LA PRINCESITA
PEZ
“Erase una vez, en un lugar remoto al pie de
unos escarpados montes, se alzaba un majestuoso castillo, rodeado de frondosos
bosques, prados y flores. Desde lo alto de sus montañas bajaba un gran rio que
desembocaba en el océano. La inconfundible y lejana línea del mar azul, rodeaba
parte del territorio.
En el hermoso castillo vivía la princesita
Oiko con su padre el rey. Su madre, la reina más hermosa del país se había
muerto cuando nació la dulce princesa de los ojos color del cielo. La Reina
había dejado su casa en otro reino lejano para unirse a nuestro Rey porque lo
amaba, pero nunca olvidó su patria y su querido hogar a orillas del mar. A la
reina le fascinaba el mar y todos los días se bañaba en sus cálidas aguas. El
rey se quedó muy triste cuando la reina murió y desde entonces su único amor
era su hija, la princesita.
A medida que crecía, la princesita se
interesaba más y más por esa cinta de plata que veía brillar desde las altas
ventanas del castillo. En cuanto cumplió
la mayoría de edad, le pidió a su padre que le llevara hasta allí para ver el
mar. Ese mar que le gustaba tanto a su madre y del que copio el color de sus
ojos. Quedó tan maravillada de lo que vio,
que a partir de entonces pidió al rey la dejase ir todos los días a bañarse en
sus aguas, como lo hiciera su madre en su país.
Una tarde observo un gran banco de salmones
que luchaban contra corriente intentando remontar el gran rio que desembocaba
allí mismo. Le hizo gracia contemplar sus esfuerzos. Eran valientes y fuertes y
lograban desafiar la fuerza del agua
nadando con ímpetu rio arriba. La princesita Oiko estaba fascinada. De pronto
se fijó que uno de los salmones llevaba una diminuta coronita de plata que no
perdió ni se le cayó en ningún momento. El pez se dio cuenta y volviendo atrás
le pregunto ¿quieres venirte conmigo princesa? Oiko no contestó y se apartó
asustada de la orilla. El salmón siguió su camino un tanto apenado. La princesa
se froto los ojos pensando que aquello había sido una ilusión de su mente.
La princesa estaba cada vez más enamorada del
mar. Cada día bajaba más temprano y permanecía más tiempo sentada en las rocas
contemplando su maravilloso color azul con sus olas tan cambiantes y bellas. No
tenía ningún temor ante sus embestidas espumosas y sentía una atracción
misteriosa cada vez más fuerte. Allí sentada frente al mar entonaba bellas
canciones y componía versos. Sin saber cómo había ocurrido, el amor había
nacido dentro de ella.
Transcurrió un largo año y llegó el tiempo en
que los salmones volvieron a remontar la corriente para desovar.
Inconscientemente buscó entre ellos al dorado y bello salmón portador de la
coronita de plata. El pez tambien la vio y volvió a preguntarle ¿te quieres
venir conmigo princesa? Esta vez y sin apenas ser consciente de lo que hacía,
Oiko se despojó de su capa de armiño y de su corona y salto a las aguas.
Inmediatamente se convirtió en pez y al
lado del Rey Salmonin se hundieron
juntos en las profundidades marinas. Había encontrado al amor de su vida.
Lo que la princesa contempló al sumergirse en
aquellas aguas que tanto la atraían, fue maravilloso. Un gran castillo de
cristal con todos los colores del arco iris, que recibía del sol a través de
las aguas, la esperaba. Estaba adornado de grandes flores de anemonas de colores
y plantaciones de coral escarlata. Numerosos bancos de pececillos de todos los
tamaños y colores bullían a su alrededor. Cuando su amado Rey Salmonin la
introdujo en aquel magnifico castillo, le explico que él era un príncipe de la
tierra sometido al hechizo que una
malvada bruja le hizo al nacer. El hechizo solo sería roto si una bella
princesa accedía a ir con él al reino marino, a las profundidades del mar.
Cumplido esto, cuando volvieran a la superficie, se habría roto el encantamiento
y dejando la apariencia de pez sería otra vez humana y a la vez su amada esposa.
Cuando Oiko escucho esto se sintió
profundamente feliz pues no podía olvidar a su anciano padre y la pena que
estaría sintiendo éste ante su desaparición. Efectivamente cuando la princesita
desapareció, el Rey quedó consternado y se sumió en una profunda tristeza que
no sabía cómo soportar. Ahora era él, quien bajaba todos los días a la playa, a
la desembocadura del gran rio, esperando que su amada hija volviera algún día a
su lado.
Sus lágrimas y sus súplicas tuvieron
respuesta y al año siguiente cuando volvieron los salmones a remontar el rio, vio
asombrado como dos de ellos se acercaron su lado hasta la orilla, y dando un
fuerte empujón saltaron del agua. Inmediatamente se transformaron delante de
sus atónitos ojos en dos jóvenes. Eran su amada hija, la princesita Oiko y su
apuesto enamorado, el Rey Salmonin que dejo su nombre marino para tomar el suyo
verdadero: Serkan. La princesa emocionada abrazó fuertemente a su padre y le
conto todo lo sucedido. El recuerdo de
su madre la llevo a su amor por el mar y allí nació su propio amor a un
príncipe desconocido pero que presentía. Esa experiencia nunca la olvidaría. El
rey lo comprendió y acepto de buen grado. Al fin y al cabo su amada hija había
vuelto a su lado y eso le bastaba. Entonces les dio su bendición.
Se instalaron a vivir en el castillo junto a
su padre y desde entonces vivieron felices a orillas del mar, en contacto con
sus aguas todos los días de su vida, haciendo la felicidad de su anciano padre
el rey y bendiciendo su unión con el nacimiento de dos lindos principitos.
CHELO MONDEJA
Dedicado a mi amada hija Mari Chelo, en el verano de 2016
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