LA MUSICA Y LAS CANCIONES DE MI VIDA
La MUSICA considerada como arte, ciencia y
lenguaje, es un medio de expresión sin límites que llega a lo más íntimo de
cada persona. Puede transmitir diferentes estados de ánimo y provocar
emociones. La música te transporta automáticamente a otros tiempos, otros
lugares y otras circunstancias vividas en profundidad. La música tranquiliza el
alma y alegra el corazón.
Siempre
me gustó cantar.
Recuerdo que desde mi más tierna infancia mis
padres canturreaban a menudo, en concreto mi madre y eso no cabe duda que
influyo mucho en mí. Sobre todo nos cantaba dos canciones especiales que en
cuando fuimos un poco mayores mi hermano y yo, le pedíamos que nos cantara. Una
era de una “huerfanita solita en un palmar” muy triste y otra, triste tambien,
hablaba de amor y de guerra “de un militar que perdió la vista a cambio de una
condecoración” Generalmente los tres acabábamos llorando. Tambien cantaba
cuplés alegres y “picarones”. Mi padre cantaba jotas: “le di un besico al
Jalón, pa que al Ebro lo llevara y al pasar por Zaragoza en el Pilar lo dejara”
y se emocionaba. Nunca lo olvidaré. A la edad de 2 años ya cantaba yo un cuplé
muy famoso que se llamaba “la Lirio” y que una amiga íntima de mi tía Paquita
(hermana de mi padre) me hacía cantar cuando me veía, augurándome un “gran
futuro”. Entonces se oía cantar mucho en las casas, mientras las madres hacían
las tareas domésticas y voces masculinas salían tambien de los talleres de
carpintería, tapiceros o cualquier otro oficio, pues las plantas bajas de
aquellos tiempos estaban todas dedicadas a tallercitos o tiendecitas de algo.
Por las ventanas salían voces a veces muy bonitas, de las canciones de la
época, generalmente coplas, boleros, tangos y cuplés.
En el silencio propio de una ciudad con poco
tránsito rodado y de un barrio un tanto marginal, no se escuchaban músicas con
frecuencia, tan solo canturreos, por consiguiente, apenas sonaba un “tabal y
dulzaina” precursor de una fiesta o acontecimiento, se percibía claramente,
aunque estuvieran los balcones cerrados y entonces las gentes curiosas, acudían
pronto a asomarse. Esos éramos mi hermano y yo que corríamos como locos por el
pasillo y abríamos entusiasmados los portones del balcón, antes de que pasaran de
largo. Si era verano y estaban abiertos, no había problema. Ese era el caso de
los organillos callejeros que generalmente en las tardes calurosa de los meses
del estío transitaban por las calles, parando de vez en cuando para dar vueltas a la
manivela y amenizar al vecindario, ofreciendo sus músicas a cambio de unas
monedas que esperaban platillo en mano mirando hacia arriba con caras de
hambre. A mi madre siempre le dieron lástima y les tiraba alguna monedilla que
tampoco nos sobraba a nosotros. Esas cosas se quedan en el recuerdo y te dejan
un buen ejemplo de generosidad.
Recuerdo que cuando fui un poco mayor, en cuanto
escuchaba al organillo ya estaba yo bajando como loca por la escalera para
comprarme por una perra gorda, unos folletitos de colores con las letras de las
canciones que tocaban. Siempre me atrajeron esas historias de amor y desamor
que contaban las coplas y los tangos. Los cuplés entonces, habían pasado a un
segundo término, aunque luego se pusieron otra vez de moda. En el colegio,
durante el recreo solíamos cantar las niñas. Algunas sabían cantar muy bien.
Eran cancioncillas populares de juegos y de tradiciones y otras nos las
enseñaban allí. Pero a medida que fuimos creciendo traíamos nuestro propio
repertorio que intercambiábamos unas con otras. Yo me dedicaba a actuar en mi
casa, protegida por una gruesa cortina de tela de saco que mi madre tenía puesta
en la galería. A menudo salía a dar “mi recital” papelillo en mano y de arriba
abajo. Me pasaba horas en las que mi madre no cesaba de instarme a que entrara
en la casa y le ayudara en las tareas: “¡calla ya y ven a pelar patatas!” Pero
yo ni caso. Muchas vecinas me aplaudían y me pedían esta o aquella canción. Y
así, de esa forma tan inocente pasaba muchas tardes de verano. Tenía buena
memoria y no entonaba mal. Pero no me sabía dosificar la voz. Eso lo fui
aprendiendo poco a poco. Mi padre me lo aconsejaba y buscó entre sus libros su
método de solfeo de Hilarión Eslava, para que aprendiera música, pero no me
gustaba, yo solo quería cantar y contar las historias de amor como si fueran
novelas. Despues me di cuenta de que yo era muy romántica, pues las
escenificaba como lo veía en las películas en blanco y negro de aquel entonces.
Siendo mi hermano y yo muy pequeños, llegó mi
padre un día, con un aparato de radio. Era como un cajón de madera, creo que de
la marca “Telefunken” y eso nos fascinó. No había otro en la escalera ni por los alrededores. ¡Ahí sí
que se escuchaban bien las canciones! Había una sección de “discos dedicados” y
algunas se repetían constantemente. Eso facilitaba mi aprendizaje. Papel en
mano las iba escribiendo como al dictado. Se escuchaban además muchas zarzuelas
que cantaban Marcos Redondo y Cora Raga, que inmediatamente me cautivaron, pues
descubrí que tambien contaban cosas de amor en sus romanzas. A mis padres les
encantaban y canturreaban a la vez. Mi hermano y yo empezamos a copiarles. El
cantaba muy bien y tenía una bonita voz. Cantábamos de todo, dúos y romanzas.
Las romanzas masculinas me gustaban más que las femeninas, que se entendían muy
poco con esas voces atipladas. Todavía recuerdo muchas romanzas de zarzuelas
que me emociono al recordar. Me transportan a numerosos momentos diferentes de
mi vida, a cual más bonito de todos. Primero con mis padres. Despues con
Vicente en el Micalet y con nuestros hijos pequeños en “bolos” de algunos
pueblecitos, en el Palu de la música, en los Viveros municipales, en los
Jardines del Palu y por último cantadas personalmente en nuestro Coro.
En estos tiempos de pandemia en los que
escribo mis recuerdos, hubo muchas personas que cantaron desde sus balcones
para contrarrestar el horror que estábamos y estamos padeciendo. Pues resulta
que mi hermano y yo ya lo hacíamos hace 70 años. Las tardes del verano daban
mucho de sí. Mientras mi madre se tumbaba un rato en la cama, aprovechaba yo
para mis interpretaciones musicales. Unas veces dentro de casa y siempre
apoyada por mi hermano, representaba momentos trágicos de algunas coplas. “El
torero herido de muerte” y “la Manola tirando flores al torero” eran mis
preferidas. A los sones de los cuplés del “Relicario” o de Francisco Alegre”
que yo iba cantando, escenificábamos a la vez dichos momentos. Más tarde nos gustaba cantar a dúo y hacíamos
“chas” (y bastante bien por cierto) el “dúo del paraguas” “la Revoltosa” y “la
del manojo de rosas” de las zarzuelas respectivas.
Pero lo que más nos gustaba era cantar
canciones del colegio y marchas militares. Recuerdo (sin poder evitar la sonrisa), que en los
meses sofocantes de calor, sobre las cuatro de la tarde, comenzábamos el
repertorio, ante la angustiosa mirada de los vecinos de enfrente que ya sabían
de antemano que no iban a poder ni descansar, ni siquiera hablar, pues
cantábamos a pleno pulmón. De entrada entonábamos el “Cara al sol” a
continuación “Soldado soy de España” después “La cruz en la escuela que hermosa
que esta” “Montañas nevadas” “La cruz de guerra” “Juventudes” “De rodillas
Señor, ante el Sagrario” “Himno de la legión” “Marcha Real” y alguna más, para
finalizar con el “Himno de Valencia” en castellano, porque entonces se cantaba
así. Quedábamos afónicos pero muy satisfechos. A todo esto, mi madre desvelada
por completo, no osaba salir al balcón para evitar que nadie le llamara la
atención. Era un barrio no adicto al régimen político de entonces y esas
canciones les repateaban, por lo tanto nos tenían un poco atragantados.
Tambien me gustaba cantar canciones
religiosas que enseñaban en el colegio y en la parroquia. Una vez llegaron a
Valencia los misioneros mercedarios e hicieron unas semanas de “charlas
misionales” a las que acudíamos mi hermano y yo con mi madre. Me gustaban sus
canciones y yo era una de las que más pronto las aprendía y cantaba alto, ante
las miraditas reprobadoras de las abuelas beatas, que nunca faltan.
Cuando llegaban las fiestas de San José,
había solo una semana entera de festejos. Se iniciaba con “la Cridá” y a partir
de ahí los falleros ya habían instalado altavoces por todas las calles del
barrio y desde el “Casal” ponían pasodobles y música a todas las horas de día.
Era estupendo. Yo era feliz, me encantaba aquel bullicio, aquella alegría que
rompía el habitual silencio y te contagiaba vitalidad. Tambien hacían verbenas
y bailes, justo debajo de nuestro balcón y yo con el abrigo puesto, pues hacia
frio, no les quitaba ojo. Mi madre me decía “¡entra ya Colín y cierra el
balcón!” pero eso era para mí un disgusto terrible y me hacia la remolona hasta
que sobre las 12 cesaban las verbenas. (Ahora es cuando empiezan)
Entonces empecé a reparar en las Bandas de
Música. Aquellos hombres de todas las edades que venían solo para las fiestas y
se hospedaban en algunas casas o se quedaba en el “Casal” a dormir y que no
paraban un momento, acompañando a los falleros y falleras en sus desfiles,
despertás, pasacalles y como no, en la Ofrenda de flores a la Virgen. Volvían
año tras año y algunos eran muy guapos. Yo inamovible y siempre desde la
atalaya de mi balcón, aplaudía y gritaba ruidosamente para hacerme ver y que
mirara hacia arriba algún muchacho, que sonreía jocoso al verme tan dislocada.
¡A saber qué pensaría!
Seguramente tendrían algún contrato, pues tambien
solían venir para realizar las procesiones parroquiales de san Vicente Ferrer y
de la Virgen del Carmen, las dos fiestas del barrio. Y normalmente nos
acompañaban además en el tradicional “comulgar de impedidos” que se celebraba
por las calles en las mañanitas del día de san Vicente Ferrer, en la octava de
Pascua. Era muy emocionante y si me paro y hago memoria, aún resuenan en mis
oídos los “varales del palio” protegiendo al Santísimo Sacramento, cuando
paraban ante alguna casa donde se les requería, para llevar la comunión a algún
enfermo. Alfombraban la entrada con flores y murta y la Banda tocaba la Marcha
Real. Mi madre siempre los contemplaba llorando desde el balcón y ahora yo,
ante el recuerdo, hago lo mismo. Son tradiciones que han caído en desuso y es
una verdadera lástima. Vicente mi esposo, aun llegó a hacerlo muchas veces por
el centro de Valencia, con su Banda Municipal. Me cabe ese orgullo. La Música
con Mayúscula entro de pleno en mi vida.
“Alma, corazón y vida” fue la declaración de
amor de Vicente, en un disco dedicado desde Castellón, donde estaba por
entonces contratado por aquella Banda. Una canción sencilla, cantada por el
trio “los Panchos” y que sin embargo, me sigue emocionando el escucharla. Allá
donde me encuentre y en los momentos que sea, sus sones me transportan a
aquella tarde de verano, ante la escrutadora mirada de mis padres, de pie al
lado del aparato de radio. Ruborizada en extremo, temblando y sin saber que
decir.
Sin darme cuenta y de la mano de Vicente, la
música clásica entro en mi vida por la puerta grande. Los compositores más
famosos de todos los tiempos, clásicos, románticos, impresionistas, óperas y
zarzuelas pasaron a formar parte de mí día a día, de nuestro día a día, de
nuestra forma y medio de vida. Me encantaba aquella profesión de mi esposo.
Podía ir con él y escuchar conciertos de toda clase de música y repertorios
variados, por lo tanto mi archivo cerebral se iba enriqueciendo cada día más.
Lamenté no haber hecho caso a mi padre cuando me ofreció estudiar su método de
música Hilarión Eslava para poder compartir con Vicente tanta belleza. Poco a
poco fui aprendiendo los nombres de los compositores y a identificar sus
conciertos. Además y por supuesto, yo seguía con mis coplas, mis habaneras, mis
pasodobles y toda la música popular que iba introduciendo la vida moderna, a
través de la radio.
Vicente y yo nos casamos para cumplir el
contrato con la ORQUESTA DE LA SABC BROADCASTEIN CORPOREISON que había
adquirido por mediación de su hermano Nicanor. Era una aventura inesperada,
pero decidimos marchamos a Johannesburgo, (Sudáfrica) y probar fortuna, dejando
aquí en excedencia su plaza en la Banda Municipal. Ante tal viaje me hice una
larga lista con todas las canciones propias de la situación: “El emigrante”
“adiós a España” “en tierra extraña” “suspiros de España” “banderita” y todo lo
que hablara de España y de la separación de la Patria. Estaba educada en la adhesión
y fidelidad a la misma y por encima de todo. ¡Y no me arrepiento! Me imagine en
la cubierta del barco como las películas de Estrellita Castro y cantando a voz
en grito, pero no pasó nada de eso. A Vicente no le hubiera gustado y yo no
hubiera podido hacerlo porque estuve llorando todo el tiempo que duró el
trayecto del avión intercontinental que nos llevó a la “ciudad del oro”. Esta
vez, no hubo barco como en la película.
Pero sigo imaginándomelo y me hubiera gustado
hacerlo. Todas esas canciones me transportan a aquellos momentos, a aquella
separación de mi querida tierra. Si a
eso añadimos la música, es imposible no llorar. Escuchar los acordes del
internacional pasodoble “Suspiros de España” sin letra, solo la música, es
sensacional y único ¡que belleza! ¡Me pone los pelos de punta! Y ahí podemos
añadir “nací en el Mediterráneo” o “los ojos de la española” “latino” “amor
mediterráneo” “Malvarrosa” y por supuesto el pasodoble de “Valencia”. Hay tanta
y tanta música con esas añoranzas y tantos poetas que han escrito sus letras,
que es imposible no sucumbir ante la belleza de las mismas. El corazón habla
por sí solo. Se esponja, se siente libre, llora, ríe, ama, sueña, evoca,
recuerda, solloza, añora y vuelve a sonreír.
De aquella tierra me traje una música
inolvidable. La que sonaba en el transistor que compró Vicente para poder oír
“el diario hablado” desde España. Cuando yo estaba dando a luz a mi querida
hija Mari Chelo, “mi Africanita” como decía Vicente, sonaba la canción de moda,
era de POL ANKA y se llamaba “Dayana”. La cantaban en inglés y nunca supe que
decía su letra. Las pocas veces que la he vuelto a escuchar me transporta a
aquel entonces, a aquel aroma cálido y húmedo de la primavera del hemisferio
Sur, aquel cielo azul, pero exento de nuestra luminosidad mediterránea,
aquellas jacarandas de flores color de rosa, aquella solicitud y respeto de los
africanos, aquella voz inconfundible de Vicente diciendo cuando di a luz: “¡es
una nena, y además blanca!” Todo aquello se hace presente en mí. Su olor de
bebe, su llanto, mis temores y nuestro amor de padres primerizos. ¡Que poder
tiene la música, que belleza lo que te hace recordar y volver a sentir!
En el Gran Teatro de la Opera de
Johannesburgo presencié por primera vez algunas operas, tales como TURANDOT y
su bella romanza de NESSUN DORMA. Además de UN BALLO IN MARCHERA, AIDA, MADAME
BUTTERFRY y alguna más, que en su temporada de ópera pudo llevarme Vicente con
nuestra hijita de seis meses, antes de regresar a España. ¡Maravillosa experiencia!
La música y sus canciones seguían
acompañándome. De vuelta a España y en Valencia, cuando nació nuestro hijo José
Emilio, vivíamos en casa de mi madre y sonaba una copla que tampoco olvidaré.
Decía así: “Ayer tarde yo cantaba, mientras mi niño dormía, y los almendros
lloraban porque su flor se moría. Las flores de los almendros, como blancas
mariposas, caían poquito a poco por su carita de rosa. Al escondite jugaba el
sol con los limoneros, y las sombras se asomaban por ver dormir a un lucero.
¡Qué bonito que es mi niño, qué bonito cuando duerme! Se parece a una amapola,
entre los trigales verdes. Ayer, estando dormido, me acerque a besar su cara.
Soñando estaba conmigo, sonreía y me llamaba” ¡Inolvidables recuerdos de
aquella mi añorada casita, con mi hijo en los brazos y en mi viejo barrio,
añorado en la distancia! Aquel olor inconfundible de mi madre cocinando. Aquellas
canciones mías en la galería resguardada por la cortina de saco. Mi niño, mi
hijo Emilio nació con esas sensaciones en mi corazón. Era muy alegre y siempre
sonreía como dice la canción, junto a su hermana ¡Éramos tan felices!
La televisión llego a nuestras
vidas y mi madre se compró una “INVICTA botonera de oro”, que así era su nombre
completo y empezamos a gozar de espectáculos musicales en vivo y en directo
para nosotros. Empezaron las coreografías cada vez más complicadas, las jóvenes
promesas y numerosos cantantes. Nino Bravo, Camilo Sesto, Julio Iglesias,
Raphael, José Luis Perales, Marisol, Roció Durcal y grupos como el de
Mocedades, los Bricos, los Pequeniques, los Bravos, el Dúo Dinámico y por
supuesto los Beatles hicieron las delicias de la juventud, entre los que yo con
23 años, me contaba. Las “copleras” quedaban un tanto relegadas. Una de las pioneras
fueron Estrellita Castro, Concha Piquer y Juanita Reina. Paquita Rico, Carmen
Sevilla y la incomparable e internacional Lola Flores. Despues Rocío Jurado,
Isabel Pantoja y algunas más que se dedicaron al cine. Surgió otro talento
cabalgando entre cantar cuplés y artista de cine, que fue Sara Montiel. Sus
películas atraían a las multitudes. Todos sabíamos cantar un poco de todos
ellas. Yo, aunque mis tareas de madre no me permitían andar copiándome letras,
me sabía un montón de todos ellas, teniendo lógicamente mis favoritos. La
década de los años 70 fue muy pródiga. Llegaron tambien los “payasos de la tele”
Gabi, Fofo y Miliqui con muchas canciones, entre ellas una que me caló hondo.
Era “Mami de mis amores” y desde entonces se la canté a mi madre y mis hijos la
aprendieron, cantándomela a su vez a mí, cuando llegaba el día de la Madre.
Nunca olvidaré a mis hijos llegando por la mañanita a mi habitación con un
ramito de flores, sus tarjetitas y sus besos. Vicente y yo nos emocionábamos.
En Mayo de 1973 nació nuestro hijo Vicente
Jesus. Tambien sonaba por entonces una canción muy apropiada que indudablemente
me lo recuerda. Decía así: “Tengo una cuna en mi casa, que está esperando una
flor y los estambres los bordan con sangre del corazón. De color azul celeste
voy a hacer la cabecera, con una paloma blanca y una corona de estrellas. ¿Sera
una rosa, será un clavel? Las golondrinas vendrán con él. ¿Sera una rosa, será
un clavel? El mes de Mayo te lo diré”. Nació mi clavel moreno, con ojos tan
grandes como platos y pesando cinco kilos y pico. Nació como su hermano José
Emilio, en el Centro Sanitario Municipal, viviendo en la casa donde vivimos
actualmente. Nació arropado por sus hermanos mayores de 10 y 8 años
respectivamente que hicieron de él su muñeco y al que adoran. Nació para
complementar la familia que Dios nos ayudó a formar. Sus lloros, sus risas, sus
primeros pasitos y palabras se quedaron para siempre aquí en mi pasillo, en mi
comedor, en la habitación que compartió con su hermano Emilio hasta que éste se
casó y en la habitación donde su hermana Chelo le ponía cuentos y le peinaba.
Mi hijo Emilio me cantó durante todo mi embarazo, otra canción inolvidable para
mi “Mami panchita”. ¡Qué tierno y lindo mi hijo! ¡Y que maravillosos los tres!
¡Mil gracias hijos!
Las paredes de mi casa hablan y cuentan
historias maravillosas. La historia de mis tres hijos durante su infancia y
adolescencia respectivas. Cuentan sus estudios, sus frustraciones y sus éxitos.
Guardan los ecos de sus primeros amores y la amarga alegría cuando llegó la
separación, para seguir con sus vidas propias. ¡Mi casa guarda tantos sonidos! Si
pongo atención y cierro los ojos, puedo escuchar las notar largas y graves que
hacia Vicente con su trompa, cuando estudiaba paseando por el pasillo. Escucho
el aparato de música que se compró Emilio y compartía con Vicentin y el “come
discos” de mi hija. Nuestros hijos
crecieron envueltos en sus músicas. Las
músicas de aquel entonces. A cada uno le gustaba una cosa y en mi casa se
escuchaba a Camilo Sesto en Jesucristo Superestar, a Miguel Bose o a Juan
Pardo. Autores italianos como Claudio Biagnoni, Humberto Tochi o Pablo Milanés
que le gustaban a Emilio entre otros y que le gustaba escuchar a todo pulmón. El
pequeño gustaba más de los clásicos Mozart y Beethoven. Tambien resuenan los
alegres villancicos cuando pongo los manteles de la Navidad. Mi casa es como
una caja de música de varios colores y
sonidos, es la música de mi familia y de mi vida entera que habla amor. Muchas veces abro esa caja de música,
con la seguridad de que voy a llorar. Y lo hago porque necesito conectar con
ese pasado, volver a sentir viejas sensaciones y darme cuenta de que
verdaderamente las viví y disfrute.
En 1980 llego a nuestras vidas Encuentro
Matrimonial y Un Camino mejor. Eran unas convivencias que tenían sus propias canciones. ¡Me encantaron!
En seguida nos las aprendimos. Encuentro Matrimonial venia de América y en su
cancionero estaba la canción de Mocedades “Eres tú”, alguna carismática, su
Himno particular y un par de canciones de la opereta de Don Quijote de la
Mancha que cantaba Nati Mistral y un actor argentino. Un Camino mejor llego de
Guatemala y su cancionero estaba formado por canciones de autores latinos como
Armando Manzanero y autóctonos. En España se añadieron muchísimas canciones de
José Luis Perales, el Dúo dinámico, Roberto Carlos, Mari Trini, Miguel Ríos,
Perales, Demis Rusos y su Himno basado en la carta de San Pablo a los
Corintios. Todas ellas en un cancionero que poco tiempo después se amplió y
diseñó casi por completo nuestro hijo Emilio con dibujos alegóricos. Una
verdadera joya, que guardo con mucho cariño. Todas las canciones introducían
las charlas vivenciales de los monitores ante los participantes, para que les ayudaran
a reflexionar en sus propias vidas y actitudes y poder rectificar si era
necesario. Dichas canciones, que daban la entrada a las vivencias “preparaban”
de alguna forma los sentimientos y la emotividad surgía por sí misma.
Aquello fue un gran descubrimiento. A mí
personalmente me cubrió todas mis “necesidades artísticas” de entonces. Podía
cantar, hablar, escribir, leer e incluso dibujar, con toda facilidad, franqueza
y sinceridad. Llorar o reír ante los ejemplos de mi propia vida junto a Vicente
y nuestros hijos. COMPARTIR se convirtió en una palabra esencial para todos.
Durante más de diez años estuvimos casi todos los fines de semana recluidos
voluntariamente en el convento o casa de ejercicios que tuviéramos concertada.
El Monasterio de san Miguel en Liria, o Santo Espíritu del Monte en Chilet,
pasaron a ser para nosotros algo familiar, querido e inolvidable. Nos sentíamos
felicísimos y agradecidos a Dios de poder estar los cinco juntos, en aquel
servicio de iglesia y para la Iglesia. Nuestros hijos aprendieron a hablar en
público, incluso el pequeño Vicentin, sin ningún temor. Compartían la vida en
familia junto a sus padres, dando testimonio de lo bueno o lo no tan bueno y
necesario, para una buena convivencia, la necesidad del perdón y de la
generosidad. Los participantes salían encantados y generalmente se adherían a
la Comunidad que formábamos junto a Salvador Huguet, el fraile dominico que
trajo este movimiento de Guatemala y que en realidad estuvo inspirado en
Encuentro Matrimonial. Cada edad tenía su propio esquema, para el bien de la
familia.
Aquellas canciones no las puedo olvidar y
como siguen actuales, muchas veces las escucho en la radio o en la tele con
otras versiones y cantantes, pero siempre me retrotraen a momentos
inolvidables. Al olor del convento, a sus comidas, a sus habitaciones
individuales y pequeñas (pues eran las antiguas celdas de los frailes, un poco
remodeladas). A madrugar muchísimo para poner el “casete” con la canción de la
mañana, bajar al comedor y sentir el aroma a café caliente con las “secuencia”
y el cancionero bajo del brazo para dirigirnos a la Capilla y luego a la sala
de conferencias. Darnos los buenos días con alegría y con el aroma a colonia
fresca sentarnos a la mesa, abrir el cancionero y ¡a cantar! Nunca agradeceré lo bastante a mis hijos haber sido cómplices de esa armonía familiar
que llevamos a cabo los cinco y nos unió para siempre. Esa sensación de mirar
por la ventana del convento lloviera o tronase, con viento o con sol y no
preocuparme, porque sabía que estábamos allí los cinco, juntos y unidos por el
amor, como en casa.
Más la vida y sus etapas fueron marcando la
distancia a tanta felicidad. Todo fue pasando, se fue terminando hasta que
acabó por completo. No podía ser eterno. Nuestros hijos siguieron sus propias
vidas, pero me consta que tampoco olvidan aquel tiempo feliz para todos. De hecho
cuando podemos, volvemos a Santo Espíritu, a aquella casa que era como la
nuestra. En sus paredes, su comedor y su capilla quedaron nuestras canciones y
nuestras emociones para siempre. Nuestras “Bodas de Oro” las quisimos celebrar
allí por ese motivo. Nuestros hijos y nietos nos hicieron revivir momentos
maravillosos de aquellas convivencias y volvieron a cantarnos las mismas
canciones de entonces. ¡Muchas gracias! Quiero dar una mención especial a las
canciones de “Yolanda” y “Amada mía” que nos cantaron nuestros hijos en
nuestras “Bodas de Plata” y en las “Bodas de Oro” respectivamente, y que nos
emocionaron de una forma especial.
Pero nuestra Música no se terminó. Vicente
seguía inmerso en ella, era su trabajo, un trabajo maravilloso. Conciertos,
zarzuelas y más conciertos en diferentes entornos, nos hicieron disfrutar de la
misma hasta que se jubiló. Por entonces la vida nos había regalado cuatro
nietos. Todos vieron a su abuelo interpretar los conciertos del Palau de la
Música y en el mes de junio, en sus Jardines. Todos disfrutaron de verle pasar
en las procesiones con su brillante trompa en los brazos, y en las Cabalgatas
de Reyes, con sus ojos traviesos saludándonos. Y a todos les entró la afición a
la Música. Cada uno a su manera. Guitarra española, guitarra eléctrica o música
de Banda con trompeta y trompa respectivamente. Eso nos permitió seguir en
contacto por siempre y para siempre con nuestro querida Música. Teníamos
herederos, gracias a Dios.
Para terminar con las canciones y la música
de mi vida, os diré que ocurrió algo inesperado. ¡He llegado a ser componente
activo de un Coro!, en el que me encuentro desde que se jubiló Vicente y
decidió entrar a formar parte de la Banda de Música y Unión musical de Tendetes, donde le solicitaban y donde
empezaron a formarse como músicos, nuestros nietos Emilio Samuel y Lucas. Esa
Banda fue la que le rindió homenaje a mi amado esposo poco tiempo después de su
fallecimiento. Y esa Banda me ha proporcionado momentos maravillosos en sus
conciertos varios, viendo tocar y prosperar a nuestros nietos. Vicente se
dedicó a la percusión, pues ya no tenía “embocadura” para la trompa y cuando no
había conciertos de música y solo eran recitales de coro, cantaba en el mismo,
a mi lado. El cantar acompañada de la música de
Banda, fue algo que nunca me imaginé poder hacer. Te sientes arropada y
feliz de escuchar los aplausos. Tengo la dicha de poder decir que “compartí
escenario con Vicente y mis nietos Emilio Samuel y Lucas” ¡Quien me lo iba a
decir cuando cantaba detrás de la protección de la “tela de saco” en la galería
de mi madre!
Y en dicho Coro sigo actualmente. Aunque no
se por cuánto tiempo. Cambió la directora y con la pandemia que sufrimos, ha
habido un gran parón que ha enfriado los ánimos y ha hecho que tome conciencia
de los años que tengo, voy a cumplir 80. Las expectativas que tienen para
nosotras no se ajustan a las mías y seguramente lo tendré que dejar y conmigo
muchas más de las que no aspiramos a mucho, solo a distraernos. Por lo tanto
daré por terminada mi andadura musical no sin antes dar muchas gracias a Dios y
a la vida que me proporciono tan bellas y variadas oportunidades de deleitarme
con la música y de poder cantar, proporcionándome así, los bellos recuerdos que
me acompañaran mientras viva, que os he compartido y que guardaré para siempre en
lo más profundo de mi corazón. ¡No dejéis nunca la música, es el arte más bello!
y ¡No os olvidéis de cantar!. Recordar que “El que canta, su mal espanta”.
Dedicado a mí esposo Vicente, a mis hijos y a
mis nietos, que llevan dentro el arte de su abuelo. También a mis padres que me
enseñaron a cantar y soportaron mis canturreos y a mi hermano que los secundó y
apoyó cantando conmigo, siempre a mi lado.
CHELO MONDEJA 24 ABRIL 2021
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