OFRENDA DE FLORES A LA
VIRGEN
Estamos a 18 de Marzo de 2021 ¡Cuántos días de
Ofrenda acuden a mi mente! Los vividos desde mi balcón en mi infancia, los de
mi ausencia desde el recuerdo, y los vividos como familia en nuestra plenitud,
cuando gracias a mí cuñada Conchin pude llevar por primera vez, mi ofrenda de
flores a la Virgen, acompañada de mis tres hijos y de mí hermano. Vicente mi
esposo, lo haría horas más tarde con la Banda Municipal, como toda su vida. Ese
día lo recuerdo como día grande, hermoso e inesperado en mi vida, pero que se
convirtió en uno de los más bonitos e imborrables de mi memoria y que dio
comienzo a una “aventura fallera”.
Conchin acababa de ser madre y eso le impidió
participar de las fallas de ese año 1978. Había conseguido con su gran espíritu
fallero que mis tres hijos fueran falleros de su falla de Lope de Vega y
estábamos allí disfrutando de las fiestas. Aquella tarde, de pronto me ofreció
vestirme con su traje de Fallera Mayor e ir a la Ofrenda en su lugar.
Sorprendida, acepte encantada. Ella misma me peinó y me vestí con su precioso
traje que era de seda de “espolín” estampado y además con sus aderezos. Fue una
experiencia nueva y maravillosa. Por primera vez y aunque lo deseé toda mi
vida, experimente la emoción que se siente desfilando al son de la música,
aplaudidas al pasar por las calles y sabiendo que la meta es encontrarte con la
Virgen, que te espera para recoger tus flores, tus peticiones, tus
agradecimientos y tu amor. Me sentía feliz, caminando al lado de mi hija que
estrenaba su flamante traje y su experiencia nueva, a la vez que la mía. Iba
tranquila sabiendo que Vicente mi amor, estaba muy satisfecho al verme tan
guapa y andaba por allí haciendo fotos. Sabía tambien que detrás de mí, en la
comisión masculina, iban mis hijos José Emilio y Vicentin protegidos por mi
hermano, que tambien experimentaba la misma novedad que yo y con el abuelo, padre
de Conchin, el recordado y querido señor Ismael. Siempre le agradeceré a
Conchin y a su padre, su generosidad.
Al momento, se me despertó el deseo de
volver a repetir la experiencia y a mis 46 años nos embarcamos todos en la
aventura de las fallas. En el ejercicio siguiente, en nuestro barrio, en la
sencilla y humilde falla de “la Parreta” irrumpió la familia Sanz al completo
acompañada de Artemio, el novio de nuestra hija. La teníamos mucho más cerca y
éramos bastantes conocidos por el colegio y por la parroquia. Todos respetaban
mucho a mi esposo por su profesión. Cuando iba de uniforme llamaba la atención.
En la falla fuimos acogidos con cariño y Vicente y nuestros hijos acudian y participaban de todas las reuniones semanales. A Vicente le nombraron vicepresidente y de
inmediato conectamos bastante con los numerosos matrimonios que formaban la
comisión, varios de los cuales llevamos al Encuentro Matrimonial que entonces
era una parte importante de nuestra vida. Durante el tiempo de fallas bajábamos
todas las noches a cenar. Luego a bailar mientras los más jóvenes se divertían
tirando cohetes y petardos en las puertas del “casal” Al final se cantaba el Himno Regional y todos quedaban
de acuerdo en la hora de bajar la mañana siguiente para hacer la “despertá” a
la que nunca faltaron. En los días de la Ofrenda a la Virgen se permitía
vestirse de falleros a los cónyuges de los que tenían algún cargo. El primer
año estrene dicha tradición, ya que en nuestra falla no había esa costumbre
pero estaba yo precisamente para eso, para vestirme en la Ofrenda.
Recuerdo que poco a poco y con idea, me fui
comprando todo lo necesario. Mi hija y mis hijos habían estrenado en la falla
de Conchin, la de Lope de Vega donde se estrenaron como falleros, todo el
atuendo valenciano. El señor Ismael, el padre de Conchin les confecciono los
trajes a los chicos. Trajes hechos por un sastre entendido en la materia y que
les sentaban estupendamente. Entonces eran negros y yo les compre las camisas
blancas con las “gorgueras” de rigor, como príncipes. Despues las fajas moradas
con el escudo de la falla. Recuerdo que la madre de mi esposo, mi recordada
suegra Milagros, regaló a Mari Chelo, igual que lo hizo con las otras nietas,
el traje de valenciana. Lo compramos en “la Casa del fallero” y era de seda
color crudo bordado en oro y con numerosos ramos de flores multicolores que
armonizaban con todos los tonos de lazos, imprescindibles entonces para adornar
el escote y hacer el típico lazo llamado de “sígueme pollo” de la espalda, al
igual que el del delantal. Le forraron tambien los zapatos y compramos además
las manteletas y delantal de organza bordadas con lentejuelas. El corpiño
negro, indispensable para la Ofrenda, el “can-can” que ahora se llama
“ahuecador” y las medias blancas y caladas, generalmente hechas de ganchillo. Las
peinetas y el aderezo que fue de “polkas” como lo llevaban tradicionalmente las
chicas solteras era precioso, dorado y con esmeraldas engarzadas fue el regalo
de los tíos, mis hermanos Paco y Conchín. Nuestros hijos estaban perfectamente equipados.
Entonces me dedique a los trajes de Vicente y
del mío. Volvimos a “la Casa del fallero” y compramos el masculino traje negro
y la gorguera de puntillas, pues camisas blancas tenía las del uniforme. Para mí el corpiño negro tambien, pero con un
generoso escote un poco más moderno, pues todavía se llevaban los cerrados “a
caja” rodeados de puntillita blanca, como el que tenía mi hija. Compramos las manteletas y el delantal con
sus clásicas y brillantes lentejuelas y el aderezo, que como mujer casada fue
de “arracadas” (racimos de perlitas blancas), peinetas, medias y can-can. Para
mi traje, que consistía solo en la falda y el corpiño negro, elegimos una tela
de un damasco clásico pero poco visto, en color de rosa bordada en plata, oro y
ramilletes de colores. Un verdadero acierto que causó sensación. Compré tambien
varios juegos de cintas de seda para los lazos y escote, tanto para mi hija
como para mí, pues alternando y variando el color del lazo, cambiaba el aspecto
del traje. Para mí elegí los lazos de color granate y otros en color gris
plata. Chelo los llevaba azules y le compre otros dos juegos en color fucsia y
verde. Todos combinaban a la perfección con los colores de los trajes. No me
compré zapatos, iría con los míos de
salón negros. Teníamos en casa dos mantillas negras, la de mi madre y la de mi
tía Teresita. Estábamos arregladas.
Cuando llegó el día de la Ofrenda subimos a
casa de Maribel, una vecina que sabía peinar de valenciana y nos peinó esta vez
a las dos. Sobre las cinco de la tarde estábamos citados en el casal, que lo
teníamos entonces debajo mismo de nuestra casa, para ir recogiendo los ramos de
flores de cada una y acudir a la calle de Guillen de Castro donde estábamos
concentrados. Me había puesto como adorno un simple collar de perlas y el
escudo del Encuentro Matrimonial que me habida regalado Vicente por nuestro aniversario
y al que puse en una cadenita. Con los
ojos y los labios apenas retocados, a mis 47 años me vi guapísima, joven y atractiva. Todo el
mundo se quedó maravillado de mi ocurrencia en vestirme y sobre todo de lo
guapa que estaba. Mi hija y yo parecíamos hermanas. A partir de entonces y en
los años sucesivos empezaron a vestirse las otras esposas. La comisión femenina
enriqueció aumentando sus componentes
Las noches de la Ofrenda estábamos molidos.
Vicente sobre todo, que terminada nuestra Ofrenda, se cambiaba de ropa y se iba
a desfilar acompañando a la Fallera Mayor de Valencia con la Banda Municipal,
cerrando la Ofrenda como siempre ya entrada la madrugada. Yo esa noche no me
despeinaba. Me gustaba volver a vestirme el día de San José para bajar a la
misa de 12, donde recibía numerosos parabienes y la admiración de los Padres
Redentoristas y amigos. Me sentía feliz y nunca deje de dar gracias a Dios.
Ahora que lo miro desde la distancia de los años, me reitero en esas gracias al
Padre del cielo por todo lo bonito y bueno que hemos recibido en esta
vida. Continuamos durante los años
siguientes disfrutando de las fallas. Al tercer año mi hija tuvo una inesperada
sorpresa. Quiero destacar dentro de mis numerosos recuerdos, el del año que mi
hija fue Fallera Mayor. En marzo de 1982 Artemio su novio, la propuso en la
Junta directiva como Fallera Mayor, que aceptó de inmediato y allá que nos
comprometimos todos. ¡Fue un gran regalo!
Recuerdo que de niña y siempre desde mi
balcón, yo contemplaba toda clase de festejos y actividades falleras. Me
llamaban la atención las falleras mayores que siempre iban detrás de la
comisión femenina, solas y luciendo su garbo a los sones de la imprescindible
banda de música. Nunca me atreví a pedir a mis padres apuntarme a la falla para
llegar a ser la aplaudida FALLERA MAYOR. Ser Fallera Mayor llevaba mucho gasto
y en mi casa, no nos lo podíamos permitir. Por ese mismo motivo, cuando Artemio
nos lo comento, le dije que nos era imposible, pero él insistió en ese regalo
que quería hacer a su novia y pronto nos pusimos de acuerdo. Él se haría cargo
de la cena para todos los falleros y a los que quisiéramos invitar. Me quitó un
gran peso de encima y se lo agradecí mucho. Tambien colaboró en los regalos que
se intercambiaban las comisiones del sector. Nosotros hicimos frente a los
gastos de las cenas en el casal y el vestuario de nuestra hija. Artemio fue muy
generoso y se lo agradecí siempre, pues con su ayuda, mi hija pudo vivir en
primera persona esa sensación tan especial de ser la Reina y protagonista de
las Fiestas. Mari Chelo se lo merecía y yo sabía que ella tampoco olvidaría
nunca aquellos momentos únicos, en la juvenil historia de su propia existencia.
Me gustó y me alegré mucho de que lo pudiera vivir y disfrutar.
Lo primero que hicimos fue volver a La casa
del fallero, a ver si por casualidad les quedaba tela de la que compre yo para
mi falda y poderle así confeccionar el corpiño. Gracias a Dios les quedaba un retal
suficiente para su tamaño al que le incorporaron unas preciosas puntillas en
las mangas de farol a la usanza tradicional. Las modas iban tomando un cariz
diferente. Los trajes eran más largos y las peinetas más pequeñas. Mi falda era
suficientemente larga para su estatura y con el corpiño de la misma tela, le
quedó un traje perfecto y casi “a estrenar” con lazos nuevos del mismo color
rosa del traje. Compramos un nuevo aderezo
de arracadas para variar y unas peinetas más pequeñas. Aun quedó tela suficiente y le
hicieron los zapatos forrados a juego. Compramos tambien unas manteletas y
delantal modernos, mucho más largo que los que ya teníamos. Medias de color
crudo como las puntillas de las mangas y una mantilla grande y preciosa en el
mismo tono, para el día solemne de su Ofrenda a la Virgen. Un precioso mantón
de Manila negro bordado en mil colores y el entonces indispensable corpiño
negro para ir a la Ofrenda con un escote más amplio. En la actualidad, las
falleras Mayores tienen varios trajes, pero hace casi cuarenta años, mi hija
tuvo suficiente con dos y como estaba tan guapa a sus 19 años, con esos ojos
azules y esa carita de niña, fue una de las Falleras Mayores más guapas de toda
Valencia en aquellas fallas de marzo de 1982.
La Ofrenda de flores que comienza a las 3 de
la tarde, mantiene unos turnos rigurosos para los desfiles anuales de las
diferentes comisione, pues todas tienen su preferencia en la noche. Una vez
acaba la hora de nuestro incomparable crepúsculo azul sobre las 7 de la tarde, se
encienden las farolas y las luces de las calles cobran personalidad, irradiando
luz y calor. La indumentaria valenciana brilla con todo su esplendor con sus
lentejuelas, sus joyas y sus peinetas. Incluso los instrumentos de los
indispensables músicos suenan y brillan más. Esa es la “hora mágica” de la
Ofrenda, hasta que termina de madrugada cuando los mantones de Manila y las
mantas Morellanas para ellos, hacen su aparición ante el fresquito de la noche
levantina.
Ese año le toco a nuestra falla esa maravillosa
hora. Recuerdo a nuestra hija ataviada con su impecable traje color de rosa, su
larga mantilla hasta los pies, con sus lazos al viento y el brillo de sus
arracadas. Las luces del itinerario se reflejaban en toda ella, en sus
peinetas, en sus lentejuelas y en sus ojos. Estaba guapa y feliz camino de la
plaza de la Virgen. Cuando se llega a la calle del Miguelete y se ve la plaza
al fondo, el corazón empieza a latir más fuerte, comienza a sonar a tus
espaldas tu banda, con el pasodoble “Valencia” y por los altavoces anuncian y
resuena el nombre de la Falla y su fallera Mayor: “Falla de la Parreta, Fallera
Mayor señorita Chelo Sanz” Volví la cabeza para verla. Ya iba llorando, al
igual que yo. Quise retener en mi memoria para siempre aquel momento y en verdad,
cierro los ojos y lo consigo. Andaba airosa y sonriente a través de sus
lágrimas. No podía apretarle la mano como cuando íbamos juntas, pero apercibí
su calor cuando con un emocionado beso dejo su hermoso ramo de flores en manos
de los “vestidores de la Virgen” y levantando la cabeza musito una oración. La
magia de esa noche, de ese día y de ese año, terminaba así.
Despues vendrían otras, mientras continuara
siendo fallera, pero como esa ninguna. Es algo irrepetible que llevará en el
corazón mientras viva. Es una emoción que no se puede explicar, donde se unen
los sentimientos religiosos con los valencianos, los festivos, los falleros y
en esta ocasión me tocó a mí contemplar emocionada y de cerca, la emoción de mi
propia hija. Verla tan joven y bonita, inmersa en esa experiencia única, que no
todas las mujeres tienen el privilegio de poderlo vivir y sobre todo, porque
sabía que ella lo sentía tambien, vivía la fiesta como buena valenciana y muy
amante de nuestra Virgen. Ese tiempo fallero lo disfrutamos durante ocho años.
Poco a poco mis hijos Emilio y Vicentin se fueron cansando y se borraron de la
falla. Chelo permaneció en ella, pero un par de años después riño con Artemio y
cambio su vida. Ella y todos nosotros lo pasamos bastante mal. Fue un tiempo
difícil, pero la vida nos abrió nuevos horizontes y comenzó otra etapa en la
familia que empezaba a volar por si misma.
En diciembre de 1985 llegó a nosotros “Un
Camino Mejor” con sus convivencias y sus actividades semanales y la vida
familiar cambio de rumbo. Inesperadamente, sin imaginarlo siquiera, el país de
Guatemala llego a ser para nosotros algo cercano y maravilloso al que nuestra hija
viajó y donde se enamoró. Debido a eso, en las fallas de 1987 nos despedimos de
toda la actividad fallera y con ella de nuestra inolvidable y entrañable
Ofrenda de flores a la Virgen, para siempre. Recuerdo que mis hermanos y
sobrinos tambien se habían venido a nuestra falla y nos vestimos todos para la
ocasión, para ese momento tan especial, de verdaderas “despedidas”.
Aquella Ofrenda de 1987 sabíamos que sería la
última, pues mi hija se casaba en el mes de julio y se iba a vivir a Guatemala.
¿Cómo viví y recuerdo aquel instante? No lo sé. La recuerdo con una pena muy
grande, tal como lo recuerdo, entre lágrimas. Atrás se quedaba una etapa feliz
de mi vida, siempre en familia y disfrutando de lo que nos gustaba, nuestro ser
valenciano, pero además y sobre todo, nuestra hija se iba, dejaba su tierra, su
hogar y su familia para marchar en pos de su amor, rumbo a lo desconocido. Mi
querida hija, mi pequeña, se iba de nuestro lado, y eso no me lo podía quitar
de la mente, era una tristeza que me fue difícil de superar. Aquellos últimos
pasacalles, aquella incomparable música, aquella última Ofrenda, la Virgen recibió
con nuestros ramos de flores unos besos preñados de nostalgia y de tristeza,
pero tambien de agradecimiento y de súplicas. Aquella irrepetible y última
Ofrenda no se borró nunca de mi recuerdo.
Los trajes y zapatos quedaron guardados, los
aderezos en sus cajas, junto a su Banda de Fallera Mayor, las mantillas, las
gorgueras de encajes y fajines de los chicos, todo lo que formó parte de la
vida fallera de la familia durante unos años, quedaron dormidos para siempre en
un arcón que no se ha vuelto a abrir.
Más la vida que da tantas vueltas, iba a regalarle a mi hija una Ofrenda más. En
el 2013, después de 25 años, nuestra hija había formado una familia y vivía de
nuevo en Valencia. La falla de la Parreta celebraba sus “bodas de Oro” y
gracias a unos amigos que nos prestaron la indumentaria, pudo vestirse de nuevo
y junto a Carlos y sus hijos, VOLVER otra vez a la Ofrenda. Chelo volvió a
depositar su ramo a los pies de la Virgen, esta vez, era ella la que iba con su
familia. Sé que la embargaría la emoción, aunque esta vez no la vi ni acompañé.
Junto a Vicente mí amado esposo, estuvimos con ellos durante un trecho del
familiar recorrido, tantas veces andado y dejando atrás los acordes de nuestra
querida música, regresamos a casa. Nuestra edad ya no era la misma. Habían
pasado 26 años, Vicente estaba jubilado y la salud empezaba a resentirse.
Sin embargo, el día siguiente San José y día
del Padre, nos reunimos toda la familia en casa de Chelo y después de comer
tuvimos la gracia, el humor, la paciencia y sobre todo las ganas de “hacernos
una foto en familia” Nuestro hijo Emilio fue el encargado de hacer las fotografías
por grupos. Los ya vestidos quedaban inmortalizados, luego con sus mismas ropas,
otro grupo y otro, y así quedamos los 12 presos en su cámara de fotos. Despues
con la pericia, profesionalidad y arte que le caracterizan, la fotografía quedo
plasmada en un cuadro grande y precioso como si estuviéramos “posando” todos a
la vez. Cuadro que nos regalaron nuestros hijos y nietos como recuerdo de
nuestras recientes “Bodas de Oro” y que desde entonces preside el salón de
nuestro hogar. Un cuadro de toda la familia que éramos entonces, la nuestra:
hijos y nietos.
Nunca me cansaré da darle gracias a Dios por
tan bellos recuerdos vividos en familia. Aquella familia que formamos Vicente y
yo en Febrero de 1962, hace ahora cincuenta y nueve años.
CHELO MONDEJA
Marzo 2021
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