martes, 12 de noviembre de 2024

MONTAÑAS ROCOSAS

 

LOS ZORROS PLATEADOS

 

Esta hermosa leyenda ocurrió hace muchos, muchos años:

Érase una vez, en las intrincadas Montañas Rocosas del Canadá, casi inaccesibles para el ser humano, se encontraron  varias familias de zorros, los cuales tenían un pelaje distinto a los del resto de su especie. Eran la admiración de los demás animales que los respetaban y aunque competían con ellos para ganarse el sustento, cada uno respetaba el territorio del otro. Nadie sabía el porqué de su diferente color, ni el cómo y cuándo habían cambiado.

La historia empieza así de esta manera: Ocurrió que un día de primavera allá en las montañas Yak y Alina, una pareja joven de zorros, decidió formar su propio hogar. Se habían despedido de sus respectivas familias, aquellas camadas inolvidables donde habían nacido y con el bagaje de todo lo aprendido con sus padres, marcharon al encuentro de una vida solo para ellos dos, como lo suele hacer cualquier joven que desea independizarse y probar suerte. Sus padres les habían dicho que se cuidaran mutuamente y especialmente del hombre. El “hombre” era un ser que caminaba erguido sobre sus dos patas traseras y que siempre llevaba un artefacto en las manos que tiraba fuego y mataba. Y no mataba para comer, como hacen todos los animales, mataba para vender sus hermosas pieles. En varias ocasiones habían visto tirados en la tundra animales desollados muertos de frio o inertes sobre la blanca y fría nieve.

Debajo de un hermoso macizo, protegido con obscuras rocas, se prepararon su madriguera con abundantes y mullidas hojas secas, dispuestos a formar con el tiempo, su propia familia. Yak era bastante astuto como buen zorro y junto a su encantadora Alina, buscaban senderos ocultos y diferentes para evitar en lo posible encontrarse con el temido “hombre”. Cada mañana  dejaban  sus altas montañas y bajaban a los verdes y frondosos valles para encontrar algún ratoncillo o pajarillo que llevarse a la boca. Los cazaban rápidamente por detrás, no les gustaba ver sus caritas de miedo porque entonces eran incapaces de cazarlos. Pero era la ley de los animales, cazar para sobrevivir.

Una noche regresando a su guarida, de repente el cielo se quedó negro. Nevaba tan intensamente que no encontraban el lugar exacto por donde poder subir a sus montañas. Le nieve se acumuló tanto que no podían caminar, sus patas eran demasiado cortas y la nevada amenazaba con sepultarles. Yak y Alina temblaban de frio, cuando de pronto vieron un resplandor. Pensaron que eran cazadores y les entro un  pánico terrible. Pusieron atención. No olía a humo, ni se sentía el calor del fuego. No era un campamento de hombres. Entonces ¿Qué era aquel resplandor?

Tuvieron que andar un buen trecho hasta llegar a un antiguo cráter que estaba cubierto de maleza y nieve blanda, recién caída. Se asomaron con cuidado y se sintieron envueltos en un tenue resplandor plateado. Allá en el fondo había algo, era como una gran bola blanca, muy grande, perfecta y luminosa en extremo. Dentro de ella había una doncella. Una frágil muchacha bella como el sol, blanca como la nieve y de pelo oscuro como la noche. Yacía inerte con sus bellos ojos cerrados. Yak y Alina no salían de su asombro. ¿Qué era aquello? ¿Quién era esa joven tan hermosa? Tenían que bajar para ayudarla y no lo pensaron dos veces. Al llegar a la gran bola blanca comprobaron que tenía fácil acceso al interior y penetraron dentro de ella para poder contemplar y ayudar a la bella dama. La joven abrió sus grandes ojos azules obscuros, del color del cielo cuando llega la noche.

Los zorros le dijeron: No te asustes, somos Yak y Alina, ¿Quién eres tú?

Yo soy Luna Blanca y me he caído del cielo. La abundante nieve me empujo tanto y tan fuerte que he perdido el equilibrio y me he precipitado a la tierra. Me he asustado mucho  pero ya se dónde estoy pues he pasado mi vida dando vueltas alrededor de ella. Nunca pensé que estaría alguna vez entre sus bellos bosques y montañas. Mas  no sé cómo voy a poder volver a subir allá arriba otra vez.

Los zorros no salían de su asombro. Aquella bola blanca tan lejana en el cielo, que les iluminaba y les enviaba su luz y calor en las noches frías invernales  y tambien en los anocheceres cálidos y maravillosos de primavera era la Luna y estaba ahora allí, delante de ellos necesitando su ayuda.

Primero tienes que descansar un poco y luego pensaremos, dijo Yak muy resuelto. Alina le acaricio los cabellos y se recostó a su lado para darle su calor. La gran bola blanca que parcia de cristal, les protegía de la nieve que continuaba cayendo en abundancia. Lo imprescindible era que dejase de nevar. A la mañana siguiente el cielo continuaba encapotado y gris, pero la nevada daba una tregua que aprovecharon para salir del cráter y evaluar la situación. Pensaron que lo mejor sería esperar a que la nieve se endureciera para así poder hacer rodar la gran esfera luminosa sobre ella y arrastrarla hasta sus montañas.

Blanca Luna los miraba con ternura. Los pequeños animales se estaban esforzando mucho para poder ayudarla y esa noble actitud la conmovía. Llegada la tarde Yak comprobó que las gélidas temperaturas habían endurecido la nieve lo suficiente como para poder deslizar a  Blanca Luna sobre ella. Dicho y hecho. La pareja de nuestra leyenda comenzó a empujar y empujar hacia arriba sin parar sobre el sendero blanco del camino. Tenían por delante unas horas hasta que anocheciera y no había tiempo que perder.

Yak y Alina emplearon todas sus fuerzas en empujar incansablemente y por fin  lograron llegar a la cima de un gran macizo montañoso donde parecía que el cielo estaba más cerca. El sol brillaba en su ocaso y enviaba su potente luz sobre la tierra. Esa luz daría calor y fuerza suficiente para ayudar a Luna Blanca a  ascender hacia arriba.

Llegó el momento ansiado de que la luna volviera a su lugar. Luna Blanca se despidió de ellos con lágrimas en sus ojos. Nunca olvidaría el gran favor que le habían hecho aquellos hermosos y gentiles animales. Los abrazó y acaricio largamente y en aquellas caricias les dejó impregnada su plateada luz sobre sus lomos, como un gran regalo para que no la olvidaran nunca. Los zorros se habían llenado de luna y su pelaje de plata les acompañaría siempre de generación en generación solo y únicamente a los descendientes de Yak y Alina. La luna ocupó rápidamente su lugar habitual en el cielo entre las estrellas y comenzó e proyectar de nuevo, su cálida y plateada luz sobre la tierra.

Desde entonces le luna brilla cada noche de invierno muy especialmente sobre las Montañas Rocosas del Canadá y sonríe cuando ve caminando entre sus prados a sus amigos, los bondadosos e inestimables zorros plateados.

 

Esta es la leyenda que  leí y dibuje más de una vez en mi infancia, disfrutando de mis queridos cuentos de Colección Campanillas y que aquí dejo por si alguna vez alguien la quiere leer.

CHELO MONDEJA

27 Septiembre 2020

NOTA: Dedicado hoy a mi nieto Emilio Samuel en su 28 cumpleaños y a mi hijo Vicentin incansable caminante entre sus montañas madrileñas.

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