, te veía marchar mezclado entre todos, pensando que nunca se acabaría esa dicha. Luego, la Virgen encendía los corazones movidos por la fe, dejando a su paso multitud de lágrimas y de flores.  Salíamos a tu encuentro para volver a casa, mientras a nuestras espaldas se oía el disparo del castillo de fuegos artificiales, al que nunca nos quedamos a ver, porque se hacía tarde y al día siguiente había colegio.

Cinco años después en mayo de 1973, nació nuestro pequeño Vicentin y tuve que renunciar de nuevo a muchos actos, pero en cuanto pude, volví a retomarlos y orgullosos íbamos de nuevo, acompañados de nuestros tres hijos, para verte pasar. Pero los hijos crecieron y cambiaron sus necesidades e incluso sus gustos y preferían quedarse en casa estudiando.

La vida transcurría veloz y casi sin darnos cuenta nos quedamos solos tú y yo. Año tras año en la procesión, cuando pasabas por delante de mí y me mirabas con tus ojos de siempre, una sombra de tristeza afloraba a los míos. Al alejarte interpretando los sones de la marcha de turno, ya no veía tus cabellos oscuros debajo de la gorra, sólo veía “cogotitos blancos”, el tuyo y el de muchos compañeros, y eso me empezaba a inquietar al comprobar el inexorable paso del tiempo. Sacudía la cabeza y SOLA, te iba a esperar al final del recorrido. Ya en casa, solo nos aguardaba estudiando nuestro pequeño Vicentin. Los mayores ya se habían casado. Y llegó un momento en el que Vicentin tambien se fue. ¡Ley de vida! como decías tú, pero el “nido vacío” nos daba mucha pena, aunque tú siempre lo llevaste mejor y me ayudaste a superar las sucesivas marchas de los hijos.

Pasaron los años y el 22 de enero de 2005, día de tu santo, a tus 68 años, dejaste para siempre a tu Banda Municipal, para gozar de tu merecida jubilación. ¡Cuánta vida quedo atrás! ¡Cuántos pasos por Valencia! ¡Cuántas procesiones, actos y conciertos, TU VIDA ENTERA! Y tambien la mía.

Durante los años sucesivos y acompañados generalmente por Chelo y Carlos, seguimos acudiendo tradicionalmente a ver la procesión y aplaudir a los compañeros que iban quedando y que te saludaban cariñosos, después de los 40 años trabajando juntos, compartiendo vuestras vidas. Tú los mirabas pasear con una sombra inevitable de nostalgia en los ojos, hasta que en mayo de 2014, vimos pasar a la Virgen juntos, por última vez. Al llegar el otoño, me soltaste de la mano para subir al cielo.

Desde que nos dejaste y siempre acompañada de nuestra hija Mari Chelo no he dejado de asistir ni un solo año a ver a la Virgen. Al principio no podía soportar ver pasar a nuestra Banda. Ya no me parecía la misma, todo lo veía a través de mis lágrimas. Lógicamente se habían incorporado nuevos músicos jóvenes, como lo fuiste tú. Ya no quedan compañeros tuyos. Para mí, es una extraña, aunque en lo más profundo de mí ser, siempre será “nuestra Banda Municipal” la mejor de todas las bandas y al oír su nombre, vuelve a mí, el recuerdo de tu imagen amorosa e inolvidable, desfilando a los sones de nuestra música, echándome miraditas furtivas y si podías, algún beso.

Ahora me emociono cuando veo las bandas donde tocan nuestros nietos Emilio Samuel y Lucas, músicos como tú, y bendigo las nuevas generaciones. Y bendigo tu memoria y la semilla que dejaste en ellos: el amor a la música y su bella interpretación. Luego cierro los ojos y te imagino mirándome y sonriéndome como tú lo solías hacer siempre, con tu brillante trompa entre los brazos.

¿Te das cuenta, mi amor, de cómo he vivido este año la fiesta de la Virgen? LA HE VIVIDO CONTIGO en la soledad del confinamiento por el Covid y recordando. En mi mente perdurará siempre tu imagen, con tu flamante uniforme y tu gorra, tu sonrisa, tu olor inconfundible y el sabor de tus besos.

Me gusta recordarte así, como fuiste, como fuimos durante la mayor parte de nuestra vida.  Gracias mi amor.  Siempre tuya, CHELO

Mayo del 2020

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