RELATO de BODAS
En el reloj sonaron las siete de la tarde y
los pasillos del laboratorio farmacéutico y oficinas de PENSA se llenaron de
voces y carreras. Terminé mi carta y enfundé mi máquina de escribir, una
Hispano Olivetti Lexicón 80, la más moderna del mercado en aquel tiempo. Cerré
los cajones y deje la correspondencia encima de la mesa, lista para que Alfonso
el ordenanza, la llevara a Correos. Colgué la bata blanca en el perchero y salí
a toda prisa de mi despacho, despidiéndome brevemente de mis compañeras: ¿Pero qué prisas llevas? ¿Te espera Vicente? “Así es”. Contesté
bajando casi corriendo las escaleras para que nadie se viniera conmigo. Esa
tarde quería intimidad.
Vicente mi novio, efectivamente me esperaba
como todas las tardes. Estaba con el cuello de la gabardina subido porque hacia
frio. Se acercaba la Navidad y las calles del barrio de Ruzafa donde estaba
enclavado Laboratorios PENSA, lucían sus bellos y luminosos adornos navideños.
Nos dimos un beso y sentí en mis labios el calor de los suyos. Cogidos de la
mano, comenzamos a andar por nuestro camino habitual, rumbo a la estación del
Norte. Teníamos que pasar recogiendo los recordatorios de mi padre,
recientemente fallecido, en una imprenta que nos venía al paso y yo estaba especialmente
sensible.
Vicente estaba un poco raro, muy callado y
algo nervioso. Recogimos las estampas con sus fúnebres y tristes recuerdos y un
poco inquieta, directamente le pregunte:
¿Qué te pasa cariño? – Nada. —No es verdad. —
¡Dime que te pasa!--¡nada! Volvió a repetir. Ante mi insistencia metiéndose la
mano en el bolsillo me entrego una carta y me dijo: Es de mi hermano Nicanor,
dice que le ha salido un contrato para la Orquesta de la SABC Broaddcasting
Corporeision de Johannesburgo (Sudáfrica) y me propone que me vaya con él, pues
hacen falta dos trompas--. ¿Cómo?-- ¿Qué dices?-- Me paré en seco como herida
por un rayo.
Repetí ¿Pero qué dices, si acabas de aprobar
como quien dice en la Banda Municipal? ¿A qué viene este despropósito?—No es un
despropósito nena,--contesto-- hay que pensarlo muy bien.-- Pero ¿estás loco?
¿Después de la ilusión que te hacía pertenecer a nuestra banda, ahora te
quieres ir?...Me puse a llorar desconsoladamente, hablándole a gritos. No podía
comprender aquella ocurrencia que venía a estropear nuestra recién estrenada
vida de noviazgo feliz, viéndonos todos los días y disfrutando de sus
conciertos.
Vicente, una vez soltó la noticia, se relajó
un poco y se dedicó a calmarme y a explicarme que era una buena oportunidad la
que le ofrecía ese contrato por dos años, para poder ganar bastante dinero, cosa que nos vendría muy bien
para un futuro. Lo pintó muy fácil, él seguramente, ya lo tenía hablado con su
hermano. Pediría una excedencia en el Ayuntamiento y su plaza en la Banda no la
perdería. Yo no le quería escuchar. ¡Volvernos a separar, después de los dos
años de correspondencia desde Castellón! ¿Otra vez cartas y cartas? Y esta vez,
desde muy lejos. ¡NO y NO, me negaba en rotundo!
Llorando y discutiendo llegamos a mi casa,
que estaba al lado de la suya. Mi madre al vernos entrar así, se asustó y
después de las explicaciones pertinentes, intento tranquilizarnos. Había que
pensarlo despacio para dar una contestación a Nicanor que desde Barcelona ya
estaba preparando su marcha y urgía una respuesta. Pero para mí estaba clara,
¡decir NO y en paz!
Aquella noche ni Vicente ni yo pudimos
dormir. El habló con sus padres y hablaron por teléfono con su hermano. Mi
madre, mi hermano y yo por otra parte, aturdidos y perplejos. Otra solución era
casarnos y marcharnos juntos. De esa manera no se marchaba solo y nos
ahorrábamos una boda convencional, en la que todavía no habíamos pensado y que
por supuesto no estábamos en disposición económica de afrontar. Ese supuesto,
le quitó a Vicente por completo el sueño. Yo ajena a esa posible solución, me
deshacía en llantos. No podía separarme de él. No quería que se fuera otra vez.
Para mí, era mi primero y mi único amor, el amor de mi vida. Evoque a mi padre
¡Papá ayúdame, que no se vaya Vicente!
Al día siguiente tuvimos una comida familiar para
hablar del asunto y se expuso sobre el tapete la posible solución. Al proponer
lo de la inminente boda, de repente ¡vi la luz! ¡Eso ya me gustaba mucho más!
Vicente mi miró con sus ojos de un azul profundo como el mar, que brillaban con
un intenso fuego interior y sentí que me ruborizaba. ¡Casarnos!, ¡casarnos YA!
Entonces la que se puso a llorar, fue mi pobre madre.
Tomamos la decisión final. Total, en dos años
estaríamos de vuelta con un dinerito que nos vendría muy bien. Nuestro plan
momentáneo fue que buscaría yo trabajo en la Embajada española de Johannesburgo,
Vicente en la Orquesta y todos contentos. A partir de ese instante nuestra vida
fue un torbellino de emociones y de papeleos. Lo primero fue fijar la fecha de
la boda que decidimos fuera el 8 de febrero del año nuevo 1962 que estábamos a
punto de estrenar. Fueron unas navidades muy tristes. Se cumplía el mes del
fallecimiento de mi padre y mi precipitada marcha entristecía aún más el
ambiente. Mi corazón andaba desbocado como un potro, preso de un revoltillo de
sentimientos. No podía imaginar mi casa sin mí, y solos mi madre y mi hermano.
Visualizaba mi cama hecha y en orden, mis cosas silenciosas, mi silla vacía,
sin mi voz ni mi risa por la casa y me daba mucha pena, imaginando la pena y la
soledad que dejaría en ellos.
Vicente animado por momentos, no tuvo ningún
problema, pidió la excedencia y todos sus compañeros le animaron y aconsejaron
el marchar para probar fortuna. No perdía nada. Acababa de cumplir 25 años,
toda la vida por delante. Yo a mi vez, lo comunique a mis jefes del Laboratorio:
el doctor don José Vilar Sancho, que era el jefe superior y a los míos
inmediatos del departamento de Difusión y Control, Vicente Vives y José Romero,
que se quedaron estupefactos por la inesperada noticia del viaje y por mi
juventud. Mis compañeras, todas revolucionadas con bromas y cariños, hicieron
una colecta para hacernos un buen regalo. Todos, hasta Bonet el ordenanza,
sentían mucho mi partida pues me hice de querer bastante en los dos años que
llevaba trabajando en el laboratorio. Ellas y mis jefes habían venido al
entierro de mi padre y me apreciaban mucho como persona y como buena secretaria
y sentían que dejara mi puesto laboral vacante, puesto indispensable y que
tendrían que cubrirlo de inmediato.
Vicente se estaba arreglando una moto Vespa
que meses antes le había vendido su hermano. Estaba para el desguace, pero se
había empeñado en que a ratos libres podía dejarla como nueva. Tener una moto
era su ilusión y había llegado el momento, además sabía hacerlo. Casi todos los
días trabajaba reparándola.
Ante tal noticia, se apresuró a terminarla
para poder venderla, renunciando tristemente a ella y con ese dinero hacer frente
a los gastos imprescindibles que se avecinaban. Tuvo que comprarse un Esmoquin
negro para tocar en la Orquesta de la SABC, pues era imprescindible y de paso
lo estrenaría el día de nuestra boda. Complementado con camisa blanca,
pajarita, zapatos, ropa interior y algo de efectivo para el viaje en tren hasta
Madrid y subsistir unos días en espera de la salida del vuelo hacia nuestro
destino. Él se defendía muy bien por la capital pues al cumplir allí cuatro
años de servicio militar, la tenía muy pateada. Las oficinas de la línea área
que cubría nuestro contrato eran las “líneas aéreas de Sabena” cuya oficina
estaba en la plaza de España. El pobre tuvo que hacer muchos números y cábalas
para poder estirar el dinero y poder llegar a todo. Menos mal que una familia
muy amiga de mis padres nos acogió en su casa, hasta que después de ocho días
de nuestra llegada, salió el vuelo destino Sudáfrica.
Yo a mi vez, necesitaba el permiso materno ya
que era menor de edad con 20 años recién estrenados. Las primeras y únicas velas
de cumpleaños en mi vida, las puso mi padre en la tarta que me compró
Vicente. Eso conllevaba otro trámite
más. Entonces, en la parroquia donde se celebraba la boda había que hacer unas
“amonestaciones” que consistían en anunciar cada domingo el enlace de la pareja
en cuestión, por si alguien sabía si existía algún impedimento para que se
llevara la boda a cabo. Así durante tres semanas consecutivas. A nosotros como
no teníamos tiempo se nos amonestó el mismo domingo durante todas las misas que
se celebraron. (Cosas de la época)
Mi madre la pobre, no sabía que comprarme
para vestirme de novia ya que entonces se respetaba mucho el luto. En uno de
los conciertos de la Banda Municipal se lo comunique a mis compañeras, esposas
de los músicos amigos de Vicente y una de ellas hacia poco que se había casado.
Muy cariñosa me ofreció su traje de novia. Yo no sabía si aceptar o no. Cuando
lo comenté en casa, mi suegra me aconsejó enseguida que lo aceptara. “Que el
día de mañana NO me gustaría verme en la foto de novios vestida de negro”. Tenía
razón. Aquella tarde, Vicente y yo fuimos a Benimaclet, donde vivían Asencio e
Inés y me probé su vestido llena de emoción. Vicente esperaba en el comedor. No
me podía ver, solo escuchaba grititos y comentarios. Su amigo Asensio le
entretenía divertido.
Inés era una muchacha bajita y regordeta y yo,
todo lo contrario. El pecho me sobraba por todas partes y me estaba un poco
corto. Sus zapatos me dolían mucho y el velo tampoco me favorecía demasiado.
Pero a pesar de todo, me vi guapísima. Me lleve el traje a casa. Inés había
demostrado ser muy buena amiga y compañera. Lolita mi modista, era vecina y
amiga y me terminaba de confeccionar un abrigo color marrón (porque aún llevaba
el azul marino del colegio) y que tuve que teñir de negro por el luto de mi
padre, dejándolo convertido en un pingajo. Cuando le comente lo del vestido
ella me tranquilizó y con la misma ilusión que si yo fuera su hija, se encargó
de todo. Lo estrechó un poco y lo planchó con polvos de talco para recobrar su
blancura. Me agenció unas copas
interiores para aumentar mi pecho y trajo su maniquí a mi casa donde lo colocó
con esmero. Lo tuve expuesto y preparado
para el día más importante entonces, de mi vida. Aquella boda era un
acontecimiento en mi escalera, la de Vicente y en casi toda la calle, pues me
conocían desde que nací. Mucha gente vino a ver el famoso vestido, con los
parabienes para Lolita la modista. Y todos me traían algo. Un delantal, una
toalla, un juego de café. Todo lo que entonces se llevaba y se podía, pero que
tuve que dejar en España.
Mi madre pobrecita, dentro de su pena, me
compro dos camisones cortitos que llamaban de “reconciliación” un poco de ropa
interior y la tela para hacerme un abrigo nuevo. Tambien me compro una camiseta
blanca que me debería de poner debajo del vestido de novia, no fuera a ser que
me resfriara, porque la boda la fijamos a las 8 de la mañana, por aquello del
luto, y en febrero hace frio. Me dio su aderezo de boda y usamos las alianzas
de mis abuelos paternos, que eran de oro bajo, hasta que años después Vicente y
yo nos pudimos hacer unas nuevas a nuestra medida, y de 18 quilates. Tambien
mandó bordar dos juegos de sábanas que, como eran de algodón pesaban bastante.
Había que controlar el peso de las maletas y no excederlo, por requisitos del
vuelo en avión. No nos pudimos llevar apenas nada, contando con el peso de la
trompa de Vicente y una pequeña paella para dos, que quise llevarme de mi
tierra no hubo opción a que me llevara nada más.
En la mañana del martes 8 de febrero, Vicente
y su familia se levantaron muy temprano y prepararon unas tablas, para el
desayuno de los novios y de la familia más allegada. Vicente se percató que mi
casa estaba a oscuras y en total silencio. ¡Nos habíamos dormido! No iba el
timbre y presa del pánico comenzó a tirar piedrecitas al balcón. Me levanté de
un salto y le hice una seña por el balcón. Se fue volando a sus quehaceres y yo
puse la casa patas arriba. Mi madre nerviosa y mi hermano peor, iban cada uno a
lo suyo. Decidida cogí el traje de novia, me lo puse, me sujeté el velo como
pude y con inmensa emoción me coloqué el aderezo de mi madre. Con mi carita
pálida, sin pintar ni nada, baje a saltos las escaleras de mi querido e
inolvidable hogar. Nos esperaba un coche negro, que habían agenciado mis
suegros y me acomodé dentro de él como si fuera entre nubes. No podía creer lo
que estaba viviendo, ¡me iba a casar! Había llegado el esperado momento.
Vicente y su madre, que fue la madrina, nos
esperaban nerviosos. Él había adelgazado bastante con el ajetreo, pero se le
veía feliz, sonriendo con sus labios y con sus maravillosos ojos. Rosita Añó, novia de Juan Torres, su amigo más íntimo de la Banda, me entregó el ramo
de novia que me había prometido y cogida del brazo de mi querido hermano, mi
joven padrino y a los sones de la marcha nupcial, entré en mi parroquia de la
Santa Cruz. Nos dirigimos al altar de la Virgen del Carmen que está a la
derecha, donde tantas veces estuve durante mi catequesis de primera Comunión y
a lo largo de toda mi vida. Lo tenía muy visto, pero me pareció diferente, más
nuevo y luminoso. El padre Ramón, fraile mercedario, conocido de la familia,
que atendió a mi padre en sus últimos días, nos unió en matrimonio.
La Capilla del Carmen estaba repleta, todo el
mundo pendiente de si “me iba a caer con los tacones o no, que si iba a llorar”
o qué iba a pasar. Pero todo salió muy bien. Mi madre enlutada me partía el
alma, y tambien mi hermano. Los iba a dejar muy solos. Pero yo no quería pensar
en eso. Solo el calor de las manos de Vicente me tranquilizaba. Como la misa era tan temprano, todas mis
compañeras del laboratorio junto con mis jefes, pudieron venir a vernos casar.
Así mismo los compañeros de la Banda, compañeras mías del colegio, mi
inseparable amiga Gracia, vecinos y familiares. Mucha gente que nos quería nos
acompañó. Menos mal que no había que invitarles a nada. Solo se llevaron un
gran agradecimiento por parte de los dos y un gran recuerdo emocionado y tierno
que perdura a través del tiempo en mi memoria y en mi corazón.
Despues del frugal desayuno, me despoje del
traje de novia, para devolvérselo a su generosa dueña, me enfundé el estropeado
abrigo teñido de negro y junto a mí ya esposo Vicente, nos fuimos al cementerio,
donde deje depositado mi ramo de novia en el nicho de mi padre. ¡Gracias papá!
¡Hasta nuestro regreso!
Aquella noche salimos para Castellón para
pasar “la noche de bodas”. Vicente había pertenecido a su Banda Municipal
durante dos años, desde que se licencio, hasta que aprobó las oposiciones para
la Banda Municipal de Valencia y quería visitar a su patrona, donde estuvo de
pensión. No recuerdo ni donde cenamos, sé que fuimos al cine donde me dormí y
luego a un hotel sin ninguna estrella. Había que ahorrar. Vicente que era muy
púdico, se dedicó a taponar cualquier rendija o agujero de cerradura donde se
nos pudiera observar. Se veía a la legua que éramos “nóvensenos”. Fue a bajar
las persianas de un ventanuco y le cayó encima tal cantidad de hollín que se
puso de un humor de perros. Lavándose y frotándose vigorosamente con agua
helada mientras yo muerta de la risa y de frio, me ponía el pijama rojo que me
regalaron mis amigas que era como un chándal hasta el cuello, intentando darle
una sorpresa. Cuando salió del baño como un pollo y me vio tan tapada no dijo
nada. Nos dimos las buenas noches y muy abrazaditos nos dedicamos a dormir,
hacía mucho frio.
En el laboratorio se portaron excelentemente.
Me pagaron la parte proporcional correspondiente a todo el año, y nos regalaron
el juego de dos maletas y un neceser. Un pijama rojo, los guantes blancos para
la ceremonia y un libro informativo y necesario para mí: “Antes de que te
cases” que junto al diccionario Español-inglés, llevé conmigo durante toda
nuestra estancia en Sudáfrica.
Transcurrieron unos días y el 12 de febrero a
las 10 de la noche, cogíamos el tren para Madrid. Casualmente mi barrio tenía
esa noche la presentación fallera y las calles bullían de música y alegría. No
así mi corazón que sentía que se partía en dos. La imagen de mi pobrecita madre
y mi querido hermano llorando en el balcón, tardó mucho en borrarse de mi
retina. No vinieron a la estación y les dije adiós una y mil veces desde la
calle, llorando tambien. Vicente solícito y contagiado, me metió en el taxi que
esperaba y dejando atrás la música, tan querida para mí, la fiesta, mi barrio,
mi casa, mi madre y mi hermano, el recuerdo de mi padre, mi infancia feliz, mi
vida entera, cerré los ojos y refugiándome en los brazos de Vicente me dejé
llevar. Una sensación de pertenencia, de refugio, de necesidad de él, me
invadió el alma en aquél instante, y sentí que nos unía para toda nuestra vida.
Empezaba para nosotros un sueño dorado. Un
sueño inesperado que nos aguardaba lleno de sorpresas, de vivencias, de cielos
azules y de minas de oro. Un lugar donde la música me sonaría diferente. Un
país de promisión envuelto en Jacarandas en flor, nos abría los brazos para
acoger un amor nuevo recién estrenado, repleto de ilusiones. Un amor que pedía
a la vida tan solo una cosa: ¡VOLVER!
CHELO MONDEJA, 17 de Junio de 2020.
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