martes, 12 de noviembre de 2024

EL REY SALMONIN


LA  PRINCESITA  PEZ 
 

“Erase una vez, en un lugar remoto al pie de unos escarpados montes, se alzaba un majestuoso castillo, rodeado de frondosos bosques, prados y flores. Desde lo alto de sus montañas bajaba un gran rio que desembocaba en el océano. La inconfundible y lejana línea del mar azul, rodeaba parte del territorio.

En el hermoso castillo vivía la princesita Oiko con su padre el rey. Su madre, la reina más hermosa del país se había muerto cuando nació la dulce princesa de los ojos color del cielo. La Reina había dejado su casa en otro reino lejano para unirse a nuestro Rey porque lo amaba, pero nunca olvidó su patria y su querido hogar a orillas del mar. A la reina le fascinaba el mar y todos los días se bañaba en sus cálidas aguas. El rey se quedó muy triste cuando la reina murió y desde entonces su único amor era su hija, la princesita.

A medida que crecía, la princesita se interesaba más y más por esa cinta de plata que veía brillar desde las altas ventanas del castillo.  En cuanto cumplió la mayoría de edad, le pidió a su padre que le llevara hasta allí para ver el mar. Ese mar que le gustaba tanto a su madre y del que copio el color de sus ojos.  Quedó tan maravillada de lo que vio, que a partir de entonces pidió al rey la dejase ir todos los días a bañarse en sus aguas, como lo hiciera su madre en su país.

Una tarde observo un gran banco de salmones que luchaban contra corriente intentando remontar el gran rio que desembocaba allí mismo. Le hizo gracia contemplar sus esfuerzos. Eran valientes y fuertes y lograban desafiar la  fuerza del agua nadando con ímpetu rio arriba. La princesita Oiko estaba fascinada. De pronto se fijó que uno de los salmones llevaba una diminuta coronita de plata que no perdió ni se le cayó en ningún momento. El pez se dio cuenta y volviendo atrás le pregunto ¿quieres venirte conmigo princesa? Oiko no contestó y se apartó asustada de la orilla. El salmón siguió su camino un tanto apenado. La princesa se froto los ojos pensando que aquello había sido una ilusión de su mente.

La princesa estaba cada vez más enamorada del mar. Cada día bajaba más temprano y permanecía más tiempo sentada en las rocas contemplando su maravilloso color azul con sus olas tan cambiantes y bellas. No tenía ningún temor ante sus embestidas espumosas y sentía una atracción misteriosa cada vez más fuerte. Allí sentada frente al mar entonaba bellas canciones y componía versos. Sin saber cómo había ocurrido, el amor había nacido dentro de ella.

Transcurrió un largo año y llegó el tiempo en que los salmones volvieron a remontar la corriente para desovar. Inconscientemente buscó entre ellos al dorado y bello salmón portador de la coronita de plata. El pez tambien la vio y volvió a preguntarle ¿te quieres venir conmigo princesa? Esta vez y sin apenas ser consciente de lo que hacía, Oiko se despojó de su capa de armiño y de su corona y salto a las aguas. Inmediatamente se  convirtió en pez y al lado del Rey Salmonin  se hundieron juntos en las profundidades marinas. Había encontrado al amor de su vida.

Lo que la princesa contempló al sumergirse en aquellas aguas que tanto la atraían, fue maravilloso. Un gran castillo de cristal con todos los colores del arco iris, que recibía del sol a través de las aguas, la esperaba. Estaba adornado de grandes flores de anemonas de colores y plantaciones de coral escarlata. Numerosos bancos de pececillos de todos los tamaños y colores bullían a su alrededor. Cuando su amado Rey Salmonin la introdujo en aquel magnifico castillo, le explico que él era un príncipe de la tierra sometido  al hechizo que una malvada bruja le hizo al nacer. El hechizo solo sería roto si una bella princesa accedía a ir con él al reino marino, a las profundidades del mar. Cumplido esto, cuando volvieran a la superficie, se habría roto el encantamiento y dejando la apariencia de pez sería otra vez humana  y a la vez su amada esposa.

Cuando Oiko escucho esto se sintió profundamente feliz pues no podía olvidar a su anciano padre y la pena que estaría sintiendo éste ante su desaparición. Efectivamente cuando la princesita desapareció, el Rey quedó consternado y se sumió en una profunda tristeza que no sabía cómo soportar. Ahora era él, quien bajaba todos los días a la playa, a la desembocadura del gran rio, esperando que su amada hija volviera algún día a su lado.

Sus lágrimas y sus súplicas tuvieron respuesta y al año siguiente cuando volvieron los salmones a remontar el rio, vio asombrado como dos de ellos se acercaron su lado hasta la orilla, y dando un fuerte empujón saltaron del agua. Inmediatamente se transformaron delante de sus atónitos ojos en dos jóvenes. Eran su amada hija, la princesita Oiko y su apuesto enamorado, el Rey Salmonin que dejo su nombre marino para tomar el suyo verdadero: Serkan. La princesa emocionada abrazó fuertemente a su padre y le conto todo lo sucedido.  El recuerdo de su madre la llevo a su amor por el mar y allí nació su propio amor a un príncipe desconocido pero que presentía. Esa experiencia nunca la olvidaría. El rey lo comprendió y acepto de buen grado. Al fin y al cabo su amada hija había vuelto a su lado y eso le bastaba. Entonces  les dio su bendición.

Se instalaron a vivir en el castillo junto a su padre y desde entonces vivieron felices a orillas del mar, en contacto con sus aguas todos los días de su vida, haciendo la felicidad de su anciano padre el rey y bendiciendo su unión con el nacimiento de dos lindos principitos.

CHELO MONDEJA

 

Dedicado a mi amada hija Mari Chelo, en el verano de 2016

No hay comentarios:

Publicar un comentario

12 AGOSTO 2025

  12 AGOSTO. MI 84 CUMPLEAÑOS     (El corazón de una madre)   Querido Vicente, amor mío: Con la luna redonda y llena sobre el mar, las p...