jueves, 20 de febrero de 2025

 

 LA MUSICA Y LAS CANCIONES DE MI VIDA

 

La MUSICA considerada como arte, ciencia y lenguaje, es un medio de expresión sin límites que llega a lo más íntimo de cada persona. Puede transmitir diferentes estados de ánimo y provocar emociones. La música te transporta automáticamente a otros tiempos, otros lugares y otras circunstancias vividas en profundidad. La música tranquiliza el alma y alegra el corazón.

Siempre me gustó cantar.

Recuerdo que desde mi más tierna infancia mis padres canturreaban a menudo, en concreto mi madre y eso no cabe duda que influyo mucho en mí. Sobre todo nos cantaba dos canciones especiales que en cuando fuimos un poco mayores mi hermano y yo, le pedíamos que nos cantara. Una era de una “huerfanita solita en un palmar” muy triste y otra, triste tambien, hablaba de amor y de guerra “de un militar que perdió la vista a cambio de una condecoración” Generalmente los tres acabábamos llorando. Tambien cantaba cuplés alegres y “picarones”. Mi padre cantaba jotas: “le di un besico al Jalón, pa que al Ebro lo llevara y al pasar por Zaragoza en el Pilar lo dejara” y se emocionaba. Nunca lo olvidaré. A la edad de 2 años ya cantaba yo un cuplé muy famoso que se llamaba “la Lirio” y que una amiga íntima de mi tía Paquita (hermana de mi padre) me hacía cantar cuando me veía, augurándome un “gran futuro”. Entonces se oía cantar mucho en las casas, mientras las madres hacían las tareas domésticas y voces masculinas salían tambien de los talleres de carpintería, tapiceros o cualquier otro oficio, pues las plantas bajas de aquellos tiempos estaban todas dedicadas a tallercitos o tiendecitas de algo. Por las ventanas salían voces a veces muy bonitas, de las canciones de la época, generalmente coplas, boleros, tangos y cuplés.

En el silencio propio de una ciudad con poco tránsito rodado y de un barrio un tanto marginal, no se escuchaban músicas con frecuencia, tan solo canturreos, por consiguiente, apenas sonaba un “tabal y dulzaina” precursor de una fiesta o acontecimiento, se percibía claramente, aunque estuvieran los balcones cerrados y entonces las gentes curiosas, acudían pronto a asomarse. Esos éramos mi hermano y yo que corríamos como locos por el pasillo y abríamos entusiasmados los portones del balcón, antes de que pasaran de largo. Si era verano y estaban abiertos, no había problema. Ese era el caso de los organillos callejeros que generalmente en las tardes calurosa de los meses del estío transitaban por las calles,  parando de vez en cuando para dar vueltas a la manivela y amenizar al vecindario, ofreciendo sus músicas a cambio de unas monedas que esperaban platillo en mano mirando hacia arriba con caras de hambre. A mi madre siempre le dieron lástima y les tiraba alguna monedilla que tampoco nos sobraba a nosotros. Esas cosas se quedan en el recuerdo y te dejan un buen ejemplo de generosidad.

Recuerdo que cuando fui un poco mayor, en cuanto escuchaba al organillo ya estaba yo bajando como loca por la escalera para comprarme por una perra gorda, unos folletitos de colores con las letras de las canciones que tocaban. Siempre me atrajeron esas historias de amor y desamor que contaban las coplas y los tangos. Los cuplés entonces, habían pasado a un segundo término, aunque luego se pusieron otra vez de moda. En el colegio, durante el recreo solíamos cantar las niñas. Algunas sabían cantar muy bien. Eran cancioncillas populares de juegos y de tradiciones y otras nos las enseñaban allí. Pero a medida que fuimos creciendo traíamos nuestro propio repertorio que intercambiábamos unas con otras. Yo me dedicaba a actuar en mi casa, protegida por una gruesa cortina de tela de saco que mi madre tenía puesta en la galería. A menudo salía a dar “mi recital” papelillo en mano y de arriba abajo. Me pasaba horas en las que mi madre no cesaba de instarme a que entrara en la casa y le ayudara en las tareas: “¡calla ya y ven a pelar patatas!” Pero yo ni caso. Muchas vecinas me aplaudían y me pedían esta o aquella canción. Y así, de esa forma tan inocente pasaba muchas tardes de verano. Tenía buena memoria y no entonaba mal. Pero no me sabía dosificar la voz. Eso lo fui aprendiendo poco a poco. Mi padre me lo aconsejaba y buscó entre sus libros su método de solfeo de Hilarión Eslava, para que aprendiera música, pero no me gustaba, yo solo quería cantar y contar las historias de amor como si fueran novelas. Despues me di cuenta de que yo era muy romántica, pues las escenificaba como lo veía en las películas en blanco y negro de aquel entonces.

Siendo mi hermano y yo muy pequeños, llegó mi padre un día, con un aparato de radio. Era como un cajón de madera, creo que de la marca “Telefunken” y eso nos fascinó. No había otro  en la escalera ni por los alrededores. ¡Ahí sí que se escuchaban bien las canciones! Había una sección de “discos dedicados” y algunas se repetían constantemente. Eso facilitaba mi aprendizaje. Papel en mano las iba escribiendo como al dictado. Se escuchaban además muchas zarzuelas que cantaban Marcos Redondo y Cora Raga, que inmediatamente me cautivaron, pues descubrí que tambien contaban cosas de amor en sus romanzas. A mis padres les encantaban y canturreaban a la vez. Mi hermano y yo empezamos a copiarles. El cantaba muy bien y tenía una bonita voz. Cantábamos de todo, dúos y romanzas. Las romanzas masculinas me gustaban más que las femeninas, que se entendían muy poco con esas voces atipladas. Todavía recuerdo muchas romanzas de zarzuelas que me emociono al recordar. Me transportan a numerosos momentos diferentes de mi vida, a cual más bonito de todos. Primero con mis padres. Despues con Vicente en el Micalet y con nuestros hijos pequeños en “bolos” de algunos pueblecitos, en el Palu de la música, en los Viveros municipales, en los Jardines del Palu y por último cantadas personalmente en nuestro Coro.

En estos tiempos de pandemia en los que escribo mis recuerdos, hubo muchas personas que cantaron desde sus balcones para contrarrestar el horror que estábamos y estamos padeciendo. Pues resulta que mi hermano y yo ya lo hacíamos hace 70 años. Las tardes del verano daban mucho de sí. Mientras mi madre se tumbaba un rato en la cama, aprovechaba yo para mis interpretaciones musicales. Unas veces dentro de casa y siempre apoyada por mi hermano, representaba momentos trágicos de algunas coplas. “El torero herido de muerte” y “la Manola tirando flores al torero” eran mis preferidas. A los sones de los cuplés del “Relicario” o de Francisco Alegre” que yo iba cantando, escenificábamos a la vez dichos momentos.  Más tarde nos gustaba cantar a dúo y hacíamos “chas” (y bastante bien por cierto) el “dúo del paraguas” “la Revoltosa” y “la del manojo de rosas” de las zarzuelas respectivas.

Pero lo que más nos gustaba era cantar canciones del colegio y marchas militares. Recuerdo  (sin poder evitar la sonrisa), que en los meses sofocantes de calor, sobre las cuatro de la tarde, comenzábamos el repertorio, ante la angustiosa mirada de los vecinos de enfrente que ya sabían de antemano que no iban a poder ni descansar, ni siquiera hablar, pues cantábamos a pleno pulmón. De entrada entonábamos el “Cara al sol” a continuación “Soldado soy de España” después “La cruz en la escuela que hermosa que esta” “Montañas nevadas” “La cruz de guerra” “Juventudes” “De rodillas Señor, ante el Sagrario” “Himno de la legión” “Marcha Real” y alguna más, para finalizar con el “Himno de Valencia” en castellano, porque entonces se cantaba así. Quedábamos afónicos pero muy satisfechos. A todo esto, mi madre desvelada por completo, no osaba salir al balcón para evitar que nadie le llamara la atención. Era un barrio no adicto al régimen político de entonces y esas canciones les repateaban, por lo tanto nos tenían un poco atragantados.

Tambien me gustaba cantar canciones religiosas que enseñaban en el colegio y en la parroquia. Una vez llegaron a Valencia los misioneros mercedarios e hicieron unas semanas de “charlas misionales” a las que acudíamos mi hermano y yo con mi madre. Me gustaban sus canciones y yo era una de las que más pronto las aprendía y cantaba alto, ante las miraditas reprobadoras de las abuelas beatas, que nunca faltan.

Cuando llegaban las fiestas de San José, había solo una semana entera de festejos. Se iniciaba con “la Cridá” y a partir de ahí los falleros ya habían instalado altavoces por todas las calles del barrio y desde el “Casal” ponían pasodobles y música a todas las horas de día. Era estupendo. Yo era feliz, me encantaba aquel bullicio, aquella alegría que rompía el habitual silencio y te contagiaba vitalidad. Tambien hacían verbenas y bailes, justo debajo de nuestro balcón y yo con el abrigo puesto, pues hacia frio, no les quitaba ojo. Mi madre me decía “¡entra ya Colín y cierra el balcón!” pero eso era para mí un disgusto terrible y me hacia la remolona hasta que sobre las 12 cesaban las verbenas. (Ahora es cuando empiezan)

Entonces empecé a reparar en las Bandas de Música. Aquellos hombres de todas las edades que venían solo para las fiestas y se hospedaban en algunas casas o se quedaba en el “Casal” a dormir y que no paraban un momento, acompañando a los falleros y falleras en sus desfiles, despertás, pasacalles y como no, en la Ofrenda de flores a la Virgen. Volvían año tras año y algunos eran muy guapos. Yo inamovible y siempre desde la atalaya de mi balcón, aplaudía y gritaba ruidosamente para hacerme ver y que mirara hacia arriba algún muchacho, que sonreía jocoso al verme tan dislocada. ¡A saber qué pensaría!

Seguramente tendrían algún contrato, pues tambien solían venir para realizar las procesiones parroquiales de san Vicente Ferrer y de la Virgen del Carmen, las dos fiestas del barrio. Y normalmente nos acompañaban además en el tradicional “comulgar de impedidos” que se celebraba por las calles en las mañanitas del día de san Vicente Ferrer, en la octava de Pascua. Era muy emocionante y si me paro y hago memoria, aún resuenan en mis oídos los “varales del palio” protegiendo al Santísimo Sacramento, cuando paraban ante alguna casa donde se les requería, para llevar la comunión a algún enfermo. Alfombraban la entrada con flores y murta y la Banda tocaba la Marcha Real. Mi madre siempre los contemplaba llorando desde el balcón y ahora yo, ante el recuerdo, hago lo mismo. Son tradiciones que han caído en desuso y es una verdadera lástima. Vicente mi esposo, aun llegó a hacerlo muchas veces por el centro de Valencia, con su Banda Municipal. Me cabe ese orgullo. La Música con Mayúscula entro de pleno en mi vida.

“Alma, corazón y vida” fue la declaración de amor de Vicente, en un disco dedicado desde Castellón, donde estaba por entonces contratado por aquella Banda. Una canción sencilla, cantada por el trio “los Panchos” y que sin embargo, me sigue emocionando el escucharla. Allá donde me encuentre y en los momentos que sea, sus sones me transportan a aquella tarde de verano, ante la escrutadora mirada de mis padres, de pie al lado del aparato de radio. Ruborizada en extremo, temblando y sin saber que decir.

Sin darme cuenta y de la mano de Vicente, la música clásica entro en mi vida por la puerta grande. Los compositores más famosos de todos los tiempos, clásicos, románticos, impresionistas, óperas y zarzuelas pasaron a formar parte de mí día a día, de nuestro día a día, de nuestra forma y medio de vida. Me encantaba aquella profesión de mi esposo. Podía ir con él y escuchar conciertos de toda clase de música y repertorios variados, por lo tanto mi archivo cerebral se iba enriqueciendo cada día más. Lamenté no haber hecho caso a mi padre cuando me ofreció estudiar su método de música Hilarión Eslava para poder compartir con Vicente tanta belleza. Poco a poco fui aprendiendo los nombres de los compositores y a identificar sus conciertos. Además y por supuesto, yo seguía con mis coplas, mis habaneras, mis pasodobles y toda la música popular que iba introduciendo la vida moderna, a través de la radio.

Vicente y yo nos casamos para cumplir el contrato con la ORQUESTA DE LA SABC BROADCASTEIN CORPOREISON que había adquirido por mediación de su hermano Nicanor. Era una aventura inesperada, pero decidimos marchamos a Johannesburgo, (Sudáfrica) y probar fortuna, dejando aquí en excedencia su plaza en la Banda Municipal. Ante tal viaje me hice una larga lista con todas las canciones propias de la situación: “El emigrante” “adiós a España” “en tierra extraña” “suspiros de España” “banderita” y todo lo que hablara de España y de la separación de la Patria. Estaba educada en la adhesión y fidelidad a la misma y por encima de todo. ¡Y no me arrepiento! Me imagine en la cubierta del barco como las películas de Estrellita Castro y cantando a voz en grito, pero no pasó nada de eso. A Vicente no le hubiera gustado y yo no hubiera podido hacerlo porque estuve llorando todo el tiempo que duró el trayecto del avión intercontinental que nos llevó a la “ciudad del oro”. Esta vez, no hubo barco como en la película.

Pero sigo imaginándomelo y me hubiera gustado hacerlo. Todas esas canciones me transportan a aquellos momentos, a aquella separación de mi querida  tierra. Si a eso añadimos la música, es imposible no llorar. Escuchar los acordes del internacional pasodoble “Suspiros de España” sin letra, solo la música, es sensacional y único ¡que belleza! ¡Me pone los pelos de punta! Y ahí podemos añadir “nací en el Mediterráneo” o “los ojos de la española” “latino” “amor mediterráneo” “Malvarrosa” y por supuesto el pasodoble de “Valencia”. Hay tanta y tanta música con esas añoranzas y tantos poetas que han escrito sus letras, que es imposible no sucumbir ante la belleza de las mismas. El corazón habla por sí solo. Se esponja, se siente libre, llora, ríe, ama, sueña, evoca, recuerda, solloza, añora y vuelve a sonreír.

De aquella tierra me traje una música inolvidable. La que sonaba en el transistor que compró Vicente para poder oír “el diario hablado” desde España. Cuando yo estaba dando a luz a mi querida hija Mari Chelo, “mi Africanita” como decía Vicente, sonaba la canción de moda, era de POL ANKA y se llamaba “Dayana”. La cantaban en inglés y nunca supe que decía su letra. Las pocas veces que la he vuelto a escuchar me transporta a aquel entonces, a aquel aroma cálido y húmedo de la primavera del hemisferio Sur, aquel cielo azul, pero exento de nuestra luminosidad mediterránea, aquellas jacarandas de flores color de rosa, aquella solicitud y respeto de los africanos, aquella voz inconfundible de Vicente diciendo cuando di a luz: “¡es una nena, y además blanca!” Todo aquello se hace presente en mí. Su olor de bebe, su llanto, mis temores y nuestro amor de padres primerizos. ¡Que poder tiene la música, que belleza lo que te hace recordar y volver a sentir!

En el Gran Teatro de la Opera de Johannesburgo presencié por primera vez algunas operas, tales como TURANDOT y su bella romanza de NESSUN DORMA. Además de UN BALLO IN MARCHERA, AIDA, MADAME BUTTERFRY y alguna más, que en su temporada de ópera pudo llevarme Vicente con nuestra hijita de seis meses, antes de regresar a España. ¡Maravillosa experiencia!

La música y sus canciones seguían acompañándome. De vuelta a España y en Valencia, cuando nació nuestro hijo José Emilio, vivíamos en casa de mi madre y sonaba una copla que tampoco olvidaré. Decía así: “Ayer tarde yo cantaba, mientras mi niño dormía, y los almendros lloraban porque su flor se moría. Las flores de los almendros, como blancas mariposas, caían poquito a poco por su carita de rosa. Al escondite jugaba el sol con los limoneros, y las sombras se asomaban por ver dormir a un lucero. ¡Qué bonito que es mi niño, qué bonito cuando duerme! Se parece a una amapola, entre los trigales verdes. Ayer, estando dormido, me acerque a besar su cara. Soñando estaba conmigo, sonreía y me llamaba” ¡Inolvidables recuerdos de aquella mi añorada casita, con mi hijo en los brazos y en mi viejo barrio, añorado en la distancia! Aquel olor inconfundible de mi madre cocinando. Aquellas canciones mías en la galería resguardada por la cortina de saco. Mi niño, mi hijo Emilio nació con esas sensaciones en mi corazón. Era muy alegre y siempre sonreía como dice la canción, junto a su hermana ¡Éramos tan felices!

La televisión llego a nuestras vidas y mi madre se compró una “INVICTA botonera de oro”, que así era su nombre completo y empezamos a gozar de espectáculos musicales en vivo y en directo para nosotros. Empezaron las coreografías cada vez más complicadas, las jóvenes promesas y numerosos cantantes. Nino Bravo, Camilo Sesto, Julio Iglesias, Raphael, José Luis Perales, Marisol, Roció Durcal y grupos como el de Mocedades, los Bricos, los Pequeniques, los Bravos, el Dúo Dinámico y por supuesto los Beatles hicieron las delicias de la juventud, entre los que yo con 23 años, me contaba. Las “copleras” quedaban un tanto relegadas. Una de las pioneras fueron Estrellita Castro, Concha Piquer y Juanita Reina. Paquita Rico, Carmen Sevilla y la incomparable e internacional Lola Flores. Despues Rocío Jurado, Isabel Pantoja y algunas más que se dedicaron al cine. Surgió otro talento cabalgando entre cantar cuplés y artista de cine, que fue Sara Montiel. Sus películas atraían a las multitudes. Todos sabíamos cantar un poco de todos ellas. Yo, aunque mis tareas de madre no me permitían andar copiándome letras, me sabía un montón de todos ellas, teniendo lógicamente mis favoritos. La década de los años 70 fue muy pródiga. Llegaron tambien los “payasos de la tele” Gabi, Fofo y Miliqui con muchas canciones, entre ellas una que me caló hondo. Era “Mami de mis amores” y desde entonces se la canté a mi madre y mis hijos la aprendieron, cantándomela a su vez a mí, cuando llegaba el día de la Madre. Nunca olvidaré a mis hijos llegando por la mañanita a mi habitación con un ramito de flores, sus tarjetitas y sus besos. Vicente y yo nos emocionábamos.

 

En Mayo de 1973 nació nuestro hijo Vicente Jesus. Tambien sonaba por entonces una canción muy apropiada que indudablemente me lo recuerda. Decía así: “Tengo una cuna en mi casa, que está esperando una flor y los estambres los bordan con sangre del corazón. De color azul celeste voy a hacer la cabecera, con una paloma blanca y una corona de estrellas. ¿Sera una rosa, será un clavel? Las golondrinas vendrán con él. ¿Sera una rosa, será un clavel? El mes de Mayo te lo diré”. Nació mi clavel moreno, con ojos tan grandes como platos y pesando cinco kilos y pico. Nació como su hermano José Emilio, en el Centro Sanitario Municipal, viviendo en la casa donde vivimos actualmente. Nació arropado por sus hermanos mayores de 10 y 8 años respectivamente que hicieron de él su muñeco y al que adoran. Nació para complementar la familia que Dios nos ayudó a formar. Sus lloros, sus risas, sus primeros pasitos y palabras se quedaron para siempre aquí en mi pasillo, en mi comedor, en la habitación que compartió con su hermano Emilio hasta que éste se casó y en la habitación donde su hermana Chelo le ponía cuentos y le peinaba. Mi hijo Emilio me cantó durante todo mi embarazo, otra canción inolvidable para mi “Mami panchita”. ¡Qué tierno y lindo mi hijo! ¡Y que maravillosos los tres! ¡Mil gracias hijos!

Las paredes de mi casa hablan y cuentan historias maravillosas. La historia de mis tres hijos durante su infancia y adolescencia respectivas. Cuentan sus estudios, sus frustraciones y sus éxitos. Guardan los ecos de sus primeros amores y la amarga alegría cuando llegó la separación, para seguir con sus vidas propias. ¡Mi casa guarda tantos sonidos! Si pongo atención y cierro los ojos, puedo escuchar las notar largas y graves que hacia Vicente con su trompa, cuando estudiaba paseando por el pasillo. Escucho el aparato de música que se compró Emilio y compartía con Vicentin y el “come discos” de mi hija.  Nuestros hijos crecieron envueltos en sus  músicas. Las músicas de aquel entonces. A cada uno le gustaba una cosa y en mi casa se escuchaba a Camilo Sesto en Jesucristo Superestar, a Miguel Bose o a Juan Pardo. Autores italianos como Claudio Biagnoni, Humberto Tochi o Pablo Milanés que le gustaban a Emilio entre otros y que le gustaba escuchar a todo pulmón. El pequeño gustaba más de los clásicos Mozart y Beethoven. Tambien resuenan los alegres villancicos cuando pongo los manteles de la Navidad. Mi casa es como una caja de música  de varios colores y sonidos, es la música de mi familia y de mi vida entera que habla  amor. Muchas veces abro esa caja de música, con la seguridad de que voy a llorar. Y lo hago porque necesito conectar con ese pasado, volver a sentir viejas sensaciones y darme cuenta de que verdaderamente las viví y disfrute.

En 1980 llego a nuestras vidas Encuentro Matrimonial y Un Camino mejor. Eran unas convivencias que  tenían sus propias canciones. ¡Me encantaron! En seguida nos las aprendimos. Encuentro Matrimonial venia de América y en su cancionero estaba la canción de Mocedades “Eres tú”, alguna carismática, su Himno particular y un par de canciones de la opereta de Don Quijote de la Mancha que cantaba Nati Mistral y un actor argentino. Un Camino mejor llego de Guatemala y su cancionero estaba formado por canciones de autores latinos como Armando Manzanero y autóctonos. En España se añadieron muchísimas canciones de José Luis Perales, el Dúo dinámico, Roberto Carlos, Mari Trini, Miguel Ríos, Perales, Demis Rusos y su Himno basado en la carta de San Pablo a los Corintios. Todas ellas en un cancionero que poco tiempo después se amplió y diseñó casi por completo nuestro hijo Emilio con dibujos alegóricos. Una verdadera joya, que guardo con mucho cariño. Todas las canciones introducían las charlas vivenciales de los monitores ante los participantes, para que les ayudaran a reflexionar en sus propias vidas y actitudes y poder rectificar si era necesario. Dichas canciones, que daban la entrada a las vivencias “preparaban” de alguna forma los sentimientos y la emotividad surgía por sí misma.

Aquello fue un gran descubrimiento. A mí personalmente me cubrió todas mis “necesidades artísticas” de entonces. Podía cantar, hablar, escribir, leer e incluso dibujar, con toda facilidad, franqueza y sinceridad. Llorar o reír ante los ejemplos de mi propia vida junto a Vicente y nuestros hijos. COMPARTIR se convirtió en una palabra esencial para todos. Durante más de diez años estuvimos casi todos los fines de semana recluidos voluntariamente en el convento o casa de ejercicios que tuviéramos concertada. El Monasterio de san Miguel en Liria, o Santo Espíritu del Monte en Chilet, pasaron a ser para nosotros algo familiar, querido e inolvidable. Nos sentíamos felicísimos y agradecidos a Dios de poder estar los cinco juntos, en aquel servicio de iglesia y para la Iglesia. Nuestros hijos aprendieron a hablar en público, incluso el pequeño Vicentin, sin ningún temor. Compartían la vida en familia junto a sus padres, dando testimonio de lo bueno o lo no tan bueno y necesario, para una buena convivencia, la necesidad del perdón y de la generosidad. Los participantes salían encantados y generalmente se adherían a la Comunidad que formábamos junto a Salvador Huguet, el fraile dominico que trajo este movimiento de Guatemala y que en realidad estuvo inspirado en Encuentro Matrimonial. Cada edad tenía su propio esquema, para el bien de la familia.

Aquellas canciones no las puedo olvidar y como siguen actuales, muchas veces las escucho en la radio o en la tele con otras versiones y cantantes, pero siempre me retrotraen a momentos inolvidables. Al olor del convento, a sus comidas, a sus habitaciones individuales y pequeñas (pues eran las antiguas celdas de los frailes, un poco remodeladas). A madrugar muchísimo para poner el “casete” con la canción de la mañana, bajar al comedor y sentir el aroma a café caliente con las “secuencia” y el cancionero bajo del brazo para dirigirnos a la Capilla y luego a la sala de conferencias. Darnos los buenos días con alegría y con el aroma a colonia fresca sentarnos a la mesa, abrir el cancionero y ¡a cantar!  Nunca agradeceré lo bastante a mis hijos  haber sido cómplices de esa armonía familiar que llevamos a cabo los cinco y nos unió para siempre. Esa sensación de mirar por la ventana del convento lloviera o tronase, con viento o con sol y no preocuparme, porque sabía que estábamos allí los cinco, juntos y unidos por el amor, como en casa.

Más la vida y sus etapas fueron marcando la distancia a tanta felicidad. Todo fue pasando, se fue terminando hasta que acabó por completo. No podía ser eterno. Nuestros hijos siguieron sus propias vidas, pero me consta que tampoco olvidan aquel tiempo feliz para todos. De hecho cuando podemos, volvemos a Santo Espíritu, a aquella casa que era como la nuestra. En sus paredes, su comedor y su capilla quedaron nuestras canciones y nuestras emociones para siempre. Nuestras “Bodas de Oro” las quisimos celebrar allí por ese motivo. Nuestros hijos y nietos nos hicieron revivir momentos maravillosos de aquellas convivencias y volvieron a cantarnos las mismas canciones de entonces. ¡Muchas gracias! Quiero dar una mención especial a las canciones de “Yolanda” y “Amada mía” que nos cantaron nuestros hijos en nuestras “Bodas de Plata” y en las “Bodas de Oro” respectivamente, y que nos emocionaron de una forma especial.

Pero nuestra Música no se terminó. Vicente seguía inmerso en ella, era su trabajo, un trabajo maravilloso. Conciertos, zarzuelas y más conciertos en diferentes entornos, nos hicieron disfrutar de la misma hasta que se jubiló. Por entonces la vida nos había regalado cuatro nietos. Todos vieron a su abuelo interpretar los conciertos del Palau de la Música y en el mes de junio, en sus Jardines. Todos disfrutaron de verle pasar en las procesiones con su brillante trompa en los brazos, y en las Cabalgatas de Reyes, con sus ojos traviesos saludándonos. Y a todos les entró la afición a la Música. Cada uno a su manera. Guitarra española, guitarra eléctrica o música de Banda con trompeta y trompa respectivamente. Eso nos permitió seguir en contacto por siempre y para siempre con nuestro querida Música. Teníamos herederos, gracias a Dios.

Para terminar con las canciones y la música de mi vida, os diré que ocurrió algo inesperado. ¡He llegado a ser componente activo de un Coro!, en el que me encuentro desde que se jubiló Vicente y decidió entrar a formar parte de la Banda de Música y Unión musical  de Tendetes, donde le solicitaban y donde empezaron a formarse como músicos, nuestros nietos Emilio Samuel y Lucas. Esa Banda fue la que le rindió homenaje a mi amado esposo poco tiempo después de su fallecimiento. Y esa Banda me ha proporcionado momentos maravillosos en sus conciertos varios, viendo tocar y prosperar a nuestros nietos. Vicente se dedicó a la percusión, pues ya no tenía “embocadura” para la trompa y cuando no había conciertos de música y solo eran recitales de coro, cantaba en el mismo, a mi lado. El cantar acompañada de la música de  Banda, fue algo que nunca me imaginé poder hacer. Te sientes arropada y feliz de escuchar los aplausos. Tengo la dicha de poder decir que “compartí escenario con Vicente y mis nietos Emilio Samuel y Lucas” ¡Quien me lo iba a decir cuando cantaba detrás de la protección de la “tela de saco” en la galería de mi madre!

Y en dicho Coro sigo actualmente. Aunque no se por cuánto tiempo. Cambió la directora y con la pandemia que sufrimos, ha habido un gran parón que ha enfriado los ánimos y ha hecho que tome conciencia de los años que tengo, voy a cumplir 80. Las expectativas que tienen para nosotras no se ajustan a las mías y seguramente lo tendré que dejar y conmigo muchas más de las que no aspiramos a mucho, solo a distraernos. Por lo tanto daré por terminada mi andadura musical no sin antes dar muchas gracias a Dios y a la vida que me proporciono tan bellas y variadas oportunidades de deleitarme con la música y de poder cantar, proporcionándome así, los bellos recuerdos que me acompañaran mientras viva, que os he compartido y que guardaré para siempre en lo más profundo de mi corazón. ¡No dejéis nunca la música, es el arte más bello! y ¡No os olvidéis de cantar!. Recordar que “El que canta, su mal espanta”.

Dedicado a mí esposo Vicente, a mis hijos y a mis nietos, que llevan dentro el arte de su abuelo. También a mis padres que me enseñaron a cantar y soportaron mis canturreos y a mi hermano que los secundó y apoyó cantando conmigo, siempre a mi lado.

 

CHELO MONDEJA   24 ABRIL 2021 

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