EL PAÑUELITO QUE
QUERIA VOLAR
Marieta acababa de subir a la azotea de su
casa, llevando en sus brazos una cesta repleta de ropa. Esa ropa de la familia que iba a tender
como de costumbre en aquellos viejos alambres, para que el sol y el suave
vientecillo que soplaba aquella tarde, la secara pronto. Las toscas paredes
parecían de oro líquido. Quemaban si las tocabas y tenían el color dorado con
el que el sol las pintaba en la tarde
otoñal. Marieta dejo en el suelo la cesta y miró a su alrededor. La azotea
tenía para ella un encanto especial y le encantaba subir. Desde allí todo se
veía de otra manera, más pequeñito, como de juguete. Y a la vez más cercano, a
veces parecía que podía tocar el cielo. Desde que cumplió los siete años, su
mama la dejaba subir para tender la ropa y para cantar. Marieta daba allí sus
pequeños conciertos cantando las coplas
y cuplés de la época que, gracias al aparato de radio sabía de memoria. Los gatos eran su público.
Mirando hacia abajo como si fuera en un avión,
podía contemplar a los niños jugando en la plaza, los coches que circulaban y
otros que en iban buscando aparcamiento. Unos abuelitos apoyados en su bastón y
muchos jóvenes charlando animados sentados en alguna cafetería. Otros paseaban
sus perritos o estaban sentados a la puerta e sus casas. Pero en aquella hora
de la tarde y sobre todos ellos, volaban bandadas de gorriones que iban buscando su sitio para dormir en los cercanos árboles.
Los pajaritos pasaban tan cerca de ella, que casi los podía tocar. En la plaza
de la Iglesia solía tocar una banda de música, que le fascinaba.
Las campanas de la parroquia cercana dieron
las siete de la tarde: ton, ton, ton. Busco el campanario con sus grandes ojos.
Siempre le fascinaron sus campanas, su original veleta y sus rojizas tejas.
Nunca subió hasta él, pero desde la azotea lo conocía muy bien. Era el más alto
de su barrio, un barrio periférico de una gran ciudad. Había fincas más altas y
modernas pero quedaban un poco distantes. Ese campanario y su pararrayos eran
para ella una protección, como un gran centinela que como decía su papa,
guardaba a todos los habitantes de los rayos peligrosos. Al lado de su azotea
había otras cercanas, de todos los tamaños. Unas encaladas y blancas, bien
cuidadas. Otras con trastos viejos apilados. Algunas más altas, acristaladas y
hasta con pequeños árboles. La suya era pequeña, con macetas de geranios
alrededor, que ella misma regaba y cuidaba. Había muchos gatos paseándose
continuamente de un lado para otro. Marieta los adoraba. Nunca supo donde se
reproducían. Seguramente sería en un viejo palomar cercano, pues siempre había
pequeños gatitos correteando por los tejados.
En la azotea Marieta era feliz. Era la
atalaya de los sueños, era su pequeño mundo, desde donde solía contemplar el
mundo exterior con otra perspectiva y tambien las estrellas que siempre la
fascinaron. Su casa tan solo tenía tres plantas y aunque vivía en el primer
piso, le era fácil el acceso a la azotea. A menudo le pedía permiso a su madre
para poderlo hacer y su mamá aprovechaba para que tendiera la colada que allí se
secaba en un momento. Marieta cantaba o
leía un libro, renovaba el agua limpia para los gatitos, les ponía pienso o
simplemente miraba todo lo contiguo, lo de arriba, lo de abajo, sus vecinos, el
campanario, sus campanas, los aviones y los pájaros, mientras se sacaba la ropa
que casi todos los días subía a tender.
Aquella tarde cargaba sábanas. Soplaba
viento. Cuando las tendía, parecían velas de barco infladas por un huracán y
tuvo que sujetarlas bien con muchas pinzas. Tendió además los calcetines de la
familia, pijamas, camisetas y pañuelos. Los pañuelos eran muy necesarios e
imprescindibles para todos. Padres e hijos los lucían limpios y planchados con
esmero, en los bolsillos de los trajes o en los bolsos. Los había de caballero
y de señora. Blancos, con rayas, bordados o lisos. En la cesta de ropa de esa
tarde y entre otros, había un pequeño pañuelito blanco, bordado en una esquina
con una pequeña florecilla roja. Era el pañuelito de su Primera Comunión,
recuerdo de su abuelita. Lo sujeto bien con la pinza y se sentó a esperar. En
esa tarde de otoño el sol jugueteaba al escondite con las nubes. Los niños en
la calle cantaban “que llueva, que llueva, la Virgen de la cueva”. A Marieta no
le gustaba el otoño. Le invadían de
melancolía sus atardeceres rojizos. Comprobar como el día se acortaba
cada vez más, como se terminaban los juegos en la calle y como enmudecían las
tertulias de los muchachos quedando todo en silencio, la entristecía mucho.
La ropa se columpiaba en los alambres mecida
por el viento. El pequeño pañuelito estaba en una esquina del tendedero y no le
quitaba ojo a los pajarillos que iban buscando el refugio nocturno. El
pañuelito pensaba “¡quien pudiera ser una pajarito de estos y volar en
libertad! Con su ojito rojo seguía sus movimientos y pensaba que no sería tan
difícil poder hacerlo. El viento
arreciaba y el pañuelito forcejeaba para soltarse de la pinza que lo apresaba. Marieta corío a descolgar la ropa que estaba
prácticamente seca. El pañuelito se vio libre y aprovechado una fuerte ráfaga,
salió disparado buscando a sus “compañeros” los pájaros que insensibles
completamente a todo, caían en bandada sobre los árboles del parque.
Arrebatado por el fuerte viento el pañuelito
logro elevarse por encima de todos ellos y
llego al campanario, quedándose enganchado en su veleta. ¡Qué maravilla
y que fácil, aquello sí que estaba alto! Sin apenas respirar se sintió arrastrado otra
vez por el aire, junto a muchas hojas secas que iban discutiendo: ¡que no te
acerques a mí! ¡Aparta que me ensucias! Él tampoco quería que lo ensuciaran
pero ¿Cómo alejarse de ellas? El viento le ayudo de nuevo a seguir en su rumbo,
calle abajo. Se golpeó en una ventana y casi se enreda en una palmera, pues
comprobó que no era dueño de sí. El intentaba mover las supuestas alas, pero
¿Qué alas? Sus movimientos eran tan grotescos que daban pena. Otra ráfaga de
aire le agarro y elevo de nuevo para dejarlo caer después sobre el capó de un
coche. Su ojito desesperado buscaba algún sitio para descansar. Empezó a
llover. El viento fue cesando poco a poco y en sus últimas ráfagas se vio
arrastrado por el suelo, mojándose completamente y llenándose de barro. Quedó
en la calle, tirado y sucio.
Marieta no se había percatado de la “fuga” de
su pañuelito. Dejo la ropa en la habitación de la plancha y el reloj de la
iglesia volvió a sonar: “tan, tan, tan” dieron las 9 de la noche. Ya estaba
toda la familia en casa. Eso le daba a Marieta mucha seguridad. Aunque lloviera
y tronara, estaban todos en casa y el pararrayos de la iglesia por encima de
ellos. El pañuelito no corrió la misma suerte. Pisoteado y sucio quedo en un
rincón, bajo la acera, mezclado con las
hojas del parque, plásticos y papeles. Empapado e inmóvil, cerró su ojito.
La tormenta, como suele ocurrir en los
otoños, dejo el ambiente limpio y el cielo de un maravilloso azul intenso. El sol todavía calentaba
y Marieta desayuno contenta para acudir al recién estrenado curso escolar. Ese
año empezaba a ir al cercano Instituto. Con su nuevo uniforme quería llevar
consigo el pañuelito que le regalo su abuelita para que le diera suerte. Fue a
por él, pero no estaba en el sitio de costumbre. Recordó que lo había tendido
en la azotea la tarde anterior. Miró en
la cesta de la ropa que más tarde plancharía su mama y no lo encontró. Subió a
la azotea pensando que se le habría caído con la tormenta, pero tampoco lo vio.
Nada. El pañuelito había desaparecido. Preocupada e intrigada, se fue al
instituto. Cuando volvió en la tarde, miro en la ropa planchada que su mama
había distribuido encima de las camas de sus hijos y le pregunto “mama ¿has
visto el pañuelito de la abuelita? Ayer lo tendí, pero no está aquí ni en la
azotea. Su mama quedo muy extrañada y se imaginó lo peor. La tormenta lo había
volado. Lo que no imaginaba era que fue con el consentimiento y el forcejeo del
mismo pañuelito que travieso propicio el episodio. “Bueno cariño, no te
preocupes, preguntare a las vecinas” Y así, Marieta tuvo que resignarse y
comenzó sus deberes escolares del primer
día de clase sin dejar de pensar en su pañuelito.
Un escobón grande y fuerte golpeó al ingrato
pañuelito despertándole de su adormilamiento. ¿Qué pasa ahora? Las voces de los
que limpiaban las calles le espabilaron para darse cuenta de su realidad. Era
arrastrado bruscamente junto a un gran montón de hojas y de basuras que iban
apilando para que las recogiera el camión cercano. Sintió mucho miedo ¿Qué iba
a ser de él si lo tiraban al gran contenedor? Intentó moverse y supuestamente
intento “volar” pero le era imposible. ¡Qué insensato había sido al
pretenderlo! Y ahora ¿Cómo poder salir de allí? Nadie reparaba en él. Era una
basura más, no se movía, no hablaba, tan
solo su ojito se llenaba de lágrimas imperceptibles para los demás. Estaba muy
arrepentido de su arrogancia, pero comprendía que ya no tenía nada que pudiera
hacer para volver atrás. Pensó en Marieta cuando lo buscara. Pensó en lo
calentito que estaba en su bolsillo, en lo perfumado y limpio que siempre
estuvo y lloro amargamente. Pobre Marieta, no se merecía su escapada ¿Por qué
lo hizo? Por presumido, por creerse más y mejor que los otros pañuelos de la
familia. Su orgullo le estaba costando la vida. ¡No hay nadie, más que nadie y
todos tenemos una misión en la vida! pensó. Se resignó a su destino y a su
manera pidió perdón a su querida amiguita, recordando lo contenta que estaba el
día que se lo regaló su abuelita con tanto cariño.
Palmira, era compañera y la mejor amiga de
Marieta que a su vez empezó con ella el Instituto. Tenía un hermano más pequeño
que todavía quedó en el colegio de
primaria y al que le mandaron un trabajo a realizar con hojas secas caídas de
los árboles con la tormenta, en ese recién empezado curso escolar.
El pañuelito triste y derrotado, escucho de
pronto voces infantiles acercarse y
presto atención: “¡mira esta hoja que bonita, está entera! ¡Y esta amarilla que
preciosa! ¡Esa no, que está rota! Yo voy a por aquella rojiza, ¿pero qué es
esto? ¡Mira, creo que es el pañuelo que ha perdido la amiga de tu hermana!
¡Está hecho un asco, pero se lo voy a llevar! El pañuelito sintió el calor de
la mano del niño y abrió su ojito para mirarlo. Notó como lo metía en la bolsa
con las hojas que iba recogiendo y le parecieron más bonitas que en el suelo.
Le miraban con simpatía. En el fondo todos habían sido “rescatados” del temido
contenedor de basuras. El pañuelito les sonrió agradecido. Milagrosamente iba a
volver a su casa. Si hubiera podido hubiera abrazado al niño para agradecerle su generosa
decisión. ¡No cabía en sí de contento!
Dos días después Marieta estaba de nuevo en
su azotea, sin dejar de pensar en el paradero de su pañuelito. Alguien llego
buscándola detrás de ella. Era Palmira: “mira lo que te traigo ¿no es este el
pañuelo de tu abuelita?” Marieta se abrazó a ella incrédula, pero Palmira le
conto todo lo sucedido y cómo su hermanito lo rescato. ¡Menuda odisea! Parecía
increíble. Aquello fue un verdadero milagro que estaba segura habría propiciado
su abuelita desde el cielo. Agradeció a su buena amiga el estado en el que se
lo devolvió: limpio y planchado el pañuelito reposo de nuevo en el bolsillo de
su dueña y se sentía muy feliz. Nunca más se le ocurriría mirar a un pájaro, ni
ambicionar su libertad.
Nunca más se sentiría por encima de nadie.
Nunca más se quejaría de su condición de pañuelo. Era muy útil desde su
humildad y tenía que conformarse y ser feliz con la misión que le había
encomendado su existencia. Empezó a convencerse de lo importante que era poder
enjugar las lágrimas del ser querido.
Marieta siguió subiendo a cantar y a tender
la ropa en su azotea. Hablaba con los
gatos y admiraba la luna en las noches claras de verano. Sin embargo, poco a
poco dejo de mirar alrededor y aprovechaba la soledad para escuchar música. Una
música diferente a las coplas y cuplés que ella cantaba. Subía con los cascos
puestos y ponía sus casetes de música preferidos, generalmente canciones
románticas, cerraba los ojos y soñaba. Marieta se hacía mayor y caminaba al
compás de su propia vida, pero nunca olvidaría aquella azotea de su viejo
barrio, en la casa que fue su hogar. El campanario, los conciertos de la Banda
de Música y sus gatos. Aquella azotea
mágica, siempre quedaría en su corazón junto a su pañuelito, como uno de los
recuerdos más hermosos de su vida.
Dedicado a mi inolvidable Madre, que me dejo
cantar y contemplar las estrellas.
DEDICADO A MIS QUERIDOS PADRES EN EL DIA DE
LOS ABUELOS
26 JULIO 2023
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