AMANECIENDO CONTIGO
Después del espectáculo de la “lluvia de estrellas” de las Perseidas, quedaba por descubrir algo precioso e inusual en mi vida, en nuestra vida. Contemplar “un amanecer” y un amanecer en el mar, nuestro Mediterráneo.
Emilio Samuel me lo había propuesto no hacia
demasiado tiempo, pero yo siempre le daba largas, pensando en el madrugón y
como no, en la ausencia de Vicente, mi amor.
Recién llegados de Madrid, me propusieron
salir a comer conmigo los cuatro. Fuimos al restaurante del bingo, en el
supermercado “El osito” de la Eliana, donde comimos alguna vez Vicente y yo, con Mari, ya en ausencia de Nicanor y
recientemente con Pepin y Marisa. Era el sábado día 15, la Virgen de la Asunción.
Les agradecí la invitación y el estar tan pendientes de mí. Pasaron a recogerme
después de misa de 12. Les resultó acogedor y comimos muy bien y con la
habitual armonía. A la vuelta, Emilio Samuel repitió una vez más su propuesta:
“Abuelita, ¿vienes conmigo a ver amanecer en Cullera?” y sin pensarlo dos veces
asentí. Pensé que era algo bonito que la vida, por medio de mi nieto, me
ofrecía. Pensé en las renuncias que habíamos hecho Vicente y yo a tantas
cosas…y por eso decidí aceptar encantada.
El, contento y emocionado empezó a planear la
salida. Me puso el reloj de mi móvil a las seis de la mañana y como sus padres
tambien se animaron a venir, dejó que ellos me recogieran y a su vez, le
recogiéramos a él en Silla. Así lo hicimos. A las seis y cuarto, estaban Emilio
y Mari Carmen en la puerta de casa. Lucas se quedó durmiendo. Bajé en ayunas y
con una chaqueta porque me advirtieron que haría fresco. Pasamos recogiendo a
Emilio Samuel y empezó a clarear. Mi hijo Emilio iba al volante pero no sabía
cómo llegar a Cullera. Él tenía su idea, pero los demás le señalaban otro
camino. Se les había olvidado el GPS y empezó a ponerse nervioso. El cielo se
iba tornando color de rosa y ya empezaba a tomar un tono anaranjado, pero al
final llegamos a tiempo. Despues de bastantes curvas llegamos a la cima de una
montaña, creo que le llaman “la bola” y vimos bastantes jóvenes corriendo y una
pareja que subía caminando para ver el espectáculo que se dominaba desde allá
arriba. Había fresco en verdad y Samuel iba con “chanclas”…
Emilio aparcó al borde del acantilado que
aunque había una tela metálica, resultaba bastante peligroso. Nos quedamos
extasiados contemplando el panorama. El horizonte infinito de un tono
rabiosamente naranja y el mar. Una gran extensión de mar azul, tranquilo,
maravilloso y la playa, con numerosas urbanizaciones, chalets, edificios altos
que parecían de juguete y vegetación. En el horizonte empezó a crecer un
pequeño punto de luz. Poco a poco emergía del agua una gran bola naranja, como
de fuego. Iba tornándose cada vez más fuerte su fulgor y se reflejaba en el
agua tornándola de oro. Emilio andaba aprovechado el espectáculo
inmortalizándolo con su cámara de fotos. Emilio Samuel satisfecho oía mis
exclamaciones de agrado y asombro y junto a su madre, permanecían a mi lado,
dándome calor y cariño.
Yo estaba “amaneciendo contigo”, mi amor,
pero tú no estabas “a mi lado”. No eras dado a esta clase de espectáculos.
Quizás porque habías visto bastantes en tu vida de niñez y juventud, cuando
andabas por las huertas de Alcira y Poliña. O tal vez en el ejército. El caso
es que nunca me propusiste ver un amanecer y eso que estuvimos tantos años en
la playa de Puebla durante el mes de Agosto. Tu ilusión, eso sí, era ir a
pescar. Afición que ha heredado, por ahora, tu nieto Emilio.
Vuelvo la vista atrás y recuerdo que al
principio de nuestros veranos en la Puebla de Farnals, nuestro entorno era bien
distinto del de los últimos tiempos. Nuestros apartamentos estaban
completamente equidistantes, de una parte a otra del territorio playero y
costa. Tambien había muchísimos menos, estaban en plenas construcciones de todo
lo que es hoy en la actualidad. Tampoco sospechábamos entonces que con el
tiempo nos iríamos a la otra parte de la urbanización. Prácticamente hemos
visto construir año tras año la actual playa de Puebla de Farnals. Empezamos a
veranear en el Complejo Europa, apenas entrar en Puebla. Constaba de tres
edificios medianos y una torre: “Aníbal”. Alquilamos un primer piso en “Estoril”.
Delante teníamos parte de una gran zona ajardinada con abundante césped y
chopos. A la derecha una piscina grande y otra pequeña. Había columpios y el
jardín se extendía con flores y plantas por todo el complejo. Detrás estaba la
Iglesia y un cine de verano. Tu hermano Pepin tenía un apartemente en el
edificio de atrás: “San Remo”. El tercero se llamaba “Niza”. A pocos metros por
delante, se extendía el mar azul, con una playa muy tranquila dentro del
puerto.
Recuerdo que aquél primero de agosto que
sería el segundo de nuestra historia, llegaste cansado del Certamen y las
músicas de julio y quizás un poco malhumorado conmigo. Querías desconectar
“estabas de vacaciones” y eso te daba derecho a “casi” todo. Me acuerdo que,
una vez vacío y aparcado el coche, cogiste los pertrechos de la pesca y me
dejaste plantada en el comedorcito con los niños y las maletas en derredor,
marchándote al “bracito de las ratas” como lo llamaríamos después y que
afortunadamente estaba cerca. Sentí tristeza y decepción ante tu comportamiento
egoísta. Pero afortunadamente no tardaste mucho en volver. Al ir a tirar la
caña se te cayeron del bolsillo las llaves del coche. Las viste brillar en una
piedra dentro del agua, a la luz de la luna, pero cuando bajaste a por ellas y
en tus narices, el brazo de un pulpo las cogió y te quedaste sin ellas. “Dios
te ha castigado”, te dije. Te levantaste antes del amanecer para ir en bus a
Valencia y coger las de recambio que guardaba yo en una cajita. Ni reparaste en
el amanecer, ni estaba el “horno para bollos” como para contemplarlo juntos.
Tal vez, te habrás levantado temprano en dos
o tres ocasiones en tantos años, para pescar. La afición era grande, pero a tu
comodidad y con solo el objetivo de la pesca, nada de romanticismos o estampas
bucólicas. En realidad te encantaba aprovechar las tardes e incluso alguna
noche. Y recuerdo que alguna mañana, renunciaste al baño para tirar la caña
pero nunca de madrugada. Lo que hacías durante las mañanas del baño era “hacer
gusanos”.
El amanecer tambien nos ha sorprendido muchas
veces en la carretera, cuando íbamos a Santander. Salíamos a las doce de la
noche. Tu seguro, fuerte y eficaz al volante. Nosotros confiados ciegamente en
ti, en el papa, en mi amor. Cuando amanecía abrían los bares de las carreteras.
No íbamos por las autopistas porque no estaban hechas. Entonces parábamos a
tomarte un café calentito porque refrescaba bastante y te espabilabas. Y así
veíamos amanecer, entre árboles, caseríos, puentes y poblaciones. Eso no era
“ver amanecer” eso era que “llegaba el día” y nuestro viaje terminaba. Pero tú
aguantabas siempre.
Por lo tanto, mi amor, nunca he visto
amanecer contigo de una forma tranquila, contemplando el espectáculo, cogidos
de las manos, viendo la grandeza de Dios y del paisaje. HASTA HOY. Hoy lo he
podido ver, admirar y contemplar añorándote y he agradecido a Dios la
insistencia de nuestro querido nieto Emilio Samuel, que me ha hecho, junto a
sus padres, este maravilloso regalo. Regalo que completamos con un estupendo
desayuno en El Saler. ¡Gracias, mi queridísimo nieto Emilio Samuel! Gracias
tambien en nombre del abuelito por haberme enseñado algo que nunca hizo
él. Te quiero.
Dedicado a mi querido Vicente, mi “pescaoret
de caña” que casi siempre hacia “porra” pero siguió insistiendo año tras año
sin perder la ilusión.
Dedicado a mi querido nieto Emilio Samuel por
ofrecerme ese magnífico regalo de la naturaleza.
Con todo mi amor. Agosto 2015.
Precioso relato Chelo. Un verdadero placer poder haber compartido contigo y los míos semejante grandiosidad del paisaje .Tuvo premio el madrugar
ResponderEliminarMuchas gracias Maricarmen., dicen que "al que madruga, Dios le ayuda"
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