LOS ZORROS PLATEADOS
Esta
hermosa leyenda ocurrió hace muchos, muchos años:
Érase una vez, en las intrincadas Montañas
Rocosas del Canadá, casi inaccesibles para el ser humano, se encontraron varias familias de zorros, los cuales tenían
un pelaje distinto a los del resto de su especie. Eran la admiración de los
demás animales que los respetaban y aunque competían con ellos para ganarse el
sustento, cada uno respetaba el territorio del otro. Nadie sabía el porqué de
su diferente color, ni el cómo y cuándo habían cambiado.
La historia empieza así de esta manera: Ocurrió
que un día de primavera allá en las montañas Yak y Alina, una pareja joven de
zorros, decidió formar su propio hogar. Se habían despedido de sus respectivas
familias, aquellas camadas inolvidables donde habían nacido y con el bagaje de
todo lo aprendido con sus padres, marcharon al encuentro de una vida solo para
ellos dos, como lo suele hacer cualquier joven que desea independizarse y probar
suerte. Sus padres les habían dicho que se cuidaran mutuamente y especialmente
del hombre. El “hombre” era un ser que caminaba erguido sobre sus dos patas traseras
y que siempre llevaba un artefacto en las manos que tiraba fuego y mataba. Y no
mataba para comer, como hacen todos los animales, mataba para vender sus
hermosas pieles. En varias ocasiones habían visto tirados en la tundra animales
desollados muertos de frio o inertes sobre la blanca y fría nieve.
Debajo de un hermoso macizo, protegido con
obscuras rocas, se prepararon su madriguera con abundantes y mullidas hojas
secas, dispuestos a formar con el tiempo, su propia familia. Yak era bastante
astuto como buen zorro y junto a su encantadora Alina, buscaban senderos
ocultos y diferentes para evitar en lo posible encontrarse con el temido
“hombre”. Cada mañana dejaban sus altas montañas y bajaban a los verdes y
frondosos valles para encontrar algún ratoncillo o pajarillo que llevarse a la
boca. Los cazaban rápidamente por detrás, no les gustaba ver sus caritas de
miedo porque entonces eran incapaces de cazarlos. Pero era la ley de los
animales, cazar para sobrevivir.
Una noche regresando a su guarida, de repente
el cielo se quedó negro. Nevaba tan intensamente que no encontraban el lugar
exacto por donde poder subir a sus montañas. Le nieve se acumuló tanto que no
podían caminar, sus patas eran demasiado cortas y la nevada amenazaba con
sepultarles. Yak y Alina temblaban de frio, cuando de pronto vieron un resplandor.
Pensaron que eran cazadores y les entro un pánico terrible. Pusieron atención. No olía a
humo, ni se sentía el calor del fuego. No era un campamento de hombres.
Entonces ¿Qué era aquel resplandor?
Tuvieron que andar un buen trecho hasta
llegar a un antiguo cráter que estaba cubierto de maleza y nieve blanda, recién
caída. Se asomaron con cuidado y se sintieron envueltos en un tenue resplandor
plateado. Allá en el fondo había algo, era como una gran bola blanca, muy
grande, perfecta y luminosa en extremo. Dentro de ella había una doncella. Una
frágil muchacha bella como el sol, blanca como la nieve y de pelo oscuro como
la noche. Yacía inerte con sus bellos ojos cerrados. Yak y Alina no salían de
su asombro. ¿Qué era aquello? ¿Quién era esa joven tan hermosa? Tenían que
bajar para ayudarla y no lo pensaron dos veces. Al llegar a la gran bola blanca
comprobaron que tenía fácil acceso al interior y penetraron dentro de ella para
poder contemplar y ayudar a la bella dama. La joven abrió sus grandes ojos
azules obscuros, del color del cielo cuando llega la noche.
Los zorros le dijeron: No te asustes, somos
Yak y Alina, ¿Quién eres tú?
Yo soy Luna Blanca y me he caído del cielo.
La abundante nieve me empujo tanto y tan fuerte que he perdido el equilibrio y
me he precipitado a la tierra. Me he asustado mucho pero ya se dónde estoy pues he pasado mi vida
dando vueltas alrededor de ella. Nunca pensé que estaría alguna vez entre sus
bellos bosques y montañas. Mas no sé cómo
voy a poder volver a subir allá arriba otra vez.
Los zorros no salían de su asombro. Aquella
bola blanca tan lejana en el cielo, que les iluminaba y les enviaba su luz y
calor en las noches frías invernales y
tambien en los anocheceres cálidos y maravillosos de primavera era la Luna y
estaba ahora allí, delante de ellos necesitando su ayuda.
Primero tienes que descansar un poco y luego
pensaremos, dijo Yak muy resuelto. Alina le acaricio los cabellos y se recostó
a su lado para darle su calor. La gran bola blanca que parcia de cristal, les
protegía de la nieve que continuaba cayendo en abundancia. Lo imprescindible
era que dejase de nevar. A la mañana siguiente el cielo continuaba encapotado y
gris, pero la nevada daba una tregua que aprovecharon para salir del cráter y
evaluar la situación. Pensaron que lo mejor sería esperar a que la nieve se
endureciera para así poder hacer rodar la gran esfera luminosa sobre ella y
arrastrarla hasta sus montañas.
Blanca Luna los miraba con ternura. Los
pequeños animales se estaban esforzando mucho para poder ayudarla y esa noble
actitud la conmovía. Llegada la tarde Yak comprobó que las gélidas temperaturas
habían endurecido la nieve lo suficiente como para poder deslizar a Blanca Luna sobre ella. Dicho y hecho. La pareja
de nuestra leyenda comenzó a empujar y empujar hacia arriba sin parar sobre el
sendero blanco del camino. Tenían por delante unas horas hasta que anocheciera
y no había tiempo que perder.
Yak y Alina emplearon todas sus fuerzas en
empujar incansablemente y por fin lograron llegar a la cima de un gran macizo
montañoso donde parecía que el cielo estaba más cerca. El sol brillaba en su
ocaso y enviaba su potente luz sobre la tierra. Esa luz daría calor y fuerza
suficiente para ayudar a Luna Blanca a ascender
hacia arriba.
Llegó el momento ansiado de que la luna
volviera a su lugar. Luna Blanca se despidió de ellos con lágrimas en sus ojos.
Nunca olvidaría el gran favor que le habían hecho aquellos hermosos y gentiles
animales. Los abrazó y acaricio largamente y en aquellas caricias les dejó
impregnada su plateada luz sobre sus lomos, como un gran regalo para que no la
olvidaran nunca. Los zorros se habían llenado de luna y su pelaje de plata les
acompañaría siempre de generación en generación solo y únicamente a los
descendientes de Yak y Alina. La luna ocupó rápidamente su lugar habitual en el
cielo entre las estrellas y comenzó e proyectar de nuevo, su cálida y plateada
luz sobre la tierra.
Desde entonces le luna brilla cada noche de
invierno muy especialmente sobre las Montañas Rocosas del Canadá y sonríe
cuando ve caminando entre sus prados a sus amigos, los bondadosos e
inestimables zorros plateados.
Esta es la leyenda que leí y dibuje más de una vez en mi infancia,
disfrutando de mis queridos cuentos de Colección Campanillas y que aquí dejo
por si alguna vez alguien la quiere leer.
CHELO MONDEJA
27 Septiembre 2020
NOTA: Dedicado hoy a mi nieto Emilio Samuel en su 28 cumpleaños y a mi hijo Vicentin incansable caminante entre sus montañas madrileñas.
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