domingo, 6 de julio de 2025

AMANECIENDO CONTIGO

AMANECIENDO CONTIGO

Después del espectáculo de la “lluvia de estrellas” de las Perseidas, quedaba por descubrir algo precioso e inusual en mi vida, en nuestra vida. Contemplar “un amanecer” y un amanecer en el mar, nuestro Mediterráneo.

Emilio Samuel me lo había propuesto no hacia demasiado tiempo, pero yo siempre le daba largas, pensando en el madrugón y como no, en la ausencia de Vicente, mi amor.

Recién llegados de Madrid, me propusieron salir a comer conmigo los cuatro. Fuimos al restaurante del bingo, en el supermercado “El osito” de la Eliana, donde comimos alguna vez  Vicente y yo, con  Mari, ya en ausencia de Nicanor y recientemente con Pepin y Marisa. Era el sábado día 15, la Virgen de la Asunción. Les agradecí la invitación y el estar tan pendientes de mí. Pasaron a recogerme después de misa de 12. Les resultó acogedor y comimos muy bien y con la habitual armonía. A la vuelta, Emilio Samuel repitió una vez más su propuesta: “Abuelita, ¿vienes conmigo a ver amanecer en Cullera?” y sin pensarlo dos veces asentí. Pensé que era algo bonito que la vida, por medio de mi nieto, me ofrecía. Pensé en las renuncias que habíamos hecho Vicente y yo a tantas cosas…y por eso decidí aceptar encantada.

El, contento y emocionado empezó a planear la salida. Me puso el reloj de mi móvil a las seis de la mañana y como sus padres tambien se animaron a venir, dejó que ellos me recogieran y a su vez, le recogiéramos a él en Silla. Así lo hicimos. A las seis y cuarto, estaban Emilio y Mari Carmen en la puerta de casa. Lucas se quedó durmiendo. Bajé en ayunas y con una chaqueta porque me advirtieron que haría fresco. Pasamos recogiendo a Emilio Samuel y empezó a clarear. Mi hijo Emilio iba al volante pero no sabía cómo llegar a Cullera. Él tenía su idea, pero los demás le señalaban otro camino. Se les había olvidado el GPS y empezó a ponerse nervioso. El cielo se iba tornando color de rosa y ya empezaba a tomar un tono anaranjado, pero al final llegamos a tiempo. Despues de bastantes curvas llegamos a la cima de una montaña, creo que le llaman “la bola” y vimos bastantes jóvenes corriendo y una pareja que subía caminando para ver el espectáculo que se dominaba desde allá arriba. Había fresco en verdad y Samuel iba con “chanclas”…

Emilio aparcó al borde del acantilado que aunque había una tela metálica, resultaba bastante peligroso. Nos quedamos extasiados contemplando el panorama. El horizonte infinito de un tono rabiosamente naranja y el mar. Una gran extensión de mar azul, tranquilo, maravilloso y la playa, con numerosas urbanizaciones, chalets, edificios altos que parecían de juguete y vegetación. En el horizonte empezó a crecer un pequeño punto de luz. Poco a poco emergía del agua una gran bola naranja, como de fuego. Iba tornándose cada vez más fuerte su fulgor y se reflejaba en el agua tornándola de oro. Emilio andaba aprovechado el espectáculo inmortalizándolo con su cámara de fotos. Emilio Samuel satisfecho oía mis exclamaciones de agrado y asombro y junto a su madre, permanecían a mi lado, dándome calor y cariño.

Yo estaba “amaneciendo contigo”, mi amor, pero tú no estabas “a mi lado”. No eras dado a esta clase de espectáculos. Quizás porque habías visto bastantes en tu vida de niñez y juventud, cuando andabas por las huertas de Alcira y Poliña. O tal vez en el ejército. El caso es que nunca me propusiste ver un amanecer y eso que estuvimos tantos años en la playa de Puebla durante el mes de Agosto. Tu ilusión, eso sí, era ir a pescar. Afición que ha heredado, por ahora, tu nieto Emilio.

Vuelvo la vista atrás y recuerdo que al principio de nuestros veranos en la Puebla de Farnals, nuestro entorno era bien distinto del de los últimos tiempos. Nuestros apartamentos estaban completamente equidistantes, de una parte a otra del territorio playero y costa. Tambien había muchísimos menos, estaban en plenas construcciones de todo lo que es hoy en la actualidad. Tampoco sospechábamos entonces que con el tiempo nos iríamos a la otra parte de la urbanización. Prácticamente hemos visto construir año tras año la actual playa de Puebla de Farnals. Empezamos a veranear en el Complejo Europa, apenas entrar en Puebla. Constaba de tres edificios medianos y una torre: “Aníbal”. Alquilamos un primer piso en “Estoril”. Delante teníamos parte de una gran zona ajardinada con abundante césped y chopos. A la derecha una piscina grande y otra pequeña. Había columpios y el jardín se extendía con flores y plantas por todo el complejo. Detrás estaba la Iglesia y un cine de verano. Tu hermano Pepin tenía un apartemente en el edificio de atrás: “San Remo”. El tercero se llamaba “Niza”. A pocos metros por delante, se extendía el mar azul, con una playa muy tranquila dentro del puerto.

Recuerdo que aquél primero de agosto que sería el segundo de nuestra historia, llegaste cansado del Certamen y las músicas de julio y quizás un poco malhumorado conmigo. Querías desconectar “estabas de vacaciones” y eso te daba derecho a “casi” todo. Me acuerdo que, una vez vacío y aparcado el coche, cogiste los pertrechos de la pesca y me dejaste plantada en el comedorcito con los niños y las maletas en derredor, marchándote al “bracito de las ratas” como lo llamaríamos después y que afortunadamente estaba cerca. Sentí tristeza y decepción ante tu comportamiento egoísta. Pero afortunadamente no tardaste mucho en volver. Al ir a tirar la caña se te cayeron del bolsillo las llaves del coche. Las viste brillar en una piedra dentro del agua, a la luz de la luna, pero cuando bajaste a por ellas y en tus narices, el brazo de un pulpo las cogió y te quedaste sin ellas. “Dios te ha castigado”, te dije. Te levantaste antes del amanecer para ir en bus a Valencia y coger las de recambio que guardaba yo en una cajita. Ni reparaste en el amanecer, ni estaba el “horno para bollos” como para contemplarlo juntos.

Tal vez, te habrás levantado temprano en dos o tres ocasiones en tantos años, para pescar. La afición era grande, pero a tu comodidad y con solo el objetivo de la pesca, nada de romanticismos o estampas bucólicas. En realidad te encantaba aprovechar las tardes e incluso alguna noche. Y recuerdo que alguna mañana, renunciaste al baño para tirar la caña pero nunca de madrugada. Lo que hacías durante las mañanas del baño era “hacer gusanos”.

El amanecer tambien nos ha sorprendido muchas veces en la carretera, cuando íbamos a Santander. Salíamos a las doce de la noche. Tu seguro, fuerte y eficaz al volante. Nosotros confiados ciegamente en ti, en el papa, en mi amor. Cuando amanecía abrían los bares de las carreteras. No íbamos por las autopistas porque no estaban hechas. Entonces parábamos a tomarte un café calentito porque refrescaba bastante y te espabilabas. Y así veíamos amanecer, entre árboles, caseríos, puentes y poblaciones. Eso no era “ver amanecer” eso era que “llegaba el día” y nuestro viaje terminaba. Pero tú aguantabas siempre.

Por lo tanto, mi amor, nunca he visto amanecer contigo de una forma tranquila, contemplando el espectáculo, cogidos de las manos, viendo la grandeza de Dios y del paisaje. HASTA HOY. Hoy lo he podido ver, admirar y contemplar añorándote y he agradecido a Dios la insistencia de nuestro querido nieto Emilio Samuel, que me ha hecho, junto a sus padres, este maravilloso regalo. Regalo que completamos con un estupendo desayuno en El Saler. ¡Gracias, mi queridísimo nieto Emilio Samuel! Gracias tambien en nombre del abuelito por haberme enseñado algo que nunca hizo él.  Te quiero.

Dedicado a mi querido Vicente, mi “pescaoret de caña” que casi siempre hacia “porra” pero siguió insistiendo año tras año sin perder la ilusión.

Dedicado a mi querido nieto Emilio Samuel por ofrecerme ese magnífico regalo de la naturaleza.

Con todo mi amor. Agosto 2015.

2 comentarios:

  1. Precioso relato Chelo. Un verdadero placer poder haber compartido contigo y los míos semejante grandiosidad del paisaje .Tuvo premio el madrugar

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  2. Muchas gracias Maricarmen., dicen que "al que madruga, Dios le ayuda"

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