EL CUMPLEAÑOS DE LA
LUNA
La Luna lunera, cumplía años aquel día.
¿Cuántos cumpliría la Luna? Mil, diez mil, un millón, ¡muchos más! Nadie lo
sabía. Estaba en el cielo desde la Creación del mundo por nuestro Padre Dios,
lo mismo que su compañero el Sol. Dios los puso ahí para señalar y diferenciar
el día y la noche. Cada uno tenía su quehacer. El Sol para dar luz y calor a la
humanidad, para alimentar la tierra y que ésta diera sus frutos y para darnos
la alegría de la luz. La Luna para iluminar la oscuridad, alumbrar a los
peregrinos y caminantes de la noche y a los pastores que cuidan sus rebaños. Pero
tantos y tantos años haciendo lo mismo estaban un poco cansados, eran muy
ancianitos.
El Sol quería mucho a su compañera, era como
su esposa y en las noches de luna llena se esforzaba en enviarle toda la luz
que podía para que brillara preciosa sobre el mar, los bosques y las montañas.
La Luna y el Sol consideraban a todas las estrellas como si fueran sus hijas,
pues las estrellas están en constante crecimiento. Algunas se quedan en los
“agujeros negros” pero otras nacen y son “nuevas estrellas”
Los planetas eran todos amigos y también muy
viejecitos pero se encontraban muy fuertes y seguían rodando sin parar entre risas, alrededor del Padre
Sol.
Aquel año habían decidido todos, celebrar de
una manera especial el cumpleaños de la Abuela Luna. Una noche de luna nueva, cuando la luna
duerme oculta por varias noches, se reunieron debajo de las nubes más obscuras
del firmamento para preparar la fiesta. Lo primero era hacer invitaciones para todos los habitantes del cielo, grandes
y pequeños. Las hicieron entre el planeta Venus y el planeta Marte que eran muy
artistas y se encargó de repartirlas el planeta Mercurio que era pequeño, ágil
y corría mucho. No tenían demasiado tiempo. Después nombraron grupos de
estrellas para bajar a la tierra a coger flores y hacer guirnaldas para decorar
todos los rincones de la bóveda celeste. Los angelitos pequeños empezaron a
ensayas sus coros y sacar brillo a los instrumentos.
Júpiter el más grande de todos los planetas,
daba órdenes a diestro y siniestro y le mandó a Saturno limpiara bien sus
anillos. Todos corrían de acá para allá, llevando bandejas, copas y luces de
colores que sacaron del cajón donde se guardaban para la Navidad.
La Luna contemplaba todo aquel jaleo y estaba
bastante intrigada. Les oía cuchichear en grupitos y pregunto a una estrella
qué es lo que estaba pasando, pero la estrellita no le dijo nada. Se excusó
echándose a reír y salió volando. Muchas estrellas venían de la otra parte del
firmamento porque habían recibido las invitaciones que repartió Mercurito y
todas traían algún regalo envuelto en papeles bonitos y brillantes. A los dos
días estaba todo preparado y listo para la noche, que es cuando todos los
astros lucen sus mejores galas y brillan más. El Sol estaba decidido a que
aquella fiesta fuera inolvidable para la anciana compañera de sus paseos
estelares.
Esa noche, la luna llena brillaba en todo su
esplendor y todos los moradores celestes se situaron a su alrededor. Hasta la
Vía Láctea intentaba señalar el camino para que algún despistado no llegara
tarde. Comenzaron los angelitos a tocar el arpa y las trompetas. Otros violines
y trompas y otros más grandotes aporreaban los tambores. Las estrellas más
jóvenes salieron a bailar a la pista improvisada entre nubes azules y blancas
como si fueran de algodón. Los demás cantaban y daban palmas. De pronto se
formó una gran fila de todos los que iban llegando con regalos acercándose poco a poco hasta la Abuela Luna
para entregárselos. El Sol muy serio puso orden en aquel barullo. La Luna lo
miraba sonriendo comprendiendo al final que todo aquel jaleo era por y para
ella. Tranquila y sonriente daba gracias y para
todos tenía una palabra de cariño.
En la tierra, un grupo de hadas se había
percatado del gran número de estrellas que bajaba y subía llevándose flores de
los jardines más bonitos del planeta y les preguntaron qué pasaba. Al
explicárselos las estrellas, decidieron acudir tambien a la fiesta. Se pusieron
sus trajes más lindos, flores en el pelo, polvo de estrellas en sus alas y con
sus baritas mágicas en la mano se incorporaron a la fiesta poniéndose en la
fila de los regalos. Ellas llevaban a la Abuela Luna perfumes del mar y de los
bosques en unos diminutos jarritos de cristal de oro. Sabían que a la Abuela
Luna le gustaban esos perfumes, pues cuando pasea por el cielo haciendo su
recorrido nocturno, deja caer su aroma sobre el mar, las montañas y ciudades
para deleite de todos los caminantes y enamorados que la esperan.
De pronto, una de las hadas se percató de que
en un rinconcito, debajo de una guirnalda de flores, una pequeña estrellita
estaba llorando. Se acercó y le pregunto qué le pasaba. La estrellita muy
triste le dijo que lloraba porque ella no tenía ningún regalo para la Abuela
Luna. Esa abuelita buena que la ayudó cuando se le fundió una de sus puntas y
ella le presto su luz. Esa abuelita buena que la cogía de la mano para
enseñarle el recorrido del cielo que le habían asignado. Esa abuelita tan buena
con todos y ella ahora no llevaba nada para ofrecerle. El hada se sonrió y le
dijo que extendiera las manos. La estrellita obedeció, las tocó con su barita
mágica y al momento tenía en ellas una magnífica tarta de cumpleaños, llena de
velitas de oro y plata para la Abuelita Luna. La estrellita dejó de llorar y
muy feliz dio las gracias al hada que siguió su camino contenta en la fila de
los regalos.
El padre Sol que había presenciado la escena
se acercó a la estrellita y la llevo consigo de la mano hasta donde estaba la
abuela Luna sin hacer cola. Las velitas
estaban encendidas y se iban a consumir. Cuando llegó donde estaba la anciana
le canto el cumpleaños feliz y todos lo cantaron con ella acompañadas por los
angelitos. La abuelita soplo las velas, Eran tantas que apenas tenía fuerzas.
Entonces el Sol soplo con ella y la Estrella Polar se encargó de repartir la
tarta que milagrosamente cundía y cundía y no se terminaba nunca. Hubo para
todos, hasta para los pajarillos que revoloteaban curiosos por allí. La abuela
Luna sentó a la estrellita a su lado y la llamó su Dama.
Poco después la luna cerró sus ojos y se
dispuso a dormir, la noche terminaba y tenía que dejar paso al sol. Había sido
el cumpleaños más feliz de su larga vida, y tocaba reponer fuerzas, pues aún le
quedaban por delante caminar algunos siglos más.
El sol sacudió su cabellera de oro, mandó que
se retiraran las nubes matutinas y empezó a asomar la nariz por encima del mar.
Estaba muy contento y se sentía fuerte y joven. Desafiando los vientos y
tormentas extendió toda su luz sobre la tierra, enviando calor y alegría sobre
todos sus habitantes.
A partir de entonces y para siempre, cuando
la luna está llena, puedes ver a su lado una estrellita brillante: Su dama.
Chelo Mondeja
No hay comentarios:
Publicar un comentario